En tu casa o en Sabina 10. Yo, mi, me, contigo #2
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10. Yo, mi, me, contigo #2

Una mujer del grupo la interrumpió:

—¿Podemos jugar sin una reunión previa?

C. se tapó la boca con la copa.

Entonces C. leyó su propia carta en voz alta por error.

Hubo un segundo de silencio.

—Era secreta —dijo el encargado desde otra mesa.

C. dejó caer la frente sobre el tablero.

Sabina intentó aguantar, pero empezó a reírse.

Primero poco. Después tanto que tuvo que apoyar los codos en la mesa. C. acabó riéndose también. La mujer levantó el dibujo de C.

—No sé qué os hace gracia. La jirafa se entiende perfectamente.

Aquello empeoró las cosas. Sabina siguió perdiendo hasta que dejó de llevar la cuenta.

Al salir, C. encendió un cigarrillo.

—Lo necesitaba.

Sabina esperó una broma.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo me fastidia que me dejen plantada y tener que fingir que no me importa.

—Podías haberme dicho que era una cita.

—Y tú habrías venido preparada para consolarme. Prefería jugar.

Caminaron juntas hasta el metro discutiendo todavía sobre la anatomía de la jirafa.

IV

En junio, A. escribió a Sabina a media tarde.

¿Puedes hablar?

Cuando pudo encerrarse en una sala vacía, lo llamó. Le habían ofrecido un puesto en Valencia: más responsabilidad, más dinero y varios días allí casi todas las semanas.

La oportunidad era buena. La logística, no.

A. ya había hablado con la madre de su hija y la conversación había terminado mal. Ella temía que el cambio alterara la custodia. Él tenía hasta el viernes para decidir.

Además, la madre de la niña le había dicho que siempre quería tenerlo todo: trabajo, hija, relación, tiempo propio.

Sabina intentó tranquilizarlo recordándole que aún quedaban unos días.

—El viernes —repitió A.

—Bueno. Tampoco es hoy.

El silencio posterior le hizo darse cuenta de que no había ayudado.

—Perdona. Ha sonado idiota.

—Un poco.

A. tenía que recoger a su hija. Sabina propuso ir a su casa cuando se durmiera.

Llegó cerca de las diez con tortilla, croquetas y una ensalada comprada para tranquilizar conciencias.

La niña apareció en el pasillo con un pijama de planetas.

—Papá se puede ir a vivir a Valencia.

—No voy a irme mañana —dijo A.

—Pero puedes.

Él se agachó.

—No voy a decidir nada sin pensar cómo afecta a todo.

—Yo no decido.

—No. Pero importas.

La niña miró a Sabina.

—Tu padre todavía no sabe qué va a hacer —dijo ella—. Eso es lo único seguro.

La respuesta pareció servirle más que otra promesa. Volvió al dormitorio.

En la cocina, A. apenas comió.

Habló de sueldo, horarios y de los años que llevaba esperando una oportunidad así. Le daba miedo rechazarla y acabar culpando a su hija; también aceptar y convertir la vida en una agenda de trenes.

—Y está lo nuestro —dijo.

Sabina dejó el tenedor.

—No tomes una decisión por mí.

—No he dicho eso.

—Pero me has incluido.

—Porque estás en mi vida.

—Llevamos poco tiempo.

A. bajó la vista.

—Sí. Llevamos poco tiempo.

Sabina supo que había dicho algo correcto en el momento equivocado.

—No quería quitarle importancia. Solo digo que no puedes rechazar un trabajo por una relación que todavía estamos intentando entender.

—No estoy hablando de rechazarlo por ti. Estoy diciendo que eres una de las cosas que existen.

—Eso suena bastante menos romántico.

—No estoy especialmente romántico hoy.

Después se sentaron en el sofá.

—Creo que quiero el puesto —dijo A.

—Entonces tendrás que averiguar si puedes organizarlo.

—La madre de la niña no va a facilitarlo.

—No tiene por qué facilitarte una decisión que le cambia la vida.

A. la miró.

—Estás de su parte.

—No estoy de parte de nadie.

—Eso suele decir la persona que acaba de ponerse de parte de alguien.

Sabina esperó.

—Puede que tenga razón en estar preocupada —dijo—. Y tú también en querer el trabajo.

—Vale. Eso ya lo sabía.

—No sé qué quieres que te diga.

—Nada. Quizá solo necesitaba hablar.

A. apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

Sabina se quedó.

Al rato se durmió sobre su hombro. Ella consiguió ponerle un cojín debajo de la cabeza sin despertarlo, recogió la cena y dejó un vaso de agua en la mesa.

Antes de marcharse escribió en un papel:

No te he despertado. Llámame mañana.

A. llamó temprano.

—Te fuiste.

—Estabas dormido.

—Podías haberte quedado.

—Hoy trabajo.

—Ya.

—¿Estás enfadado?

—No. Me habría gustado despertarme contigo.

Sabina no supo responder.

Tuvieron que colgar. Él debía despertar a su hija y Sabina salir hacia el trabajo.

A media mañana escribió:

Me importas. No sé decirlo ni escucharlo sin buscar una salida. Pero me importas.

Lo envió. A. respondió por la tarde.

Lo sé. Pero a veces necesito poder notarlo sin tener que discutir contigo para llegar hasta ahí.

V

Sabina quedó con su primo en un bar cerca del polígono donde trabajaba.

De niños habían pasado varios veranos juntos en el pueblo. Él era quien trepaba primero a los muros, saltaba desde la roca más alta y asumía cualquier desastre antes de que los adultos averiguaran qué había ocurrido.

También fue quien le prestó sus primeros casetes de cantautores y le puso una guitarra desafinada entre las manos.

Tocaba mal, pero se sabía las letras enteras y las cantaba como si hablaran de gente de la familia.

Sabina aprendió con él que una canción podía contar una vida sin necesidad de explicarla.

—Tú tranquila, prima. Si nos pillan, digo que ha sido cosa mía.

Treinta años después seguía utilizando estrategias parecidas.

Llegó veinticinco minutos tarde, con una chaqueta reflectante sobre el brazo y manchas en las botas.

—La prima de la capital.

—Tú tienes aspecto de haber sido atropellado por un camión.

—El camión lo conduzco yo.

Pidió dos cervezas.

Habló del trabajo, de los niños, del coche y de una gotera en la cocina. A mitad de una historia perdió el hilo. Después admitió que estaba reventado, aunque intentó convertirlo en chiste.

Sabina lo vio cerrar los ojos mientras esperaban la segunda ronda.

Dormía cuatro o cinco horas con suerte. Cuando se despertaba empezaba a pensar en la hipoteca, el coche, el trabajo, el aparato del niño. «Las cosas», resumió.

Luego contó algo que hasta entonces no había mencionado: a veces, en la furgoneta, se le cerraba el pecho y le faltaba el aire.

—¿Has ido al médico?

—Claro. Tengo uno sentado en la guantera.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

Sabina insistió.

—Que no es nada, prima. Déjalo estar.

El primo rechazó la idea de pedir cita. Ya sabía, dijo, lo que le recomendarían: dormir, fumar menos, descansar. El problema era quién hacía su turno mientras él descansaba. Perder una mañana no significaba lo mismo para él que para Sabina.

—Que me dejes con lo mío, prima.

Le salió con más dureza de la prevista.

Después pidió perdón. Estaba de mala leche y, sobre todo, le daba miedo que el médico pusiera nombre a algo.

—También puede no ser grave —dijo Sabina.

—O sí.

—O sí.

No prometió pedir cita. Sabina tampoco volvió a insistir.

Unos días después M. la llamó mientras esperaba el metro.

—Han llevado al primo a urgencias.

Sabina dejó pasar el tren.

Había tenido un dolor fuerte en el pecho y un mareo durante el reparto. Las primeras pruebas no mostraban daño agudo, pero tenía la tensión alta y lo dejaron en observación.

Cuando Sabina entró, llevaba una camiseta de hospital y varios adhesivos en el pecho.

—Muy favorecedor.

—Nueva colección primavera-verano.

Sobre la mesilla había una sopa intacta.

No había sido un infarto. Los médicos hablaban de tensión, ansiedad y factores de riesgo, y le habían dado una baja.

A él no le tranquilizaba del todo. Ese mes contaba con dos sábados extra, el coche necesitaba una reparación y estaban pagando el aparato del niño. Todo el mundo le decía que parara. Nadie podía decirle de dónde sacar el dinero.

—No lo sé —admitió Sabina.

El primo la miró.

—¿No tienes una frase?

—Ninguna que pague el coche.

Él soltó una risa breve.

—Pensé que me moría.

No bromeó. Lo primero que había pensado era en sus hijos. Lo segundo, absurdamente, en la ruta que había dejado a medias.

Cuando dijo que quería volver al trabajo el lunes, discutieron un poco. Ella recordó la baja. Él, el complemento que perdería. Al final Sabina ofreció acompañarlo a la revisión. Iría su mujer.

—Entonces me avisas después.

—Eso sí puedo hacerlo.

Después de la revisión llegó un mensaje:

El médico dice que nada de horas extra este mes.

Sabina respondió:

Hazle caso.

He dicho que no al sábado. Me faltan ciento veinte euros y me siento un vago.

No sé cómo arreglar los ciento veinte euros. Pero hiciste bien en decir que no.

El primo tardó un rato.

Ya veremos a final de mes.

Después:

¿Tú cómo estás de verdad?

Hoy, cansada. Y un poco asustada todavía.

El primo respondió:

Yo también.

VI

Hola. No sé si sigues usando este teléfono. Soy la del piso de Embajadores, la de las lentejas incomibles y el pelo naranja. Voy a estar en Madrid el jueves. ¿Te apetece un café?

El número no estaba guardado. Reconoció a la antigua amiga de la universidad antes de llegar al final.

Durante dos años habían compartido apuntes, cocinas ajenas y la convicción de que seguirían siendo amigas aunque cambiara todo.

Con los años fueron perdiendo el contacto hasta que dejaron de hablar.

No hubo pelea. Primero tardaron días en responderse. Luego semanas. Una propuso verse y la otra no pudo. Más tarde ocurrió al revés. El silencio dejó de parecer una interrupción.

Quedaron cerca de la facultad.

La amiga vivía ahora en Bruselas y estaba en Madrid por trabajo. Tenía algo más de una hora antes de coger un tren.

Sabina llegó pronto y buscó fotografías antiguas en el móvil.

Encontró una de las dos en la cocina del piso de Embajadores. La amiga llevaba el pelo naranja y sostenía una olla. Sabina aparecía doblada de risa.

Recordó vino barato, lentejas duras y las dos jurando que a los treinta tendrían casas luminosas, trabajos interesantes y parejas que sabrían pedir perdón.

La amiga llegó con el pelo corto y una maleta pequeña.

Durante un instante se miraron con una atención casi profesional.