En tu casa o en Sabina 9. Esta boca es mía #3
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9. Esta boca es mía #3

Sabina notó que se le tensaba el estómago.

—Vale. Pero no quiero irme contigo a casa.

A. parpadeó.

—No te lo había pedido.

La respuesta sonó más defensiva de lo que seguramente pretendía. Sabina apartó un poco la cara.

—Ya lo sé. Te lo digo antes.

—Sí. Perdona. Ha sonado fatal.

Se quedó callado un instante.

—No estaba dando por hecho que fueras a venir. Pero me parece bien que me lo digas.

—Me apetece besarte. No quiero que eso nos obligue a decidir el resto de la noche.

—De acuerdo.

A. se acercó despacio. El beso sabía a cerveza y a frío. Fue torpe al principio porque ninguno encontró bien el ángulo y los dientes chocaron apenas. A. se apartó, sonrió y volvió a intentarlo.

La segunda vez fue mejor.

Sabina apoyó una mano en su abrigo. Sintió deseo, pero no urgencia.

Entonces notó humedad en la cara.

A. se separó.

—¿Estás llorando?

Sabina se tocó la mejilla.

—Parece que sí.

—¿He hecho algo?

—No. Creo que no.

A. miró alrededor, como si esperara encontrar instrucciones pegadas en la farmacia. Sacó un paquete de pañuelos y le ofreció uno.

—No sé muy bien qué toca hacer ahora.

Sabina soltó una risa mientras se secaba la cara.

—Nada. Dame un minuto.

—Eso sí sé hacerlo.

Se quedaron sentados sin tocarse. Podía ser alivio. Podía ser miedo. Podía ser cansancio saliendo por el lugar menos oportuno.

—No suelo llorar al besar a la gente —dijo Sabina.

—Me tranquiliza.

—Aunque no tengo estadísticas recientes.

A. sonrió.

—Podemos dejarlo aquí.

—¿Quieres dejarlo aquí?

Él se tomó un momento.

—No especialmente. Pero tampoco quiero fingir que sé qué necesitas.

—Necesito no convertir esto en una escena enorme.

—Podemos convertirlo en una escena mediana.

Se besaron otra vez, más brevemente. Después caminaron hasta el metro.

—Te escribo —dijo A.

—Frase de alto riesgo.

—Te escribo mañana. Y si no quiero repetir, también te lo diré. Espero que hagas lo mismo.

—Eso reduce poco el riesgo.

—No puedo ofrecer garantías el primer viernes.

A la mañana siguiente recibió un mensaje.

Me gustó verte. La semana que viene estoy con mi hija y tengo bastante lío. ¿Te parece que busquemos un día para la siguiente?

Le gustó que quisiera volver a verla. Le decepcionó que no propusiera esa misma noche, el domingo o cualquier hueco inmediato que confirmara un entusiasmo indiscutible.

Respondió:

A mí también me gustó. Hablamos y buscamos un día.

Lo envió.

Después dejó el móvil sobre la mesa. Durante unos minutos esperó una respuesta, aunque no había hecho ninguna pregunta.

VI

El camión de la basura arrastró los contenedores por la calle. Poco después, el vecino de arriba dejó caer algo pesado. Después pasó una moto sin escape.

Cuando sonó la alarma, Sabina llevaba más de media hora despierta. Tenía la mandíbula apretada y una presión sorda en la sien izquierda.

Alargó la mano hacia el móvil.

Treinta y siete mensajes en el grupo de trabajo. Un vídeo del pequeño disfrazado de dinosaurio en el grupo familiar. Dos audios de C. Un aviso del banco. Tres titulares de última hora.

Abrió primero el grupo de trabajo.

El jefe había escrito la noche anterior:

Lo vemos mañana a primera hora.

Después:

Sabina, ¿puedes confirmar los datos antes de la reunión?

El último mensaje era de esa mañana:

¿Lo has visto?

Sabina activó el silencio del grupo durante ocho horas. El alivio duró menos de un minuto. Antes de salir de casa volvió a abrirlo.

No había nada nuevo.

En el metro se bajó una parada antes. El vagón estaba lleno, una adolescente veía vídeos sin auriculares y un hombre sostenía una conversación de trabajo como si todos los pasajeros pertenecieran a su equipo.

Caminó hasta la oficina sin música ni podcast.

Durante la mañana, el dolor de la sien se extendió hacia el ojo. Tres reuniones, una invitación urgente para la semana siguiente y un mensaje que preguntaba si había visto un correo enviado dos minutos antes.

A la hora de comer compró un sándwich y lo tomó en una sala vacía con las luces apagadas.

Cuando volvió a su mesa, el grupo de trabajo tenía veintidós mensajes nuevos. Casi todos eran aclaraciones que no la necesitaban.

En el metro de vuelta apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos.

Al llegar a casa, bajó las persianas a medias. No encendió la televisión ni puso música. Se tomó un analgésico y calentó una bolsa de semillas para apoyársela sobre los ojos.

El móvil vibró dentro del bolso.

No se movió.

Volvió a vibrar. Después empezó a sonar.

Era M.

Sabina pensó en no contestar. Luego imaginó a su madre en urgencias o a uno de los niños caído.

—¿Qué pasa?

—Nada grave. Bueno, no sé. El pequeño tiene fiebre, mamá lleva toda la tarde insistiendo con qué hacemos en agosto, la mayor tiene que entregar mañana un trabajo que, según ella, no existe hasta esta noche, y en el curro me han caído dos marrones.

De fondo se oía al pequeño quejarse y a la niña preguntar por una cartulina.

—Un segundo —dijo M., apartándose del teléfono—. En el cajón de abajo. No, el otro. ¡El otro!

Volvió a la llamada.

