En tu casa o en Sabina 6. El hombre del traje gris #2
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6. El hombre del traje gris #2

C. contó que llevaba un mes cubriendo el trabajo de un compañero y que, la única tarde en que cerró el portátil a una hora razonable, se quedó dormida en el sofá con el abrigo puesto.

—Mi gran actividad personal del invierno.

—Yo vi tres capítulos de una serie sin mirar el móvil —aportó M.

—Eso ya es retiro espiritual —dijo Sabina.

La sobrina había escrito sobre la tarta FELIZ NO CUMPLE, porque el resto no cabía. El pequeño insistió en colocar todas las velas y sopló antes que Sabina.

—¡Eh! —gritó la mayor.

—Ha sido sin querer —dijo él, encantado.

Volvieron a encenderlas y soplaron los tres.

El móvil de Sabina vibró dentro del bolso, colgado en el recibidor. Lo oyó.

IV

R. tenía una teoría: todas las semanas necesitaban, como mínimo, una película mala para reiniciar el cerebro.

—Mi receta —había escrito—: pizza, sofá y una de espadas y sandalias. Cuanto más cartón piedra, mejor.

Sabina llegó la primera a casa de R. Le sorprendió tanto que comprobó dos veces el número de la puerta.

R. abrió con una camiseta negra descolorida y un paño de cocina sobre el hombro.

—¿Qué haces aquí tan pronto?

—He pensado que quizá la película empezaba a la hora anunciada.

—Eso no ha ocurrido nunca.

En el salón había libros apilados, cojines en el suelo y una funda de guitarra abierta junto a la pared. Sobre la mesa esperaban dos pizzas y una botella de vino dentro de una cubitera con restos de pintura azul.

C. apareció con patatas y hielo.

—He cerrado el portátil dentro de un cajón —anunció—. Si alguien necesita algo esta noche, tendrá que aprender autonomía.

R. levantó la carátula de la película.

—Senadores corruptos, esclavos rebeldes y emperadores locos.

—Un lunes cualquiera en la oficina —dijo Sabina.

La película empezó con música solemne y una Roma de cartón piedra. Un soldado de la tercera fila levantó el brazo y dejó ver un reloj negro.

—El primer gestor de proyectos del imperio —dijo Sabina.

C. puntuaba cada discurso con los dedos. R. defendía el rigor histórico de un caballo que cambiaba de color entre planos.

Sabina comió, bebió vino y dejó que la película avanzara sin buscarle más sentido del necesario. Durante un rato no pensó en la cuenta nueva ni en la evaluación.

En una pausa, R. se levantó a buscar otra botella y dejó caer un sobre. Sabina lo recogió. Arriba figuraba el nombre de un pequeño local de música del barrio.

R. le quitó el papel con rapidez.

—Correo altamente confidencial.

—¿Te habías presentado para tocar allí?

—Habían abierto una convocatoria para los domingos.

—¿Te han dicho que no?

—Han elegido a otro.

Lo dijo con ligereza y se volvió hacia la cocina.

—¿Qué canción enviaste?

—Una mía.

—No me habías contado que estabas componiendo.

—Porque no había mucho que contar.

—Podrías probar en otros locales.

R. dejó la botella en la encimera.

—No conviertas esto en un proyecto.

—Solo intento ayudarte.

—Ya. En cuanto alguien te cuenta algo, buscas la siguiente acción.

—Perdona por interesarme.

C. apareció desde el baño.

—¿Os estáis peleando sin mí?

—No —respondieron los dos.

De vuelta en el sofá, C. se enteró del rechazo.

—¿Y por qué no dijiste que te habías presentado?

—Porque sabía que ocurriría esto. El comité de apoyo, la mirada de pena, las frases sobre intentarlo otra vez.

—Yo no iba a decirte que lo intentaras otra vez —dijo C.

R. la miró sorprendido.

—Gracias.

—Iba a preguntarte si la grabación era buena.

Sabina soltó una carcajada. R. le lanzó un cojín.

—La grabé con el móvil. Se oía al vecino arrastrando una silla y la toqué con prisas.

—¿Quieres que la escuchemos? —preguntó Sabina.

—No.

—Vale.

La respuesta pareció desconcertarlo.

Reanudaron la película. Cuando empezó la batalla final, R. se levantó y cogió la guitarra.

—La canción dura tres minutos. No necesito opiniones técnicas ni planes de expansión.

—Yo solo puntuaré los discursos —prometió C.

—Y yo escucharé —dijo Sabina.

R. empezó a tocar. La canción era sencilla y ganaba fuerza en el estribillo. Cantaba algo más bajo de lo necesario. En la segunda estrofa se equivocó en un acorde, hizo una mueca y continuó.

Ninguna habló hasta que terminó.

—La grabación que enviaste, ¿sonaba así? —preguntó C.

—Más rápida.

—Entonces enviaste otra canción.

R. apoyó el brazo sobre la guitarra.

Sabina esperó.

—Me ha gustado.

—Gracias.

—Eso es todo.

—Agradezco el esfuerzo.

R. reprodujo con torpeza los primeros acordes de la música épica de la película. C. se puso la caja de pizza en la cabeza y levantó el pulgar con expresión imperial.

—El pueblo exige que pares.

R. siguió tocando. Roma permanecía congelada en la pantalla, ardiendo al fondo.

V

La noche de los juegos fue idea de Recursos Humanos. El correo prometía música, picoteo y una «zona de apuestas simbólicas para reflexionar sobre el riesgo». Habían montado una ruleta y repartían fichas de plástico con el logotipo de la empresa.

—Pensaba que te quedarías casada con el Excel —dijo la compañera al verla.

