5. Hotel, dulce hotel #2
¿Qué tal el cuarto de autopista? El pequeño pregunta si estás en una suite de película y la mayor dice que seguro que no.
Sabina respondió:
Cuarto correcto. Cero suite. Dile al pequeño que la tía Sabi desayuna tortilla de goma y a la mayor que deje de tener razón tan pronto.
C. había escrito:
¿Has comido algo que no sea ansiedad?
Café, tortilla y un poco de ansiedad. Desayuno con Soledad.
C. respondió:
No le pagues tú también, que tiene mucho morro.
Sabina se rio. El hombre de la mesa más próxima levantó la cabeza y volvió al móvil.
En ese momento, la mujer de la mesa contigua regresó con otro café y comentó a su acompañante:
—Qué gusto poder desayunar tranquila. Los niños se han quedado con mis padres. Estoy sin niños por fin.
Parecía contenta. No valiente ni resignada. Contentísima.
Sabina pensó en M., que habría entregado un órgano no esencial a cambio de dos noches de hotel sin que nadie preguntara dónde estaban los calcetines.
Terminó el desayuno y dejó libre la silla de enfrente.
La jornada fue larga. Presentaciones, preguntas, cafés servidos en vasos de cartón y conversaciones mantenidas de pie. A media tarde le dolían los músculos de la cara de sonreír y asentir.
Cuando regresó al hotel, dejó el bolso en el suelo y se tumbó sobre la cama sin quitarse los zapatos.
IV
La tarde siguiente, la última antes de volver, llegó el correo.
Sabina acababa de entrar en la habitación. Había dejado el portátil abierto sobre la cama y la ducha corriendo para que se calentara el agua.
La notificación apareció en la esquina de la pantalla.
Asunto: ¿Y si nos vemos a tu vuelta?
Remitente: J.
Sabina se quedó de pie con la toalla en la mano.
Abrió el mensaje.
He estado pensando en ti estos días. Sé que el correo del otro día fue brusco y que no supe explicarme bien. Cuando vuelvas, podríamos vernos con calma, si te apetece. Me gustaría hablar y ver si podemos arreglar las cosas.
J.
Lo leyó dos veces.
Era una disculpa incompleta: no explicaba qué había cambiado ni qué quería arreglar. Aun así, contenía las palabras necesarias:
He estado pensando en ti.
Arreglar las cosas.
Con calma.
Sabina se sentó en el borde de la cama.
En pocos segundos ya había construido la conversación. Un bar tranquilo. J. reconociendo que se había asustado. Ella escuchándolo sin reproches. Los dos decidiendo probar de otra manera.
Cogió el móvil y abrió el chat. Escribió:
Podemos vernos cuando vuelva.
El alivio apareció antes de enviarlo. J. volvía. Ella dejaba de ser la mujer a la que habían abandonado por correo y se convertía en la mujer a la que habían echado de menos.
Borró el texto.
El agua seguía corriendo. Sabina dejó el móvil sobre la cama y entró en la ducha.
Ensayó respuestas bajo el agua.
¿Qué quieres arreglar exactamente?
Sonaba hostil.
No sé si tiene sentido.
Era mentira. Una parte de ella deseaba que lo tuviera.
Al salir, se envolvió el pelo en una toalla y llevó la libreta al borde de la cama. Las páginas anteriores estaban llenas de acusaciones y defensa. Escribió un título:
Beso de Judas.
Lo tachó.
J. no era Judas y ella no era Jesucristo. Él había sido evasivo y cobarde. Ella había aceptado más ambigüedad de la que podía soportar. El problema era bastante más vulgar.
Dividió la página en tres líneas:
Lo que dice: quiere verme.
Lo que no dice: qué ha cambiado.
Lo que quiero: verlo.
La última frase le dio vergüenza. La dejó.
Añadió:
No sé si quiero volver.
J.:
Te he enviado un correo. Si prefieres que no hablemos, lo entiendo.
El mensaje podía ser respeto. También podía dejarle a ella la responsabilidad de reabrir la puerta. Ambas interpretaciones cabían.
Volvió a leer los dos correos. En el primero, J. no quería continuar. En el segundo, quería arreglarlo. Entre ambos habían pasado pocos días y no había ninguna explicación en medio.
Preparó la ropa, guardó parte de la maleta y colocó el cargador dentro del bolso. Cada pocos minutos miraba el móvil.
V
El dolor de cabeza empezó durante la última reunión con el cliente.
Primero fue una presión detrás del ojo derecho. Después se extendió hacia la sien y la luz de la sala se volvió hostil. Sabina bajó el brillo del portátil y continuó escuchando mientras el responsable técnico señalaba una tabla.
La reunión duró casi tres horas.
La sostuvo a base de agua, café y sonrisas cada vez más estrechas. En el taxi hacia el aeropuerto apoyó la frente contra el cristal.
—Tiene mala cara —dijo el conductor—. ¿Quiere que quite la música?
Sabina pensó que también podía bajar la luz, el tráfico y el siglo entero.
—Sí, gracias.
Durante el vuelo se cubrió la cara con el antifaz del hotel. Al llegar a Madrid decidió volver en metro para ahorrarse el taxi y empezó a arrepentirse en Nuevos Ministerios, cuando vio el siguiente transbordo.
Los fluorescentes parecían perforarle el cráneo. Una conversación mantenida varios asientos más allá sonaba dentro de su cabeza.
Cuando cerró la puerta de casa, dejó la maleta en el recibidor, bajó las persianas y se tumbó en el sofá sin quitarse el abrigo.
