7. Mentiras piadosas #3
—Lo estoy haciendo ahora.
El jefe llamó a su compañera.
—Necesito que te encargues de la versión regional. Con el material de Sabina. La presentas tú el jueves.
Ella miró primero a Sabina.
—Vale.
—Y copia al directivo en los avances.
El gráfico que el directivo había elogiado era suyo. Otra persona estaría ahora en la reunión donde podía convertirse en una iniciativa visible.
—La incidencia del cliente la asume soporte —continuó el jefe—. Tú manda un acuse. El informe habitual lo dejamos para el lunes. Mañana te bloqueas tres horas para el programa.
Había conseguido más de lo habitual, aunque todavía no todo lo que había pedido.
—De acuerdo.
—Y ahora vete a casa.
En el metro viajó con gafas de sol. Al llegar, bajó las persianas y se tumbó en la cama sin cenar.
ASUNTO: Revisión regional — próximos pasos
La compañera había enviado la primera convocatoria. En copia estaban el jefe, el directivo y varias personas que Sabina no conocía. Debajo del título aparecía:
Responsable de la presentación:
El nombre de la compañera.
Sabina abrió un mensaje con su nombre y lo cerró sin escribir nada.
VI
La presentación ante el comité interno fue un martes a las nueve. Sabina habló durante diez minutos y respondió preguntas durante veinte. Salió sin saber si había estado brillante o simplemente correcta.
A las cuatro tenía la revisión trimestral.
El jefe empezó con los resultados, las valoraciones positivas y la fase final del programa. Después abrió la sección de mejora:
Gestión de la presión y anticipación de riesgos de capacidad.
—¿Pedir que se redistribuyera una carga inasumible aparece ahora como una carencia mía?
Discutieron la redacción. Él quería conservar la comunicación temprana como responsabilidad de Sabina. Ella insistió en que la priorización y la distribución de carga pertenecían al equipo.
Finalmente escribieron:
Comunicación temprana de riesgos de capacidad y colaboración en mecanismos de priorización del equipo.
Seguía irritándola, pero ya no convertía una sobrecarga estructural en un defecto privado.
El jefe pasó entonces a la presentación regional del jueves anterior. Había salido bien y el directivo quería continuar con el modelo.
—El análisis era mío —dijo Sabina.
Su nombre no aparecía en las diapositivas. El jefe recordó que la presentación era de equipo y que otra persona había asumido la responsabilidad.
—Acordamos que la presentara. No que desapareciera mi autoría.
No acusaba a nadie de robarle el trabajo. Quería que quedara constancia de quién había desarrollado el análisis inicial.
Reclamar reconocimiento se parecía demasiado a admitir ambición. Había pasado buena parte de su vida laboral fingiendo que esas cosas no le importaban.
—Sí me preocupa —dijo—. Quiero que conste.
El jefe envió un correo pidiendo que las siguientes versiones incluyeran la referencia a Sabina Vega.
Después añadió que soltar una responsabilidad implicaba permitir que otra persona hiciera el trabajo suyo.
—Lo entiendo. Pero soltar la presentación no significa regalar lo que ya había hecho.
Al salir, Sabina encontró a la compañera frente al archivo.
—He pedido que incluyan mi nombre.
La compañera frunció el ceño.
—Pensaba que estaba.
Añadió en la diapositiva final:
Análisis y modelo inicial: Sabina Vega.
—Perdona. No lo comprobé.
Sabina creyó la disculpa. También siguió deseando que la reunión hubiera sido suya.
Llevó una copia de la evaluación a la consulta.
T. le preguntó si había conseguido lo que quería.
—Han cambiado la frase y han puesto mi nombre.
—No pareces contenta.
Sabina admitió que seguía enfadada. Con el jefe, con el directivo, con ella misma y, de una manera que le daba vergüenza, con la compañera.
—No hizo nada malo. Le dieron una reunión que yo no podía hacer y la hizo bien.
T. esperó.
—Una parte de mí quería que se notara que sin mí no saldría igual.
—¿Salió igual?
—No. Salió distinta. También bien.
—¿Qué no esperabas?
—Que también me quitaran el sitio.
No era el sitio entero, solo una reunión. Lo sabía. T. no intentó corregir la escala de inmediato.
—Quiero que me digas que hice bien poniendo el límite.
—¿Lo estás celebrando?
—No. Estoy cabreada.
—Entonces podemos empezar por ahí.
También confesó la envidia.
T. le preguntó si había tratado peor a la compañera o intentado quitarle el mérito. Sabina respondió que no.
—Entonces, por ahora, es una emoción incómoda. No un delito.
VII
A Sabina siempre le había hecho gracia la expresión «la tortuga con prisa». Aquella semana dejó de parecerle un chiste.
El lunes, el jefe entró en la sala de proyecto con su expresión de alarma moderada.
—Cambio de planes. La fecha de entrega se adelanta al jueves.
—Estaba prevista para el lunes.
—Lo sé.
—Hoy es lunes.
—También lo sé.
El jefe proyectó el calendario. Varias tareas seguían en amarillo y dos en rojo.
—El directivo tiene una reunión regional el viernes y quiere llevar el proyecto cerrado. No hace falta que sea perfecto, pero sí sólido.
