En tu casa o en Sabina 7. Mentiras piadosas #2
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7. Mentiras piadosas #2

En casa de su madre había una lista silenciosa de temas prohibidos.

No estaba escrita en ningún sitio, pero todos la conocían: el dinero cuando faltaba, la depresión de una tía, la separación de un familiar, el motivo real por el que M.

había dejado aquel trabajo, las veces que su padre había bebido más de la cuenta.

También las parejas que no encajaban en el álbum familiar y cualquier pregunta que empezara por «¿eres feliz? ».

Desde hacía unos años, se había añadido otro asunto: cómo estaba Sabina de verdad.

Ese domingo comían paella. Su tío ocupaba la cabecera que, cuando Sabina era niña, había pertenecido a su padre.

La madre iba y venía desde la cocina aunque todo estaba ya servido.

M. cortaba la carne del plato del pequeño mientras su hija mayor protestaba porque había encontrado un trozo de pimiento.

Sabina estaba en la esquina, cerca de la ventana.

En la televisión, un documental repetía las imágenes de la caída del muro de Berlín. Gente golpeando el cemento con martillos, llorando y abrazándose.

—Eso sí que fue un momento —dijo su tío—. Yo pensé que el mundo iba por fin hacia mejor.

Apartó hacia Sabina la parte tostada de la paella.

—Toma, antes de que tu hermana diga que es cancerígena.

—Si yo no he dicho ni mu —protestó M.

Sabina se sirvió el socarrat.

Recordaba aquellas imágenes de cuando era pequeña. Su padre delante de la televisión, con un vaso en la mano. Su madre retirando platos. Personas llorando porque una frontera se abría.

—¿Por qué lloran si están contentos? —había preguntado ella.

Su padre respondió algo que quizá la memoria había arreglado con los años:

—Porque a veces una puerta tarda tanto en abrirse que ya no sabes qué hacer cuando se abre.

—¿Quieres más? —preguntó su madre.

—Sí, un poco.

—Estás muy delgada.

—Estoy igual que el domingo pasado.

—Pues el domingo pasado también estabas delgada.

La conversación continuó por zonas seguras: el colegio de los niños, la subida de la compra, una avería en el ascensor. Cuando preguntaron por el trabajo de M., ella respondió sin levantar la vista:

—Bien. Cansada, pero bien.

Llevaba semanas diciendo lo mismo mientras olvidaba dónde dejaba las llaves, se frotaba la sien y contestaba correos durante las comidas.

La madre le puso una mano en el brazo.

—Pobrecita mía. Tú puedes con todo.

M. sonrió de manera automática.

—Sí. Claro.

El pequeño volcó el vaso. Durante unos minutos todos se ocuparon del agua, las servilletas y el coche de plástico atrapado debajo de la mesa.

El tema desapareció.

Después del postre, la madre empezó a recoger.

—Déjalo, mamá —dijo M.—. Luego lo hacemos.

—Si lo dejo, se queda ahí toda la tarde.

Sabina llevó su plato al fregadero. La madre se lo cogió.

—¿Y tú qué tal? Últimamente te noto más tranquila.

Sabina conocía las respuestas permitidas: bien, tirando, mucho trabajo.

—Estoy algo mejor —dijo—. Sigo yendo a la psicóloga.

La madre detuvo el plato bajo el agua.

—¿Todavía?

—Sí.

—¿Y cuánto tiempo tienes que ir?

—No lo sé.

—Con lo caro que es…

M. recogió el vaso del pequeño.

—Mamá, si la ayuda, estará bien gastado.

—Yo no he dicho que no la ayude. Ahora todo el mundo va al psicólogo.

Su tío cambió de canal.

—Antes no hacía falta tanto. Se tenía un mal día y se seguía. Ahora a cualquier cosa la llaman ansiedad.

M. abrió el congelador.

—¿Quién quiere helado?

Los dos niños respondieron a la vez.

Sabina reconoció el movimiento. Una frase incómoda, una respuesta rápida, postre para todos.

—Espera —dijo.

M. se quedó con la puerta abierta.

Sabina miró a su tío.

—No fueron malos días sueltos. Hubo una temporada en la que me costaba levantarme, coger el metro, ir al trabajo. Me daban ataques de ansiedad. Cuando lo llamáis exageración, me cuesta volver aquí y contaros nada.

La madre cerró el congelador. Su tío bajó el mando.

—Yo no he dicho que lo tuyo sea una tontería.

—Has dicho que antes se seguía.

—Y se seguía.

—Sí. Mi padre también seguía.

El aire cambió.

La madre se volvió hacia el fregadero. M. dejó los vasos sobre la mesa muy despacio. El padre llevaba años muerto, pero bastaba nombrarlo para que volviera a ocupar la habitación.

—No hace falta sacar ahora eso —dijo la madre.

—Ese es el problema. Nunca hace falta sacarlo.

—Tu padre tuvo sus cosas —dijo el tío—. Pero trabajó toda su vida por vosotras.

—No he dicho que fuera una mala persona.

Tenía la lista preparada: noches, gritos, vasos contra la encimera.

Miró a M. Su hermana no la animaba ni le pedía que parase. Solo esperaba.

—No estoy acusando a nadie —dijo Sabina—. Intento explicar por qué necesito hablar con alguien. En esta familia siempre hemos seguido. Y de algunas cosas no hablamos.

La madre se secó las manos.

—¿Y qué querías que hiciéramos?

No sonó enfadada. Sonó cansada.

Sabina se quedó sin respuesta.

—No lo sé. Yo tampoco sé qué habría hecho. Pero no quiero seguir diciendo que estoy bien para que todos estemos cómodos.

El pequeño volvió a pedir helado.