M. llamó.
—¿Has llegado?
—Más o menos.
—Se te oye la migraña desde aquí.
—Tengo la cabeza como una obra sin licencia.
—Mañana tenías médica.
Sabina recordó la cita solicitada después del ataque de ansiedad.
—A las diez y veinte.
—No la canceles.
—No pensaba cancelarla.
—Estabas pensando cancelarla mientras lo decías.
Sabina se cubrió los ojos.
—No estoy para discutir.
—Perfecto. Entonces estamos de acuerdo.
Pasó la noche despertándose a intervalos. A la mañana siguiente se sentó varios minutos en el borde de la cama antes de vestirse.
La sala de espera del centro de salud tenía sillas de plástico, un dispensador sin vasos y un cartel que recomendaba consultar al personal sanitario antes de buscar síntomas en internet.
Sabina llevaba la libreta sobre las rodillas, cerrada.
—¿Sabina Vega? —llamó una voz.
Tardó una fracción de segundo en reconocer el nombre completo.
La médica le preguntó por el dolor: frecuencia, duración, localización, náuseas, sensibilidad a la luz. Le tomó la tensión y realizó una exploración breve.
—Podría ser migraña —dijo al terminar—. Vamos a llevar un registro y pedir una analítica. También te explicaré qué puedes tomar y en qué casos debes consultar antes. Has dicho que duermes mal. ¿Cuántas horas?
—Cuatro o cinco. Alguna noche seis.
—¿Desde cuándo?
—Bastante.
—También mencionaste otras cosas.
Sabina miró la libreta.
—Tuve un ataque de ansiedad en la oficina. Me faltaba el aire, me temblaban las manos y pensé que me pasaba algo grave. Desde entonces no ha ocurrido igual, pero tengo muchas veces el pecho apretado. Y la tripa bastante rebelde.
—Dormir poco, el estrés y la ansiedad pueden empeorar las cefaleas. No significa que vayamos a atribuirles automáticamente todos los síntomas. Estudiaremos el dolor y atenderemos también lo demás.
Sabina asintió dos veces, más de lo necesario. No sabía que había temido que la médica dijera estrés y dejara de escuchar.
—Hice una lista.
Abrió la libreta por una página antigua:
Dolor de cabeza.
Tripas en huelga.
Presión en el pecho.
No puedo apagar la cabeza.
Duermo fatal.
La médica leyó sin tocarla.
—Esto ayuda si añades fechas y duración. Para las cefaleas apunta también cuánto dormiste y si tomaste algo.
Sabina escribió al margen:
Fecha. Duración. Sueño. Medicación.
Hacía mucho que la libreta no recibía instrucciones de otra persona.
—Además —continuó la médica—, creo que te vendría bien apoyo psicológico.
—¿Además de lo otro?
—Además. No en lugar de la analítica ni del seguimiento.
—Vale.
La palabra salió con menos resistencia de la esperada.
—¿Has hecho terapia alguna vez?
—No. He escrito mucho sobre hacerla.
—No es exactamente lo mismo.
—Eso sospechaba.
La médica explicó las opciones: derivación, aunque tardaría, o buscar atención por su cuenta.
—¿Qué se supone que tengo que contarle?
—Lo mismo que acabas de contarme. No necesitas llegar con un diagnóstico preparado.
Esa tarde abrió varias páginas de profesionales hasta que las fotografías de sillones claros y plantas estratégicamente colocadas la abrumaron. Entonces escribió a M., que le envió un contacto.
La psicóloga se llamaba T.
Sabina escribió:
Hola. Me llamo Sabina Vega. Mi médica me ha recomendado hacer terapia por ansiedad, problemas de sueño y algunos síntomas físicos. Quería saber si tienes disponibilidad para una primera sesión.
Lo leyó, dudó con la palabra ansiedad y pulsó enviar.
La respuesta llegó una hora después.
Hola, Sabina. Tengo disponibilidad los martes y jueves por la tarde. Podemos concertar una primera sesión para hablar de lo que necesitas y comprobar si te sientes cómoda trabajando conmigo.
Sabina se fijó en la última parte.
No prometía que fueran a encajar. Decía que podían comprobarlo.
Aceptó el martes siguiente y anotó la hora y la dirección.
VI
Dos días después, Sabina se detuvo ante el escaparate de una papelería.
Un cartel cubierto de corazones anunciaba San Valentín con varias semanas de adelanto:
Para tus historias para siempre.
Dentro había álbumes, marcos y diarios con candados fáciles de abrir.
—Para siempre —leyó Sabina.
La primera sesión con T. estaba fijada para el martes.
Entró.
Al fondo encontró los álbumes. Flores, mapas, letras doradas y frases en inglés. Cogió uno color crema:
Forever & Always.
Las fundas de plástico esperaban bodas, viajes, cumpleaños, niños y personas que todavía no habían envejecido ni discutido.
—¿Buscas alguno en concreto? —preguntó el dependiente—. Tenemos de viajes, bodas, bebés…
—¿De relaciones ambiguas que no llegaron a ninguna parte?
El chico dudó.
—Ese creo que viene sin instrucciones.
—Tengo muchas fotos sin ordenar.
—Nos pasa a todos. Compras el álbum pensando que lo vas a dejar precioso y acaba vacío en una estantería.
—Pero elegante.
—Eso siempre.
Sabina dejó el álbum y compró solo un bolígrafo negro. El suyo empezaba a fallar. No quería salir de allí con otro proyecto pendiente en forma de tapas bonitas.