9. Esta boca es mía
I
El viernes se había alargado hasta perder la forma.
Sabina seguía en la oficina corrigiendo una presentación que nadie iba a leer entera. Más tarde estaba en el metro, de pie entre dos personas que hablaban por teléfono y un niño que golpeaba con los zapatos el asiento. Ya en casa, dejó el bolso en el suelo y se quitó el abrigo sin encender la luz.
No tenía piel.
Esa era la sensación. Como si el día le hubiera ido quitando capas y cualquier cosa pudiera alcanzarla antes de que estuviera preparada: una llamada, el ruido del vecino, el silencio del piso.
El móvil vibró dentro del bolso.
J.:
¿Estás? Tengo vino.
Dejó el teléfono sobre el mueble.
Fue a la cocina, abrió la nevera y volvió a cerrarla. No tenía hambre, pero sí esa inquietud que solía disfrazarse de hambre, sed o ganas de ver a alguien.
El móvil vibró otra vez.
Puedo estar ahí en media hora.
Sabina apoyó las manos en la encimera.
En otras ocasiones habría inventado una excusa. Migraña. Trabajo. Una cena familiar. Algo que permitiera decir que no sin reconocer que el motivo era simplemente ella.
Escribió:
Hoy no quiero verte.
Le pareció demasiado duro y lo borró.
Probó:
Estoy agotada. Mejor otro día.
Se quedó mirando el cursor. Después escribió:
Hoy necesito estar sola.
Lo envió antes de seguir corrigiéndose.
J. tardó unos minutos.
Vale. Si cambias de idea, dime.
Cenó un yogur y dos tostadas. Intentó ver una serie, pero no logró seguirla. El cuerpo seguía esperando que ocurriera algo, como si haber cerrado una puerta no significara que la noche estuviera decidida.
A las once y media volvió a mirar el móvil. No había mensajes nuevos. Abrió la conversación con J. y escribió:
¿Sigues despierto?
No lo envió.
La tentación no provenía de haber cambiado de opinión. Seguía necesitando estar sola. Lo que no sabía era cómo hacerlo sin comprobar primero que alguien habría estado dispuesto a impedírselo.
Borró la frase y dejó el teléfono en la mesilla.
Durmió mal. Se despertó dos veces y, a las seis, creyó oír el móvil aunque no había sonado.
II
Sabina llamaba «el tramo de los sueños aplazados» a una parte del camino entre la oficina y su casa.
Primero estaba la librería cerrada, donde durante años había imaginado preguntar si necesitaban a alguien que organizara presentaciones o recomendara novelas a personas indecisas.
Después, un estudio de yoga al que llevaba dos inviernos prometiéndose entrar.
Más adelante, un bar con un cartel de micro abierto todos los últimos jueves del mes.
Pasaba por delante deprisa. A veces miraba los escaparates. Nunca entraba.
Una tarde de finales de abril, la compañera de la mesa de enfrente salió con ella de la oficina. Al llegar a la antigua librería, Sabina señaló el local vacío.
—Ahí iba a trabajar cuando abandonara la vida corporativa.
—¿Y qué pasó?
—Que cerraron antes de que yo abandonara nada.
La compañera miró el estudio de yoga y después el bar.
—Este camino parece un cementerio de planes.
—Yo prefiero llamarlo archivo histórico.
—¿Todavía quieres hacer alguna de esas cosas?
La versión que repetía desde hacía años era que sí: quería escribir, hacer yoga, leer en público, viajar sola, aprender a dibujar. Quería tantas cosas que ya no distinguía los deseos de las obligaciones atrasadas.
—No lo sé —dijo.
—Entonces igual algunas no están aplazadas. Igual ya no las quieres.
Se despidieron en el metro. Sabina siguió andando hasta el bar del cartel.
Aquella noche quedó con R. y le contó la conversación.
—El yoga nunca te ha interesado —dijo él—. Te interesa ser una persona que hace yoga.
—Gracias por destruir una identidad que ni siquiera había estrenado.
—Para eso están los amigos.
R. bebió un poco de cerveza. Llevaba varios días quejándose de una canción que no conseguía terminar.
—Lo del micro abierto sí te interesa —añadió.
—Me interesa en abstracto. Como los viajes espaciales.
—El último jueves de mayo voy a tocar.
Sabina lo miró.
—¿Tú?
—He tocado delante de gente.
—Con la banda. Esto es distinto. Una canción solo.
—Estoy empezando a sospechar que ya no soy músico, sino una persona que conserva una guitarra grande en un piso pequeño.
R. le explicó que llevaba meses siguiendo la programación del bar. Cada último jueves pensaba en apuntarse y cada último jueves encontraba una razón para no hacerlo.
—Podemos hacer un pacto —dijo—. Yo toco una canción y tú lees algo.
—Eso no es un pacto. Es una amenaza conjunta.
—Si uno huye, el otro tiene permiso para humillarlo públicamente.
Sabina se rio, pero la propuesta permaneció entre los dos.
—No tengo texto para leer.
—¿Y el taller?
—Tengo ejercicios. No es lo mismo.
R. dejó dinero sobre la mesa.
—El bar está a dos calles. Vamos a preguntar.
Sabina miró la hora.
—Hoy no hay micro abierto.
—Mejor. Así no puedes actuar por accidente.
Entraron diez minutos después. Junto a la barra había una pizarra con la fecha del siguiente micro:
Último jueves de mayo. 21:30.
Un hombre revisaba una lista apoyada en una carpeta.
