9. Esta boca es mía #5
Había olvidado a casi todas. Recordaba, en cambio, la sensación de que la vida repartía algo escaso y cada mujer que entraba en una habitación podía llevarse su parte.
Dobló la página de nuevo y la metió en el bolso.
Esa noche había quedado con C.
Cuando llegó, C. ya había abierto una botella de vino. Había un bol de palomitas en la mesa y una serie detenida en una imagen que ninguna parecía mirar.
—Ven. Necesito que veas una cosa y me confirmes que no estoy loca.
—Esa responsabilidad supera mi formación.
C. le tendió el móvil.
En la pantalla aparecía una mujer joven sentada junto a una piscina. Llevaba un bañador negro, gafas de sol y una copa en la mano.
—La nueva novia de mi ex —dijo C.
Sabina amplió la imagen.
—Es muy joven.
—Veintiocho.
—¿Cómo lo sabes?
—He investigado.
—Eso nunca termina bien.
—Trabaja en marketing, hace pilates y ha estado en Bali, Costa Rica y un sitio de Italia que no sé pronunciar.
Sabina deslizó el dedo. La mujer caminaba por una playa con una camisa blanca abierta sobre el bikini.
—Parece un anuncio de compresas.
—Sabía que podía contar contigo.
Siguieron mirando. Desayunos ordenados, hoteles, una fotografía leyendo un libro en una postura imposible y un vídeo en el que la mujer saltaba desde una roca al mar.
—Tiene una sección que se llama gratitud —dijo C.
—Igual agradece que tú le hicieras el rodaje previo.
La frase había salido antes de que Sabina pudiera medirla.
—Perdona.
—No. Es justo lo que pienso.
C. bajó el móvil.
—Yo fui la versión de prueba. La que se comió su crisis, la que le buscó psicólogo, la que pagó vacaciones cuando estaba sin dinero. Y ahora ella recibe al hombre reconstruido.
—No sabes si está reconstruido.
—Ya. Pero está con ella.
C. dejó la copa sobre la mesa muy despacio.
—Me han cambiado por una versión mejor.
—No es una versión de ti.
—Ya sé que no es una versión de mí.
—Entonces no te han cambiado por…
—No empieces.
Sabina se calló.
—No te pongas ahora sensata —dijo C.—. Llevas media hora diciendo que parece un anuncio de compresas.
—Sí.
—Y has ampliado la foto más que yo.
—También.
—No necesito que me expliques que ella no tiene la culpa. Ya lo sé.
—Vale.
—Sé que probablemente sea una persona normal. Sé que no me ha hecho nada. Pero hoy quiero que me caiga mal.
Sabina cogió la copa.
—Puede caerte mal.
—Ah, ¿me das permiso? Gracias, tía.
—No quería decirlo así.
El tono de C. se había endurecido.
—Creo que me he pasado —dijo.
C. no respondió.
—No solo con lo de la versión de prueba. Con todo esto.
Señaló el teléfono.
—Tú también estabas mirando.
—Sí.
—No te conviertas ahora en mejor persona que yo.
—No lo soy. Si J. apareciera mañana con una mujer de veintiocho años, probablemente averiguaría dónde estudió, cuándo se hizo su primera foto con él y si usa filtros.
C. movió apenas la boca.
—También criticarías sus dientes.
—Solo si fueran perfectos.
C. soltó una risa breve, aunque tenía los ojos húmedos.
Sabina tomó el móvil.
—No quiero seguir mirando.
—Pues no mires.
—Creo que deberíamos parar.
C. extendió la mano.
—Dámelo.
Sabina no se lo devolvió.
—Cinco minutos.
—Es mi móvil.
—Ya lo sé.
—Sabina.
—Cinco minutos sin buscar nada nuevo. Después decides.
C. la miró con irritación.
—Eres bastante pesada cuando descubres una idea.
—Es uno de mis encantos tardíos.
—No es un encanto.
Sabina dejó el teléfono sobre una estantería, detrás de una maceta.
—Lo veo desde aquí —dijo C.
Sabina movió la maceta unos centímetros.
—Ahora no.
Volvió a sentarse.
Durante un rato ninguna habló. En la calle alguien arrastraba una maleta por la acera.
—Lo peor —dijo C. al fin— es que una parte de mí quiere que les vaya mal.
—A mí también me ha pasado.
—Ya, pero tú ahora estás en una fase de crecimiento personal insoportable.
—No exageres. Sigo deseándole calvicie a alguna gente.
C. sonrió sin mirarla.
—Quiero que se dé cuenta de que conmigo estaba mejor.
—Eso no significa que quieras volver.
—No quiero volver. Quiero que se arrepienta.
—Eso sí.
C. se secó debajo de un ojo.
—Y quiero dejar de mirar a esta chica como si me hubiera robado algo.
—Podemos empezar por no mirar su perfil esta noche.
—Mañana ya veremos.
C. se levantó para recuperar el teléfono. Sabina pensó que volvería a la aplicación. En cambio, lo dejó boca abajo sobre la mesa y puso en marcha la serie.
A los pocos minutos preguntó:
—¿Qué estaba pasando?
—No tengo ni idea.
—Llevamos cuatro capítulos.
—Nunca he sabido qué pasa.
X
ASUNTO: Piloto nueva experiencia de cliente. Reunión de arranque.
Debajo aparecían seis personas convocadas para las once: el jefe, su compañera, dos responsables de otras áreas y el directivo del traje gris.
Sabina abrió el documento adjunto.
El nuevo piloto recuperaba parte del trabajo anterior: proponía menos informes, más contenido útil y una prueba con tres cuentas antes de extenderlo.
