En tu casa o en Sabina 8. Física y química #3
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8. Física y química #3

Durante el resto de la cena ayudó a la niña con un problema de matemáticas y perdió una partida de cartas contra el pequeño.

El bolso permaneció colgado del respaldo.

Al recoger la mesa, Sabina llevó varios platos a la cocina. M. estaba fregando y C. secaba vasos sin que nadie se lo hubiera pedido.

—Déjalo, ya termino yo —dijo M.

—Quiero llevarme el mérito moral —respondió C.

Sabina guardó el pan, limpió las migas con la mano y colocó la tarta deshecha dentro de un recipiente en el que apenas cabía. Tuvieron que presionar la tapa entre las tres.

Cuando terminó de ponerse el abrigo, abrió el bolso.

Había un mensaje de J.

Espero que hayas tenido buen día.

—¿Vienes? —preguntó R. desde el rellano.

Sabina guardó el teléfono.

—Sí.

A la mañana siguiente, mientras esperaba que saliera el café, escribió:

Gracias. Estuve cenando con mi familia y unos amigos. Lo pasé bien.

La envió antes de buscar una formulación más interesante.

VI

La idea le vino un martes cualquiera, delante de un Excel.

Sabina llevaba casi veinte minutos intentando descubrir por qué una fórmula devolvía cero.

Había revisado los datos, cambiado el formato de las celdas y copiado la función de la fila anterior sin conseguir nada.

Cuando encontró el error, un paréntesis colocado donde no correspondía, sintió una satisfacción tan pequeña que casi resultó ofensiva.

Se quedó mirando la hoja. En otra celda, alguien había escrito escenario alternativo . Sabina pensó en todos los suyos: otra carrera, Londres, aquel trabajo que exigía viajar tres semanas al mes.

Abrió la libreta durante la pausa del café y escribió:

Vidas que también podría haber tenido.

Debajo empezó a enumerar:

Profesora de instituto. Borde, pero justa.

Librera que recomienda novelas y no contesta correos por la noche.

Señora que vive cerca del mar.

Viajera sin plantas, hipoteca ni reuniones recurrentes.

Persona que no se preocupa tanto por hacer el ridículo.

Al terminar, contempló la lista con una mezcla de deseo y cansancio.

Todas eran libres porque en la lista no había inconvenientes.

—¿Qué haces? —preguntó el compañero que había salido a por café con ella.

Sabina giró un poco la libreta.

—Un inventario de vidas desperdiciadas.

Él leyó las primeras líneas.

—Yo a veces echo de menos haber sido batería de un grupo.

—¿Tocabas la batería?

—No.

—Entonces no cuenta.

—Claro que cuenta. En mi vida alternativa aprendí.

—Lo mío es más serio.

—Siempre dices eso.

Volvieron a la oficina.

Durante el resto de la mañana, Sabina intentó concentrarse en el informe. La lista permanecía abierta junto al teclado. Cada vez que algo se atascaba, desviaba la vista hacia la mujer del mar o la librera tranquila.

A la una dejó de escribir.

Había una librería pequeña a quince minutos de la oficina. Llevaba meses viendo sus anuncios en redes sociales: presentaciones, clubes de lectura, cursos con títulos que prometían escribir una novela en seis semanas o perder el miedo a la poesía en cuatro jueves.

A esa hora había una conversación con una autora que Sabina había leído hacía años. La entrada era gratuita hasta completar aforo.

Cogió el abrigo.

La librería estaba llena. Las sillas ocupaban el pasillo central y varias personas permanecían de pie entre las estanterías. Sabina encontró sitio al fondo, cerca de una mesa de novedades.

La autora habló de su último libro, pero también de los años que había pasado escribiendo sin publicar. Contó que trabajaba en una gestoría y escribía por las noches, a veces durante veinte minutos, a veces nada. La moderadora le preguntó cuándo había sabido que quería ser escritora.

—No lo supe —respondió—. Empecé a escribir y luego seguí.

No sonaba especialmente preparado. Quizá por eso Sabina lo recordó.

Al terminar, la gente formó una cola delante de la mesa de firmas. Sabina recorrió las estanterías sin intención de comprar nada. En una columna había un tablón de corcho cubierto de tarjetas y folletos.

Uno de los papeles anunciaba un taller de escritura y lectura en voz alta. Cuatro sesiones. Grupo reducido. La última incluía una lectura en un bar cercano, voluntaria según indicaba una línea escrita en letra pequeña.

Sabina leyó el anuncio completo.

Después fotografió el número de contacto.

A las siete volvió a abrir la fotografía. El taller empezaba el mes siguiente y no prometía publicar, sanar ni encontrar una voz propia. Solo escribir textos breves, leerlos y escuchar a otros.

Abrió la página de inscripción. La cerró. Cinco minutos después volvió a abrirla.

Sabina volvió a mirar la lista de vidas posibles. No encontró una versión pequeña y cómoda de no temer el ridículo.

Rellenó su nombre, el correo y los datos de la tarjeta. Antes de confirmar, volvió a leer la palabra voluntaria junto a la lectura final.

Pulsó el botón.

