6. El hombre del traje gris
I
El directivo del traje gris hablaba de objetivos trimestrales con la solemnidad de quien anuncia algo decidido antes de entrar en la sala.
En la pared se sucedían gráficas, porcentajes y flechas ascendentes. El aire acondicionado llevaba cuarenta minutos golpeándoles en la nuca.
—Como veis, el desafío es mantener el ritmo sin sacrificar margen —dijo el directivo—. Para conseguirlo necesitamos el compromiso total del equipo.
Sabina anotó en la libreta corporativa:
Recursos.
El directivo cambió de diapositiva.
—La nueva cuenta requiere rapidez, experiencia y alguien capaz de mantener la visión global. Pensábamos en ti, Sabina.
Varias cabezas se giraron.
Sabina conocía la cuenta. Había detectado dos dependencias fuera del calendario, un equipo corto de personal y una ausencia clave durante el arranque.
La respuesta automática le subió a la boca.
Sí, claro. Lo vemos.
—Puedo liderarla —dijo—, pero habría que ajustar el plan.
El directivo mantuvo la sonrisa.
—Por supuesto. Para eso estamos hoy aquí.
—La fecha coincide con el cierre de otras dos cuentas y falta cobertura para la parte operativa. Si esta es la prioridad, necesitamos decidir qué trabajo se desplaza o qué apoyo se incorpora.
Se hizo un silencio breve, el de una sala que esperaba un sí sin condiciones.
El directivo miró al jefe de Sabina.
—Seguro que podemos organizarnos —dijo él—. Sabina tiene una capacidad extraordinaria para encajar estas situaciones.
Ella reconoció el cumplido. Se lo habían hecho muchas veces justo antes de añadirle trabajo.
—Organizarnos es precisamente lo que propongo. Necesitamos elegir una de las dos opciones antes de confirmar el calendario.
—Perfecto. Preparad una recomendación y avanzamos.
Pulsó el mando y siguió adelante.
Sabina miró la página. Había pedido una decisión y se llevaba una tarea.
A su lado, la compañera escribió algo en una nota adhesiva y se la deslizó.
Que conste por escrito.
Durante el descanso, Sabina se acercó a la cristalera. En la azotea del edificio de enfrente, entre aparatos de aire acondicionado y tuberías, una mujer tomaba el sol sobre una toalla, con gafas oscuras y un libro sobre el pecho. La compañera regresó con dos vasos de cartón.
—¿A quién miras?
Sabina señaló la azotea.
—La veo a veces —dijo ella—. Creo que trabaja en la consultora del piso diez.
—¿Y nadie la echa?
—¿Por qué iban a echarla?
—No sé.
—Será su descanso.
Sabina sostuvo el vaso caliente.
—Me desconcierta.
—¿Que descanse o que se la vea descansando?
Desde el fondo de la sala pidieron que volvieran a sus asientos.
—Manda el correo ahora —susurró la compañera—. Si esperas a esta tarde, habrán decidido que dijiste que sí sin condiciones.
Sabina abrió el portátil. Confirmó que podía liderar la cuenta, enumeró los riesgos y propuso retrasar una semana el comienzo o incorporar apoyo temporal. Terminó solicitando una decisión antes del viernes.
Lo leyó dos veces. La primera encontró demasiada firmeza. La segunda, datos. Pulsó enviar.
La respuesta llegó antes de que terminara la reunión.
Gracias, Sabina. Magnífico análisis. Confirmamos entonces que liderarás la nueva cuenta. Revisaremos los ajustes de capacidad durante las próximas semanas.
La compañera leyó el correo desde su pantalla.
—Te han cogido el sí y han tirado el resto.
—Eso parece.
—Al menos ahora consta.
Sabina archivó el mensaje en una carpeta nueva: Cuenta nueva. Riesgos y decisiones.
II
La reunión de evaluación se llamaba oficialmente cara a cara: media hora, sala pequeña, un examen disfrazado de conversación.
El jefe empezó por los resultados: cuentas recuperadas, plazos cumplidos, una crisis con un cliente resuelta durante un fin de semana. Los pronunciaba en plural y añadía que la contribución de Sabina había sido fundamental.
A ella le gustaba oírlo. Había pasado años fingiendo que el reconocimiento no le importaba.
—Eres una pieza clave —dijo él—. Sin ti, muchas cosas se caerían.
—Yo también me caigo a veces.
El jefe rio y le recomendó relajarse un poco. Después abrió la sección de desarrollo.
La valoración general era excelente, pero para el siguiente nivel necesitaban verla más estratégica. Menos absorbida por la ejecución diaria, más capaz de influir y crear mecanismos que funcionaran sin ella.
La semana anterior le habían asignado una cuenta nueva precisamente porque recogía los detalles que otros dejaban caer.
—¿Qué tendría que dejar de hacer para dedicar tiempo a esa parte estratégica?
Él tardó un segundo.
—No se trata exactamente de dejar de hacer.
—Entonces seguiré pasando la mayor parte del tiempo en la ejecución.
El jefe le recordó que aquello no era una crítica. Sabina preguntó si la promoción había estado sobre la mesa aquel año.
Sí la habían discutido. No, todavía no la veían preparada. Era difícil fijar un plazo. Dependería de las oportunidades y de cómo aumentara su visibilidad.
Había trabajado para ser imprescindible y empezaba a sospechar que lo había conseguido en el lugar equivocado.
