En tu casa o en Sabina 10. Yo, mi, me, contigo #5
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10. Yo, mi, me, contigo #5

Había querido pedir menos comentarios, explicó, no imponer silencio absoluto. A. respondió que «no puedo con esto» había sonado bastante más grave.

Sabina insistió en que tenía derecho a que algo le molestara.

—Claro. Pero a veces conviertes lo que te molesta en algo que el otro está haciendo mal.

—Eso no es verdad.

—A veces sí.

—Ponme un ejemplo.

—Ahora mismo.

—Hablar durante una película es objetivamente molesto.

A. la miró.

Sabina sostuvo la mirada.

—Vale. Esa frase no me ayuda.

A. no dijo nada más y cogió el mando.

—¿Seguimos?

—Sí.

—¿Puedo hablar?

—Con moderación.

—Necesito criterios objetivos.

—Te voy a tirar el vaso.

Reanudaron la película.

Ocho minutos después apareció un actor nuevo. Sabina notó cómo A. se movía.

—Dilo.

—No.

—Lo estás pensando tan fuerte que molesta más.

—Sale en la de los abogados.

—No he visto la de los abogados.

—Sí la has visto.

—Dos capítulos no cuentan.

XIII

A finales de julio, el jefe reenvió una convocatoria para una rotación interna de seis meses: trabajo con equipos de otras áreas, exposición ante dirección y la posibilidad de optar después a puestos con más responsabilidad.

Haber conseguido plaza en el programa interno, sumado al trabajo del piloto transversal, contaba en la selección.

Sabina estaba leyendo el correo en el pasillo cuando un compañero se asomó por encima de su hombro.

—¿Te vas a presentar?

—No sé.

—Tiene pinta de ser para gente que quiere correr.

—¿Y yo qué hago, camino con bastón?

Él se rio.

—No, mujer. Pero para empezar ahora con esas guerras…

Dejó la frase suspendida.

—¿Qué?

—Nada. Yo a nuestra edad ya quiero que me dejen tranquilo.

Media hora después Sabina comentó que llevaba varios días durmiendo poco.

—Pero si eres joven todavía —dijo otra persona—. Espera a tener sesenta.

A las diez de la mañana estaba demasiado mayor para empezar algo y demasiado joven para estar cansada.

Volvió al correo y abrió el formulario.

Pedía experiencia, motivación y objetivos. La descripción hablaba de trabajar con ambigüedad, influir sin autoridad formal y presentar recomendaciones a liderazgo.

Sabina sabía hacer casi todo aquello. También sabía cuánto trabajo requería. Cerró la pestaña.

Durante el resto del día volvió varias veces a la convocatoria.

No necesitaba demostrar que seguía siendo ambiciosa. Pero aquella rotación le interesaba.

A la hora de comer preguntó a una compañera que también había recibido el correo:

—¿Te vas a presentar?

—Sí.

—¿Cuántos años tienes?

La compañera dejó el tenedor.

—Treinta y uno. ¿Por?

—Por nada.

—Eso ha sonado exactamente a por algo.

Sabina negó con la cabeza.

—Estoy haciendo cálculos estúpidos.

—Pues no los hagas conmigo.

—¿Tú crees que debería presentarme?

—No lo sé. ¿Quieres hacerlo?

Sabina la miró.

—Qué desagradablemente sencillo.

Aquella tarde volvió al formulario. Edad no preguntaban. La constatación la hizo reír. El viernes seguía sin enviarlo.

Esa noche C. la llevó al cumpleaños de una amiga de su trabajo.

—No es una rave. Hay comida y gente capaz de hablar sin gritar.

—Tu definición de plan perfecto ha envejecido muchísimo.

—Y estoy orgullosa.

La fiesta era en un piso con terraza. Sabina conocía a tres personas y pronto acabó hablando con un hombre y dos mujeres.

—¿Tú también trabajas con C.? —preguntó él.

—No. Somos amigas desde hace muchos años.

Sabina dijo aproximadamente cuándo se habían conocido.

El hombre abrió los ojos.

—Hostia. Yo estaba en primaria.

—Gracias por la información.

—Perdón.

—Tú aprendías las tablas y yo tomaba decisiones lamentables.

Una de las mujeres se rio.

Más tarde contó que había cambiado de sector con treinta y nueve.

—¿Y qué tal? —preguntó Sabina.

—Ahora gano menos y trabajo con gente diez años menor que yo que sabe cosas que yo no sé.

—Lo vendes fenomenal.

—También estoy mucho mejor. Las dos cosas.

A medianoche Sabina tenía las piernas cansadas y encontró a C. en la cocina.

—Me voy.

C. miró la hora.

—¿Ya?

Sabina levantó una ceja.

—Retiro el «ya».

—Estoy cansada.

—Yo también.

—Pues vente.

C. miró hacia el salón.

—Quiero quedarme.

—Pues quédate.

—¿No te importa?

—C., tengo cuarenta y tres años. Creo que puedo volver sola.

—Precisamente a tu edad empiezan los olvidos.

Sabina le enseñó el dedo corazón. En casa se quitó los zapatos en la entrada. Al día siguiente se despertó tarde, preparó café y abrió el portátil. La convocatoria seguía abierta. Volvió al formulario.

En experiencia profesional escribió sin demasiado esfuerzo. Había cosas que a los treinta no habría podido poner allí.

Llegó a:

¿Por qué quieres participar?

Escribió:

Porque hay partes de mi trabajo que me interesa aprender a hacer mejor y otras que quiero empezar a hacer de otra manera. Tengo experiencia suficiente para saber qué puedo aportar y curiosidad suficiente para no querer quedarme haciendo exactamente lo mismo.

Quitó una frase que sonaba solemne.

Siguió.

Completó el resto del formulario.

Al final apareció:

ENVIAR CANDIDATURA

Dejó el cursor encima.

Pulsó.

Gracias. Hemos recibido tu candidatura.

Comunicarían el resultado en unas semanas.