En tu casa o en Sabina 10. Yo, mi, me, contigo #4
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10. Yo, mi, me, contigo #4

La discusión fue ganando volumen. A. insistía en que no hablaba solo de aquella cena: le costaba no saber cuándo podía contar con Sabina. Ella respondió que estaba cuando podía y la frase empeoró todo.

Entonces A. soltó lo que pensaba contarle en persona: había rechazado el traslado a Valencia tal como se lo habían ofrecido y desde entonces negociaba una opción con viajes.

A. intentaba decidir cómo sería el año siguiente y no sabía qué sitio quería tener Sabina en él. Ella llevaba unos meses de relación, no un plan quinquenal. Él no pedía eso, dijo. Pedía cierta continuidad.

—Y yo necesito que cada cambio de plan no se convierta en una prueba de cuánto me importas —dijo A.

Silencio.

—Quizá necesitamos cosas distintas —dijo A.

Sabina tuvo un pues ya está entero en la boca.

No lo dijo.

—Puede.

Quedaron en hablar al día siguiente.

Sabina llegó a casa con la certeza de que algo había cambiado.

Por la mañana encontró:

Cuando quieras hablamos.

Sabina respondió:

No quiero dejarlo por lo de ayer, pero tampoco fingir que no tenemos un problema. ¿Podemos vernos luego?

Se encontraron después del trabajo y caminaron un rato antes de empezar.

—No quiero que pienses que no puedes contar conmigo —dijo Sabina.

—Pero a veces no puedo.

—A veces nadie puede contar con nadie.

—Lo sé.

—Tengo trabajo, familia y días en los que no quiero hablar con nadie.

—Y yo no quiero tener siempre la sensación de que pedirte sitio es quitarte algo.

Sabina bajó la mirada.

—A mí a veces me pasa eso. No porque seas tú.

—Eso no lo hace mucho mejor.

Siguieron caminando.

A. explicó que Valencia lo había removido porque intentaba encajar trabajo, hija, custodia y relación.

—Me gustaría saber que esto tiene algún sitio.

—Lo tiene.

—¿Cuál?

Sabina abrió la boca, pero no supo responder. A. sonrió sin humor.

—Eso.

—Quizá no sé darte la relación que quieres.

A. tardó.

—Quizá yo tampoco sé estar en la que tú quieres.

—¿Quieres dejarlo?

A. miró hacia los árboles.

—Hoy no.

Sabina respiró.

—Yo tampoco.

Cenaron juntos después. Por momentos parecían ellos mismos. En otros, el silencio se instalaba entre una frase y otra.

A. la acompañó al portal.

Se besaron. Fue un beso conocido y raro.

X

—Con los informes nuevos necesitamos a alguien que coordine, haga de puente con finanzas y prepare la presentación para dirección —dijo el jefe—. Sé que es bastante trabajo.

Hubo un silencio profesional.

La compañera levantó la mano.

—Puedo cogerlo yo. Ya estoy metida en los datos.

El jefe sonrió.

—Sabía que podía contar contigo.

A la derecha de Sabina, un compañero murmuró:

—Sor Sacrificio, patrona de los marrones.

El apodo era injusto en más de un sentido.

Sabina la había visto en una cena de empresa, a las dos de la mañana, con los tacones en la mano y el maquillaje corrido, bailando sobre un suelo pegajoso y besándose con alguien junto a la máquina de discos.

A las nueve había llegado a la oficina impecable y ninguna de las dos mencionó la noche anterior.

Sabina reprimió una risa.

Dos días después coincidió con la compañera junto a la máquina de café.

Sabina preguntó cómo llevaba «su nuevo reino» y dejó caer que el proyecto parecía enorme.

La compañera entendió enseguida por dónde iba.

—¿Me estás haciendo una intervención?

Sabina casi lo estaba.

Entonces descubrió que se había equivocado. La compañera quería aquel proyecto: llevaba un año intentando salir de las tareas de siempre y aquello le daba exposición con dirección. Sabía que sería duro y que podía servirle para pedir después más responsabilidad y, si tenía suerte, más dinero.

—También puede darte una úlcera.

—Las dos cosas no son incompatibles.

Sabina levantó las manos.

—Retiro la intervención.

El seguimiento empezó a dar resultados. En la siguiente reunión, el jefe dijo:

—Ya que tienes montado el seguimiento de informes, podrías llevar también proveedores. Son cuatro cuentas.

