En tu casa o en Sabina 9. Esta boca es mía #8
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9. Esta boca es mía #8

—No estaba mirando sus manos.

R. la observó.

—Te toca.

El presentador pronunció su nombre.

Al principio, Sabina no se movió.

—Sabina —repitió—. Texto.

R. no le tocó el brazo ni dijo que podía hacerlo. Se limitó a apartar la silla para dejarle paso.

Sabina cogió la libreta.

Los pocos metros hasta la tarima parecieron más largos que el trayecto en metro. La luz amarilla le dio directamente en los ojos. Desde allí no veía caras completas, sino vasos levantados, pantallas y manos.

El presentador ajustó el micrófono.

—Cuando quieras.

Sabina abrió la página marcada. Los dedos habían humedecido el borde del papel.

—Buenas noches.

La voz salió demasiado baja. El hombre acercó el micrófono.

—Es la primera vez que hago esto.

Alguien murmuró algo cerca de la barra.

Sabina bajó la vista y empezó.

—Mi padre rellenaba la quiniela antes de los partidos. Los domingos la comprobaba en la mesa de la cocina, con el bolígrafo azul detrás de la oreja, y después pasaba cinco minutos buscándolo.

Una risa breve surgió de alguna mesa.

—Estudiaba los partidos con una seriedad que no aplicaba a casi ninguna otra cosa.

Sabía quién jugaba fuera, qué delantero estaba lesionado y cuántas jornadas llevaba un equipo sin marcar.

A veces llamaba a mi tío para confirmar una equis, como si estuvieran decidiendo algo que pudiera cambiar el país.

Iba acelerando la lectura. Se obligó a respirar.

—De mí sabía que trabajaba mucho.

Nadie se rio.

La garganta se le cerró. Buscó la línea siguiente, pero los renglones parecieron desplazarse. En el bar sonó la cafetera. Alguien pidió dos cañas.

Sabina levantó la cabeza.

R. estaba junto a la pared, con las manos sobre las rodillas. No sonreía. La miraba sin ayudarla desde lejos.

Sabina volvió a la página y encontró una frase que no era la siguiente.

—Cada vez que nos veíamos preguntaba: «¿Qué tal el trabajo?».

La voz le tembló.

—Yo decía «bien». Él asentía y volvía a la quiniela.

Pasó la página. Había un párrafo largo sobre todas las cosas que su padre no supo preguntar. Lo había tachado, pero las palabras seguían visibles bajo la línea azul.

Se lo saltó.

—Cuando conseguí mi primer trabajo importante, se lo conté por teléfono. Dijo: «Eso está muy bien». Después preguntó si era fijo.

Algunas personas rieron. Sabina también, apenas.

—No era una mala pregunta. En mi casa, que algo fuera fijo siempre importó más que casi cualquier otra cosa.

Respiró.

—Durante años pensé que, si conseguía algo lo bastante grande, él encontraría otra pregunta. Una que no fuera sobre el contrato, el sueldo o los horarios.

El papel temblaba.

—No la encontró.

Se detuvo. Pasó la hoja.

—Mi padre murió sin saber muchas cosas de mí. Yo también dejé de preguntarle otras tantas. Ahora no puedo decidir cuál de los dos llegó más tarde.

Una voz cerca de la puerta pidió silencio a otra persona.

—Todavía conservo una de sus quinielas. Hay un uno, tres equis y demasiados doses. La mitad de las marcas son mías. No acertó casi nada.

La última frase estaba subrayada.

—A veces pienso que habría dado igual. Habría llamado a mi tío para decirle que estuvieron cerca.

Dejó la libreta sobre el atril.

Durante un segundo no ocurrió nada. Después llegó el aplauso, desigual pero real. R. fue uno de los últimos en parar.

Sabina bajó con cuidado y casi tropezó en el escalón.

Al llegar a la mesa, dejó la libreta junto a la guitarra.

—Te has saltado un párrafo —dijo R.

—Dos.

—El segundo no lo he notado.

—Porque no existía.

R. cogió la cerveza, todavía casi entera.

—Has ido muy rápido al principio.

—Tú has fallado el acorde.

—No estamos hablando de mí.

Sabina bebió agua. Tenía las piernas temblando.

—¿Estás bien? —preguntó R.

—No lo sé.

—Vale.

El presentador anunció una pausa. La mujer del jersey rojo se acercó a R., pero se detuvo a unos metros.

—Ve —dijo Sabina.

—No sé qué quiere.

—Tendrás que preguntarle.

R. caminó hacia la barra.

Una mujer de unos cincuenta años pasó junto a la mesa y señaló la libreta.

—Mi padre también hacía quinielas. Nunca acertaba más de nueve.

—El mío tampoco.

—Pero siempre estaban a punto.

—Siempre.

La mujer continuó hacia el baño.

A. se acercó mientras R. seguía junto a la barra.

—Me voy.

—¿Ya?

—Llevo un rato intentando decírtelo.

Sabina abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Perdona. Estoy un poco…

—Ya. Hablamos mañana.

Le dio un beso en la mejilla y se marchó. Sabina lo siguió con la mirada hasta la puerta.

R. regresó.

—¿Qué quería ella? —preguntó Sabina.

—Decirme que la canción era bonita.

—¿Solo eso?

—Y que se va a casar.

Sabina lo miró.

R. cogió la cerveza.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que convierte todo en literatura.

El presentador llamó al turno ocho. Una mujer se acercó con un papel doblado en cuatro. Intentó ajustar la altura del micrófono y lo bajó demasiado.

R. señaló la puerta con la cabeza.

—¿Nos vamos?

Sabina miró a la mujer. Sujetaba el papel con ambas manos y respiraba al final de cada línea como si hubiera corrido hasta allí.

—No —dijo—. Quiero escuchar.

R. dejó la cerveza sobre la mesa.

Los dos se quedaron.