—Perdona. Estoy hasta arriba.

Sabina se sentó en el borde del sofá y se apretó dos dedos contra la sien.

—Puedo hablar un rato corto. Tengo bastante dolor de cabeza y hoy no me da para todo.

Al otro lado se hizo un silencio.

—Dime qué es lo más urgente.

—No sé resumir mi vida en diez minutos.

—Ya.

—Déjalo. No pasa nada.

Sabina reconoció el tono.

—No he dicho que no quiera escucharte.

—Has dicho que un rato corto.

—Porque es lo que puedo darte ahora.

El pequeño empezó a llorar.

—Mamá —llamó la hija mayor—. No está la cartulina.

—Pues usa otra. El profesor sobrevivirá al cambio cromático.

M. regresó con una respiración larga.

—Lo urgente es que el pequeño tiene treinta y ocho y medio y mañana no sé con quién dejarlo. Yo tengo una reunión que no puedo mover y su padre entra muy pronto.

—¿Mamá puede ir?

—Tiene médico.

Sabina repasó su agenda.

—Puedo ir de ocho a once. Después tengo que conectarme.

—¿Seguro?

—Sí. Eso sí puedo.

M. soltó aire.

—Vale. Gracias.

—Llevo el portátil. Si sigue con fiebre, llamáis al pediatra.

—Ya lo sé, Sabina.

Otra pausa.

—Lo del trabajo y mamá te lo cuento otro día —dijo M.—. Cuando tengas más capacidad disponible.

La frase llevaba punta.

—Mañana por la tarde te llamo yo.

—Mañana estarás cansada.

—Probablemente.

—Pues ya veremos.

El dolor le latió detrás del ojo.

—Te llamo mañana —repitió.

—Vale. Voy a buscar el termómetro, que ha desaparecido.

—Mira en el baño pequeño. La última vez estaba allí.

—No hay baño pequeño en mi casa.

—Entonces no sé en qué casa estoy pensando.

A M. se le escapó una risa corta.

—Estás fatal.

—Eso tampoco es nuevo.

Colgaron.

Sabina se sentía culpable y aliviada. Había ofrecido algo concreto, no todo. M. seguía necesitando hablar y probablemente se había sentido rechazada.

Envió un mensaje al jefe:

Mañana estaré ocupada con un asunto familiar de ocho a once. Me conectaré después y trabajaré desde casa el resto del día.

La respuesta llegó enseguida:

Vale.

Dejó el teléfono cargando en la cocina, con el sonido activado por si M. llamaba por la fiebre.

Cuando llegó al pasillo, volvió a vibrar. Se detuvo. No sonó una segunda vez. Siguió hasta el dormitorio sin volver a buscarlo.

VII

El portal de Sabina no tenía ningún encanto. Buzones torcidos, un felpudo pelado y una planta de plástico descolorida sobre un mueble de madera que nadie recordaba haber comprado.

Una mañana, cuando volvía de comprar el pan, se cruzó con la señora del primero arrastrando una bolsa de basura que parecía pesar más que ella.

—Buenos días.

—De buenos nada.

La mujer dejó la bolsa en el suelo para recuperar el aliento.

—El chico del tercero ha vuelto a dejar la bicicleta en medio. El día que me caiga y me parta la cadera, ya veremos quién se ríe.

—No creo que se ría nadie.

—Pues tampoco hace nadie nada.

Recogió la bolsa y continuó hacia la puerta, murmurando algo sobre las normas y una derrama que no tenía relación aparente con la bicicleta.

Sabina empezó a subir. En el rellano del tercero encontró la bici apoyada junto al ascensor, con el manillar invadiendo buena parte del paso. Intentó esquivarla. El pedal se le enganchó en el pantalón.

—Joder.

La movió unos centímetros hacia la pared y siguió hasta su casa. Aquella noche, mientras Sabina calentaba la cena en un cazo, el grupo de WhatsApp de la comunidad empezó a llenarse de mensajes. El presidente escribió:

Se recuerda que no pueden dejarse bicicletas ni otros objetos en los rellanos. Además de dificultar el paso, incumple las normas de seguridad.

La señora del primero respondió de inmediato:

Lo llevo diciendo meses. Hoy he vuelto a tropezarme. El día que pase algo, nadie será responsable.

El vecino del tercero tardó un poco más:

Perdón. Hoy llegué tarde y no quise hacer ruido abriendo el trastero. Mañana la bajo.

Tarde llegas todos los días. La escalera no es un garaje.

Alguien del segundo escribió que tampoco era necesario montar un juicio. Otro aprovechó para preguntar cuándo se arreglaría la luz del portal. El del quinto reenvió una fotografía de una hoja impresa con varias normas subrayadas en amarillo.

Sabina leyó la conversación entera.

No era asunto suyo. O sí, porque aquella mañana el pedal se le había enganchado en el pantalón. No hacer nada era su especialidad en los conflictos comunitarios.

Tecleó:

La bicicleta ocupa bastante paso. Gracias al vecino del tercero por bajarla mañana. Creo que con eso queda resuelto.

Lo envió.

El vecino respondió enseguida:

Sí. Disculpad. Mañana la dejo en el trastero.

La señora del primero escribió:

Eso espero.

El del quinto mandó un pulgar y volvió a preguntar por la luz.

A la mañana siguiente, la bicicleta ya no estaba.

Pasaron varios días. El grupo regresó a su actividad habitual: publicidad de cerrajeros, fotografías de paquetes abandonados y preguntas que nadie sabía responder sobre la calefacción.

El sábado, Sabina volvió del supermercado con dos bolsas demasiado cargadas. Apenas consiguió abrir la puerta del portal.

—Espera.

Una mano sostuvo la puerta desde dentro.