El jefe abrió una convocatoria interna: seis meses de formación, un proyecto transversal y reuniones con responsables de otras áreas.
—Creo que deberías presentarte.
—¿Está dentro del horario laboral?
—En principio.
Sabina dejó que el silencio hiciera el resto de la pregunta.
Alguna sesión podía caer fuera, admitió él. La oportunidad merecía un esfuerzo. Ella respondió que quería presentarse, pero que antes tendrían que revisar su carga.
—Primero tendrías que entrar. No adelantemos problemas.
—No es un problema futuro. Es la condición para hacerlo bien.
La sonrisa del jefe perdió algo de temperatura. Le pidió que preparara una propuesta y prometió revisarla con ella.
En la consulta le contó a T. que la consideraban imprescindible y, al mismo tiempo, demasiado metida en la ejecución para promocionar.
—¿Las dos cosas dependen de las mismas conductas? —preguntó T.
—Exactamente de las mismas.
—¿Quieres promocionar?
Sabina tardó más de lo razonable en contestar.
—Sí.
Querer promocionar le resultaba ligeramente vulgar. T. le preguntó si esperar a que el trabajo hablara por sí solo le había funcionado.
Al volver a casa, Sabina abrió el formulario.
Escribió tres cuentas que había recuperado, un mecanismo que había creado y qué decisiones había tomado ella.
En el último apartado puso:
Tiempo y responsabilidad para trabajar en problemas que no puedan resolverse únicamente haciendo más horas.
Pulsó enviar y cerró el portátil antes de encontrar una forma más pequeña de contarlo.
III
En la cocina, escrito con rotulador verde, figuraba:
Cena atrasada de cumpleaños. INVIERNO ROBADO. NO CANCELAR.
Había cumplido años al comenzar el año y la celebración con C. y M. se había pospuesto dos veces: una por un viaje y otra por una urgencia que ya nadie recordaba.
Aquel primer lunes de marzo trabajaba desde casa. A las seis menos cuarto sonó el aviso para salir hacia casa de M.
¿Puedes revisar la presentación antes de esta noche? El directivo quiere verla mañana. Solo una revisión rápida.
Sabina contestó antes de pensar:
Sí, claro. La reviso ahora.
En el recibidor esperaba una bolsa con vino, un pequeño regalo para la sobrina y un paquete de velas. M. había preparado tortilla. El pequeño llevaba toda la tarde preguntando cuándo llegaría la cumpleañera, aunque el cumpleaños hubiera sido casi dos meses antes.
La presentación tenía dos cifras distintas para el mismo resultado y una tabla que contradecía la conclusión principal. No era una revisión rápida.
Sabina escribió a M.:
Voy a llegar tarde. Me han pedido una cosa urgente.
La tortilla no tiene culpa de tu empresa, respondió su hermana.
A las seis y media seguía en la diapositiva diecisiete. C. escribió en el grupo:
Estoy en camino. Llevo vino y patatas. Mi contribución gastronómica termina ahí.
M. contestó:
Yo tengo tortilla y dos menores al borde de la insurrección. La protagonista sigue trabajando.
C.:
Eso no es una protagonista. Es una secundaria con nómina.
Terminaría si cancelaba la cena. Nadie se sorprendería.
Abrió el correo.
He revisado hasta la diapositiva diecisiete y corregido los errores críticos. El resto necesita más tiempo. Lo terminaré mañana entre las ocho y las nueve. Esta noche no estoy disponible.
La última frase le pareció excesiva. La leyó otra vez y pulsó enviar. La respuesta tardó menos de un minuto.
Necesitábamos tenerlo hoy. ¿No puedes dejarlo al menos bastante avanzado?
Si termino ahora con prisa, corremos el riesgo de enviar cifras incorrectas.
Apagó el portátil antes de recibir otra respuesta.
Llegó cuarenta minutos tarde. El pequeño abrió la puerta con un pantalón de pijama, una camiseta de fútbol y una corona de cartón torcida.
—¡Ya está aquí!
—No hacía falta anunciarlo al edificio entero —dijo M. desde la cocina.
La sobrina apareció detrás con expresión de dignidad herida.
—La tarta se está derritiendo.
—Las tartas no se derriten —dijo el pequeño.
—Esta sí, porque tiene cobertura.
Sabina levantó la bolsa.
—Traigo velas.
—Ya tenemos —respondió la niña—. Pero estas son mejores.
M. salió secándose las manos en un paño.
—Has venido.
El tono quedó en un punto extraño entre el reproche y la felicitación.
—He venido.
En el salón, C. colocaba servilletas alrededor de la mesa baja.
—La señora del cumpleaños atrasado —dijo—. Llegas en marzo y tarde. Todo coherente.
—He abandonado una presentación a medio corregir.
—¿A medio corregir? Ya te vale.
—No te burles. Me ha costado.
—Precisamente por eso me burlo.
Comieron tortilla, ensalada y patatas directamente de la bolsa. La sobrina explicó una guerra escolar y el pequeño volcó agua. M. contó que llevaba semanas queriendo apuntarse a natación y aún no había llamado al polideportivo.
—La clase es los jueves a las siete y parece que a esa hora siempre ocurre algo.
—Nos podemos quedar con ellos algún jueves —dijo Sabina.
—¿Alguno en el que no tengas una revisión rápida?
—Alguno habrá.
—Lo anotaré como posibilidad remota.