En tu casa o en Sabina 8. Física y química #4
47%

8. Física y química #4

Dentro había agendas incompletas, cuadernos de tapas blandas y varias libretas azules de cumpleaños anteriores. Algunas conservaban etiquetas con los años. Otras podían fecharse por los nombres que aparecían, los trabajos de los que se quejaba o las personas a las que todavía esperaba.

Sabina se sentó en el suelo. Tenía intención de separar lo que conservaría de lo que podía tirar.

Abrió un cuaderno negro de cuando rondaba los treinta.

En la primera página había escrito:

Soy un desastre con buen vocabulario.

Se rio.

Seguía teniendo ritmo. Se imaginó contándola en un bar, esperando la risa ajena y fingiendo que no significaba nada.

Pasó varias páginas.

Me quieren cuando todavía no me conocen demasiado.

Todo me sale tarde.

Estoy especialmente dotada para elegir la puerta equivocada.

Las frases aparecían subrayadas, rodeadas por estrellas o escritas en mayúsculas. Algunas ocupaban una página entera. Sabina reconoció el placer con el que las había formulado. Cuanto más cruel era una frase, más limpia parecía.

Continuó leyendo.

Los cuadernos no mentían del todo. Había ocurrido lo que contaban. Había elegido mal muchas veces, dicho cosas que no debía y convertido el cansancio en una forma de tratar mal a los demás. Pero las páginas parecían redactadas por una fiscal que abandonaba la sala antes de escuchar a la defensa.

Sabina cerró el cuaderno negro.

Abrió otra libreta.

En una página había descrito una reunión de trabajo:

He hablado demasiado. Se ha notado que no tenía ni idea. Todo el mundo es más adulto que yo.

Sabina recordaba aquella reunión. No todos los detalles, pero sí el proyecto. Había durado meses y había terminado razonablemente bien. Incluso había recibido un correo agradeciéndole el trabajo. No lo había copiado en el cuaderno ni había anotado que preparó la siguiente reunión con más cuidado.

Por un momento quiso corregir aquella página. No sabía si se había notado. El proyecto había salido. Cerró la libreta sin añadir nada.

Siguió revisando cuadernos durante casi una hora. Algunas frases le parecieron justas. Otras ya no sabía a qué se referían. No escribió en ninguna.

Cuando se cansó, devolvió todas las libretas a la caja sin ordenarlas por años ni convertirlas en un archivo importante. Cerró la tapa y la dejó sobre la mesa para decidir más adelante qué hacer con ella.

La estantería continuaba inclinada.

El lunes, durante una reunión, la compañera de la mesa de enfrente presentó los resultados de un trabajo que habían compartido. Al terminar, el jefe se volvió hacia Sabina.

—La parte del cliente quedó muy bien resuelta. Nos sacaste de un problema bastante serio.

Sabina abrió la boca.

La compañera la miró.

Sabina cerró la boca durante un segundo.

—Gracias —dijo—. Costó bastante.

El jefe siguió hablando de los siguientes pasos.

Al regresar a su mesa, la compañera se inclinó hacia ella.

—Pensaba que ibas a decir que lo había hecho el Espíritu Santo.

—He estado a punto.

Al llegar a casa encontró la caja de cuadernos sobre la mesa. La movió para hacer sitio a la compra y colocó los yogures en la nevera.

Después buscó un destornillador.

La balda estaba sujeta por dos pequeñas piezas metálicas. Apretó los tornillos, retiró algunos libros y repartió el peso entre otros estantes. Cuando terminó, la madera seguía ligeramente vencida, pero parecía capaz de aguantar.

Guardó la caja de cuadernos en la parte más baja.

IX

Aquello de que en el amor ganaba quien menos sentía le pareció una frase cínica de bar.

A los veintipocos había aprendido a esperar antes de contestar y a fingir que no le importaba. Lo inquietante era comprobar cuánto había durado el juego.

Pensó en ello un sábado por la noche, en el sótano de un bar donde R. tocaba con otras tres personas.

R. llevaba meses reuniéndose con ellos algunos domingos, aunque seguía llamándolos «la gente con la que hago ruido». Tenían batería, bajo, dos guitarras y un local de ensayo, pero no eran una banda.

Aquella noche habían conseguido que el dueño del bar les dejara tocar durante cuarenta minutos antes de una sesión de música electrónica.

—No esperes gran cosa —le había advertido R.

—No esperaba ni que afinarais.

—Entonces vas preparada.

Sabina llegó cuando estaban probando sonido.

Se sentó en una mesa lateral con una cerveza y observó a R.

cambiar cables, discutir con el batería y tocar tres veces el mismo acorde.

No se parecía demasiado al hombre tranquilo que tomaba café con ella los domingos.

Allí estaba nervioso, mandón y pendiente de que todo funcionara.

Le gustó verlo en un lugar que no tenía nada que ver con ella.

El concierto empezó con quince minutos de retraso. Tocaron seis canciones. En una, R. olvidó parte de la letra y dejó que el público completara una frase que nadie conocía. En otra, el amplificador emitió un zumbido que se mantuvo hasta el final. Aun así, sonaban razonablemente bien.

Sabina se descubrió sonriendo durante casi todo el concierto.

