En tu casa o en Sabina 9. Esta boca es mía #4
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9. Esta boca es mía #4

Era un hombre joven, con pantalones de deporte y unos cascos alrededor del cuello. Llevaba una caja de herramientas pequeña.

—Gracias.

Él miró las bolsas.

—¿Te ayudo?

—Puedo.

Una de las asas crujió.

—Pero igual no quiero.

El hombre cogió la bolsa más pesada y la garrafa.

—¿Hasta qué piso?

Al llegar al rellano del tercero, Sabina reconoció una marca negra en la pared donde antes se apoyaba la rueda.

—Tú eres el de la bicicleta.

Él giró la cabeza.

—Y tú la del mensaje.

—No sabía que había adquirido una identidad en el grupo.

—Sonabas bastante oficial.

—Estuve a punto de añadir «gracias por vuestra colaboración».

El vecino se rio.

—La señora tenía razón. La bici molestaba.

—También podría habértelo dicho sin amenazarte con una cadera rota.

—Creo que esa es su forma de saludar.

Llegaron a la planta de Sabina. El vecino dejó la garrafa y la bolsa junto a la puerta.

—La he bajado al trastero, por si quieres informar al comité.

—No soy el comité.

Sabina sacó las llaves. El asa de la otra bolsa cedió y una lata de tomate rodó por el pasillo. El vecino la detuvo con el pie.

—Buen trabajo —dijo ella.

—Tengo experiencia interceptando objetos peligrosos en zonas comunes.

Entre los dos recogieron la compra.

—Gracias —dijo Sabina—. De verdad.

—De nada.

El vecino miró hacia las escaleras.

—Por cierto, no siempre llego tarde. Solo los días en que me ve la señora del primero.

—Se lo haré constar.

—Sabía que eras el comité.

Bajó antes de que Sabina pudiera responder.

Sabina metió las bolsas en casa y cerró la puerta.

VIII

El micro abierto se acercaba y Sabina todavía no tenía texto.

Tenía opciones, que no era lo mismo.

Extendió sobre la mesa del salón ocho páginas arrancadas o copiadas de la libreta.

Algunas hablaban de J. Otras del trabajo, de su madre, de todas las veces que había dicho «me da igual» cuando no le daba igual.

Había un texto sobre los hombres que se habían quedado a dormir y otro sobre las veces que ella se había marchado antes de que pudieran echarla.

Los leyó en voz alta.

Uno comenzaba:

—«A veces no se trata de encontrar la salida, sino de dejar de llamar hogar al laberinto».

Sabina cerró los ojos.

—Dios mío.

Lo pasó al montón de bajo ningún concepto.

Durante una hora hizo tres grupos: quizá, no y mejor destruir antes de morir.

Intentó leer uno de pie, con el móvil grabando. A la mitad empezó a acelerar. Se equivocó, dijo «mierda» y detuvo el audio.

Su voz sonaba más aguda de lo habitual y respiraba como si estuviera subiendo una cuesta.

Descartó la grabación y abrió otra página. Tampoco funcionó. A las diez y cuarto, R. escribió:

¿Tienes texto?

Sabina miró los montones.

Sí.

Observó la mentira y añadió:

Es decir, tengo demasiados y ninguno.

R. respondió:

Yo tengo una canción, pero cada vez que la toco cambio de opinión sobre si debería existir.

Sabina escribió:

Necesito ayuda.

Tuvo el impulso de añadir un chiste, un «cuando puedas» o una oferta para devolver el favor.

No añadió nada.

Bien. Yo también. Ven mañana y hacemos intercambio de catástrofes.

R. vivía en un piso pequeño cerca de una avenida ruidosa. Cuando Sabina llegó, había apartado la mesa del salón y colocado dos sillas frente a un atril. La guitarra descansaba sobre el sofá. En el suelo había cables, una taza con café frío y varias hojas impresas llenas de tachones.

