5. Hotel, dulce hotel
I
La habitación tenía todo lo que prometían las fotografías de la web: cama grande, escritorio funcional, lámpara de pie y un cuadro con un paisaje que podía pertenecer a cualquier país donde no hubiera ocurrido nada importante.
Sabina dejó la maleta junto al armario y pulsó tres interruptores antes de encender la luz de la mesilla. Siempre le pasaba lo mismo. Había algo ligeramente humillante en no conocer los mecanismos del lugar donde una iba a dormir.
Eran casi las nueve. Había llegado directa desde el aeropuerto, con la cabeza todavía atrapada en la reunión del día siguiente: clientes, indicadores, preguntas previstas y otras que tendría que fingir que esperaba.
Cerró la cortina gruesa. Detrás quedaban una autopista y un polígono iluminado. Podía estar en cualquier ciudad. En todas y en ninguna.
Sacó el móvil del bolso. M. había enviado una fotografía del pequeño disfrazado para una actividad del colegio y otra de su hermana mayor poniendo los ojos en blanco detrás. C. preguntaba si había aterrizado. R. le recomendaba no tocar nada del minibar sin solicitar antes un crédito.
No había nada de J.
Abrió el chat igualmente.
El último mensaje era anterior al correo con el que había terminado la relación. Un luego te cuento que ya no llevaba a ninguna parte. El correo seguía en la bandeja de entrada:
Creo que al final esto no encaja. No quiero hacerte daño. Cuídate.
Sabina cerró la conversación.
Deshizo la maleta con su liturgia habitual. Cepillo de dientes en el baño, cargador junto a la cama, camisa colgada, zapatos debajo del escritorio. Pruebas de que una persona concreta iba a ocupar aquella habitación durante cuatro noches.
Se miró en el espejo de cuerpo entero. Ropa arrugada, ojeras y el pelo todavía obediente al corte reciente. Detrás de ella, la cama enorme.
—Patético —murmuró—. Hablando sola en un hotel de aeropuerto.
Se oyó decirlo y le sonó cruel.
C.:
¿Hotel decente o zulo donde mañana encuentran tus órganos en el falso techo?
Sabina respondió:
Decente tirando a catálogo de viaje de negocios. Cama enorme, vistas a la nada. Estoy bien.
Se quedó mirando las dos últimas palabras. No eran verdad, pero tampoco una mentira completa. Estaba allí, había llegado, tenía la presentación preparada y no lloraba sobre la moqueta.
Estaba bien en el sentido administrativo.
Abrió el portátil. Repasó dos diapositivas sin comprender ninguna y volvió a cerrarlo.
En la libreta escribió:
Impulso: escribirle a J.
Decisión provisional: esperar hasta mañana.
La palabra provisional le permitió cerrar el cuaderno. No estaba jurando que nunca volvería a hablarle. Solo aplazaba una reacción hasta que no estuviera cansada, sola y mirando una cama de metro ochenta.
Se lavó la cara, se puso crema y regresó a la habitación en pijama. La cama seguía pareciéndole enorme. Se tumbó en el lado más próximo a la puerta y abrazó una almohada.
Pensó en las camas compartidas en las que se había sentido igual de sola. Pisos de estudiantes, habitaciones prestadas, casas ajenas donde al amanecer tenía que deducir qué había significado la noche anterior.
La presencia de otra persona no siempre había llenado el hueco. A veces solo lo había tapado hasta la mañana.
El móvil vibró con una notificación. Durante un segundo creyó que podía ser J.
Era una aerolínea ofreciéndole escapadas románticas para dos.
—Muy oportuno.
Activó el modo silencioso. Apagarlo del todo le pareció una declaración excesiva.
La habitación seguía siendo una habitación de hotel. Sabina cerró los ojos.
II
Al día siguiente, después de la primera jornada con el cliente, el calendario todavía incluía una última actividad:
Cena informal.
Sabina sabía lo que significaba. Trajes sin corbata, chistes de fútbol y la parte importante de la agenda negociándose entre el postre y la primera copa.
El restaurante quedaba a diez minutos del hotel. Fachada de cristal, manteles blancos y camareros con delantal negro. El tipo de sitio donde todo parecía correcto, caro y ligeramente frío.
Sabina llegó la última. En la mesa estaban su jefe y las dos personas del cliente con las que habían pasado el día: el director del área y el responsable técnico.
—Aquí está la pieza clave —dijo el jefe.
Le sonó a cumplido extraído de una presentación corporativa.
—Buenas noches. ¿Habéis empezado sin mí el reparto de la herencia?
Los tres rieron. Sabina se sentó.
Durante los primeros veinte minutos hablaron de vuelos retrasados, hoteles con moquetas sospechosas y ciudades que todos conocían únicamente por el aeropuerto y una sala de reuniones.
Sabina participaba lo suficiente. Era buena leyendo aquellas escenas.
Sabía cuándo introducir una observación y cuándo apartarse para que otros creyeran que habían conducido la conversación.
Después llegó el vino y el jefe apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Queremos que os sintáis acompañados durante todo el proceso. No venimos solo a vender una solución. Queremos comprometernos.
Sabina bebió agua.
Había escuchado aquel discurso en otras mesas. Acompañar. Estar cerca. Ser socios. Ir de la mano. Palabras cómodas hasta que alguien tenía que ponerles horario.
