8. Física y química #5
Sabina aplicó primero las medidas que le parecían menos comprometidas.
Dejó el móvil cargando fuera del dormitorio, cenó antes y utilizó el despertador barato.
Una noche se durmió relativamente pronto.
La siguiente dio vueltas hasta pasada la una.
En la tercera se levantó a beber agua y terminó mirando el teléfono en la cocina durante veinte minutos.
El sábado pasó por la farmacia.
La caja era pequeña. La farmacéutica repasó las instrucciones, recordó la pauta y le preguntó si tomaba otra medicación. Sabina respondió y guardó la caja en el bolso, debajo de la compra, como si alguien pudiera verla y deducir algo sobre su carácter.
En casa la dejó dentro de un cajón.
Aquella noche cenó tarde. Vio un episodio de una serie y apagó el televisor antes de que empezara el siguiente. Se lavó los dientes, colocó el móvil en la cocina y fue al dormitorio con un libro.
A las doce seguía despierta.
A la una también.
Había leído la misma página varias veces. Le dolía la espalda y cada postura parecía peor que la anterior. Se levantó, fue al baño y después a la cocina.
La caja estaba en el cajón de los paños, junto a unas pilas y un abrelatas.
La sacó.
Le incomodaba necesitar algo para realizar una actividad tan básica.
También necesitaba gafas para leer la letra pequeña y nunca había considerado aquello una derrota moral.
Con el sueño, sin embargo, aparecía una resistencia diferente.
Dormirse debía ser natural, automático, una función que el cuerpo ejecutara sin pedir permiso.
Volvió a leer las instrucciones que le había dado la médica.
Tomó la medicación conforme a la pauta, bebió un vaso de agua y regresó al dormitorio.
Esperaba notar un botón apagándose. No ocurrió. Durante un rato siguió pensando en el trabajo, en una factura que no recordaba haber pagado y en una conversación antigua que no tenía ninguna razón para presentarse aquella noche. Después perdió el hilo.
Se despertó antes de que sonara el despertador.
Tenía la boca algo seca y la cabeza más lenta de lo habitual. Miró la hora. Había dormido casi seis horas seguidas.
Se incorporó despacio. El cuerpo no se sentía renovado. Aun así, pudo levantarse sin negociar durante veinte minutos con el edredón.
En la cocina preparó café. La caja seguía sobre la encimera, donde la había dejado al beber agua. Sabina la guardó junto con las instrucciones médicas en el cajón de los medicamentos.
El lunes volvió a dormir mal. El martes no tomó nada. El miércoles utilizó de nuevo la ayuda pautada y descansó algo más. No apareció una versión disciplinada de sí misma capaz de dormir ocho horas, caminar cada día y cenar verduras a las ocho.
Sí empezó a reconocer algunas diferencias.
Las noches en que miraba el teléfono hasta tarde tenían un cansancio agitado. Las que pasaba intentando dormir sin conseguirlo dejaban otra pesadez, más densa. Después de la medicación se levantaba algo aturdida, pero podía seguir una conversación sin perderse a mitad.
Anotó las reacciones en una hoja que la médica le había dado, con horas y efectos sencillos. Sin adjetivos.
Una semana después llamó a la consulta para confirmar una duda. La resolvieron en menos de tres minutos.
XI
El sol entraba por la rendija de la persiana cuando Sabina decidió que le molestaba estar viva tan temprano.
Era domingo. No tenía resaca de alcohol, pero sí una acumulación menos concreta: reuniones, metro y noches con el teléfono siempre al alcance de la mano.
Había conocido otros domingos de persianas bajadas y alguien calculando a qué hora marcharse. Entonces el amanecer llegaba como un intruso.
Se tapó la cara con el edredón. La luz siguió allí. El reloj marcaba las nueve y doce.
Sabía que, si cogía el teléfono, pasaría una hora inmóvil bajo el edredón y se levantaría con peor humor.
Lo dejó en la mesilla. Abrió un ojo, después el otro, y se levantó antes de poder renegociarlo.
Al subir la persiana, la claridad mostró el polvo de la mesa, una taza olvidada junto al sofá y dos plantas inclinadas hacia la ventana. De noche, el piso parecía más ordenado. El sol no tenía esa cortesía.
Sabina recogió la taza, se lavó la cara y buscó ropa cómoda. Se puso unas zapatillas que llevaba meses utilizando casi exclusivamente para bajar la basura.
No decidió hacer ejercicio. Decidió comprar café.
Hacía frío a pesar del sol. Caminó hasta una cafetería cercana y pidió un vaso para llevar y una tostada. La camarera le indicó que no servían tostadas para llevar. Sabina se la comió de pie junto a la barra, mirando cómo otra mujer intentaba convencer a un niño de que se pusiera el abrigo.
Después siguió hacia el parque.
Estaba lleno: perros, niños sobre patinetes, corredores y parejas con termos y mantas.
Sabina caminaba algo inclinada hacia delante. Tenía rígida la parte alta de la espalda y notaba los gemelos tensos, como si llevara mucho más de diez minutos andando.
Al principio le pareció que todos los demás estaban utilizando el domingo mejor que ella.
Después vio a un niño llorando porque no quería montar en bicicleta, una pareja discutiendo y un corredor doblado junto a una papelera.
La mañana no estaba llena de personas equilibradas. Solo de gente fuera de casa.
Llegó a una zona donde el sol daba directamente sobre varios bancos. Eligió uno y se sentó. Cerró los ojos.
Notó el calor en los párpados y el banco frío bajo los muslos.
Permaneció quieta.
Un perro ladró cerca. Alguien arrastraba una bicicleta. Una niña preguntó cinco veces si podía comer algo y recibió cinco respuestas distintas de la misma persona.
La tensión detrás de la frente se aflojó un poco. Quizá por el calor, por el paseo o por no estar mirando una pantalla. Sabina no intentó decidirlo.
Abrió los ojos.
Enfrente, un hombre hacía flexiones con una concentración exagerada. Más lejos, una mujer daba migas a los pájaros pese al cartel que pedía que no se hiciera.