La pantalla mostró un mensaje de agradecimiento y las fechas de las cuatro sesiones. Sabina las trasladó al calendario laboral. En la última escribió únicamente:

19:30. Taller.

No añadió nada sobre leer en público.

VII

La noche empezó con la intención vaga de acostarse pronto.

A las diez, Sabina terminaba una cosa del trabajo que podía haber esperado. A las diez y media revisaba una red social. A las once veía vídeos breves. A las doce abrió la conversación con J.

No había mensajes nuevos.

A la una menos cuarto seguía despierta. Tenía frío en los pies, calor bajo el portátil y una molestia creciente en la nuca. El vaso de agua llevaba horas vacío sobre la mesa.

C. le escribió:

¿Duermes o estás haciendo arqueología emocional?

Sabina contestó:

Estoy perdiendo la noche por fascículos.

La respuesta llegó enseguida.

Cierra pantallas. Mañana te vas a odiar y no tengo energía para escucharte.

Dejó el móvil boca abajo y cerró el portátil.

Tres minutos después volvió a coger el teléfono.

Deslizaba el dedo por la pantalla sin buscar nada concreto, solo para aplazar el dormitorio y quedarse un poco más en aquel ruido.

Miró la hora.

La una y siete.

Se levantó por fin. El movimiento le produjo un tirón en el cuello. Llevó el vaso a la cocina, bebió directamente del grifo y regresó al salón para recoger el portátil.

Se fue a la cama.

Tardó casi una hora en dormirse.

A la mañana siguiente, el despertador del teléfono sonó a las siete. Sabina lo apagó dos veces antes de levantarse. Tenía la boca seca, los ojos pesados y una línea dolorosa desde la nuca hasta el hombro derecho.

En la ducha dejó caer el agua caliente sobre esa zona hasta que la piel se le enrojeció. No mejoró demasiado.

Llegó a la oficina con café en un vaso de cartón y la sensación de estar ligeramente separada de todo. Se equivocó al copiar una cifra y tuvo que corregir una presentación que ya había enviado.

Desde el otro lado del monitor, la compañera la miró.

—Tienes mala cara.

—Gracias.

—Era preocupación.

—Entonces gracias de otra manera.

A media mañana, Sabina fue al baño. La luz blanca le marcaba las ojeras y una pequeña inflamación bajo los párpados. Giró el cuello hacia un lado. El músculo protestó.

No había bebido ni salido y, aun así, el cuerpo estaba pagando la madrugada.

T. le había propuesto semanas atrás preparar instrucciones sencillas para momentos concretos, en lugar de esperar a encontrarse bien para tomar una decisión. Sabina había considerado la idea demasiado parecida a un manual de electrodoméstico.

Aquella mañana escribió:

Prueba para esta noche.

El móvil se carga en la cocina.

Cerrar portátil a las once.

Dejar agua junto a la cama.

Leer algo que no tenga luz.

Se quedó mirando la lista. Añadió:

No abrir el chat de J.

Después lo tachó.

La regla le pareció demasiado específica y, por tanto, demasiado importante. Escribió encima:

No abrir conversaciones cuando ya estoy cansada.

A la salida del trabajo entró en una tienda de electrodomésticos. Preguntó por un despertador sencillo.

El dependiente le mostró varios modelos con radio, proyección de hora en el techo, sonidos de naturaleza y conexión por Bluetooth.

—Solo quiero que suene —dijo Sabina.

Terminó comprando uno pequeño, negro y barato. En casa tardó diez minutos en entender cómo ajustar la alarma. Cada vez que pulsaba un botón modificaba también los minutos.

A las diez y cincuenta dejó el teléfono cargando en la cocina.

En el salón cerró el portátil y abrió una novela. Leyó tres páginas sin retener nada y volvió a la primera.

Siguió leyendo.

A las once y veinte fue a lavarse los dientes. Desde el baño podía ver una parte de la cocina y el teléfono sobre la encimera. La pantalla se iluminó.

Sabina se quedó inmóvil, con el cepillo en la boca.

La luz se apagó.

Escupió la pasta, se enjuagó y fue hasta la cocina. Al acercarse vio que la notificación era un correo publicitario. Estiró la mano para desbloquear el teléfono.

La retiró.

Los dedos se le quedaron en el aire, como si dejara algo sin terminar.

Regresó al dormitorio.

El despertador nuevo marcaba las once y veintisiete con números rojos demasiado luminosos. Sabina colocó un libro delante para taparlos y se metió en la cama.

Dio varias vueltas. Pensó en el teléfono, en J. y en un correo de la mañana.

No se levantó.

Cuando abrió los ojos, la habitación estaba oscura y el libro se había caído delante del despertador. Tardó un momento en comprender que se había quedado dormida.

VIII

Sabina encontró los cuadernos antiguos un sábado por la tarde al despejar la parte baja de la estantería.

No había empezado a ordenar por una necesidad emocional.

La balda se estaba combando y R. le había advertido durante el fin de semana rural que un día terminaría encontrando todos los libros en el suelo.

Sabina había dicho que exageraba. Al regresar a Madrid comprobó que la madera se inclinaba varios milímetros hacia el centro.

Sacó dos pilas de novelas, una carpeta de facturas y una caja de cartón que no recordaba haber colocado allí.