Su tío partió el pan por la mitad.

—A mí esas cosas me vienen grandes. No sé qué se supone que hay que contestar.

—No hace falta que contestes bien. Con no decir que son tonterías, me vale.

Él asintió mirando el plato.

La madre recogió una cuchara que no necesitaba ser recogida.

—A mí me habría venido bien hablar con alguien —dijo.

Nadie respondió.

—Cuando murió tu padre. Y antes también, seguramente. Pero una iba haciendo. Había que trabajar, comprar, cuidaros.

—Una cosa no quita la otra —dijo M.

—Ya lo sé ahora.

La madre abrió el grifo. Sabina se acercó.

—Dame un plato.

—Ya termino yo.

—Dame uno.

La madre se lo pasó. Sabina empezó a secarlo.

Su tío volvió a poner el partido, con el volumen más bajo. M. sirvió helado. La comida continuó, aunque nadie fingía del todo que no había ocurrido nada.

En el rellano, M. alcanzó a Sabina.

—Ha sido intenso.

—Lo siento.

—No he dicho que haya estado mal.

M. miró la puerta cerrada.

—Mamá lleva años diciendo que no necesita nada. Ya ves.

El ascensor llegó.

—¿Tú estás bien? —preguntó Sabina.

—No especialmente. Pero hoy no me toca abrir otro frente.

—Cuando te toque, me llamas.

—Y tú lo coges.

—Lo intento.

V

—Tranquila. Estoy bien.

Sabina lo dijo en el pasillo de la oficina antes de decidir si era verdad. Estaba apoyada contra la pared, con el abrigo todavía puesto. La compañera la había detenido al verla llegar.

—¿Otra migraña?

Sabina notó el latido detrás del ojo derecho. Llevaba allí desde las seis de la mañana. Había tomado un ibuprofeno con el estómago vacío y había pasado el trayecto en metro con los ojos cerrados.

—Un poco de dolor de cabeza. Se me pasará.

—Pues no tienes cara de que se te esté pasando.

—Tengo la reunión de las nueve.

—Puedo presentar yo la primera parte. Conozco los datos.

—No hace falta.

La compañera la observó un segundo.

—Vale. Tú sabrás.

Sabina colgó el abrigo, encendió el ordenador y abrió la presentación.

La sala estaba iluminada con tubos blancos que parecían diseñados para castigar las retinas. El directivo del traje gris ocupaba la cabecera. El jefe se sentó a su lado. Sabina quedó frente a la pantalla, con el mando en una mano.

Las primeras diapositivas salieron solas. Conocía los números y el origen de cada retraso. En la diapositiva cinco, las letras empezaron a vibrar.

—Como podéis ver, el principal problema no está en el volumen de solicitudes, sino en…

La palabra desapareció.

—En la asignación inicial —intervino la compañera.

—Eso. En la asignación inicial.

El directivo hizo una anotación.

Sabina continuó. El dolor descendía hasta la mandíbula. A mitad de una frase, una punzada la obligó a cerrar los ojos.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el jefe.

La pregunta sonó preocupada y, al mismo tiempo, impaciente.

—Sí. Perdón.

—Podemos parar cinco minutos —dijo la compañera.

El directivo miró el reloj.

—Si podemos terminar, mejor. Tengo otra reunión.

Sabina terminó. Después no recordaría las últimas diapositivas. Solo la luz, el sabor metálico en la boca y la sensación de hablar desde una habitación contigua.

Al acabar, el directivo señaló uno de los gráficos.

—Esta parte está bien. Podríamos utilizarla en la revisión regional. Habría que preparar una versión para dirección. ¿El jueves?

El jefe respondió antes que ella.

—Claro.

Sabina bajó el mando.

—El martes de la semana que viene tengo la presentación del programa interno.

—Ah, enhorabuena —dijo el directivo—. Entonces habrá que organizarse.

La reunión terminó.

En su mesa había siete correos nuevos, uno del cliente marcado como urgente y una invitación para revisar la presentación regional esa misma tarde. Sabina se sentó y bajó el brillo de la pantalla.

El jefe apareció a su lado.

—Lo has salvado bien. No se ha notado casi nada.

—No debería haber hecho la reunión.

—Bueno, ya está. Vete pronto y descansa.

—Tengo que responder al cliente.

—Eso sí corre un poco de prisa.

—Y preparar la versión regional.

—Podemos adelantar algo hoy y rematar mañana.

—También necesito preparar el programa.

—Sí, claro. Lo vemos.

Otra vez aquel verbo. Vemos. Una forma de aplazar la decisión hasta que el trabajo estuviera hecho.

—Necesito verlo ahora.

El jefe pareció sorprendido.

—¿Ahora?

—No puedo hacer las cuatro cosas.

—Lo del cliente es rápido, la versión regional aprovecha lo que tienes y el programa es el martes.

—No hay margen.

—Sabina, estás con migraña y ahora todo parece más grande.

—No es la migraña. Llevo semanas diciendo que puedo con todo.

El jefe acercó una silla.

—Eres una persona muy comprometida. Lo valoro muchísimo.

—Entonces hay que decidir qué no hago yo.

El jefe se quedó en silencio.

—No estoy cansada —dijo—. Estoy al límite.

Dos personas levantaron la cabeza en las mesas cercanas. Sabina bajó el tono.

—No puedo llevar el cliente, preparar la presentación regional, mantener el trabajo habitual y competir en el programa. Necesito que elijas qué es prioritario y que el resto lo haga otra persona.

El jefe apoyó los codos en las rodillas.

—No sabía que estabas así.

—No te había dicho hasta qué punto me estaba afectando.

—Podrías haberlo hecho antes.