9. Esta boca es mía #6
—¿Quién debería ser la responsable final? —preguntó el directivo.
—Yo —dijo Sabina.
—Yo también —respondió la compañera.
El jefe propuso dividir el liderazgo: Sabina dirigiría el diseño durante seis semanas y la compañera el despliegue con las áreas. Las dos presentarían resultados al comité.
—Yo quería liderarlo completo —dijo la compañera.
—Yo también —dijo Sabina.
—Esta es la propuesta —respondió el jefe—. Podéis aceptarla o podemos elegir a una sola persona.
No había una solución justa escondida en una frase adecuada.
—La acepto —dijo Sabina.
La compañera tardó un poco más.
—Yo también.
Al salir caminaron juntas hasta los ascensores.
—¿Te vale? —preguntó Sabina.
—Hoy no.
—A mí tampoco del todo.
La compañera sostuvo la puerta.
—Y no uses la tabla de la diapositiva cuatro sin poner que es tuya.
—Pensaba hacerlo.
—Pues hazlo.
Cuando Sabina regresó a su mesa, tenía una invitación nueva en el calendario:
PILOTO — REVISIÓN DE DISEÑO Responsable: Sabina Vega
Debajo figuraban el jefe, la compañera y el directivo del traje gris.
Sabina leyó su nombre. Sintió satisfacción, miedo y una cantidad poco razonable de trabajo acercándose a toda velocidad.
Pulsó «Aceptar».
XI
La mesa cojeó justo cuando C. intentaba cortar una porción de pizza.
El vaso de vino se inclinó y derramó un hilo tinto sobre el mantel de papel.
—Quieto todo el mundo —dijo Sabina.
Sujetó el vaso con una mano y levantó la esquina de la mesa con la otra. Debajo de una pata había un folleto doblado de un supermercado que había cerrado dos años antes.
C. miró el calzo.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—No mucho.
—Sabina.
—Unos años.
—¿Cuántos?
—Diez, quizá.
C. dejó el tenedor.
—¿Llevas diez años comiendo en una mesa que se mueve?
—Solo cuando alguien insiste en comer en la mesa.
Normalmente, Sabina cenaba en el sofá, con el plato sobre las rodillas. La mesa servía para acumular correspondencia, bolsas y libros que pensaba ordenar algún día.
C. la empujó con dos dedos. El mueble se balanceó.
—Esta mesa pide la extremaunción.
—Todavía sirve.
La frase salió con la voz de su madre.
C. dejó de empujar.
—Servir, sirve. Igual que una caja de fruta con cuatro ladrillos.
Después de que se marchara, Sabina recogió las cajas de pizza y recolocó el folleto bajo la pata. El salón quedó en silencio.
Siempre había pensado que aquel piso era provisional. Cuando tuviera pareja, quizá se mudaría. Cuando ganara más, buscaría algo mejor. Cuando supiera qué vida quería, entonces elegiría muebles que no parecieran haber pasado por allí camino de otro sitio.
Dos días después llamó a su madre.
—Estoy pensando en comprar una mesa para el salón.
—¿Qué le pasa a la que tienes?
—Que no me gusta.
Hubo un silencio breve.
—Pero ¿está rota?
—Cojea.
—Eso se arregla. Tu padre lo hacía en un momento.
—No quiero arreglarla.
—¿Y qué vas a hacer con ella?
—Donarla, si alguien la quiere.
Su madre soltó un pequeño ruido de desaprobación.
—Está la gente tirando cosas que todavía sirven y luego nos quejamos de cómo está el mundo.
—Mamá, es una mesa.
—Y las mesas cuestan dinero. No está la cosa para tirar la casa por la ventana.
Sabina había oído aquella frase antes de cada viaje, cada abrigo y cada objeto que no fuera imprescindible. A veces había sido verdad. En casa el dinero estuvo justo más de una vez. Otras se pronunciaba por costumbre, incluso cuando las cuentas permitían respirar.
—Puedo pagarla.
—No digo que no puedas.
—No voy a tirar la casa por la ventana. Voy a comprar una mesa.
—Bueno, hija, tú sabrás.
No era aprobación.
—Sí —respondió Sabina—. Yo sabré.
El sábado fue a una tienda de segunda mano situada en una nave del extrarradio. Había mesas apoyadas unas contra otras, sillas desparejadas y armarios que olían a casas ajenas.
Al fondo encontró una mesa rectangular de madera clara. Tenía pequeñas marcas y un cajón estrecho que se atascaba un poco. No era especial, pero podía imaginarla junto a la ventana.
La etiqueta superaba lo que había previsto. El transporte añadió casi cien euros.
—¿Se puede reservar? —preguntó.
—Hasta el cierre. Después no.
Sabina salió de la nave. Abrió la aplicación del banco y la cerró sin necesidad de mirar. Sabía cuánto dinero tenía.
Llamó a R.
—¿Tienes acceso a una furgoneta?
—Hola a ti también.
—He encontrado una mesa.
—Eso explica perfectamente la urgencia.
—El transporte cuesta una barbaridad.
—Un amigo puede prestarme la suya esta tarde. Pero yo no cargo pianos ni cadáveres.
—Es una mesa pequeña.
—Todo el mundo dice eso antes de lesionarme.
—¿Me ayudas?
—Sí.
Sabina volvió a entrar.
—Me la llevo.
Al pagar sintió una punzada de culpa. Sacó la tarjeta de todas formas.
La mesa vieja terminó en manos de dos estudiantes que aseguraron que solo necesitaba una cuña. La nueva llegó en la furgoneta prestada. Al girarla en el pasillo, R. golpeó una esquina contra la pared.
—Perfecto —dijo Sabina—. Ya la has estrenado.
—Las casas necesitan cicatrices para generar carácter.
