En tu casa o en Sabina 5. Hotel, dulce hotel #3
29%

5. Hotel, dulce hotel #3

Ya en casa, Sabina miró los marcos de la estantería. Uno contenía una fotografía de ella y M. en la playa, despeinadas y riendo. En otro, C. levantaba un vaso durante un concierto mientras R. aparecía al fondo con los ojos cerrados.

Sabina retiró el segundo para limpiarle el polvo. Detrás de la imagen encontró otra fotografía.

Era de 2007. Aparecía abrazada a un hombre con el que había salido algo más de un año. Ambos sonreían delante de una pared cubierta de carteles.

En el reverso, con su letra:

Nosotros. Para siempre.

Sabina miró la fecha.

—Pues no.

No lo dijo con rabia. Solo como quien corrige un dato equivocado.

Durante mucho tiempo había recordado aquella relación por su final. La fotografía, en cambio, mostraba un día en el que habían sido felices o al menos se habían reído lo suficiente para parecerlo. El móvil vibró. R.:

¿Cine mañana? Drama pretencioso o comedia romántica terrible. Hay que elegir bando.

Sabina respondió:

Lo que no tenga «amor eterno» en el título.

R. envió un audio con voz de tráiler:

—En un mundo donde nada dura, una mujer descubrirá que lo único verdaderamente eterno son las comisiones de la hipoteca.

Sabina se rio.

La fotografía de 2007 seguía sobre la mesa.

Guardó la fotografía en un cajón. No la rompió ni la devolvió detrás del marco.

VII

En la sala de espera de T., una planta se inclinaba hacia una ventana que apenas recibía luz. En la pared, un cartel sobre gestión del estrés mostraba a personas que sonreían como si organizar la respiración les hubiera solucionado la hipoteca.

Sabina miró la hora.

Había llegado cinco minutos antes. El tiempo justo para marcharse sin que pareciera una fuga.

Tenía la libreta sobre las rodillas.

La puerta se abrió.

—¿Sabina?

Una mujer de unos cuarenta y tantos años, con el pelo rizado recogido, vaqueros y un jersey amplio, esperaba junto a la puerta.

—Soy T. Pasa, por favor.

La consulta era pequeña y luminosa: dos sillones, una mesa baja, pañuelos, agua y estanterías.

No había diván.

T. le explicó la duración de las sesiones, la confidencialidad y la posibilidad de comprobar entre ambas si se sentían cómodas trabajando juntas.

—¿Qué ha ocurrido para que vengas ahora?

Sabina había preparado una respuesta durante el trayecto. Al oír la pregunta, dejó de servirle.

—Mi médica me lo ha recomendado.

T. esperó.

—Tuve un ataque de ansiedad en el trabajo. O algo parecido. No podía respirar, me temblaban las manos y pensé que me pasaba algo grave. Después han venido migrañas, duermo fatal y tengo la tripa enfadada conmigo.

T. preguntó cuándo había sucedido, qué ocurría aquel día y si se había repetido. No escribía todo. Anotaba algunas palabras y volvía a mirarla.

—La médica está estudiando también las migrañas —aclaró Sabina—. No ha dicho que todo sea ansiedad.

—Bien. El seguimiento médico debe continuar. Aquí podemos ocuparnos de cómo estás viviendo y del estrés, sin convertir automáticamente cada síntoma físico en algo psicológico.

Sabina aflojó las manos alrededor de la libreta.

—¿Cómo estabas en las semanas anteriores?

—Cansada.

—¿Algo más?

—Muy cansada.

T. no sonrió.

—Trabajaba demasiado —continuó Sabina—. En mi familia había cosas. Y estaba metida en una historia con alguien que no terminaba de ser una historia, pero ocupaba como tres.

—¿Qué significa eso?

Sabina habló de J. De los años entrando y saliendo, del correo de ruptura y del nuevo mensaje recibido en el hotel.

—¿Has contestado?

—No.

—¿Qué te ayudó a esperar?