—¿Para apuntarse es aquí? —preguntó R.
—Nombre y qué vas a hacer.
—R. Guitarra y voz.
El hombre escribió.
—Turno seis.
R. miró a Sabina.
Ella mantuvo las manos dentro de los bolsillos.
—Texto —dijo al fin—. Sabina.
—¿Apellido o nombre artístico?
—Sabina, sin más.
—Turno siete.
El hombre les recordó el límite de una canción o tres minutos. Sabina asintió como si la información no fuera con ella.
Al salir, R. respiró hondo.
—Me arrepiento.
—Yo desde antes de entrar.
III
El informativo de las nueve hablaba de guerras, incendios, precios que subían y políticos gritándose en un hemiciclo que parecía un patio de colegio caro.
Sabina tenía el plato apoyado en las rodillas y el mando en la mano. Miraba la pantalla con la atención agotada que reservaba para las cosas que no podía resolver ni dejar de mirar.
El presentador enlazó imágenes de familias caminando entre edificios destruidos, sanitarios corriendo por un pasillo y una carretera inundada. Debajo aparecían titulares rojos, cifras y mapas.
Sabina bajó el volumen.
—Con la que está cayendo —murmuró— y yo preocupada por mis tonterías.
Sus tonterías incluían el trabajo, J., una punzada en la espalda y la sensación de que nunca descansaba sin deberle tiempo a alguien.
En la pantalla, una mujer lloraba delante de una casa quemada. Sabina sintió vergüenza de la tristeza que llevaba toda la tarde encima. Apagó la televisión.
Dos días después fue a comer a casa de M. La sobrina hacía deberes con auriculares en un extremo de la mesa. El pequeño corría por el pasillo con una espada de plástico y una camiseta puesta del revés. La televisión estaba encendida en el salón.
—No quiero que vean tanta desgracia —dijo M., sirviendo pasta—, pero como la quite del todo me entero menos que una piedra.
—Yo la pongo, me angustio, la apago y luego miro el móvil.
—Sistema perfecto.
El pequeño apareció junto a la mesa y señaló la pantalla con la espada.
—¿Esa guerra puede venir aquí?
M. dejó el tenedor.
—Ahora mismo, no.
—¿Pero puede?
—Hay adultos intentando que no pase.
El niño miró una columna de humo que ocupaba casi toda la imagen.
—¿Y si no pueden?
M. cogió el mando y apagó la televisión.
—Pues hoy no vamos a resolverlo desde el salón. Hoy hay macarrones, deberes y ducha. Lo otro te lo explico luego, cuando encuentre una forma que no dé tanto miedo.
El pequeño aceptó la respuesta y volvió al pasillo.
Sabina esperó a que desapareciera.
—¿Cómo contestas esas cosas?
—Mal. Improviso y luego busco en internet si le he creado un trauma.
M. recogió una pieza de construcción que había quedado debajo de la mesa.
—Hay días en que me da miedo todo —añadió—. Lo que oyen, que se pongan malos, que no llegue el dinero. Luego uno pide agua y la otra no encuentra un cuaderno y tengo que levantarme.
—Haces lo que tienes delante.
—Sí. Y a veces lo hago fatal.
En la oficina, el directivo del traje gris había convocado a varios equipos para explicar una reorganización. La llamó «ajuste operativo», aunque en la tercera diapositiva quedó claro que significaba que dos vacantes no se cubrirían y sus funciones se repartirían.
—El mercado exige agilidad —dijo—. Hemos conseguido preservar los puestos actuales, lo cual, con los tiempos que corren, ya es una buena noticia.
El jefe de Sabina asentía junto a la pantalla.
—Tendremos que ser flexibles —añadió—. Cada equipo revisará cómo absorber las funciones.
Sabina miró la tabla proyectada. Había fechas, porcentajes y nombres de áreas. Ninguna columna indicaba qué trabajo dejaría de hacerse.
Esperó a que alguien preguntara. Nadie lo hizo.
—¿Qué funciones se eliminan? —dijo.
El directivo volvió la cabeza.
—Eso deberá decidirlo cada responsable.
—Entonces no sabemos si la carga es asumible.
—Habrá que priorizar.
—En la presentación siguen apareciendo los mismos entregables.
El jefe se movió en la silla.
—Lo revisaremos, Sabina.
—Lo pregunto porque absorber funciones sin retirar trabajo no es una redistribución. Es más trabajo con menos gente.
El directivo juntó las manos.
—Nadie está diciendo que no puedan plantearse dudas.
—Bien. Esta es la mía.
El jefe intervino antes de que el silencio se alargara.
—Prepararemos un análisis de capacidad y lo compartiremos.
La reunión continuó con palabras como resiliencia, foco y colaboración. Sabina escuchó a medias, repasando el momento en que había hablado.
Al salir, su compañera la alcanzó en el pasillo.
—Gracias.
—No sé si ha servido.
—Yo llevo dos semanas calculando la carga y no sale.
—¿Tienes datos?
—Una primera estimación.
—Mándamela.
Esa tarde recibió un archivo de la compañera:
CARGA_REAL_v3.xlsx
Lo abrió. Había horas, tareas y dos columnas en rojo.
IV
La floristería olía a humedad, hojas cortadas y detergente barato. Eran los primeros días de mayo y se cumplía otro aniversario de la muerte de su padre. El escaparate estaba lleno de ramos demasiado apretados, centros con lazos dorados y coronas que parecían diseñadas para tumbas más importantes.
Sabina se detuvo en la entrada con las manos en los bolsillos.