—Has desconchado la pintura.
—Carácter.
La colocaron junto a la ventana. Era algo grande para el espacio, pero no cojeaba.
—¿Y las sillas? —preguntó R.
Sabina miró las tres que conservaba, cada una distinta.
—En la siguiente fase de mi irresponsabilidad financiera.
El viernes invitó a C. y a R. a cenar.
El viernes en mi casa. Tengo mesa.
C. respondió:
¿La vieja ha muerto?
R. añadió:
Yo estuve presente en el parto de la nueva.
Sabina preparó una lasaña que quedó seca en las esquinas. Se sentaron en las tres sillas diferentes. R. tuvo que levantarse cada vez que C. quería pasar al baño.
—Has calculado muy bien las proporciones —dijo él.
—La tienda parecía más grande.
La comida no mejoró al enfriarse, pero se la comieron. Hablaron del trabajo, de una cita desastrosa de C. y de la canción que R. todavía no daba por terminada.
En un momento, C. apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Sabes qué es raro?
—Que no se mueva —dijo Sabina.
—Estar aquí. Casi siempre quedamos fuera o en mi casa.
—Tu sofá tiene una reputación.
—Y la tuya parecía territorio protegido.
Sabina iba a responder, pero R. empezó a contar cómo casi había atropellado una columna al sacar la furgoneta y la conversación cambió.
Después del postre, C. gesticuló con la copa y unas gotas de vino cayeron sobre la madera.
—Mierda. Perdona.
Sabina se levantó de inmediato. Frotó la marca hasta que desapareció casi por completo.
—Ha quedado un poco —dijo C.
—No pasa nada.
—Acabas de limpiar como si estuvieras borrando una escena del crimen.
—Es nueva.
XII
El ejercicio lo propuso T. con aquella calma que siempre parecía más peligrosa que una bronca.
—Llevas varias sesiones hablando de los personajes que sostienes —dijo—. La fuerte, la graciosa, la que no se enfada. Me gustaría que durante unos días observaras las mentiras que dices para mantenerlos.
—¿Quieres que llene la Biblia por fascículos?
—No es un concurso.
—Entonces no lo llames lista.
—No he dicho lista.
Sabina sacó la libreta y escribió:
REGISTRO DE MENTIRAS
Debajo añadió:
No puntuar. No clasificar. No convertirlo en una oposición.
—Muy tranquilizador —dijo T.
—Necesito normas claras.
—La única es que no te castigues por encontrarlas.
Sabina escribió:
Norma poco realista.
La primera apareció a la mañana siguiente junto a la máquina de café.
—¿Qué tal? —preguntó un compañero.
—Bien, tirando.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
En la mesa anotó:
1. «Bien, tirando». Automática. Gravedad: 2.
Tachó la puntuación. Después la escribió en el margen.
Al mediodía llevaba catorce: No te preocupes. Me da igual cambiar la reunión. Claro, lo miro.
Al día siguiente intentó responder con más precisión.
—¿Mejor hoy? —preguntó el mismo compañero.
—Regular.
—Vaya. Bueno, ánimo.
Se marchó.
Sabina escribió:
«Regular». Resultado: nada. ¿Era necesario contarle más? No.
Pronto empezó a dudar de las categorías. A su madre le dijo « nada serio » sobre A.; a C., que un vestido le quedaba bien aunque el vestido no le gustara.
¿Mentira, privacidad o diplomacia?
Al cuarto día llevaba cincuenta y ocho entradas y corregía las frases en mitad de las conversaciones.
—No te preocupes —le dijo a su compañera cuando esta cambió una reunión—. Bueno, sí me preocupa un poco. No en el sentido de preocuparme, sino de molestarme. Aunque tampoco tanto.
La compañera la miró.
—¿Quieres que mantengamos la hora anterior?
—No puedo.
—Entonces ¿qué estamos discutiendo?
Sabina volvió a su mesa y escribió:
Decir toda la verdad puede hacer perder tiempo a personas inocentes.
Llevaba varias semanas viendo a A. Cuatro citas, varias llamadas y una noche en su casa en la que solo habían conseguido ver veinte minutos de una película. Lo suficiente para que Sabina hubiera empezado a contar con determinados viernes.
Aquel sábado habían quedado para cenar y después subir a casa de él. A media tarde, A. escribió:
Voy a tener que cambiar el plan. Ha surgido un problema con la madre de mi hija y tengo que recogerla esta noche. Podría verte mañana, pero entiendo que te fastidie.
Se quedó en lo de entiendo que te fastidie. Había una niña de por medio.
Empezó a responder:
No pasa nada. Ocúpate de ella.
Se detuvo y anotó en la libreta:
59. «No pasa nada». Sí pasa. Me había hecho ilusión.
Volvió al teléfono.
Lo entiendo. Hablamos para mañana.
Era verdad, pero no toda.
A las diez y media llegó otro mensaje.
Ya está solucionado. Mi hija se queda conmigo este fin de semana. ¿Te parece que lo dejemos para el martes?
Martes. Tres días.
Sabina escribió:
Vale.
A. contestó con un corazón pequeño y un lo siento.
Ella no respondió.
El domingo, A. mandó una fotografía de dos tortitas quemadas.
Supervivencia doméstica.
No contestó.
Más tarde, cuando A. preguntó ¿Todo bien? , respondió:
Sí, descansando.
Mentira número sesenta.
El martes se encontraron en un bar cerca de la oficina de Sabina. A. había pedido dos cervezas. Cuando se levantó para besarla, Sabina ofreció la mejilla sin haberlo decidido.
A. se quedó quieto.
—¿Qué pasa?
—Nada. Eso es mentira —añadió Sabina.
A. volvió a sentarse.
—Me molestó que cancelaras el sábado.
—Ya.