En tu casa o en Sabina 9. Esta boca es mía #2
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9. Esta boca es mía #2

Le disgustaban los cementerios, las fechas obligatorias y esa forma de recordar a los muertos por calendario, como si el resto del año pudieran quedarse guardados en un cajón.

M. llevaba una semana insistiendo.

—Ve aunque sea un rato. Mamá va a ir. Yo también. No tienes que rezar ni hacer nada especial.

Sabina había alegado trabajo, cansancio y una posible migraña que todavía no existía. Al final aceptó porque se quedó sin excusas que no sonaran exactamente a lo que eran.

Miedo.

Entró en la floristería.

—¿Qué te pongo? —preguntó la florista, una mujer con delantal verde y las manos enrojecidas por el frío.

—Crisantemos blancos.

—¿Un ramo grande?

—No. Normal.

La mujer eligió varias flores, recortó los tallos y las envolvió en papel marrón.

—Que te sea leve.

Sabina dio las gracias y salió con el ramo pegado al pecho.

M. la esperaba en la entrada del cementerio con una bolsa que contenía un paño, una botella de agua y unas flores de su madre.

—Pensaba que te arrepentirías —dijo.

—Todavía puedo.

—No seas idiota.

Empezaron a caminar. Había varias personas cargadas con cubos, escaleras plegables y bolsas de flores. Algunas hablaban en voz alta. Otras limpiaban las lápidas con una concentración doméstica.

—Mamá ha venido antes —explicó M.—. Está viendo a los abuelos.

Sabina no recordaba el camino. M. giró dos veces y contó las filas sin mirar los números.

—Es aquí. El 48.

El nicho estaba limpio. Su madre había colocado flores frescas y una vela eléctrica. En una esquina quedaba la marca húmeda del paño. La fotografía de su padre era la misma de siempre, algo más joven de lo que Sabina lo recordaba, con una expresión seria que seguramente había elegido el fotógrafo.

M. se acercó primero. Apoyó los dedos sobre la piedra y dijo algo que Sabina no llegó a oír.

Ella se quedó unos pasos atrás con el ramo entre las manos.

Se sintió una visita. Alguien que llega tarde, deja flores y se marcha antes de que le pregunten dónde ha estado todo ese tiempo.

—Ponlas aquí —dijo M., apartando un jarrón vacío.

Sabina colocó los crisantemos. Uno de los tallos quedó torcido. Intentó arreglarlo.

—Déjalo —dijo M.—. Está bien.

Sabina retrocedió. Miró el nombre completo de su padre, las dos fechas y la fotografía.

Había imaginado muchas veces cosas que le diría si pudiera sentarlo delante. En aquellas discusiones inventadas, ella hablaba con claridad y él escuchaba sin interrumpir. A veces pedía perdón. Otras explicaba por qué había sido como había sido.

Delante de la piedra no encontró ninguna de aquellas frases.

—Hola —dijo.

M. la miró de reojo, pero no comentó nada.

—Soy yo.

La aclaración le pareció absurda.

—He venido con M. Mamá ya ha limpiado esto, claro. Supongo que eso no te sorprende.

M. soltó una respiración que casi fue una risa.

Sabina bajó la vista hacia las hojas húmedas y los pétalos aplastados del suelo.

—No sé qué se supone que tengo que decir.

Esperó.

—Sigo enfadada contigo.

La frase salió baja. Se aclaró la garganta.

—Bebías demasiado. Y cuando bebías era imposible saber quién iba a entrar por la puerta. A veces estabas gracioso. Otras no. Y nosotros teníamos que fingir que no había pasado nada al día siguiente.

M. dejó de moverse.

—Tampoco preguntabas mucho. Por el trabajo, sí. Eso siempre. Pero no por las otras cosas.

Sabina rozó con el pulgar la costura del bolsillo.

—Hay días en que me gustaría llamarte. Cuando algo me sale bien, sobre todo. Pienso que quizá te pondrías contento. O que dirías alguna tontería y luego se lo contarías a todo el mundo como si lo hubieras hecho tú.

Sonrió un instante.

—Y otros días no te echo de menos nada. No sé cuál de las dos cosas es la verdadera.

M. no respondió.

Sabina tragó saliva.

—Me habría gustado que alguna vez dijeras que estabas orgulloso sin que hubiera que sacártelo con tenazas.

Las palabras quedaron entre ellas y la piedra. Una mujer arrastró una escalera en el pasillo contiguo. Más lejos, un niño preguntó cuánto faltaba para irse.

—Ya está —dijo Sabina—. Por hoy.

M. le tocó el brazo.

—Voy a buscar a mamá. ¿Te quedas un momento?

Se quedó frente al nicho. Había esperado sentirse aliviada, quizá más ligera. Seguía triste, enfadada y un poco avergonzada de haber hablado delante de una piedra.

Por la tarde fueron a casa de la madre. M. se marchó pronto para recoger a los niños. Sabina se quedó en la mesa camilla con una taza de café y un plato de rosquillas entre ambas.

Su madre partió una por la mitad.

—Hoy le has hablado mucho —comentó—. Te veía desde donde están los abuelos.

—Tenía cosas pendientes.

—Ya.

Sabina bebió un poco de café. Quemaba.

—Le he dicho que sigo enfadada.

Su madre no pareció sorprendida.

—Normal.

—Y que le echo de menos.

La mujer dobló una esquina de la servilleta.

—También normal.

—Nunca te he oído decir que estuvieras enfadada con él.

Su madre se quedó quieta. Solo se oyó el televisor de la habitación contigua.

