8. Física y química
I
Jueves, ocho y veinte de la tarde. Sabina estaba en casa, con el pijama puesto, una cena improvisada en el plato y una serie mala de fondo.
¿Estás? Paso cerca de tu barrio. Si te apetece un vino.
J.
Después del fin de semana que él había cancelado hablaron una vez por teléfono. J. se disculpó, Sabina le dijo que seguía enfadada y ninguno volvió a sacar el tema. No quedó resuelto; quedó aparcado.
Sabina dejó el tenedor en el borde del plato. Tenía preparadas varias respuestas para noches así: hoy no, mañana madrugo, estoy cansada. También conocía la réplica que aparecería después dentro de su cabeza: un vino no mata, hace mucho que no lo ves.
Se quedó un momento escuchando la televisión. Estaba cómoda en el sofá. Reconocerlo no consiguió que la decisión fuera más sencilla.
Contestó:
Estoy. En el bar de la esquina.
Se vistió deprisa, pero sin arreglarse demasiado. Vaqueros, camiseta negra, botas. Se soltó el pelo, volvió a recogérselo y salió antes de seguir negociando consigo misma.
El bar estaba medio lleno. Barra de zinc, luz tibia y conversaciones que se mezclaban sin llegar a imponerse unas sobre otras. Sabina pidió vino y eligió una mesa cerca de la pared.
J. apareció diez minutos después, con chaqueta vaquera, barba de dos días y una sonrisa que seguía resultándole familiar antes incluso de decidir si le gustaba.
—Estás igual —dijo.
—Eso no puede ser verdad.
—Era un cumplido.
—Entonces gracias.
Brindaron. Al principio hablaron de trabajo y de personas que ambos conocían. Con J. nunca había que explicar demasiado el pasado. El problema era el presente.
Recordaron un bar que había cerrado y un viaje que llevaban años diciendo que harían. J. contó una historia que Sabina ya conocía y ella volvió a reírse.
—He pensado bastante en ti —dijo él al cabo de un rato.
Sabina giró la copa entre los dedos.
—Podrías haber escrito.
—Ya sabes cómo soy. Lo pienso, lo dejo para luego y, cuando quiero hacerlo, ya se me ha pasado el momento.
—Sí. Ya sé cómo eres.
J. bajó la vista hacia la mesa. Ninguno añadió nada.
El camarero se acercó para preguntar si querían otra ronda. J. dijo que sí antes de mirarla.
La segunda copa le calentó la cara y le dejó una presión ligera detrás de los ojos. Había cenado poco. Se prometió beber despacio y, unos minutos después, descubrió que la copa estaba casi vacía.
—A veces pienso que lo nuestro ha sido siempre una cuestión de momento —dijo J.—. Cuando estoy contigo, estoy tranquilo.
Sabina se pasó la lengua por los labios. El vino se los había dejado secos.
—Yo contigo no estoy tranquila.
—¿No?
—Estoy bien mientras estamos juntos. Lo complicado viene después.
J. apoyó los codos en la mesa.
—También encuentras siempre la manera de complicarlo.
No lo dijo con crueldad. Parecía cansado, quizá algo decepcionado. Sabina conocía aquella expresión. Durante mucho tiempo le había bastado para empezar a retirar lo que acababa de decir.
Bebió agua.
A las diez y siete miró el reloj.
—Me voy a ir.
—Quédate un poco más.
—Mañana madrugo.
—Siempre madrugas cuando la noche se pone interesante.
—Es una habilidad que he desarrollado con los años.
J. pidió la cuenta. Discutieron brevemente sobre quién pagaba y terminaron dividiéndola. Al levantarse, Sabina notó las piernas más ligeras y la cabeza más pesada. Se puso el abrigo antes de salir.
En la calle hacía frío. Caminaron hasta su portal hablando de cualquier cosa. Un taxi rozó el bordillo y J. le puso una mano en la espalda para apartarla. Sabina sintió el contacto incluso después de que él la retirara.
Delante de la puerta, se quedaron mirándose.
—¿Subo? —preguntó J.
El deseo apareció antes que la respuesta. Sabina pensó en su cama, en el calor de otro cuerpo y en la facilidad con la que podía dejar de pensar durante unas horas.
También pensó en la mañana siguiente.
—No.
J. tardó un momento en reaccionar.
—Pensaba que estábamos bien.
—Estamos bien. Pero no quiero que la noche termine como termina siempre.
—No tiene que significar nada.
—Para mí significa algo después.
Él metió las manos en los bolsillos.
—Estás distinta.
—Puede ser.
—Vale.
Bajó la calle sin volverse. Sabina abrió el portal y, antes de entrar, miró una vez hacia la esquina. J. ya había desaparecido.
Subió por las escaleras. El vino le había dejado sed y un principio de dolor de cabeza. En casa se quitó las botas, bebió agua y terminó de pie los restos de la cena.
II
El taxi se incorporó de golpe a la M-30. Sabina notó el tirón en la espalda antes de que el cuerpo terminara de acomodarse al asiento.
El conductor hablaba por manos libres con alguien que parecía estar explicándole una avería. Sostenía el volante con una mano, consultaba el GPS y cambiaba de carril con movimientos rápidos, sin dejar apenas distancia con el coche de delante. En la radio, tres hombres discutían sobre un penalti.
Sabina se ajustó el cinturón.
Había dormido poco. Cada vez que empezaba a quedarse dormida regresaba al portal y a la cara de J. después del no. Llevaba la mandíbula apretada y los hombros altos.
El taxi adelantó por la derecha.