Sabina conocía aquella frase. No hace falta que sea perfecto significaba terminado, revisado y presentable, pero sin que nadie asumiera la responsabilidad de llamarlo versión final.
—El proyecto completo no cabe antes del jueves —dijo.
—Por eso estamos hablando. Sé que supone un esfuerzo, pero confiamos en vosotras. Si alguien puede sacarlo, sois vosotras.
A Sabina le gustó oírlo. También la puso en guardia.
—La semana pasada acordamos priorizar —dijo.
—Y esto es ahora la prioridad.
—Entonces hay que decidir qué deja de serlo.
—Podemos mover el informe habitual.
—No basta.
—Veamos primero hasta dónde llegamos.
Hasta dónde llegamos significaba correr tres días y comprobar el jueves qué partes del cuerpo seguían funcionando.
—Prefiero decidirlo ahora. Para el jueves podemos entregar el análisis, las conclusiones y una propuesta inicial. La validación y el plan de implementación se quedan para el lunes.
La compañera señaló una fila.
—Además, dependemos de dos equipos que no han enviado datos.
El jefe recorrió el calendario con el cursor.
—De acuerdo. Preparadme una propuesta de alcance.
Recortaron el proyecto: dos secciones fuera y parte de los datos repartidos. El jefe escribió al directivo.
Para asegurar una entrega sólida, proponemos compartir el jueves el análisis y las recomendaciones principales. El lunes completaremos la validación y el plan de implementación.
La respuesta llegó enseguida.
Necesitamos más agilidad. El viernes se presenta regionalmente. Espero una solución.
Al volver a su mesa, Sabina encontró un mensaje de su madre.
He encontrado esto ordenando el armario.
Debajo había una fotografía de un dibujo infantil. Una tortuga verde ocupaba casi toda la hoja. Llevaba unas zapatillas rojas demasiado grandes y varias líneas detrás del caparazón. Arriba, con la letra de su padre, se leía:
LA TORTUGA CON PRISA
Sabina recordaba que él lo enseñaba a las visitas como si fuera una obra especialmente ingeniosa.
Respondió:
No lo tires.
La compañera pasó junto a su mesa.
—¿Qué miras?
Sabina giró el móvil.
—Mi autorretrato corporativo.
—Le faltan dos portátiles y una reunión que podía haber sido un correo.
—Es de mi etapa minimalista.
Trabajaron toda la mañana. A la hora de comer bajaron al comedor en lugar de pedir algo para la mesa. Tardaron treinta y cinco minutos. El proyecto no se desintegró durante su ausencia.
El martes, el jefe intentó recuperar una de las secciones eliminadas.
—Sería solo una diapositiva.
—Y dos días de validación detrás —dijo Sabina.
—Podemos marcar los datos como preliminares.
—Entonces no aporta nada.
—Estáis interpretando el alcance de forma muy rígida.
La compañera miró a Sabina.
—La tortuga.
—¿Qué tortuga? —preguntó el jefe.
—Comunicación interna.
La sección quedó fuera de aquella versión.
El jueves enviaron un documento de veintiséis páginas en lugar de las cuarenta previstas. Las conclusiones estaban sustentadas y la última página indicaba qué quedaba pendiente.
A las seis y cinco, Sabina guardó el portátil. Quedaban correos sin responder y dos comentarios menores. El impulso de quedarse veinte minutos seguía allí, asegurándole que demostraría compromiso y evitaría problemas futuros.
Se marchó.
VIII
Actualización del directorio interno
Recursos Humanos estaba renovando las fotografías. Sabina debía reservar una cita antes del viernes.
Abrió su perfil.
La imagen tenía varios años. El pelo le caía por los hombros, llevaba una americana que ya no conservaba y sonreía con una expresión prudente, como si formar parte de aquella empresa fuera un privilegio y estuviera intentando parecer merecedora.
La foto era de la época en que hablaba casi cada noche con un hombre que había vuelto a Buenos Aires después de unos meses en Madrid. Sabina había olvidado esa historia casi por completo, pero reconoció en la sonrisa el cansancio de esperar llamadas que llegaban de madrugada.
Desde la mesa de enfrente, la compañera se inclinó sobre el respaldo.
—Estás igual.
Sabina giró la cabeza.
—Te doy otra oportunidad.
—Vale. No estás igual. Pero tampoco pareces otra persona.
—Eso está por ver.
—Tenías cara de estar a punto de decir que sí a algo que no querías hacer.
—Probablemente acababa de decirlo.
Reservó cita para el jueves.
El jueves, una sala de formación se había convertido en estudio. Fondo gris, dos focos y un fotógrafo con camiseta negra.
—Siéntate aquí. Baja la barbilla. Hombros abajo.
Sabina intentó colocar su cara profesional.
—Estás apretando la boca —dijo él.
—Es mi imagen de liderazgo.
—Pues dile que se tome cinco minutos.
Hizo varias fotografías. En una, Sabina sonrió cuando alguien abrió la puerta y preguntó si allí vacunaban contra la gripe.
—Esa —dijo el fotógrafo—. Ya está.
—¿Retocáis?
—Luz, color y un poco de piel. Nada que haga venir a una persona distinta a la de la foto.
El correo con las opciones llegó al día siguiente. Sabina eligió una imagen de boca cerrada y expresión firme. El sistema ofrecía dos archivos:
Versión estándar
Versión natural