—Cuando alguien se muere parece que ya solo se puede hablar bien —dijo al fin.

—Es una norma bastante absurda.

—Sí.

—Pero la hemos cumplido todos.

La madre cogió otro trozo de rosquilla, aunque todavía no había terminado el primero.

—Tu padre podía ser muy cariñoso. Y también podía hacer la vida muy difícil. Las dos cosas eran verdad.

Sabina esperó.

—Yo estuve enfadada muchos años. Antes de que muriera y después. Luego me sentía culpable porque ya no podía defenderse.

—¿Y se te pasó?

Su madre soltó una risa.

—No. Se mezcla.

—¿Con qué?

—Con echarle de menos. Con recordar cosas buenas. Con agradecer que no esté cuando pienso en otras.

—Podrías haberme contado eso antes.

—Tú también podrías haber preguntado.

—No sabía cómo —dijo.

—Yo tampoco.

Se quedaron calladas.

La madre empujó el plato de rosquillas hacia ella.

—Llévate unas cuantas.

—No quiero.

—Te las llevas igual.

Sabina acercó una servilleta.

V

El primer beso fue en un banco corrido de madera, junto a la terraza de un bar de barrio.

No había vistas. Delante tenían una farmacia, dos contenedores y una furgoneta aparcada en doble fila. La cerveza estaba mal tirada y, cada vez que alguien abría la puerta del bar, salía un trozo de la retransmisión de un partido.

A. llegó nueve minutos tarde.

Sabina lo sabía porque había mirado el reloj tres veces, aunque se había prometido no hacerlo. Lo vio aparecer al final de la calle, guardándose el móvil en el bolsillo.

—Perdona —dijo—. Se ha complicado una cosa con mi hija.

—¿Qué ha pasado?

—Nada grave. Comparto custodia con su madre. Teníamos que aclarar una cosa del colegio y hemos acabado hablando de seis.

A. se quitó el abrigo.

—No suele ser tan emocionante como suena.

Parecía bastante tranquilo por llegar tarde, aunque no tanto como para que a Sabina dejara de molestarle un poco.

—Te he pedido una cerveza —dijo—. Luego he pensado que igual no bebías y que era una decisión bastante autoritaria para una primera cita.

—Bebo cerveza.

—Primer conflicto resuelto sin mediación.

Habían coincidido dos semanas antes en el cumpleaños de una compañera del trabajo. A. había pasado parte de la cena intentando cortar una pizza con un cuchillo inútil. Hablaron de restaurantes sobrevalorados, de la gente que aplaudía al aterrizar un avión y de una serie que ninguno terminó.

No hubo una conexión fulminante. Cuando A. le escribió, Sabina tuvo que buscar su cara en la fotografía del cumpleaños.

Aceptó porque la conversación le había resultado agradable.

A. trabajaba en una empresa de seguros y hablaba de ello sin fingir que era una vocación.

Tenía una hija, compartía la custodia por semanas y los lunes de intercambio solían ser un desastre logístico.

Le gustaba cocinar platos que dejaban media cocina por fregar.

Corría los domingos y se quejaba de correr durante el resto de la semana.

Sabina le contó lo suficiente de su trabajo para que se entendiera y no tanto como para convertir la cita en una reunión. A. habló durante varios minutos de unos armarios de cocina.

Sabina perdió el hilo.

—¿Te estoy aburriendo? —preguntó él.

—Un poco con lo de los armarios.

—Podías haberme parado antes.

—Quería ver hasta dónde llegabas.

—Me quedaba la encimera.

—Menos mal que he hablado.

A. se rio y pidió otra ronda.

—¿Has tenido alguna relación larga? —preguntó después.

—Alguna.

—Respuesta evasiva.

—Pregunta amplia.

A. esperó, pero no insistió.

—He salido hace poco de una historia bastante confusa —añadió Sabina—. Salir es una palabra generosa. Digamos que intento dejar de entrar.

—Yo me separé hace cuatro años. Desde entonces he tenido un par de relaciones que no funcionaron bien.

—¿Por qué?

—En una queríamos cosas distintas. En la otra queríamos vernos, pero nunca encontrábamos cuándo. Mi hija, su trabajo, mis horarios. Al final parecíamos gestores de agenda con algo de sexo.

—Muy romántico.

—La vida adulta tiene poca consideración por la narrativa.

A. miró el teléfono cuando vibró.

—Perdona.

Leyó un mensaje y respondió rápido.

—Mi hija no encuentra una cartulina para el lunes. Cree que puedo localizarla a distancia porque soy su padre y, por tanto, una especie de sistema de navegación doméstico.

Guardó el móvil.

—La semana que viene está conmigo. Si esto no está siendo horrible y quisiéramos repetir, voy bastante justo esos días.

Le gustó que A. no fingiera una disponibilidad que no tenía. Le habría gustado que la siguiente cita fuera inmediata.

—De momento no está siendo horrible —dijo.

—El comentario más entusiasta que he recibido este mes.

Después de pagar, salieron a la calle. A. se sentó en el banco corrido de madera junto a la terraza y Sabina a su lado.

—Las vistas son impresionantes —dijo él.

—Por eso he aceptado venir.

Hubo un silencio. A. se frotó las manos para calentárselas. Sabina miró su perfil y trató de decidir si quería besarlo.

Le gustaba su boca. Le gustaba cómo se había reído cuando ella admitió que la historia de los armarios la aburría. Le molestaba un poco que hubiera mirado el teléfono, aunque la explicación fuera razonable. No sabía si le atraía lo suficiente. No sabía cuánto era suficiente.

A. se giró.

—Me gustaría besarte.