Sabina apoyó los pies con fuerza en el suelo del vehículo. Notó la espalda contra el asiento, el cinturón sobre el pecho y la mano cerrada alrededor del asa de la puerta.
El conductor terminó la llamada.
—Perdone —dijo Sabina—. ¿Puede ir un poco más despacio?
Él la miró por el retrovisor.
—Tranquila, que controlo.
—Ya. Pero yo voy incómoda.
El hombre aflojó el acelerador, pero enseguida volvió a acercarse al coche de delante.
Sabina miró por la ventanilla. Reconoció una salida, luego otra. Calculó cuánto faltaba hasta la oficina. Doce minutos, quizá quince con tráfico. Pensó que podía aguantar. Había aguantado trayectos peores.
Una furgoneta cambió de carril sin señalizar. El taxista frenó de golpe y tocó el claxon.
El cinturón se le clavó en el pecho.
—¡Así se mata la gente! —gritó él.
Sabina cerró los ojos un instante.
Recordó el coche de su padre por una carretera oscura. Ella y M. iban detrás. Su madre, en el asiento delantero, miraba al frente con la espalda demasiado recta.
—Tu padre conduce muy bien —había dicho en algún momento—. Lleva toda la vida en carretera.
Sabina no recordaba qué edad tenía. Sí recordaba el olor a tabaco, las luces de los coches viniendo de frente y la concentración con la que fingía mirar por la ventana.
Abrió los ojos.
El taxi había recuperado velocidad.
—Déjeme en la próxima salida, por favor.
—Pero si todavía falta bastante.
—Ya lo sé.
—Voy por la ruta más rápida.
—Prefiero bajarme.
El conductor movió la cabeza, molesto, pero tomó el desvío. Paró junto a una gasolinera y puso el taxímetro en pausa.
Sabina pagó y bajó. El taxi se incorporó de nuevo al tráfico antes de que ella terminara de guardar la tarjeta.
La gasolinera quedaba a algo más de veinte minutos andando de la oficina. Consultó el mapa y echó a andar.
Al principio lo hizo deprisa. A los pocos metros redujo el paso. Le dolía el pecho donde había presionado el cinturón.
Llegó a la oficina veinte minutos tarde. La compañera de la mesa de enfrente levantó la vista.
—¿Todo bien?
Sabina dejó el bolso junto a la silla.
—Un taxista que creía que la M-30 era suya.
—Son muchos.
—Me he bajado a mitad de camino.
—Eso no lo hacen tantos.
Sabina encendió el ordenador. Tenía varios mensajes pendientes y una reunión que empezaba en seis minutos. No sintió orgullo. Sentía calor bajo el jersey y las piernas algo flojas por la caminata.
Aquella tarde tenía sesión con T. Le habló del taxi cuando ya habían pasado casi veinte minutos, después de hablar del sueño, el vino y el mensaje que J. no había enviado.
—Le pedí que fuera más despacio —dijo Sabina—. Me dijo que controlaba.
T. esperó.
—Y me bajé.
—¿Por qué?
La pregunta la irritó un poco.
—Porque conducía como un loco.
—Eso parece suficiente.
Sabina había esperado otra pregunta, alguna relación brillante con J. T. se limitó a cambiar ligeramente de postura.
—Pensaba que ibas a decir que llevo toda la vida de copiloto o algo así.
—¿Lo piensas tú?
—Un poco.
—¿Te sirve?
—No sé.
Permanecieron en silencio.
—No sé —añadió Sabina—. Se lo pedí. No cambió gran cosa. Me bajé.
—¿Cómo te quedaste después?
Sabina recordó la gasolinera, el ruido del tráfico y el dolor bajo el cinturón.
—Asustada. Y tarde.
III
El cartel del Cine Doré la detuvo en la acera.
Anunciaba un ciclo de películas antiguas protagonizadas por mujeres al borde de algo: una crisis, una fuga, un crimen o un ataque de nervios.
En las fotografías llevaban los labios rojos, el rímel corrido y vestidos con los que Sabina no habría sido capaz de subir las escaleras del metro.
C. la esperaba bajo la marquesina, protegiéndose de la lluvia con un paraguas torcido.
—Plan de señoras culturetas —dijo—. Palomitas, trauma y abrigo mojado.
—Mi plan favorito.
Entraron riéndose.
En el vestíbulo el suelo se pegaba un poco a las suelas. C. compró una cerveza. Sabina pidió agua y una bolsa de palomitas que aseguró que compartirían y empezó a comerse antes de entrar en la sala.
La película comenzaba con una mujer fumando frente a una ventana.
Su marido acababa de abandonarla, el teléfono no dejaba de sonar y alguien había roto un jarrón en el salón.
La mujer llevaba una bata de seda y mantenía el cigarrillo entre los dedos con una serenidad que no se correspondía con nada de lo que estaba ocurriendo.
Sabina se inclinó hacia C.
—De joven quería ser ella.
—¿La abandonada?
—La bata.
C. ahogó una risa.
La película continuó acumulando desgracias. Una hermana apareció sin avisar. El marido regresó borracho. La protagonista se cortó el pelo frente al espejo y salió de casa bajo una tormenta sin coger paraguas ni dinero.
Sabina conocía aquella clase de mujer. Había querido parecerse a ella sin darse cuenta.
No exactamente en las desgracias, pero sí en la forma de vivirlas.
Mujeres que sufrían sin dejar de ser hermosas, que encontraban una frase brillante incluso cuando todo se derrumbaba y que siempre disponían de una carretera vacía para marcharse.