—Nos hemos tomado un tiempo.

La ruleta tenía casillas como Automatizar, Compartir, Eliminar e Invertir. La compañera apostó por automatizar cualquier proceso que consistiera en copiar datos de una hoja a otra para que alguien los copiara a una tercera.

Durante la preparación de la cuenta nueva, Sabina había encontrado documentos repetidos, decisiones sin responsable y riesgos descubiertos tarde. En la libreta conservaba una página práctica:

Riesgo. Responsable. Decisión.

La compañera había reunido ejemplos de otras cuentas y buena parte de los problemas se repetía.

Cuando la bola cayó en Asumir el riesgo, el empleado de Recursos Humanos pidió ideas que mereciera la pena probar aunque pudieran fallar.

Sabina explicó que una revisión común antes de comprometer fechas permitiría asignar responsables, registrar decisiones y evitar que cada cuenta resolviera otra vez lo mismo.

Una mujer de otro equipo confirmó que acababan de perder tres días por no saber que el problema ya se había solucionado en enero.

—Tenemos un primer esquema —dijo la compañera.

—Tengo un borrador —corrigió Sabina, casi sin pensarlo—. Lo preparé para la cuenta nueva.

La mirada de la compañera duró apenas un segundo.

El empleado pidió que se lo enviaran. Podía encajar como proyecto transversal para el programa interno.

Una hora después, el directivo del traje gris subió a una tarima y anunció varias propuestas interesantes. Entre ellas describió, casi con las mismas palabras, un piloto para reducir duplicidades y compartir conocimiento entre cuentas.

Sabina levantó la mano antes de pensarlo demasiado.

—Es la propuesta que hemos trabajado para la cuenta nueva. Ya tenemos un esquema y ejemplos de otros proyectos.

El directivo reconoció que ella había planteado algo en esa línea y le encargó desarrollarlo con Recursos Humanos.

—Necesitaremos alcance, patrocinio y tiempo asignado. Y quiero que forme parte de mi candidatura al programa.

Recursos Humanos estuvo de acuerdo. El directivo respondió que lo verían la semana siguiente.

Cuando volvió la música, la compañera se acercó.

—Te ha cogido la idea y la ha anunciado como suya.

—Ahora hay veinte personas que saben de dónde salió.

—Sí. De ti, por lo visto.

Sabina entendió al fin la mirada anterior. Abrió la boca para explicar que el borrador era suyo y la cerró.

—Sí. Perdona.

—No necesito una medalla. Solo que no hagamos entre nosotras lo mismo que hacen ellos.

El lunes, la portada del documento ya reconocía el análisis operativo como trabajo conjunto. Sabina se acercó a su mesa antes de enviarlo.

—¿Así?

La compañera leyó.

—Está mejor.

No sonrió enseguida.

VI

—Con la que está cayendo, quien no esté loco es que no se ha enterado —dijo una compañera mientras removía el azúcar—. Yo tendría que vivir en el psiquiátrico de al lado y entrar por un túnel.

Hubo risas. El jefe señaló a Sabina con el vaso.

—Tú eres de las funcionales. De las que están mal pero bien. De las que disimulan.

Mientras llegara puntual y resolviera problemas, podía estar todo lo mal que quisiera.

—De momento solo estoy para chapa y pintura —respondió.

La conversación ya cambiaba cuando añadió:

—Aunque voy a terapia.

Se abrió un hueco breve.

—Bueno, eso ahora lo hace mucha gente —dijo el jefe—. Y no porque estén mal de verdad.

—¿Cómo se está mal de mentira?

Otra compañera contó que había ido después de separarse. El jefe terminó hablando de la importancia de cuidarse antes de regresar a su despacho.

El domingo, en casa de la madre, hubo cocido. M. llegó con los niños. La mayor se sentó junto a Sabina y el pequeño aparcó un coche rojo debajo de la mesa.

La madre le dijo que tenía mala cara. Sabina podía haber respondido que era cansancio y dejarlo allí.

—Estoy yendo a una psicóloga.

M. detuvo el cuchillo. La madre sostuvo la cuchara a medio camino.

—¿Tan mal estabas?

La pregunta llevaba miedo, no reproche.

—No estaba para ir a urgencias. Pero tampoco estaba bien.

—Podías habérmelo contado.

—No sabía cómo.

—Soy tu madre.

La sobrina preguntó qué hacía una psicóloga. M. explicó que ayudaba a ordenar algunas cosas. El pequeño quiso saber si mandaba deberes y si castigaba cuando no se hacían. Al descubrir que no, decidió que no era como una profesora y volvió al coche.

—Yo he tenido nervios toda la vida —dijo la madre—. Y nunca fui a ningún sitio. Una se apaña.

—También se acostumbra.

—¿A qué?

—A estar mal. A pensar que es lo normal.

La madre frunció el ceño.

—¿Crees que yo he estado mal toda mi vida?

—Estoy hablando de mí.

M. cambió el tema antes de que la conversación se convirtiera en una discusión completa.

Después del postre, la madre llamó a Sabina a la cocina y llenó dos recipientes.

—¿Cuánto te cobra?

Sabina se lo dijo.

—Es mucho por hablar una hora.

—No solo habla ella.

—¿Y te ayuda?

—Creo que sí.

—¿Crees?

—No es como una pastilla para el dolor de cabeza.

La madre cerró las tapas.

—A mí me daría vergüenza contar mis cosas a una desconocida.

—Al principio cuesta.

—¿Y no te mete ideas raras en la cabeza?

—Las ideas raras ya las llevaba de casa.

Su madre le dio un golpe suave con el paño.

—No te burles.