En tu casa o en Sabina 11. 19 días y 500 noches
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11. 19 días y 500 noches

I

A finales de agosto, A. había elegido un banco al final del paseo, junto a una zona de columpios casi vacía. Sabina pensó que era un sitio extraño para hablar de una relación. Dos niños perseguían una pelota a unos metros y una mujer empujaba un carrito de bebé mientras hablaba por teléfono.

Se sentaron dejando entre los dos un espacio pequeño. No suficiente para parecer dos desconocidos, sí para que Sabina lo notara.

Lo extraño era que la relación se rompiera justo cuando había empezado a llenarse de cosas pequeñas.

Un cepillo de dientes de Sabina en casa de A.

, una taza que su hija le reservaba para el desayuno, pasta cocinada de más porque probablemente dormirían juntos, mensajes que ya no necesitaban una excusa.

Habían llegado a esa intimidad poco vistosa que meses atrás parecía un logro.

A. llevaba un rato frotándose las manos.

—No sé cómo decir esto sin que suene peor de lo que quiero decir.

Sabina miró hacia los columpios.

—Esa frase nunca trae nada bueno.

Él soltó una risa corta que murió enseguida.

Durante las últimas semanas habían discutido por cosas que, tomadas por separado, parecían menores: un fin de semana dado por supuesto, una cena con su hija que Sabina quiso cancelar y dos noches seguidas juntos que a ella le parecieron demasiadas.

Siempre acababan hablando de cuánto espacio ocupaba cada uno en la vida del otro.

A. bajó la vista.

—Creo que estamos intentando que queramos lo mismo.

Sabina tardó un momento en responder.

—Queremos estar juntos.

—Sí.

—Pues ya está.

A. negó despacio.

—No, Sabina. No está. Yo quiero que estés más en mi vida. No todo el tiempo. No mañana en mi casa con una maleta. Pero quiero poder hacer planes contigo sin sentir que cada paso hacia delante es una invasión.

—No siento que seas una invasión. Bueno, no siempre.

A. asintió sin reproche, y eso la irritó.

—Cuando estás conmigo y con mi hija, muchas veces estás bien. Te veo bien. Pero después parece que necesitas compensarlo desapareciendo dos días.

—Necesito estar sola.

—Ya lo sé.

—Entonces no entiendo el problema.

A. se quedó callado. Un niño gritó desde el otro lado del paseo y Sabina siguió el recorrido de la pelota hasta que desapareció detrás de un seto.

—El problema —dijo A. al fin— es que yo empiezo a sentir que tengo que pedir perdón por querer verte. Y tú empiezas a sentir que tienes que pedir perdón por querer estar sola. No creo que ninguno de los dos esté haciendo nada horrible, pero tampoco creo que esto nos esté sentando bien.

—Podemos vernos menos.

—Ya nos vemos menos.

—Pues dejamos de hacer planes con tanta antelación. O no mezclamos tanto las cosas con tu hija todavía.

—Eso es justamente lo que te digo.

Sabina notó que se estaba acelerando al hablar.

—No. Lo que te estoy diciendo es que podemos ajustar cosas. No hace falta convertirlo todo en una decisión definitiva.

—Llevamos meses ajustando cosas.

La palabra meses le molestó. Sonaba a expediente.

—Pues se ajustan más.

A. se quedó mirándola.

Sabina supo entonces que él había llegado a aquella conversación antes que ella. Quizá hacía días, quizá semanas. Había recorrido solo un camino y ahora esperaba que ella alcanzara el mismo punto en veinte minutos.

—No quiero que sigamos encogiéndonos para caber —dijo.

Ella se levantó. No tenía intención de marcharse, solo necesitaba estar de pie.

—Qué frase tan bonita.

—No intento que sea bonita.

—Pues te ha quedado preciosa.

A. bajó la mirada.

Sabina se arrepintió al instante, pero no pidió perdón. Caminó dos pasos y volvió junto al banco.

—Entonces, ¿qué? —preguntó—. ¿Lo dejamos porque yo necesito dos noches sola y tú quieres organizar el sábado?

—Sabes que no es eso.

—Ahora mismo no sé nada.

A. tardó en contestar.

—Creo que deberíamos dejarlo.

Sabina sintió algo parecido a cuando un ascensor arranca antes de estar preparada, una caída corta por dentro.

Miró alrededor. La mujer del carrito seguía hablando por teléfono, los niños habían recuperado la pelota y un hombre paseaba un perro con un impermeable amarillo. Nadie parecía haberse enterado.

—Vale —dijo.

A. frunció ligeramente el ceño.

—No tienes que decir vale.

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

—Pues yo tampoco.

Se sentó otra vez.

Durante un rato ninguno habló. Sabina intentó convocar hechos, interpretaciones, responsabilidad y límites. Nada acudió en su ayuda. Solo podía pensar que A. iba a levantarse y que después ya no sería el hombre con el que había quedado el martes siguiente.

—¿Hay otra persona? —preguntó.

A. pareció sorprendido.

—No.

—Ya.

—No la hay.

Una parte de ella habría preferido que mintiera.

—Ojalá hubiera una —dijo.

A. la miró sin entender.

—Sería más fácil.

No añadió nada.

Cuando se levantaron, A. hizo el gesto de acercarse. Sabina dio un paso atrás antes de saber que iba a hacerlo.

Él se detuvo.

—Lo siento.

—Yo también.

—No quería hacerte daño.

Sabina estuvo a punto de responder que entonces podría no hacerlo. La frase llegó hasta la lengua y se quedó allí.