Cuando terminaron, R. se acercó a la mesa con la camiseta pegada a la espalda.

—¿Cuánto ha dolido?

—Menos que algunas cosas por las que he pagado entrada.

—Eso es casi un elogio.

Lo reclamaron desde el escenario para recoger los instrumentos. Sabina se quedó sola, bebiendo despacio.

Un hombre que había tocado el bajo se sentó en la silla de al lado. Tendría aproximadamente su edad. Llevaba el pelo muy corto y una camisa oscura con una mancha de sudor junto al cuello.

—Eres amiga de R., ¿no?

—A ratos.

—Eso explica que hayas venido.

—¿Tan difícil es traer público?

—Mi madre ha dicho que tenía jaqueca.

Sabina se rio.

El hombre pidió dos cervezas y le ofreció una. Ella todavía no había terminado la suya.

—Voy despacio —dijo.

—Me parece una opción sensata.

Hablaron del concierto. Él admitió dos errores que Sabina no había notado y se quejó de que R. siempre quería añadir otra canción cuando ya no quedaba tiempo para ensayarla. Sabina defendió a R. durante medio minuto y después reconoció que probablemente tenía razón.

La conversación era fácil. El hombre parecía bastante normal, sin brillo misterioso ni esfuerzo por aparentarlo.

Le preguntó a qué se dedicaba.

Sabina explicó su trabajo, seleccionando sin querer las partes más interesantes: viajes, crisis, reuniones importantes.

Después él preguntó qué hacía fuera del trabajo.

Sabina tenía varias bromas disponibles. Todas producían una versión conocida de sí misma: divertida, complicada y ligeramente rota.

—Escribo —dijo.

—¿Qué escribes?

—Escenas. Historias cortas. Todavía no sé muy bien qué estoy haciendo con ellas.

Esperó sentir vergüenza. La sintió.

El hombre bebió un sorbo.

—R. me dijo que te habías apuntado a un taller.

Sabina miró hacia el escenario. R. estaba enrollando un cable con demasiada concentración.

—R. habla demasiado.

—Sí.

—Empiezo el mes que viene.

—¿Te apetece?

Sabina podía quitarle importancia o exagerarla.

—Me apetece y me da bastante miedo —dijo.

—Suena razonable.

Sabina notó la antigua maquinaria poniéndose en marcha: cuánto mirarlo, si hablaba demasiado, si había interés.

Intentó dejar pasar las conclusiones.

El hombre le contó que daba clases de música en un colegio y que los lunes por la mañana se arrepentía de cada concierto. Sabina quiso decir algo ingenioso sobre su trabajo. No se le ocurrió nada.

—Debe de ser duro —dijo.

—A veces. Otras veces está bien.

Un rato después, el dueño del bar empezó a retirar las mesas cercanas al escenario. La música electrónica subió de volumen. El hombre miró la hora.

—Me tengo que ir. Mañana tengo comida familiar.

—Yo también debería irme.

Sabina esperó.

Creyó que él le pediría el teléfono. No se adelantó ni buscó una frase que la protegiera del posible rechazo.

El hombre se puso la chaqueta.

—Me ha gustado hablar contigo.

—A mí también.

Se despidieron con dos besos. Él salió del bar.

Nada más.

Le había gustado. Habría preferido que le pidiera el número.

Terminó la cerveza.

R. volvió después de guardar los instrumentos en un coche.

—¿Nos vamos?

—Cuando quieras.

—¿Qué tal el bajista?

Sabina se puso el abrigo.

—Normal.

—No le digas eso. Lleva años intentando parecer interesante.

X

Cuatro días después de la consulta, Sabina decidió comprar la medicación.

Había vuelto a la médica para revisar los análisis y hablar del cansancio. Ella recorrió los resultados en la pantalla sin mostrar preocupación.

—La vitamina D está baja y el hierro está cerca del límite, pero no hay nada alarmante.

—Qué decepción.

La médica apartó la vista del ordenador.

—No tener algo grave suele considerarse una buena noticia.

—Ya. Pero explica poco.

Le preguntó por el sueño. Sabina describió las horas tardías, los despertares y la sensación de levantarse después de haber pasado la noche cargando muebles.

—¿Alcohol?

—Menos. Antes me ayudaba a quedarme dormida. Ahora me despierta a mitad de la noche.

—¿Pantallas?

—He realizado una sustitución muy moderna.

La médica tomó algunas notas. Le habló de horarios más regulares, luz durante el día, movimiento y cenas menos tardías. Sabina reconoció casi todas las recomendaciones. Las había leído muchas veces mientras seguía mirando el teléfono en la cama.

—Podemos añadir una ayuda puntual durante unos días —dijo ella—. No para resolver el problema, sino para intentar cortar el bucle y que descanses.

Sabina miró la receta.

—¿Para dormir?

—Para algunas noches, siguiendo la pauta. Si notas que te sienta mal o que la necesitas más de lo acordado, vuelves y lo revisamos.

Dobló el papel antes de guardarlo.

No pasó por la farmacia al salir. Llevó la receta durante todo el día dentro del bolso, entre un paquete de pañuelos, una barra de labios y dos recibos. Al llegar a casa la dejó sobre la mesa de la cocina.

Permaneció allí tres días.