8. Física y química #2
A los veintitantos, Sabina había practicado aquella estética con los recursos disponibles.
Había fumado junto a ventanas menos fotogénicas, llorado en baños de bares y caminado bajo la lluvia por no esperar el autobús.
También había enviado mensajes que parecían escritos para ser encontrados años después en una caja de recuerdos.
En la pantalla, la protagonista arrojó una copa contra la pared.
C. acercó la bolsa de palomitas.
—Eso lo recoge la hermana, fijo.
Sabina soltó una carcajada demasiado fuerte. Una mujer de la fila de delante se volvió a mirarlas.
Intentaron guardar silencio durante unos minutos. No lo consiguieron del todo. Cuando el marido pronunció que nunca había dejado de quererla, C. emitió un resoplido. Cuando la protagonista se subió a un coche con un desconocido, Sabina murmuró:
—Claro. Magnífica idea.
La película terminó con un primer plano del rostro de la mujer. Llovía sobre el parabrisas y una canción triste anunciaba que, de algún modo, el desastre había sido hermoso.
Al encenderse las luces, C. miró el fondo de la bolsa.
—Nos hemos comido las palomitas antes del segundo abandono.
—La ansiedad narrativa.
—O el hambre.
Salieron del Doré con los abrigos bajo el brazo. Había dejado de llover, pero las aceras seguían brillando. Caminaron hasta un bar tranquilo, con las mesas suficientemente separadas para no tener que escuchar la vida de los demás.
C. pidió una cerveza pequeña. Sabina, un té.
—Yo con esa bata me habría quedado dormida en el segundo abandono —dijo C.
—Yo quería sufrir así.
—Con iluminación lateral.
—Y mejor vestuario.
C. bebió un sorbo.
—Tú también has tenido tus momentos.
—Mucho drama y muy poca bata de seda.
Se rieron.
Sabina removió el té. De joven había creído que una vida interesante necesitaba huidas, amantes que regresaban a deshora y conversaciones capaces de cambiarlo todo a las tres de la mañana.
Nunca había imaginado la parte siguiente: recoger los cristales, pagar el taxi, levantarse para ir a trabajar con cuatro horas de sueño.
—A veces me preocupa estar volviéndome aburrida —dijo.
C. miró hacia la barra, donde el camarero intentaba encajar una botella en una nevera demasiado llena.
—Hoy hemos venido al cine, nos hemos reído cuando no tocaba y tú llevas diez minutos juzgando una película de hace sesenta años. No sé qué más necesitas.
—Un coche descapotable.
—Eso requiere garaje.
C. no añadió nada más. Pasaron a hablar de una compañera de C. que llevaba toda la semana utilizando la expresión pensamiento disruptivo para pedir que los demás trabajaran el sábado.
Sabina se rio tanto que tuvo que secarse los ojos con una servilleta.
IV
La chimenea llevaba encendida toda la tarde, pero Sabina seguía teniendo frío.
La casa rural estaba al final de un pueblo pequeño, detrás de una iglesia cerrada y una fuente de la que salía un hilo de agua. Tenía muros gruesos, mantas de cuadros y una pila de leña junto a la puerta que parecía parte de la decoración hasta que R. explicó que tendrían que cargarla dentro.
—Yo pensaba que el fuego venía incluido —dijo C.
—Viene incluido el agujero donde hacerlo —respondió R.—. Lo demás es trabajo.
Habían ido los tres con la excusa de descansar de Madrid. R. había encontrado aquella casa, C. llevó comida para una familia numerosa y Sabina acabó reservándola después de comparar demasiados alojamientos.
R. se arrodilló frente a la chimenea para recolocar dos troncos. Llevaba varios minutos intentando que el fuego no se apagara y empezaba a tomárselo como una afrenta personal.
—No soples tanto —dijo C.—. Lo estás intimidando.
—¿Quieres hacerlo tú?
—No. Quiero supervisar.
Sabina estaba sentada en el suelo con los pies casi pegados al hogar. Llevaba dos pares de calcetines y una manta alrededor de los hombros.
—Plan adulto —dijo C., abriendo una botella de vino—. Fuego, sopa y ropa que no saldría en una cita.
—Habla por ti —dijo R.—. Estos pantalones tienen mucho mercado.
Los tres miraron el pantalón de chándal, que le quedaba corto y con una mancha de pintura en la rodilla.
—En determinados sectores —concedió Sabina.
Cenaron sopa de sobre mejorada con verduras y una cantidad de pimienta que nadie admitió haber añadido. C. eligió una lista de música que los otros dos criticaron hasta que terminaron cantando.
La chimenea calentaba sobre todo la zona inmediata. Más allá de un par de metros, la casa seguía fría. Sabina fue a buscar otra manta y volvió arrastrándola por el suelo.
—¿Otra más? —preguntó C.
—Estoy construyendo una madriguera.
Se acomodó en el sofá, estiró las piernas y apoyó los pies sobre el borde de la mesa sin pedir permiso. Los dejó allí cuando R. se sentó en el otro extremo. Él los apartó un poco para colocar un plato con cortezas de queso.
C. contaba una historia sobre una reunión de trabajo en la que alguien había dicho hagamos una lluvia de ideas silenciosa y después había hablado durante veinte minutos. R. intentaba reparar el cierre de su chaqueta con un tenedor. Sabina se rio hasta que le empezó a doler el estómago.
