10. Yo, mi, me, contigo #3
Al principio hablaron deprisa, intentando comprimir diez años. La amiga estaba separada, tenía un hijo y organizaba congresos. Sabina resumió su vida con el trabajo, el piso, la familia y una mención vaga a A.
—Siempre pensé que acabarías escribiendo.
—Yo también.
—¿No lo haces?
—Escribo cosas.
—Eso no responde.
Sabina había olvidado aquella forma de esperar una respuesta de verdad.
Le enseñó la fotografía.
—Qué horror de pelo.
—Y de lentejas.
—No estaban tan mal.
—Las tiramos enteras.
—¿Seguro?
—Completamente.
Compararon recuerdos y descubrieron que conservaban versiones distintas de casi todo.
En algún momento la amiga dijo:
—Yo pensaba que te habías enfadado conmigo.
—¿Cuándo?
—Cuando empecé a salir con aquel chico. Dejaste de venir a casa.
—No fue por él. Empecé a trabajar por las tardes. Y tú estabas siempre con su grupo.
—Puede ser.
—Tú tampoco llamabas.
—No.
Lo dijo sin defenderse.
Había contado tantas veces aquella historia como la de una amiga absorbida por una relación que casi había olvidado las zonas grises.
—Pensé que ya no me necesitabas.
—No recuerdo pensarlo así.
—Yo sí.
—Puede que las dos estuviéramos esperando que llamara la otra.
—Puede.
Hablaron después de profesores, personas de la facultad, alquileres y trabajos. Se rieron mucho.
A la hora prevista, la amiga miró el reloj.
—Tengo que irme.
—Claro.
—Me ha alegrado mucho verte.
—A mí también.
—Cuando vuelva con más tiempo podemos repetir.
Sonó sincero. También a una de esas frases que la vida no siempre recuerda cumplir.
—¿Quieres que te mande la foto?
—Sí.
Se abrazaron frente a la cafetería. La amiga cogió la maleta y se marchó hacia el metro.
Sabina envió la fotografía.
Las famosas lentejas.
La respuesta llegó poco después:
Qué jóvenes. Gracias por hoy ❤️
VII
Sabina llevaba diez años viviendo en la misma calle y todavía había personas que veía casi a diario sin saber cómo se llamaban.
Conocía la panadería buena, el chino que cerraba tarde, el bar donde pedía café con leche en vaso y el contenedor que se atascaba cuando llovía. Pero casi siempre recorría la calle como si estuviera de paso.
El hombre de la silla llevaba allí más tiempo que casi todo.
Cada tarde sacaba una silla plegable a la puerta de su portal, se sentaba con gorra plana, bastón entre las piernas y opinión preparada para cualquier acontecimiento.
—Esa bolsa pesa demasiado —le decía a una vecina.
—Pues tendrá que subir ella sola.
—Luego vienen las lumbares.
Opinaba sobre motos, repartidores, perros y chavales. Algunos vecinos se paraban. Otros fingían no oírlo.
Una tarde señaló las bolsas de Sabina con el bastón.
—Tú también. Luego os quejáis de la espalda.
—He comprado leche y detergente.
—Eso pesa.
—Por eso llevo bolsas.
El hombre se rio.
—Vives en el portal de ahí, ¿no?
—Desde hace diez años.
Silbó.
—Diez años y no sé ni quién eres. Pues vaya vigilancia hago.
—Yo tampoco sabía que estaba vigilada.
Al día siguiente levantó la mano.
—Buenas, chica de las bolsas.
—Buenas, señor de la silla.
El nombre quedó.
Un día Sabina probó con «señor del bastón». Él no contestó y ella volvió al otro.
Empezaron a saludarse. A veces Sabina seguía andando. Otras escuchaba un minuto historias sobre talleres desaparecidos o el bar que, según él, había hecho las mejores bravas de Madrid.
No todo lo que decía le caía bien.
Un sábado discutía con tres chavales sentados en los escalones del portal. Dos bicicletas bloqueaban parte de la entrada y una mujer intentaba pasar con un carro.
Había dormido mal y solo quería comprar huevos.
La mujer intentó levantar el carro por encima de una rueda.
—Chicos —dijo Sabina—, ¿podéis mover las bicis?
Uno puso los ojos en blanco.
—Qué pesados.
Pero se levantó.
El hombre de la silla la miró satisfecho.
—Ya vas aprendiendo.
—No se venga arriba.
—Dentro de nada te dejo la silla.
—Antes me mudo.
—Eso decís todos.
Dos días después, un coche ocupó media acera mientras el conductor entraba al bar. Un padre con carrito tuvo que bajar a la calzada.
Sabina lo vio. También vio la hora. Llegaba tarde. Siguió andando.
Al día siguiente ocurrió algo parecido, pero no tenía prisa. Esperó junto al vehículo hasta que apareció el conductor.
—Perdona. Aquí no pasa bien la gente.
—Son dos minutos.
—Ya, pero ocupa toda la acera.
—Pues que rodeen.
Sabina sintió el impulso de dejarlo. Aquella era la conversación que llevaba media vida evitando.
—Hay gente con carros y sillas. Muévelo un poco, por favor.
El hombre resopló, pero subió al coche. Sabina llegó a su portal con las manos todavía tensas.
El hombre de la silla no apareció ni ese día ni al siguiente. Al tercero encontró la silla plegada junto a la puerta, vacía.
En la panadería preguntó por él.
—Está fastidiado de las piernas —dijo la panadera—. Su hija no quiere que baje solo. Ayer vino a comprar pan y a mandar, así que muy mal no estará.
Cuando volvió a verlo, estaba en el portal, sujetando el bastón con una mano y la silla con la otra.
—¿Qué hace?
