En tu casa o en Sabina 5. Hotel, dulce hotel #4
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5. Hotel, dulce hotel #4

Recordó el mensaje de una desconocida recibido años atrás:

Creo que tu novio y yo llevamos viéndonos un tiempo sin que tú lo sepas.

No había sido una aventura. Había una segunda relación construida dentro de la primera.

Durante mucho tiempo había recordado cómo se obligaba a no ser desconfiada cada vez que intuía algo.

Escribió un título:

Engaños que me hicieron.

Anotó aquella relación y otras historias menores. La lista empezó a darle una satisfacción desagradable. La colocaba en un lado limpio de la historia.

Debajo escribió:

Engaños que hice.

Recordó el beso a otro hombre cuando tenía pareja. Estaba borracha y enfadada. Al día siguiente decidió que no significaba nada y, como no significaba nada, no lo contó.

Anotó también al hombre con el que seguía quedando cuando empezó a acostarse con J. No habían pactado exclusividad, pero Sabina sabía que él esperaba otra cosa y evitó aclararlo porque le convenía que siguiera allí.

Miró las dos listas. La libreta había vuelto a construir un juicio, ahora con dos banquillos.

El móvil sonó. C. había visto la fotografía.

—Antes de que digas nada —empezó—, una boda no es un certificado de rehabilitación.

—Parece bastante rehabilitado.

—Parece guapo con traje y luz de atardecer. No es lo mismo.

Sabina le habló de las listas.

—No hagas trampas para poder decir que todos sois iguales —respondió C.—. Lo del beso fue una mierda. Lo de J. y el otro es otra conversación.

Sabina miró las dos listas, pero no rompió las páginas.

En la segunda sesión con T., llevó la libreta abierta por el registro.

—¿Qué parte sabes que es cierta? —preguntó T.

—Que se ha casado. Que van a tener un hijo. Que me engañó cuando estábamos juntos.

—¿Sabes que con ella no miente?

—No.

—¿Que ella lo cambió?

—No.

—¿Que la relación funciona porque ella tiene algo que tú no tenías?

Sabina bajó la vista.

—No.

—Entonces eso pertenece a la historia que apareció después de la foto.

—Una historia bastante razonable.

T. señaló las dos listas.

—¿Por qué has colocado todas tus acciones bajo el mismo título?

—No quiero contarme que siempre fui la buena.

—Distinguir no es absolverte.

Revisaron las situaciones. En una existía un acuerdo y Sabina besó a otra persona y lo ocultó. En la otra no había acuerdo explícito, aunque evitó una conversación que habría perjudicado sus intereses.

—Entonces, ¿cuál es el veredicto? —preguntó Sabina.

—No estamos haciendo un juicio.

—Mi libreta discrepa.

—Podemos probar con responsabilidad sin sentencia.

T. le pidió que escribiera solo una de las situaciones.

Sabina anotó:

Hecho: besé a otra persona y no se lo conté a mi pareja.

Contexto: estaba borracha y enfadada.

Responsabilidad: seguí ocultándolo cuando ya estaba sobria.

No escribió soy una mentirosa ni soy igual que él .

La página parecía incompleta.

—Los motivos no borran el daño —dijo Sabina.

—No.

—Pero el daño tampoco resume a una persona.

T. inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Eso lo dices tú o me lo preguntas?

Sabina miró lo escrito.

—Todavía no lo sé.

Al salir de la consulta abrió Instagram. La fotografía seguía entre las publicaciones recientes. Seleccionó No me interesa.

Cuando la aplicación le preguntó el motivo, Sabina cerró la pantalla.

IX

Unas semanas después, Sabina volvió al mismo hotel.

El taxi atravesó el polígono y rodeó la misma rotonda absurda.

Llegaba de día.

—Reserva a nombre de Sabina Vega —dijo en recepción.

Le asignaron la habitación 608. El número era distinto; el resto parecía calcado.

Sabina dejó la maleta, colocó el portátil sobre la mesa y encontró el interruptor de la mesilla al primer intento.

—Progreso verificable.

C.:

¿Has llegado al polígono deluxe? Escala del uno al «lloro delante del minibar».

Cuatro. Misma moqueta, menos tragedia griega.

Tenía dos horas antes de la cena. Abrió la bandeja de entrada por costumbre. El correo de J. estaba archivado en una carpeta para no verlo cada vez que consultaba el trabajo. No lo había borrado ni respondido.

Cerró el portátil.

En la última sesión, T. le había preguntado qué hacía en los hoteles cuando empezaba a sentirse incómoda.

—Trabajo.

—¿Aunque hayas terminado?

—Sobre todo si he terminado.

—¿Y después?

—Televisión, minibar, móvil. El orden depende del precio de las chocolatinas.

T. no había prescrito una rutina. Le pidió que observara el momento en que dejaba de estar cansada y empezaba a intentar escapar del cansancio.

Sabina abrió la maleta. Había metido mallas y zapatillas, pese a las escasas probabilidades de utilizarlas.

El gimnasio tenía dos cintas, una elíptica y una televisión con un concurso sin sonido. No había nadie.

Empezó caminando despacio.

A los cinco minutos quiso volver.

No corrió. Caminó quince minutos mirando los números de la pantalla: distancia, tiempo, calorías. Datos que no pedían interpretación.

La cena transcurrió sin sobresaltos.

De regreso al hotel, vio las luces del bar a través de los cristales y notó la punzada absurda de estarse perdiendo algo. Probablemente hablarían de fútbol y pedirían otra ronda. La punzada apareció de todos modos.