—Esto parece más serio de lo que esperaba.

—He movido un mueble. No confundas esfuerzo físico con profesionalidad.

R. señaló la libreta.

—¿Cuántos candidatos?

—Ocho.

—¿Cuántos puedes leer sin querer abandonar el país?

—Uno y medio.

—Vamos sobrados.

Sabina dejó el bolso.

—¿Empiezas tú?

—Has pedido ayuda tú.

—Eso no significa que haya perdido la capacidad de manipular el orden.

R. cogió la guitarra.

—Empiezo yo y luego no puedes fingir una emergencia familiar.

Se sentó en el borde del sofá. Ajustó una cuerda, probó dos acordes y volvió a afinar.

—La canción no está acabada.

—El último jueves está bastante cerca.

—Gracias. Ese dato no lo tenía.

Empezó a tocar.

La melodía era sencilla, más lenta de lo que Sabina esperaba. La letra hablaba de alguien que volvía al mismo bar, pedía la misma canción y fingía no esperar a nadie.

En la segunda estrofa se equivocó de acorde y paró.

—Sigue —dijo Sabina.

—Ya la he estropeado.

—La estás ensayando.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

R. apoyó la mano sobre las cuerdas.

—La segunda parte es una mierda.

—No.

—¿Ves? Por eso no quería enseñártela antes de acabarla.

—No he dicho que esté bien. He dicho que no es una mierda.

Sabina cogió una de las hojas. R. intentó quitársela.

—Aquí dejas de hablar del bar —dijo ella—. Empiezas a explicar que el personaje tiene miedo al abandono.

—No dice eso.

—Dice «la herida que no cierra convierte cada puerta en despedida».

R. se tapó la cara.

—Devuélveme la hoja.

—La primera parte tiene imágenes. La segunda las explica por si alguien no ha aprobado comprensión lectora.

R. le arrebató el papel.

—Gracias por tu delicadeza.

El tono había cambiado. Sabina dejó de sonreír.

—Perdona.

R. miró la hoja.

—No. Tienes razón.

—Podría haberlo dicho de otra forma.

—También.

Se hizo un silencio.

R. dejó la guitarra a un lado.

—Ahora tú.

Sabina acercó la libreta.

—Podemos descansar cinco minutos.

—Ni hablar. Acabas de apuñalar mi canción. Quiero reciprocidad.

Ella pasó varias páginas.

—Este habla de decir que no.

—No.

—Ni siquiera lo has oído.

—Ese lo lee la mitad de la sala cada jueves.

—Pues gracias por la ayuda.

R. alzó las manos.

—Vale. Me he pasado.

—Hay uno sobre mi padre.

R. no respondió enseguida.

—Ese no tienes que leerlo si no quieres.

—Ya lo sé.

—¿Quieres?

Sabina miró la página. La había escrito una noche en que encontró la quiniela antigua de su padre entre sus papeles. Empezaba con los domingos de fútbol y terminaba con las preguntas que él nunca hacía.

—No lo sé.

—Léeme el principio.

—¿Y si no quiero seguir?

—Paras.

Sabina colocó la libreta sobre el atril.

—No hagas caras.

—Tengo una sola cara.

—Pues úsala menos.

Empezó a leer sobre su padre rellenando la quiniela en la mesa de la cocina, el bolígrafo azul detrás de la oreja y la solemnidad con que estudiaba partidos de equipos que no había visto jugar nunca.

En la primera frase aceleró.

R. levantó una mano.

—Más lento.

—No he llegado al segundo renglón.

—Por eso.

Sabina volvió al principio. Al llegar a la parte en que su padre preguntaba por el trabajo y no por su vida, la voz se le cerró.

—Hasta ahí.

R. guardó silencio.

—¿Qué?

—El principio es bueno.

—Eso suena a que luego deja de serlo.

—Luego explicas por qué nunca te sentiste vista.

—Porque es de lo que va.