—¿Qué parece?
—Intentar matarse con mobiliario.
Sabina cogió la silla.
—Yo puedo.
—Ya veo.
La desplegó en el sitio habitual. El hombre se sentó despacio.
—Mi hija está pesada. Que no baje, que si me caigo, que si hace frío.
Era una tarde templada.
—Hace diecinueve grados.
—Se lo dices tú.
—No me meto entre usted y su hija.
Pasó una vecina con un perro.
—¡Ya estás otra vez ahí!
El hombre levantó el bastón.
—¡Dejadme vivir!
La mujer siguió riéndose.
Sabina se apoyó un momento en la pared.
—Tengo que subir.
—Anda.
Dio dos pasos.
—Oye, chica.
Se volvió.
—¿Cómo te llamas?
—Sabina.
Él repitió el nombre como si quisiera fijarlo.
—Pues buenas tardes, Sabina.
—Buenas tardes.
A partir de entonces dejó de ser siempre «chica».
Sabina aprendió que la mujer de las bolsas vivía en el tercero, que el chico del perro trabajaba de noche y que el camarero tenía un hijo estudiando fuera. No llegó a hacerse amiga de ninguno ni a vigilar coches.
Una tarde regresó del supermercado y encontró la silla vacía con un paquete encima. Desde el portal apareció una mujer.
—¿Eres Sabina?
—Sí.
—Me ha dicho mi padre que vigiles esto cinco minutos. Ha subido a por una chaqueta.
La mujer desapareció. Sabina se quedó junto a la silla con la bolsa colgando de una mano. Pasó el chico del perro.
—Buenas, Sabina.
—Buenas.
Después la mujer del carro.
—Hola.
—Hola.
Una moto pasó a toda velocidad. Sabina pensó que el hombre habría tenido algo que decir.
Cinco minutos después seguía sin bajar.
Dejó la bolsa en el suelo y se sentó en la silla para esperar.
VIII
Cartón grueso, fachadas desconchadas, ropa tendida entre balcones y coches antiguos de colores improbables.
Hola, bruja. Te debía una tarjeta de un sitio donde el tiempo está raro. Aquí todo parece viejo y futuro a la vez. He pensado mucho en ti. C.
Sabina conocía aquella ciudad sin haber estado nunca. Llevaba años diciendo que iría: con una pareja, con amigos, sola cuando fuera «de esas mujeres que viajan solas».
Nunca había ocurrido.
Colocó la tarjeta en la nevera con un imán de una cerrajería.
A media tarde C. mandó una foto al grupo. Estaba en una terraza frente al mar, despeinada y con un vaso enorme.
Sobrevivo. Los mosquitos están ganando.
R. respondió con una broma. M. añadió un corazón.
Sabina amplió la foto. Escribió:
Veo que la decadencia tropical te está sentando fatal.
C. respondió con una peineta.
Aquella noche C. la llamó.
Sabina empezó con otra ironía sobre la vida frente al mar. C. la dejó terminar y después guardó un silencio lo bastante largo.
—Estoy un poco celosa —admitió Sabina.
Le alegraba que C. estuviera allí, pero también le daba rabia verla en La Habana, una ciudad que ella llevaba quince años diciendo que quería conocer.
—Yo no te lo he robado —dijo C.
—Ya lo sé.
—Pues no me castigues por llegar antes.
Después C. desmontó un poco la postal. Había perdido la cartera durante horas, discutido con un taxista y pasado una mañana con el estómago revuelto. La foto de la terraza era real: en ese momento estaba feliz. Solo que el momento no era el viaje entero.
Antes de colgar añadió:
—Pues ve, bruja. Llevo quince años oyéndotelo.
—Eso ha sonado demasiado profundo para estar de vacaciones.
—Cuelgo antes de empeorarlo.
Dos noches después A. vio la tarjeta en la nevera. Sabina le contó que llevaba años queriendo ir y, casi sin pensarlo, propuso que fueran juntos.
A. evitó tanto el no como el «sí, vamos» que ella esperaba. Entre Valencia, la custodia y unas vacaciones todavía sin organizar, no sabía qué fechas tendría libres.
La decepción de Sabina debió de notarse.
—Pensaba que dirías que sí.
—Puedo decirte que me gustaría.
—No es lo mismo.
No lo era.
Sabina acabó admitiendo que quizá quería que alguien convirtiera la fantasía en plan.
—Si encuentro fechas y puedo, vamos —dijo A.—. Pero si quieres ir y yo no puedo, no esperes a que mi calendario decida por ti.
El sábado encendió el portátil para mirar una factura y acabó buscando vuelos.
Madrid. La Habana. Probó una semana de noviembre.
El primer resultado tenía dos escalas. El siguiente costaba el doble. Otro salía a una hora que parecía una amenaza.
—Ni de coña.
Cerró la pestaña.
C. había enviado una foto, refugiada de una tormenta bajo un toldo.
La postal de hoy es menos sexy.
Sabina respondió:
Te pega más.
C. mandó otra peineta.
Sabina probó otras fechas.
IX
La pelea empezó por una cena y terminó hablando de casi todo lo demás.
A. había propuesto verse un martes. A las siete y diez Sabina seguía en la oficina.
Voy fatal. Hoy prefiero quedarme sola cuando salga. Estoy fundida.
A. respondió:
Vale.
Más tarde llegó otro mensaje:
Había cambiado una cosa para poder verte, pero da igual. Descansa.
Sabina llamó.
—¿Qué habías cambiado?
—Una llamada de Valencia. Ya no importa.
—No tenías que mover nada por mí.
—Habíamos quedado.
—Podías haberme dicho que tenías una llamada importante.
—No pensé que fuera un problema.