—Bueno…

—Podemos repartirlo —intervino Sabina.

—¿Cómo? —preguntó el jefe.

—No veo por qué las cuatro tienen que ir a la misma persona. Yo puedo coger dos si movemos la presentación del viernes.

—La presentación no se puede mover.

—Entonces no puedo cogerlas.

Silencio.

El jefe miró alrededor.

Nadie respondió. El compañero de «sor Sacrificio» estudiaba la pantalla con enorme interés.

—Lo vemos después —dijo el jefe.

En el pasillo, la compañera alcanzó a Sabina.

—No vuelvas a hacer eso.

Sabina tardó en entender que no le agradecía la intervención. La compañera estaba enfadada porque había hablado de su carga y de lo que podía asumir antes de dejarla responder por sí misma.

Sabina se defendió: le estaban colocando cuatro cuentas más y parecía a punto de aceptarlas.

—Puede. Pero podía decirlo yo.

Lo que más le molestaba, explicó, era que todos interpretaran que trabajar mucho la convertía en una pringada y que Sabina hubiera decidido que necesitaba rescate.

Sabina quiso negar la palabra, pero se parecía demasiado a lo que había hecho.

—Y para que quede claro: no podía coger las cuatro cuentas —añadió la compañera—. Podías tener razón y meterte donde no te llamaban.

La compañera volvió a la sala. Sabina se quedó un momento en el pasillo antes de seguirla.

XI

A las seis y dos aún había poca luz.

No era de noche del todo, pero tampoco de día. Una farola seguía encendida y un repartidor descargaba cajas delante de la panadería.

Sabina abrió los ojos de golpe.

Al despertar no supo dónde estaba. Después reconoció la sombra de la planta, la estantería y la chaqueta sobre la silla.

Su casa. Miró el móvil. 6:02.

—Fantástico.

Cerró los ojos.

El corazón iba un poco más deprisa de lo necesario. Nada grave. Ese despertar alerta que parecía anunciar una emergencia aunque la habitación estuviera en silencio.

No voy a volver a dormirme.

Pensó en el trabajo. En A. En el viaje que había empezado a mirar. En cosas que podían salir mal con su madre. En otras que podían salir mal con ella.

Abrió los ojos.

—No.

Cogió el móvil y dejó el dedo un segundo sobre una aplicación. Sabía lo que vendría después: noticias, fotos, mensajes, titulares diseñados para darle exactamente lo que ya tenía de sobra.

Lo dejó.

A las seis y cuarto seguía despierta.

Hay gente que a esta hora ya lleva una hora trabajando y tú aquí montándote películas.

Sabina miró el techo.

—Sí. Y yo sigo despierta.

Se levantó.

Puso café y dos rebanadas de pan en la tostadora. Se sentó con una manta sobre los hombros.

Durante muchos años había visto las seis de la mañana desde el otro lado. Con alcohol en el cuerpo, regresando en taxi, en cocinas llenas de vasos y gente buscando tabaco.

A veces, al salir, le molestaba encontrar personas empezando el día. Ahora tenía café, ojeras y el martes entero delante. Pensó otra vez en A. Después en el trabajo.

Después en tener cuarenta y tres años y no saber qué aspecto debía tener una vida a esa edad.

A las siete sonó el despertador. Sabina lo miró desde el otro lado de la habitación.

—Llegas tarde —dijo antes de apagarlo y meterse en la ducha, todavía con sueño.

XII

Sabina estaba en el sofá, con A. a su lado, intentando seguir la película.

A. hablaba durante las películas: actores, giros, errores de continuidad y semejanzas con personas que Sabina no conocía.

—Ese tío sale en la serie aquella.

—¿Qué serie?

—La que vimos.

—Eso no reduce mucho las opciones.

Al principio le había hecho gracia. Aquella noche no.

Venía de un día largo y solo quería una hora y media en la que nadie necesitara nada de ella.

A. señaló la pantalla.

—Ese es el que te decía. El que hacía de policía en…

—No puedo con esto.

A. giró la cabeza.

—¿Con qué?

Sabina supo que había elegido mal las palabras.

—Con que hables todo el rato.

A. no volvió a decir nada.

Durante veinte minutos Sabina deseó que hablara. A. estaba a su lado con los brazos cruzados, procurando no hacer algo.

Al final ella pausó la película.