—Ya.

A. se marchó hacia el metro. Sabina tomó la dirección contraria, aunque su casa quedaba por el mismo lado.

Caminó durante casi una hora. Miró el móvil varias veces.

A. no había escrito.

Le pareció absurdo sentirse abandonada por alguien del que acababa de despedirse.

Al llegar a casa dejó el bolso sobre una silla y se quedó en mitad del salón. Tenía hambre sin ganas de comer y sueño, pero aún era pronto para acostarse. Encendió la televisión y la apagó antes de que terminara de cargar la aplicación.

Se quitó los zapatos en el pasillo y vio, junto a la puerta, una sudadera gris de A. que llevaba allí desde el fin de semana anterior.

La cogió y pensó un momento en meterla en una bolsa.

Después abrió el armario y la dejó en el estante de arriba, detrás de las mantas.

II

En el calendario de la cocina había una X roja sobre cada uno de los días transcurridos desde la conversación del banco. No era una fecha especial ni esperaba que ocurriera nada al llegar a una cifra concreta. Simplemente había empezado a tacharlos la mañana siguiente y después no supo parar.

Diecinueve cruces. Sabina las contó otra vez mientras esperaba que saliera el café. Diecinueve días desde A.

La primera noche no lloró. Se acostó tarde y pasó horas repasando las palabras de A. hasta deformarlas.

La tercera noche lloró hasta que le dolió la mandíbula. Mandó tres audios a C.; en el último hubo un silencio muy largo, un sollozo y después:

—Déjalo. Mañana te llamo.

La noche siete vio cuatro capítulos seguidos de una serie que no le interesaba. Cuando apareció el aviso de ¿sigues viendo?, pulsó que sí.

—Claro que sigo viendo —dijo al televisor.

La noche doce soñó con A. En una casa que no reconocía, él entraba y salía de habitaciones mientras su hija corría por algún lugar que Sabina no conseguía ver. Cada vez que ella preguntaba cuándo iban a sentarse, A. respondía: «Ahora vuelvo».

Se despertó a las cinco y cuarto y miró la otra mitad de la cama, aunque A. apenas había dormido allí unas cuantas veces.

La noche dieciséis apenas pensó en A. A las cuatro buscaba síntomas en internet, convencida de que la iban a despedir, estaba enferma y a los cincuenta acabaría sola y sin dinero. El vacío sabía buscar otros asuntos.

Durante el día conseguía funcionar mejor. O eso creyó al principio.

Iba a trabajar, contestaba correos y participaba en reuniones. Después empezaron los fallos: envió una presentación sin el anexo, olvidó una reunión que ella misma había convocado y leyó tres veces un correo sin entender qué le pedían.

Un martes entró en el baño de la oficina, cerró la puerta y se sentó sobre la tapa del váter porque no podía recordar qué tenía que hacer después. Permaneció allí unos minutos mirando sus zapatos.

Alguien entró en el cubículo contiguo. Sabina contuvo la respiración hasta que aquella persona volvió a salir.

Cuando regresó a su mesa, la compañera la estaba esperando.

—¿Estás bien?

—Sí.

La palabra salió con tanta rapidez que casi se rio.

—Bueno. Regular.

La compañera la observó un momento.

—La reunión de las cuatro la hago yo.

—No hace falta.

—No te estoy preguntando.

Sabina quiso protestar. Miró la pantalla: había dos versiones del mismo documento abiertas y no recordaba cuál era la definitiva.

—Y mañana me invitas a un café y fingimos que esto ha sido altruismo.

Sabina consiguió sonreír. La compañera volvió a su ordenador y no le preguntó nada más.

Aquella tarde, C. la esperaba a la salida.

Sabina la vio apoyada contra una pared, con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—¿Qué haces aquí?

—Secuestrarte.

—Tengo cuarenta y tres años.

—Pues será un secuestro bastante decepcionante.

C. empezó a caminar. Sabina se quedó quieta.

—¿Adónde vamos?

—A ningún sitio. Llevo tres días preguntándote si quieres salir y tres días contestándome con un pulgar hacia arriba.

—El pulgar es una respuesta.

—El pulgar es una forma de desaparecer sin gastar palabras.

Sabina la siguió.

Caminaron sin rumbo durante casi una hora. C. habló de su trabajo, de una discusión absurda y de una mujer del gimnasio que siempre ocupaba dos taquillas. Sabina agradeció que no hablara de A.

Al llegar a un paso de peatones, C. la miró.

—Tienes una cara horrible.

—Estoy durmiendo mal. Y comiendo peor.

—Las dos cosas se notan.

Sabina le dio un golpe con el hombro.

—Eres una amiga excelente.

—Estoy intentando mantener baja la demanda.

Unos minutos después Sabina dijo:

—Hoy hace diecinueve días.

C. no preguntó desde qué.

—Los tengo tachados en el calendario.

C. giró la cabeza hacia ella.

—Eso sí que da un poco de miedo.

Caminaron unos metros más.

—No sé qué decirte, tía —dijo C. al fin—. Me gustaría decirte una cosa estupenda y que mañana te levantaras fenomenal, pero no tengo ninguna.

Sabina metió las manos más profundamente en los bolsillos.

—Me vale.

—Eso sí: vas a cenar.

—No tengo hambre.

—Pues masticas sin entusiasmo.

Entraron en un bar pequeño y pidieron una tortilla para compartir. Sabina comió dos trozos sin darse cuenta.

III