—Estaba fuera, cansada. Escribí varias respuestas y las borré.

Levantó la libreta.

—Lo apunté aquí.

T. miró la portada.

—¿La llevas siempre?

—Casi siempre. Cada cumpleaños estreno una y la uso todo el año.

—¿Para qué?

—Listas, recuerdos, mensajes que no envío, planes. A veces me ayuda a ordenar. Otras me permite dar cincuenta vueltas más a lo mismo, pero con buena caligrafía.

—¿Y últimamente?

Sabina abrió varias páginas. Cargos, pruebas, atenuantes, veredictos.

—Últimamente se ha convertido un poco en juzgado.

T. leyó una frase que Sabina le mostró:

Siempre igual. Eres idiota.

—¿Qué intentas conseguir cuando escribes eso?

—Que no vuelva a hacerlo.

—¿Funciona?

Sabina miró la página.

—El historial no es prometedor.

—Entonces el método no está funcionando.

—Mi juez es bastante tradicional.

—Ya iremos conociéndolo.

T. no le pidió que dejara de escribir ni que arrancara las páginas. Le preguntó qué había ocurrido entre el correo de J. y la respuesta que no envió.

Sabina contó el calor en el pecho, las escenas que había imaginado y el alivio anticipado al redactar podemos vernos.

—Cuando aparece un mensaje así, ¿qué ocurre primero? —preguntó T.

—Se me enciende todo.

—¿Dónde?

Sabina se señaló el pecho.

—Aquí. Después empiezo a construir lo que puede pasar.

—¿Y luego?

—Respondo, me adapto y espero. Después me juzgo según lo que haga la otra persona. ¿Qué hago con J.?

—No lo sé.

—Prometedor.

—Podría darte una opinión. No sé si te serviría.

—Así que no vas a decirme si tengo que verlo.

—No hoy.

Sabina no supo si aquello le gustaba.

Al final de la sesión, T. propuso un registro básico para un único momento de la semana:

Qué ha pasado.

Qué noto en el cuerpo.

Qué me digo.

Qué hago después.

—No es un examen —dijo—. No necesitas rellenarlo bien ni hacerlo todos los días.

Sabina escribió las cuatro líneas.

—¿Puedo usar tabla?

—Si te sirve, sí. Si acaba dándote más trabajo, no.

Le molestó un poco.

—¿Cómo te vas ahora? —preguntó T.

Sabina observó los pañuelos intactos y la libreta abierta.

—Como si hubiera hablado demasiado y no hubiera contado casi nada.

—Es habitual en una primera sesión.

—Y avergonzada por necesitar ayuda con cosas bastante normales.

T. guardó silencio.

—Necesitar ayuda no demuestra que sean normales o extraordinarias.

VIII

Instagram le enseñó la boda de alguien a quien Sabina no seguía desde hacía años.

En el centro estaba él.

No J. Otro ex. El de los treinta. El de no creo en las etiquetas, pero contigo es diferente .

Llevaba un traje azul y sonreía junto a una mujer vestida de blanco, con una barriga aún pequeña bajo la tela.

La publicación incluía dos etiquetas:

#AmorDelBueno #SinSecretos.

Sabina notó una contracción en el estómago.

No quería volver con él. Hacía años que ni siquiera hablaban.

Eran las etiquetas.

Amplió la imagen y leyó los comentarios.

Al fin.

Te lo mereces.

Quién te ha visto y quién te ve.

Dejó el móvil boca abajo y lo volvió a coger casi enseguida. Entró en el perfil y, al llegar a una imagen de una ecografía, cerró la aplicación.

Entonces recordó el registro que T. le había enseñado y abrió la libreta. Era la primera vez que intentaba usarlo fuera de la consulta.

Qué ha pasado: fotografía de su boda.

Qué noto: estómago cerrado, calor, ganas de mirar más.

Qué me digo: conmigo fue un mentiroso y ella se ha quedado con la versión buena.

Qué hago: ampliar la foto y leer todos los comentarios.