En tu casa o en Sabina 7. Mentiras piadosas
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7. Mentiras piadosas

I

Sabina tardó en contestar a la carta de J.

No respondió a lo importante. Quedaron para tomar un café.

Durante las semanas siguientes volvieron a ocupar ese territorio que ambos conocían bien: conversaciones a deshora, planes sin nombre y una cercanía suficiente para activar la esperanza, pero no para pedir explicaciones.

J. propuso el viaje por mensaje:

Nos vendría bien salir de Madrid. He visto una casa barata en un pueblo de costa. Este finde. Tú y yo, sin complicarnos.

Sabina leyó la última frase varias veces.

Sin complicarnos podía significar descansar, no discutir o evitar cualquier pregunta que exigiera una respuesta. Aun así, abrió la web de trenes.

Reservó los billetes, pidió el viernes libre y pagó la casa. J. le transfirió la mitad sin que ella tuviera que pedírselo. Durante tres días intercambiaron fotografías del pueblo, bromas sobre el tiempo y planes modestos: caminar por la playa, comprar vino, dormir hasta tarde.

El viernes, Sabina llegó a la estación con veinte minutos de antelación. Llevaba una mochila pequeña, un jersey grueso y unas zapatillas viejas que no le importaba mojar.

J. debía encontrarse con ella frente al panel de salidas.

A diez minutos del tren, apareció su mensaje.

Perdona. Se me ha complicado muchísimo la mañana. No llego. Coge tú el tren y voy esta tarde en coche.

Sabina se quedó de pie mientras la gente pasaba a su alrededor arrastrando maletas.

El primer impulso fue llamarlo. El segundo, tranquilizarlo.

No te preocupes 😊 Voy yo y nos vemos allí.

Envió el mensaje antes de reconocer la familiaridad de la frase.

Subió al tren.

Durante el trayecto, J. le escribió dos veces. La primera para decir que todavía estaba resolviendo cosas. La segunda para asegurar que saldría en cuanto pudiera. Sabina respondió con pulgares levantados y frases breves.

El pueblo estaba casi vacío. Temporada baja, persianas cerradas y un viento que le doblaba el paraguas. La casa era pequeña y más fría que en las fotografías. Sabina encendió dos radiadores, dejó la mochila en el dormitorio y fue a comprar.

Eligió pan, queso, aceitunas y una botella de vino. Mientras esperaba en la caja, recibió otro mensaje.

Creo que hoy no voy a poder. Mañana salgo temprano, te lo prometo.

Sabina miró la botella sobre la cinta.

Escribió:

Me fastidia que no vengas. He organizado todo contando contigo. Hablamos mañana.

Lo envió.

J. tardó varios minutos en responder.

Lo sé. Lo siento de verdad. Mañana lo arreglo.

Sabina guardó el móvil.

Cenó junto a la ventana con el abrigo puesto. El vino estaba demasiado frío y la casa no terminaba de calentarse. Después caminó hasta el paseo marítimo. El mar apenas se distinguía en la oscuridad, pero se oía golpeando contra el muro.

No se sintió valiente ni independiente. Se sintió sola y enfadada.

A la mañana siguiente se despertó con otro mensaje.

He dormido fatal y sigo con el tema del trabajo. Si salgo ahora llegaré tardísimo. Creo que es mejor dejarlo. Te compenso, de verdad.

Sabina apoyó la espalda en el cabecero.

Escribió:

Me jode también que hoy no vengas. Y no es verdad que no pase nada. Ya hablaremos cuando vuelva.

J. contestó con un vale y un corazón que a Sabina le pareció colocado por obligación.

Dejó el teléfono en la casa y salió.

Llovía de lado. En una tienda del paseo compró un impermeable amarillo dos tallas más grande porque era el único que no costaba una fortuna. La dependienta le dijo que podía esperar a que escampara.

—Ya estoy mojada —respondió Sabina.

Caminó por la playa. Una ola alcanzó sus zapatillas y le empapó los calcetines. Se quitó las zapatillas, las llevó en una mano y siguió descalza por la orilla.

El agua estaba helada.

No volvió a mirar el móvil hasta la noche.

II

La madre de Sabina vio a C. cerca del mercado un jueves por la mañana.

Lo contó el domingo, mientras servía cocido.

—Llevaba el portátil, dos bolsas y una carpeta enorme. La pobre tenía una cara…

M. estaba frente a Sabina. Su hija mayor hacía los deberes en una esquina de la mesa y el pequeño empujaba un coche por el mantel.

Sabina reaccionó como si la compasión fuera una acusación.

—C. se apaña.

La madre dejó la cuchara en la sopera.

—Todo el mundo se apaña hasta que deja de poder.

M. dijo que aquello también era verdad.

La madre llenó un recipiente con garbanzos, carne y caldo. Cuando Sabina protestó, cerró la tapa.

—Es cocido, no caridad. Se lo llevas.

—¿Yo?

—Tú eres su amiga.

Sabina recordó el mensaje que C. había enviado el viernes:

Fin de semana infernal. Entrega el lunes y mi compañero ha decidido evaporarse.

Ella había respondido con un corazón y una fotografía del mar.

A las cinco llamó al telefonillo.

C. abrió con pantalón de chándal, camiseta vieja y el pelo sujeto con un lápiz. En el salón había papeles, dos tazas y un portátil conectado a una pantalla.

Sabina levantó la bolsa.

—Protocolo «ay, C.».