—Para nosotros lo importante es la confianza —dijo el director—. Saber que, cuando haya un problema, no nos vais a dejar tirados. Queremos tener a alguien al otro lado.
Alguien significaba normalmente un número de móvil.
El jefe asintió.
—Sabina será vuestra persona de referencia. Cualquier cosa, habláis con ella.
El director alzó la copa hacia Sabina.
—Eso nos gusta.
Ella mantuvo la sonrisa.
—Seré la referencia principal. Para las urgencias tendremos que dejar también definido un circuito de respaldo. Por si un día me da por dormir.
Rieron.
—Sí, claro —dijo el jefe—. Organizaremos todo eso.
La conversación avanzó antes de que Sabina pudiera averiguar cuánto significaba exactamente todo eso.
Hablaron de fechas, fases y necesidades nuevas que no habían aparecido durante las reuniones. Cada promesa añadía una comprobación, un documento o una llamada. Nada era imposible por separado. Todo junto empezaba a parecer una forma de vida.
—Sabina, cuéntales cómo ves los próximos meses —pidió el jefe.
Ella habló de la hoja de ruta, los hitos y los riesgos. Conocía el trabajo y era buena explicándolo. Podía sonar segura sin parecer arrogante y comprometida sin prometer milagros.
El director asintió.
—Eso es lo que necesitamos. Gente que se moje.
—Nos mojaremos todos —respondió Sabina—. Si solo entra uno en el agua, no es un proyecto conjunto.
El director la miró con algo más de atención.
—Por nuestra parte tendréis colaboración total.
—Perfecto. Entonces mañana podemos cerrar responsables, tiempos de respuesta y cobertura.
El jefe intervino.
—Sí, ya concretaremos el modelo de trabajo.
El director levantó la copa.
—Pues tenemos un acuerdo.
Chocaron los vasos.
El acuerdo no figuraba en ningún documento y ni siquiera estaba claro qué acababan de acordar. Todos parecieron satisfechos.
Después del postre, el jefe propuso tomar una copa en el bar del hotel. El responsable técnico se excusó. El director aceptó.
Sabina miró la hora.
—Yo debería repasar la presentación de mañana.
—Una y nos vamos —dijo el jefe—. Así cerramos bien el día.
Sabina conocía la frase. Una copa, un correo, una tarea más. Casi nunca significaba exactamente una.
Aun así, aceptó.
En el bar, ellos pidieron gin-tonics. Sabina pidió agua con gas.
—¿No brindas? —preguntó el jefe.
—Mañana quiero recordar la presentación.
—Una mujer responsable —dijo el director.
—Por turnos.
El director levantó su copa.
—Por el acuerdo. Que esto sea el principio de algo grande.
Sabina chocó su vaso contra los otros dos.
Media hora después, el director se retiró. Frente a los ascensores, el jefe dijo:
—Ha ido muy bien. Los tienes en el bote.
—Los tenemos.
—Sí, claro. Pero ya sabes que esto va de personas. La conexión que creas con ellos no puede ponerse en un contrato.
Ahí estaba. El reconocimiento que parecía un premio y solía terminar convertido en trabajo.
—Pues conviene poner por escrito cómo se gestiona. Si no, la conexión acaba siendo mi teléfono.
El jefe sonrió, como si aún no supiera si bromeaba.
—Eres buena en esto porque estás. La gente sabe que puede contar contigo.
—Necesitamos respaldo —dijo—. Y acordar qué se considera una urgencia.
—No compliquemos las cosas antes de empezar. Ya veremos cómo se organiza el día a día.
Conocía aquel ya veremos. Significaba que ella resolvería el problema cuando llegara el primer mensaje un domingo.
—Pongamos media hora mañana después de la reunión. Dejamos contactos y reparto definidos.
El jefe la observó.
—Te estás poniendo muy formal.
—Estoy intentando ser práctica.
Él suspiró.
—Vale. Pon la reunión.
Sabina sacó el móvil y creó la convocatoria antes de que el acuerdo se evaporara. Incluyó a dos compañeros que podían participar en la cobertura.
III
El carro de limpieza la despertó al chocar contra una pared del pasillo.
El reloj marcaba las siete y cuarenta y dos. La alarma aún no había sonado.
Al despertar no supo dónde estaba. Techo blanco, cortinas gruesas, aire acondicionado. Después recordó: hotel, cliente, presentación a las nueve.
En el desayuno eligió una mesa junto al ventanal. Había dos sillas. Colocó el bolso en la de enfrente.
La sala estaba llena de familias negociando tostadas, parejas hablando en voz baja y hombres solos con acreditaciones al cuello. Una mujer trabajaba frente a un café. Un niño protestaba porque el zumo no sabía como el de casa.
Sabina se sirvió tortilla, fruta y un café que resultó ser agua marrón con ambiciones.
En la mesa contigua, un camarero preguntó:
—¿Todo bien? ¿Necesitan algo más?
—No, estamos estupendamente —respondió una mujer.
Estamos.
Sabina miró su mesa. Una taza, un plato y dos cubiertos que nadie había retirado.
La silla vacía se hacía notar.
No echaba de menos a una persona concreta. Echaba de menos la evidencia de pertenecer a algún sitio al despertar. Alguien que preguntara si quería más café, que se eternizara en el baño o que dejara migas en la mantequilla.
M.: