En tu casa o en Sabina 10. Yo, mi, me, contigo
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10. Yo, mi, me, contigo

I

A., viernes por la mañana:

Cuando puedas, hablamos.

Sabina guardó el móvil. La noche anterior, en el micro abierto, él se había marchado antes que ella. No hubo portazo ni escena, solo una incomodidad que ninguno supo colocar a tiempo.

A media mañana, un compañero apareció por encima de la pantalla.

—Esta noche toca concierto de versiones. ¿Te vienes?

—No sé.

—Respuesta oficial de persona que sí quiere pero necesita sufrir antes.

—Te digo luego.

A las seis se encerró en una sala de reuniones vacía y llamó a A.

—Hola.

—Hola.

Hubo un segundo de ajuste.

—Ayer me fui porque me sentí fuera de sitio —dijo él.

—Podías habérmelo dicho.

—Lo intenté.

Sabina apoyó la espalda en la pared.

—No te escuché.

—No mucho.

—Lo siento.

A. guardó silencio un momento.

—No quiero que dejes de hacer cosas por mí —dijo—. Pero ayer intentaba decirte que estaba incómodo y me quitabas importancia con una broma.

Sabina miró la puerta de cristal.

—Pensé que estabas bromeando. O no quise escucharlo.

—Eso se parece más a una respuesta.

Desde el otro lado del teléfono se oyó una voz infantil.

—Tengo que hacer la cena —dijo A.—. La niña está hambrienta y empieza a negociar con violencia.

—Lo estamos aplazando otra vez.

A. tardó apenas un segundo.

—Sabina, tengo que darle de cenar a mi hija.

Ella cerró los ojos.

—Ya. Ha sonado fatal.

—Un poco.

—Perdón.

Quedaron en hablar el sábado por la tarde. No hubo beso de despedida ni mensaje reparador. Sabina salió de la oficina y escribió a C.

Concierto de versiones. Necesito ruido.

C. respondió:

Estoy terminando una presentación. Puedo llegar tarde. No garantizo simpatía.

El bar estaba lleno cuando Sabina llegó. La banda tocaba canciones que todo el mundo conocía aunque nadie quisiera admitirlo. Bebió una cerveza, saludó a compañeros, bailó con una mujer de otra mesa y durante un rato consiguió no pensar en nada que necesitara solución.

C. apareció después de las once.

—Tienes cara de haber tomado decisiones —dijo.

—Solo una cerveza.

—Entonces aún podemos salvarte.

Un hombre de barba larga dejó la chaqueta en una silla junto a ellas y preguntó si estaba libre. Después volvió. Hablaron un rato. Era simpático, tenía una forma tranquila de mirar y una risa que a Sabina le recordó a alguien sin saber exactamente a quién.

C. se inclinó hacia ella.

—No voy a decir nada.

—Ya has dicho algo.

—He dicho que no voy a decir nada.

El hombre le ofreció otra cerveza. Sabina aceptó.

Más tarde salieron a fumar, aunque ella apenas fumaba ya. El aire frío despejó algo.

—Nos vamos a otro sitio —dijo él—. ¿Te vienes?

Sabina miró la puerta del bar. Dentro, C. hablaba con dos desconocidas como si llevara años conociéndolas.

Le apetecía seguir un rato. También irse a casa.

—No —dijo—. Me voy a casa.

El hombre aceptó sin insistir. Sabina casi se rio de sí misma. Dentro, C. seguía con su copa.

—Me voy.

—Yo me quedo un rato.

—Bien.

C. la miró con más atención.

—¿Estás bien?

—No mucho. Pero no es por el concierto.

—Entonces hablamos mañana.

Sabina salió sola.

En el taxi encontró un mensaje de A.

La niña ya está dormida. Siento haber cortado la conversación así. Mañana seguimos.

Respondió:

Vale. Yo también he dicho algunas cosas mal.

II

Una noche de serie mediocre y palomitas, A. tenía los pies sobre la mesa baja de Sabina. Habían acabado de cenar y él llevaba un rato intentando adivinar qué personaje iba a morir. Cada vez que se equivocaba, Sabina le quitaba el cuenco.

—Ese tampoco —dijo ella.

—Se estaba despidiendo.

—Se iba a trabajar.

A. intentó recuperar las palomitas por detrás de su espalda y derramó unas cuantas entre los cojines. Sabina se reía tanto que tuvieron que retroceder la escena; cuando él volvió a equivocarse, le dejó el cuenco de todos modos.

—Si viviéramos juntos, este sofá se nos quedaría pequeño —dijo A., mirando la pantalla.

Sabina tardó un segundo.

—Y habría que comprar otra estantería.

A. giró la cabeza.

—Tus libros ya están intentando expulsarme.

—Expulsan a todo el mundo.

—Era un pensamiento en voz alta. No estoy escondiendo un anillo en las palomitas.

—Menos mal. Está lleno de sal.

Rieron y siguieron viendo la serie.

Pero la frase se quedó.

Hasta entonces el futuro había aparecido en formatos manejables: una cena la semana siguiente, una excursión, entradas para un concierto. Vivir juntos era otra clase de imagen. Una sola lavadora, mañanas compartidas, la hija de A. entrando y saliendo, objetos de uno ocupando el territorio del otro.

Sabina fue a la cocina a por agua.

—No quería agobiarte —dijo A. desde el sofá.

—No me has agobiado.

—Has salido de la habitación.

—Tenía sed.

A. no insistió.

El martes siguiente la llamó al salir del trabajo y le propuso pasar en su casa todo el fin de semana. Tenía a la niña y así, dijo, no tendrían que ir de un lado a otro.

Sabina aceptó el viernes, pero explicó que el sábado quería volver a casa. Llevaba dos semanas sin una tarde sola.

El viernes llegó a casa de A. con una mochila y una botella de vino.

Su hija abrió la puerta.

—Pensaba que venías mañana también.

Sabina miró a A. por encima de su cabeza.

—Mañana tengo cosas que hacer. Pero hoy estoy aquí.

La niña aceptó la explicación y volvió al salón, donde había preparado un juego de cartas.

La noche fue agradable. Cenaron pizza, jugaron y vieron una película elegida por la niña. Durante un rato, la escena se pareció peligrosamente a algo que Sabina podía desear.

A la mañana siguiente la despertaron voces en la cocina.

Se puso una camiseta de A. que había quedado sobre una silla y salió.

Había tres platos preparados. La niña removía masa en un cuenco.

—Vamos a hacer tortitas. Papá ha dicho que luego podíamos ir al parque y comer fuera.

Sabina miró a A.

—Si te apetece —añadió él.

El plan estaba desplegado delante de ella: desayuno, parque, comida, quizá otra noche. Nada grave. La camiseta de A. le llegaba a mitad de muslo y, de pronto, defender su autonomía vestida con la ropa de otro le pareció ridículo.

—Me quedo a desayunar. Luego me voy.

La niña siguió removiendo.

Después, mientras Sabina guardaba sus cosas, A. entró en el dormitorio. Él había entendido que se quedaría buena parte del sábado. Ella recordó que desde el principio había dicho que quería volver a casa. En pocos segundos estaban discutiendo otra vez sobre una discusión que ya conocían.

A. quería saber que podía contar con ella sin confirmar cada plan tres veces. Sabina quería pasar una tarde en su propia casa sin que eso se interpretara como una retirada.

—No te estoy pidiendo que vivamos juntos. Lo del sofá fue una broma. Pero tampoco quiero una relación que solo exista cuando no altera ninguno de tus planes.

Sabina dejó el jersey dentro de la mochila.

—Mis planes también importan.

Desde la cocina, la niña preguntó por las servilletas. A. le indicó el cajón y volvió a Sabina.

Le recordó que no podía improvisar siempre: tenía custodia, horarios y fines de semana concretos. Si esos días no encajaban, a veces no podían verse.

—No quiero convertirme en otra pieza de tu calendario.

—Y yo no quiero ser algo que colocas en los huecos que te sobran.

Sabina abrió la boca y no encontró una respuesta que no empeorara las cosas.

Cuando salió, la niña estaba recortando una hoja.

—¿Ya te vas?

—Sí. Tengo que hacer unas cosas.

—Papá dice siempre eso cuando trabaja.

A. levantó la vista desde el fregadero.

Sabina se puso el abrigo.

—Nos vemos pronto.

A. la acompañó hasta la puerta.

—No quería discutir delante de ella.

—Yo tampoco.

—Hablamos luego.

No se besaron.

III

M. la llamó al salir del trabajo.

—¿Tienes plan? El pequeño lleva toda la tarde preguntando cuándo vienes a jugar. Dice que yo no sé hacer voces.

Sabina estaba cansada.

—Voy un rato.

El pequeño abrió la puerta con una capa roja y una raya de rotulador verde en la frente.

—Tita, el suelo es lava.

Sabina se quedó en el felpudo.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

M. apareció detrás con el portátil bajo el brazo.

—Las normas cambian cada treinta segundos. Yo me retiro.

El salón estaba cubierto de bloques, animales de plástico y cojines usados como islas.

—Tú eres la mala —dijo el niño.

—Siempre me das los mejores papeles.

—Pero luego te haces buena.

—Eso ya me gusta menos.

—Y tienes poderes de hielo.

—¿En un suelo de lava?

El niño la miró con impaciencia.

—Da igual, tita. Es un juego.

Durante más de una hora Sabina murió cuatro veces, resucitó cinco y tuvo que rescatar un dinosaurio de una torre construida por el propio dinosaurio.

Cada vez que intentaba introducir lógica, el niño añadía un monstruo, un terremoto o una ambulancia voladora.

A los veinte minutos dejó de preguntar por qué.

Cuando M. terminó su reunión, encontró a Sabina tumbada boca arriba en la alfombra y al pequeño sentado sobre su estómago.

—¿Te quedas a cenar?

—No. Mañana madrugo.

Al volver a casa, Sabina descubrió una pegatina de estrella en la manga y un coche azul dentro del bolso.

Escribió a M. para avisarle. Recibió un audio del pequeño:

—Tita, no pierdas el coche secreto.

En casa tenía tres mensajes de C.

Necesito un favor.

No es una mudanza ni esconder un cadáver.

Me han dejado tirada para una noche de juegos y no pienso presentarme sola a hacer el ridículo.

Sabina respondió:

Estoy cubierta de rotulador y me duele una rodilla.

Perfecto. Ya llevas el vestuario.

El bar de Malasaña tenía estanterías llenas de cajas de colores. C. esperaba con dos copas y cara de haber tenido un día malo.

—La persona con la que venía ha decidido que hoy necesitaba «espacio emocional».

—¿Era una cita?

—Era una posibilidad de cita. Ahora es una persona bloqueada temporalmente.

—Muy maduro.

—He venido a jugar, no a crecer.

Las sentaron con cuatro desconocidos. En la primera partida Sabina entendió mal una regla y culpó a la explicación. En la segunda corrigió el dibujo de una jirafa de C. como si estuvieran defendiendo un presupuesto anual.

—Sabina —dijo C.—, estamos perdiendo y no pasa nada.

—No estoy enfadada.

El hombre de enfrente miró sus cartas.

—Parece bastante enfadada.

En la siguiente partida, Sabina empezó a explicar una estrategia.