C. puso los ojos en blanco, pero en la cocina abrió el recipiente y aspiró el olor.

—Dile a tu madre que gracias.

Comieron de pie junto a la encimera. C. tenía que entregar una presentación al día siguiente. Su compañero había dejado datos a medias, diapositivas duplicadas y varias versiones imposibles de ordenar.

—Te escribí el viernes —dijo.

—Lo sé.

—Pensé que estabas de viaje.

Sabina había estado de viaje. También podía haber preguntado algo más después del corazón y la foto.

—Podías haberme dicho que necesitabas ayuda.

C. la miró.

—También podías haber preguntado.

Sabina dijo que C. siempre parecía capaz de apañarse sola.

—Menos mal que todos lo sabéis —respondió ella—. Así nadie tiene que comprobarlo.

Sabina empezó a explicar que no quería tratarla como una víctima. C. la detuvo.

—Tampoco como una superheroína. Las dos cosas sirven para dejarme sola.

Recogió los platos y abrió la presentación.

No necesitaba que Sabina la rescatara. Necesitaba que alguien leyera las diez primeras diapositivas y señalara dónde dejaban de entenderse.

—Tengo una hora.

—Me vale.

Trabajaron frente al portátil. Sabina eliminó repeticiones y señaló tres conclusiones sin respaldo. C. discutió dos y aceptó una. Cuando se cumplió la hora, Sabina cerró la pantalla.

—Hasta aquí.

C. miró las veinticuatro diapositivas restantes.

—Joder con la terapia. Antes aguantabas hasta la última diapositiva.

—Estoy practicando con gente de confianza.

Al día siguiente llegó una fotografía del recipiente vacío junto a la presentación.

Entrega casi terminada. Pobrecita de mí, pero con diapositivas decentes.

Sabina respondió:

Pobrecita no. Explotada por un inútil y alimentada por mi madre.

Mucho más exacto.

III

ASUNTO: Programa de movilidad interna — fase final

Sabina se incorporó.

Le comunicaban que había sido seleccionada para la última fase. Debía confirmar antes de mediodía y preparar una presentación de diez minutos sobre un problema de la empresa que creyera capaz de mejorar. La sesión sería ante un comité de tres personas.

Leyó el correo entero. Después volvió al principio.

No sintió alegría. Sintió calor en la cara.

En menos de un minuto encontró razones suficientes para retirarse: no tenía tiempo, los demás candidatos estarían mejor preparados, la seleccionarían por cumplir algún criterio interno.

También podía hacer el ridículo ante personas con las que tendría que seguir cruzándose en los ascensores.

Y si salía bien, tendría que decidir si de verdad quería moverse.

Abrió una respuesta.

Muchas gracias por la oportunidad. Después de valorar la carga de trabajo de las próximas semanas, creo que no podré dedicar al proceso el tiempo que merece.

Era una renuncia impecable. Una de esas frases con las que se cerraban puertas sin admitir que daba miedo atravesarlas.

La dejó en borradores.

En la oficina, el jefe la esperaba junto a su mesa.

—Enhorabuena, Vega.

—¿Por qué?

—No te hagas la sorprendida. Me han copiado en lo del programa.

—Todavía no he confirmado.

—¿Cómo que no?

—Piden preparar un caso para la fase final. Esta semana tengo el informe trimestral, la revisión del cliente y la propuesta nueva.

—La presentación son diez minutos.

—Prepararla llevará algo más de diez minutos.

—Es una oportunidad estupenda. Te vendría bien ganar visibilidad y al equipo también.

La oportunidad de Sabina se convirtió, con una facilidad admirable, en un indicador del desempeño de su jefe.

—Lo pensaré.

—Piénsalo rápido.

Sabina tenía abiertos el informe, una hoja de cálculo, el correo del programa y su borrador de renuncia.

La compañera de la mesa de enfrente se acercó con una carpeta.

—¿Es verdad que has pasado a la fase final?

—Las noticias vuelan.

—Aquí cualquier cosa que no sea un Excel roto se convierte en acontecimiento. Enhorabuena.

—Todavía puedo retirarme.

—También puedes hacerlo mal y sobrevivir.

—Gracias por la confianza.

—No he dicho que vayas a hacerlo mal. He dicho que no hace falta que estés segura antes de presentarte.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—Esto puede esperar hasta mañana. No dejes que te digan lo contrario.

Al bajar a por café abrió de nuevo el correo. Debajo de la invitación aparecía una breve valoración de su candidatura.

Experiencia transversal. Capacidad para identificar problemas operativos y convertirlos en propuestas aplicables. Buen conocimiento de clientes y procesos internos.

No hablaban de actitud, potencial ni ganas. Hablaban de cosas que sabía hacer.

Regresó a su mesa y anotó en la libreta tres problemas posibles para la fase final.

Tachó el primero porque dependía de demasiadas áreas.

El segundo porque era interesante, pero no sabía cómo resolverlo.

El tercero recuperaba una línea del piloto transversal: un cuello de botella que llevaba años viendo y del que todos se quejaban sin cambiar nada. Debajo dibujó una línea.

Abrió el borrador de renuncia y lo eliminó.

Muchas gracias. Confirmo mi participación en la fase final.

No añadió que haría todo lo posible ni que esperaba estar a la altura. Pulsó enviar. El sistema devolvió un documento de instrucciones de treinta y ocho páginas.

—Claro —murmuró—. Diez minutos.

IV