Más tarde jugaron a las cartas. C. hacía trampas sin habilidad. R. cambiaba las reglas cuando perdía. Sabina ganó dos partidas seguidas y se volvió insoportable durante la tercera.
Cerca de medianoche, R. salió al porche a fumar. Sabina fue detrás porque dentro empezaba a darle demasiado calor. Se puso una chaqueta encima del pijama y cerró la puerta para que no entrara humo.
No había farolas en aquella parte del pueblo. Solo una luz débil sobre la entrada y, más lejos, alguna ventana encendida.
R. encendió el cigarrillo y dio una calada.
—Mañana va a llover —dijo R.
—El pronóstico decía posibilidad de lluvia.
—Eso es lo que dicen cuando va a llover. —R. miró por la ventana el resplandor de la chimenea—. Yo antes imaginaba que a esta edad sabría encender una. Cada uno tiene sus decepciones.
Cuando volvieron dentro, C. estaba medio dormida, con la cabeza inclinada hacia un hombro y un vaso vacío entre las manos. R. se lo quitó antes de que cayera.
Sabina recogió las cartas del suelo y se sentó cerca del fuego. Tenía sitio de sobra para estirar las piernas. Al cabo de unos minutos dijo que tenía sueño. Nadie propuso una última copa ni intentó alargar la noche.
A la mañana siguiente llovía con constancia y el paseo largo quedó reducido a una vuelta por las cuatro calles del pueblo.
Pasaron parte de la tarde leyendo, durmiendo y discutiendo sobre qué película ver hasta que la mala conexión ganó.
V
Mensajes del trabajo, publicidad, un recordatorio del dentista y una fotografía del desayuno de C.
Nada de J.
Sabina dejó el móvil boca abajo junto al teclado. Cinco minutos después volvió a cogerlo para comprobar la hora.
La noche del portal seguía presente de una manera poco heroica. Sabina no se arrepentía de haberle dicho que no, aunque la liberación tampoco había llegado. Había dormido mal y despertado varias veces con la impresión de que olvidaba algo.
Una notificación la hizo cogerlo al instante. Era publicidad de una compañía eléctrica.
A mediodía, la compañera apoyó los codos sobre el separador.
—¿Bajas a comer?
—En cinco minutos.
—Eso dijiste el viernes.
Sabina cerró el documento que llevaba veinte minutos corrigiendo sin avanzar y la acompañó. Dejó el móvil en el bolso, aunque durante la comida notó dos veces la vibración fantasma contra la pierna.
Ninguna de las dos era real.
Por la tarde, M. escribió en el grupo familiar:
Esta noche cenamos aquí. El pequeño ha hecho una tarta y necesitamos suficientes víctimas.
La fotografía mostraba una masa cubierta de chocolate, golosinas y algo que podía ser nata o pegamento escolar.
Sabina respondió que iría.
Al llegar, encontró a su madre colocando platos, a la niña protestando porque su hermano había utilizado todas las virutas de colores y a M. intentando sacar del horno una bandeja de verduras sin quemarse.
—Llega el refuerzo —dijo M.—. Corta pan.
—Siempre me dais los puestos de responsabilidad.
—La última vez quemaste la sopa.
—Eso fue una decisión creativa.
C. apareció poco después con una botella de vino. R. llegó con retraso y una bolsa de hielo porque había entendido mal el mensaje de M. y pensaba que faltaba.
—No falta hielo —dijo M.
—Ya no.
La cena fue ruidosa y algo desordenada. El pequeño derramó agua, la niña sostuvo que el queso olía raro y la madre insistió en que las verduras estaban poco hechas. C. discutió con R. sobre una canción de los noventa hasta que ambos descubrieron que hablaban de grupos distintos.
Sabina participaba, se reía y llevaba platos a la cocina. También comprobaba el móvil cada vez que quedaba sola junto a la encimera.
Nada de J.
En el salón, el pequeño apareció con la tarta entre las manos. M. caminaba detrás, preparada para evitar que terminara en el suelo.
—La he hecho yo —anunció él.
—La decoración lo deja bastante claro —dijo la niña.
El niño la ignoró y colocó la tarta en el centro de la mesa. Había hundido varias galletas en vertical sobre el chocolate. Una empezaba a inclinarse.
—Es un castillo —explicó.
—Ahora todo tiene sentido —dijo Sabina.
M. cortó las porciones. La tarta se desmoronó en cuanto el cuchillo llegó al centro. El pequeño observó el derrumbe con preocupación.
—Está rota.
—Está cortada —dijo Sabina—. Es distinto.
Probó un bocado. Había demasiado chocolate y algo crujiente que no logró identificar.
—Está buenísima.
—No hace falta mentirle —dijo M.
—No estoy mintiendo. Estoy seleccionando información.
El niño salió corriendo para enseñar a R. un dibujo que había pegado en la nevera.
Sabina dejó el plato sobre las rodillas y miró el teléfono. R. la vio.
—¿Esperas algo urgente?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
R. no preguntó más. Cogió la fuente y le sirvió otro trozo de tarta.
—Entonces ayúdame con esto. C. ha abandonado.
—Porque quiero conservar los dientes —dijo C.
Sabina guardó el teléfono en el bolso y cerró la cremallera. El gesto no eliminó las ganas de volver a mirarlo. Solo añadió un obstáculo.