Sabina reconoció su segmentación y varias recomendaciones de un documento anterior.
No figuraba su nombre.
A las diez y media, el jefe pasó junto a su mesa.
—Para la reunión, trae los datos de adopción y carga. Y piensa alguna recomendación de contenidos. Tú conoces bien esa parte.
El jefe siguió caminando.
Sabina volvió a mirar la presentación e imaginó lo de siempre: preparar los datos, corregir las propuestas y quedarse después en segunda fila.
A las once entraron en una sala demasiado pequeña para seis personas. El directivo ocupó la cabecera.
—Queremos mover esto rápido —empezó—. Es un piloto con mucha visibilidad. Si funciona, puede convertirse en el modelo del próximo año.
En la cuarta diapositiva apareció casi completa la tabla de Sabina.
—Esta segmentación nos permitirá personalizar los contenidos sin multiplicar el trabajo —dijo el directivo—.
La idea es que tu compañera coordine el piloto.
Tiene buena relación con las áreas implicadas y sabe presentar.
Sabina apoyará con el análisis, la estructura de contenidos y la parte operativa.
La compañera pareció sorprendida, aunque no del todo.
—Quiero liderarlo —dijo Sabina.
El directivo se detuvo.
—¿Perdona?
—Quiero liderar el piloto.
El jefe apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Pensábamos que preferías concentrarte en el contenido y la parte técnica.
—No me lo habéis preguntado.
La compañera cerró un poco el portátil.
—A mí sí me habían dicho que podía coordinarlo.
—Lo sé. No estoy diciendo que tú no puedas.
—Estás diciendo que quieres mi sitio.
—Estoy diciendo que no quiero preparar el trabajo para que otra persona lo presente.
La frase quedó peor de lo que había pretendido.
La compañera se echó hacia atrás.
—Yo también he trabajado en esto.
—No he dicho que no.
—Ha sonado bastante parecido.
El jefe intervino.
—Vamos a bajar el tono.
Sabina apretó el bolígrafo.
—Me he expresado mal —dijo, mirando a la compañera—. No quería reducir tu trabajo. Pero quiero optar a liderarlo.
El directivo observó a una y a otra como si el desacuerdo hubiera añadido una dificultad innecesaria a su agenda.
—La decisión todavía no está cerrada.
La compañera giró la cabeza.
—Ayer me dijisteis que sí.
—Dijimos que eras una posibilidad sólida.
—No fue así como lo entendí.
El jefe se aclaró la garganta.
—Podemos revisar la estructura. Lo importante es que el piloto salga.
—¿Qué tendría que demostrar para liderarlo? —preguntó Sabina.
—Coordinar áreas, presentar ante dirección y responsabilizarte del resultado. No solo diseñar la solución.
—Puedo hacerlo.
—También tendrías que liberar carga.
—Entonces liberémosla.
El directivo cerró la presentación.
—Preparad una propuesta de liderazgo y reparto de funciones. Una cada una. El viernes decidimos.
La reunión terminó diez minutos antes.
En el pasillo, la compañera caminó delante de Sabina. Sabina aceleró hasta alcanzarla.
—Oye. No quería atacarte.
—Pues ha quedado regular.
Llegaron a las mesas. La compañera dejó el portátil junto al teclado.
—Llevo tres semanas hablando con las otras áreas. He preparado el calendario, he convencido a dos responsables que no querían participar y ayer me dijeron que lo coordinaría.
—No lo sabía.
—No. Porque estas cosas siempre se hablan por separado y luego nos meten en una sala para que parezca que competimos de repente.
—Sigo queriéndolo.
—Yo también.
—Vale. No sé qué quieres que diga.
—Nada. Solo que no conviertas esto en una historia en la que tú haces el trabajo invisible y yo aparezco para poner la cara. No soy esa persona.
Sabina recibió el golpe sin defenderse.
—No quería hacerte eso.
—Y tampoco quiero ser la mujer simpática que presenta bien mientras tú eres la que sabe de verdad. Estoy cansada de que me expliquen que mi fortaleza es caer bien.
—Eso tampoco lo sabía.
Durante los dos días siguientes, Sabina trabajó en la propuesta entre reuniones y tareas que no desaparecieron porque hubiera decidido tener ambición.
La primera versión ocupaba doce páginas y no decía qué dejaría de hacer.
El jueves, el jefe la llamó a una sala.
—He visto el borrador. Está bien, pero no puedes liderar esto y mantener tu carga actual.
—Ya lo sé.
—Has incluido que otra persona asuma parte del informe y una cuenta.
—Durante seis semanas.
—Es fácil interesarse por un proyecto visible si el trabajo menos atractivo se lo queda otro.
—Llevo años quedándome yo ese trabajo.
—Y lo haces bien.
—Ese es parte del problema. Si para demostrar que puedo liderar tengo que hacerlo además de todo lo demás, la prueba está trucada.
El jefe giró el portátil hacia ella.
—Entonces dime qué propones.
Sabina señaló el documento.
—Durante las seis semanas de diseño dejo una cuenta grande y el informe semanal. Automatizo la primera parte y preparo el traspaso. Pero no puedo liderar el piloto a escondidas entre el resto de tareas.
—¿Y si no funciona?
—Será responsabilidad mía.
El viernes, la compañera presentó primero. Tenía apoyos confirmados y un plan de comunicación mejor que el de Sabina. Sabina tomó notas aunque no quería admitir cuánto le gustaban algunas partes.
Después expuso su diseño, los riesgos, la medición y el trabajo que dejaría temporalmente.