—Ya se entiende.

Sabina miró el texto.

—Siempre me dices que quite la parte en la que explico.

—Porque no confías en que lo anterior llegue.

—A veces no llega.

—A veces sí.

R. cogió la guitarra de nuevo.

—Yo no quiero cantar la canción del bar.

—¿Por qué?

—Porque la escribí pensando en alguien que estará allí.

Sabina esperó, pero él no añadió quién.

—Podrías tocar otra.

—No tengo otra que quiera tocar.

Hasta entonces, Sabina había pensado en R. como quien la había empujado a apuntarse, alguien más valiente porque acumulaba bares y escenarios pequeños.

Estaba tan asustado como ella.

—Necesito que escuches el final otra vez —dijo R.—. Sin hablar hasta que termine.

—Puedo intentarlo.

—Y yo necesito que leas el texto entero. Aunque luego no lo uses.

—Odio pedir ayuda.

—A mí tampoco me está encantando.

R. volvió a tocar y no paró cuando falló el acorde. En la segunda parte se saltó los versos explicativos y dejó solo una silla vacía frente a una cerveza que perdía la espuma.

Cuando terminó, Sabina permaneció callada.

—Ya puedes —dijo él.

—Mejor sin la herida que convierte puertas en despedidas.

—Nunca volveremos a mencionar esa frase.

—La recordaré en tu funeral.

R. señaló el atril.

—Te toca.

Sabina leyó el texto entero. Se atascó dos veces, aceleró en la mitad y se detuvo un segundo antes de la última frase. R. no la interrumpió.

—No puedo leer eso el jueves —dijo al terminar.

—Vale.

—¿Solo vale?

—Me has dicho que no puedes.

—Podrías llevarme la contraria.

—También podrías decidir tú.

—Quiero leerlo. Pero no así.

—¿Qué sobra?

Sabina buscó en la libreta el párrafo en el que explicaba que había pasado media vida intentando obtener de otros la aprobación que su padre no supo darle.

Lo tachó.

—Esto.

Tachó otro.

—Y esto.

—Te estás cargando casi la mitad.

—Tú has empezado.

Trabajaron durante una hora. Discutieron por una frase que Sabina quería conservar y R. consideraba demasiado bonita. Ella ganó porque era su texto. R. cambió el orden de dos estrofas y después volvió a dejarlas como estaban.

Cerca de medianoche, Sabina leyó una última versión. Seguía temblando. Seguía corriendo en algunos pasajes.

—Ese es —dijo R.

—No sé si podré terminarlo delante de gente.

—Yo tampoco sé si podré terminar la canción.

—Buen equipo.

—Gracias.

R. levantó la hoja llena de tachones.

—Gracias tú. Aunque has asesinado mi mejor metáfora.

—Necesitaba ayuda, no mentiras.

—Yo también.

IX

Hasta entonces, sus rivales siempre habían sido mujeres.

La otra guapa. La otra lista. La otra joven. La otra que sabía hacerse querer sin parecer que solicitaba una plaza. La que llegaba cuando Sabina ya había agotado la paciencia, las explicaciones y la versión amable del hombre en cuestión.

En los cuadernos de los veinte y los treinta había construido una población entera de rivales. Algunas existían. Otras eran una fotografía, un nombre escuchado al pasar o una sospecha a la que ella había dado cuerpo, profesión y piernas mejores que las suyas.

Encontró la página un sábado mientras vaciaba una caja de papeles.

Estaba doblada entre recibos antiguos y entradas de conciertos. Arriba había escrito con rotulador negro:

MUJERES EN GUERRA

Debajo aparecían nombres, iniciales y descripciones que ahora le dieron vergüenza.

La rubia del curso. Cara de no haber fregado un baño en su vida.

La del gimnasio. Todo culo y frases de Paulo Coelho.

La compañera nueva. Sonrisa de pedir perdón mientras te quita el sitio.