7. Mentiras piadosas #4
En la estándar le habían quitado el brillo, suavizado las ojeras y reducido la línea de la frente. Parecía una mujer que dormía ocho horas y jamás había llorado en un baño de oficina.
En la natural, las marcas seguían allí.
La compañera miró ambas.
—En la retocada estás estupenda.
—Ya.
—En la otra también. Más cansada.
—Estaba cansada.
—Entonces elige la que más te guste.
—La retocada.
—Problema resuelto.
—No me reconozco del todo.
—Problema no resuelto.
A las cuatro y media, Sabina validó la versión estándar.
El lunes apareció en el directorio. Era correcta, profesional y favorecedora. También parecía la clase de mujer a la que se podía llamar a las siete porque seguro que seguía conectada.
Sabina amplió la imagen. La piel carecía de textura y la línea entre las cejas había desaparecido. La otra era la cara que veía por las mañanas antes de salir de casa.
Escribió a Recursos Humanos.
¿Podríais sustituir la fotografía publicada por la versión natural? Me reconozco más en ella. Gracias.
La respuesta llegó tres horas después.
Por supuesto.
A la mañana siguiente, la arruga había regresado al directorio.
La compañera se detuvo frente a la pantalla.
—Te han cambiado la foto.
—Lo he pedido yo.
—Te han dejado la arruga.
—La he reclamado.
—Espero que te la paguen como antigüedad.
—A este ritmo, me corresponde un plus.
IX
El ataque empezó en mitad de una reunión importante.
Sala grande, mesa alargada, tres personas presentes y doce conectadas por videollamada. El aire acondicionado mantenía una temperatura entre quirófano y tanatorio.
Sabina llevaba media hora soportando un cosquilleo en la garganta. El directivo del traje gris hablaba desde la cabecera.
—Necesitamos trasladar un relato coherente de éxito. No podemos llevar dudas al comité.
Se volvió hacia ella.
—Queremos una narrativa clara, sólida y positiva.
El cosquilleo se convirtió en incendio. Sabina tosió hasta que tuvo que salir de la sala. Una mujer de otra área le ofreció un caramelo de miel y culpó al aire seco.
Cuando regresó, en la pantalla había un gráfico ascendente. Era correcto e incompleto. Recogía seis semanas, faltaba la validación de dos equipos y parte de la mejora podía deberse a una reducción temporal del volumen.
Sabina preguntó si incluirían esas reservas. El directivo propuso llevarlas al anexo para no debilitar el mensaje principal.
—Pueden cambiar la conclusión.
—Pero no la dirección general.
—Todavía no lo sabemos.
El jefe sugirió hablar de resultados iniciales y tendencia favorable. La reunión continuó.
Por la tarde Sabina tosió en el metro, en el supermercado y al llegar a casa, sin que hubiera nadie delante a quien mentir. Pidió cita en el centro de salud para la semana siguiente.
Abrió el borrador de la presentación. El título Un modelo de éxito escalable duró menos de un minuto. Lo cambió por Resultados iniciales y próximos pasos e incluyó las validaciones pendientes.
De vuelta en la oficina, al enviar la versión final escribió:
Los resultados reflejan el periodo inicial de seis semanas. Las validaciones pendientes y las condiciones de comparación se detallan en el anexo.
Dudó antes de añadir al directivo en copia. Lo añadió.
X
Las encontró buscando otra cosa.
Era sábado por la tarde y Sabina rebuscaba en el cajón un pijama presentable para no recibir al mensajero con el de ositos. Debajo de dos fulares y un sujetador sin aros apareció una bolsa de papel.
Dentro había unas medias negras de rejilla, gruesas, dobladas con un cuidado impropio del resto del cajón.
—Mira tú. Arqueología textil.
Las había comprado años atrás para una noche que recordaba por fragmentos: un cumpleaños en Malasaña, un vestido corto, labios rojos y la sensación de entrar en los bares como si encendieran las luces al verla.
A las ocho tenía un no cumpleaños organizado por R. Había pensado ponerse vaqueros, camiseta negra y botas. Una combinación sin posibilidades de error ni de recuerdo.
Le hizo una foto a las medias y se la envió a C.
Hallazgo arqueológico. ¿Me las pongo o llamo a Patrimonio Nacional?
Póntelas. Y si ya no te gustan, me las das.
Sabina encontró un vestido negro sencillo. Después de ducharse, se puso las medias con cuidado y se miró en el espejo del armario.
Parecía ella, un sábado, con algo más de intención.
Le gustaban. Le gustaba cómo le quedaban las piernas y la posibilidad de que alguien las mirara. Admitirlo le produjo menos conflicto del esperado.
El bar tenía luz cálida, mesas altas y música que permitía hablar. R. la recibió junto a la puerta.
—Hostia. Gala mayor.
—Han salido de una excavación.
—Pues ha merecido la pena.
Durante la primera hora hablaron de trabajos absurdos, vecinos ruidosos y una serie que nadie parecía entender. Un hombre sentado frente a ella le preguntó dónde había comprado las medias.
—Ni idea. Hace siglos.
—Pues han envejecido bien.
—Mejor que algunas relaciones.
Él se rio y siguieron hablando de otra cosa.
A Sabina le gustó que la mirara. También que no convirtiera la mirada en una deuda.
Más tarde, cuando regresaba de bailar, un hombre ajeno al grupo se apartó para dejarla pasar y le puso una mano en la cintura. Sabina se retiró. Pensó que quizá había sido un gesto torpe.
El hombre apareció después junto a la barra.
—Te quedan muy bien esas medias.
—Gracias.
—¿Te invito a algo?
—No, gracias.
Él se acercó más. El dorso de su mano rozó la pierna de Sabina por encima de la rodilla.
Ella dio un paso atrás.
—No me toques.
El hombre levantó las manos.
—Tranquila. Solo estaba pasando.
—Puedes pasar sin tocarme.
—No es para tanto.
Se le empezó a formar la sonrisa de siempre. No la dejó salir.
—Te he dicho que no me toques.
Él la miró con fastidio.
—Vale, mujer. Qué carácter.
Se alejó. Sabina pidió agua y notó que le temblaban un poco los dedos.
R. apareció a su lado.
—¿Todo bien?
—Ahora sí.
—¿Necesitas que haga algo?
—No.
Regresaron a la mesa.
Durante unos minutos, Sabina apenas escuchó la conversación. Miró su cazadora. Ponérsela, despedirse, pedir un taxi. O decidir que las medias habían sido una mala idea, que era más sencillo vestirse de forma que nadie confundiera nada.