En tu casa o en Sabina 7. Mentiras piadosas #5
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7. Mentiras piadosas #5

Bajó la vista hacia sus piernas. Las medias no habían tocado a nadie. El hombre sí.

R. le dio un golpe suave con el hombro.

—Van a poner otra obligatoria.

—Qué constitución tan invasiva.

—No la redacté yo.

Sabina miró la pista.

—Una.

Volvió a bailar.

XI

Sabina podía medir las fases de su vida por la forma de pedir en una barra.

A los veinte pedía chupitos. A los treinta, gin-tonics cargados. Ahora decía:

—Una copa de vino tinto. Del normalito.

Lo de otra ronda quedaba para las noches en las que sabía que no le convenía, pero la pedía igual. A veces al camarero. A veces a la vida.

Aquella noche había quedado con C. en un bar del barrio. Sabina llegó primero. C. apareció veinte minutos después, con el abrigo abierto y el pelo revuelto, maldiciendo el metro y la distancia entre su oficina y cualquier lugar habitable.

Pidieron vino y hablaron de correos absurdos, vecinos y una serie malísima. La primera copa terminó sin que Sabina se diera cuenta. La segunda llegó con un cuenco de aceitunas.

Después C. empezó a girar la copa entre los dedos.

—Creo que estoy saliendo con alguien.

Se habían visto cuatro veces. La persona tenía amigos normales, una casa sin cajas de mudanza, compraba fruta y escribía cuando decía que iba a escribir.

—No sé qué hacer con alguien que no me da nada que perseguir.

Sabina podría haber respondido con su propia historia. Se limitó a sugerir que probara a no perseguir. C. dijo que sonaba aburridísimo y confesó que temía descubrir que no le gustaba si desaparecía el sobresalto.

El camarero se acercó cuando las copas estaban vacías.

—¿Otra?

Primera copa para llegar. Segunda para hablar. Tercera para evitar que la noche empezara a terminar.

Sabía el precio: media hora divertida, dormir mal y quizá una migraña. Aquella noche no quería pagarlo.

—Para mí, agua.

C. pidió otra copa y después la miró.

—¿Te importa?

—No. Solo no quiero una tercera.

El agua le supo insípida y el vino de C. olía mejor, pero la conversación continuó.

C. habló algo más de la persona que compraba fruta. Sabina escuchó. No intentó convertir su decisión en un ejemplo para la amiga.

A la mañana siguiente tenía un mensaje de C.

La persona estable ha pedido zumo natural y no me ha juzgado. Situación crítica.

Sabina respondió:

Hoy zumo, mañana hipoteca.

XII

Sabina esperaba frente al microondas de la cantina, con un táper de pasta y la cabeza todavía ocupada por un correo recibido a las ocho y tres. Un hombre de otro departamento se acercó con una bandeja.

—Hombre, la filósofa. ¿Sigues con la psicóloga?

Habían coincidido en reuniones y comidas. Era simpático en dosis pequeñas, de esos que podían opinar sobre cualquier asunto con la confianza de quien acababa de leer el titular.

—Sigo.

—Madre mía. Tú también lo analizas todo, ¿eh? Entre la terapia y darle vueltas a las cosas…

Sonrió. Alguien soltó una risa corta.

Sabina notó el arañazo.

—Es como el gimnasio, pero sin música hortera.

Las risas fueron más claras.

—Yo no podría —añadió él—. Si me pongo a escarbar, igual encuentro algo. Prefiero tirar para delante.

El microondas pitó. La conversación cambió hacia una avería del ascensor.

Sabina llevó la pasta a una mesa junto a la ventana. Había conseguido lo de siempre: responder rápido, hacer reír y evitar que nadie tuviera que preguntarse si la broma le había molestado.

Dos días después, el mismo hombre apareció junto a su mesa a las cinco y cuarto.

—Necesito un favor rápido.

Dejó abierto un portátil. Había una presentación de treinta y dos diapositivas. Sabina tenía el abrigo en el respaldo. A las seis debía estar en la consulta de T.

—La persona que iba a revisarla se ha puesto mala —explicó él—. Mañana la ve dirección.

—Hoy no puedo. Tengo que salir.

—¿No puedes echarle un vistazo por encima?

La urgencia parecía real. Revisar aquello no llevaría diez minutos.

—Puedo mirar las diez primeras. El resto tendrá que verlo otra persona.

—Bueno. Algo es algo.

Sabina señaló un dato sin fuente, dos conclusiones que no coincidían con los gráficos y una frase que prometía una mejora aún no demostrada.

A las cinco y media cerró la presentación.

—Quedan veintidós.

—Lo sé.

—¿No puedes quedarte un poco más?

Sabina dejó la mano sobre el ratón.

—Hoy no.

Él miró la presentación.

—Antes siempre echabas una mano.

—Te he revisado diez diapositivas.

—Sí, claro. Y te lo agradezco.

Esperó algo más: una sonrisa, una explicación, la confirmación de que no había ningún problema.

Sabina se puso el abrigo.

—La diapositiva nueve necesita una fuente. Que salga bien.

Cuando ya se alejaba, oyó que él volvía a teclear.

En el ascensor, la conversación siguió dándole vueltas. Quizá había sido demasiado seca. Quizá podía haber ayudado más. Decir que no, no la convertía automáticamente en la persona razonable de la escena.

Al cruzar el vestíbulo miró el móvil.

Recordatorio: sesión hoy, 18:00.

CONFIRMAR

CANCELAR

Sabina pensó en todas las razones para cancelar. Tenía trabajo pendiente, estaba cansada y quizá estaba analizando demasiado cada incomodidad.

Pulsó CONFIRMAR.