En tu casa o en Sabina 4. Juez y parte #5
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4. Juez y parte #5

Sabina lo miró.

—Tiene que haber una razón.

—Seguro. O varias. Pero yo no la sé y este correo tampoco la cuenta.

—Qué sencillo.

—No he dicho que sea sencillo para ti.

—Me ha dejado por correo y se despide con cuídate.

—La forma es bastante cobarde.

Agradeció que R. no intentara embellecerlo.

Terminaron de cenar hablando por momentos de J. y por momentos de cualquier otra cosa. R. recogió los recipientes, dejó la comida que había sobrado dentro de la nevera y se puso el abrigo.

Cuando R. se fue, el piso recuperó su silencio. Le pareció menos grande.

Sabina volvió a la cocina, abrió el correo y escribió una respuesta breve:

J., entiendo que no quieras seguir. Me habría gustado que me lo dijeras en persona. La forma me ha dolido. Cuídate.

Firmó y envió el mensaje.

IX

—Pasa, reina.

El peluquero la recibió con esa mezcla de entusiasmo y rutina que daba el oficio.

El salón estaba casi vacío. Dos mujeres esperaban con el tinte puesto, una chica joven miraba el móvil mientras le envolvían mechones en papel de aluminio y, desde algún lugar del fondo, llegaba el zumbido constante de un secador.

Sabina se miró en el espejo largo de la entrada.

El pelo había perdido cualquier intención de forma. Las raíces empezaban a notarse y las ojeras sobrevivían incluso bajo aquella iluminación diseñada para favorecer a las clientas.

—Vengo a que hagas magia —dijo mientras se quitaba el abrigo—. O, en su defecto, a que parezca que duermo más de tres horas.

El peluquero se rio.

—Magia no. Ilusiones ópticas. Siéntate, que algo haremos.

Sabina ocupó el sillón frente al espejo.

—¿Lo de siempre?

Siempre pedía lo mismo: puntas, raíces, secar y marcharse.

El correo de J. le vino a la cabeza.

Esto no encaja.

—Quiero cambiar un poco —dijo—. Pero sin parecer una persona que acaba de tomar una decisión drástica.

—Cambio sin crisis.

—Exacto.

—Eso limita bastante mi creatividad, pero veremos qué se puede hacer.

El peluquero levantó algunos mechones, los dejó caer y volvió a colocarlos de otra manera.

—Podemos quitar peso, cortar un poco por aquí y dar algo de luz alrededor de la cara.

—Me vale.

—¿Segura?

—Todo lo segura que se puede estar un martes.

Él se alejó para preparar el tinte.

El peluquero regresó con un cuenco y un pincel.

—¿Y la vida? —preguntó mientras separaba el cabello en secciones—. Hace tiempo que no vienes.

—La vida sigue teniendo demasiadas puntas abiertas.

—De eso no me hago cargo.

—Ya me parecía.

—Yo corto pelo. Como mucho, escucho.

Sabina agradeció que no le pidiera detalles.

—La vida amorosa está cerrada temporalmente por derrumbe.

—Entonces hoy solo arreglamos la fachada.

—Eso sí está dentro del presupuesto.

El peluquero continuó trabajando.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí. Estaba pensando que las rupturas reales tienen muy mala iluminación.

—Para eso sí tengo herramientas limitadas.

Cuando terminó de aplicar el tinte, le ofreció café. Veinte minutos después la llevó al lavacabezas.

El agua caliente empezó a caerle sobre el cuero cabelludo. Sabina cerró los ojos.

—Tienes mucha tensión aquí —comentó él, presionando cerca de la nuca.

—La cultivo.

—Pues te está creciendo estupendamente.

Durante unos minutos no tuvo que pensar, responder ni decidir nada. Solo indicar si el agua quemaba.

Después regresó al sillón. El peluquero cogió las tijeras.

—Voy a quitar bastante peso, pero no demasiada longitud.

—Confío en ti.

Las tijeras empezaron a sonar. Sabina observó caer el pelo sobre la capa negra.

Cuando terminó de cortar, empezó a secarle el pelo. El aire caliente y el cepillo fueron dando forma a los mechones. Poco a poco apareció una versión más ligera de la cabeza que había entrado en el salón.

El peluquero apagó el secador, retocó una punta y se colocó detrás de ella.

—A ver.

Giró ligeramente el sillón.

El pelo le rozaba los hombros. Tenía más movimiento y unos mechones más claros alrededor de la cara. No era un cambio radical.

Parecía ella.

—¿Qué tal?

La primera reacción fue buscar lo que no le convencía. Después miró el conjunto.

—Me gusta.

—Te favorece.

—Pareceré descansada durante unas horas.

—Eso ya es más de lo que ofrece la mayoría de los tratamientos.

Pagó, dejó propina y prometió volver antes de que el corte perdiera toda forma.

X

—Quédate a dormir.

Sabina había oído aquella invitación muchas veces.

A veces era una pregunta tímida y otras una orden disfrazada. A los veinte, Sabina creyó que era la prueba de que alguien la quería. Con el tiempo había empezado a sospechar que a menudo solo quería decir que era tarde o hacía frío.

Aquella noche, sin embargo, nadie se lo dijo.

Había cenado con C. y R. en un bar cercano. Hablaron del correo de J. lo justo para que no ocupara toda la noche. Al salir, C. tomó el metro y R. acompañó a Sabina hasta la esquina.

El piso estaba oscuro.

Encendió la lámpara pequeña del salón, dejó el abrigo en el perchero y apoyó el bolso sobre una silla. El silencio la recibió de la forma habitual: primero como alivio y después como una pregunta.

En otras épocas, aquel era el momento en que empezaba la segunda parte de la noche: mirar quién estaba conectado y mandar un ¿sigues despierto?

No siempre era deseo. A veces solo buscaba una puerta abierta.

La tentación de escribir a J. apareció con una claridad desagradable. No necesariamente para pedir que volviera. Una canción, una frase que se le hubiera ocurrido o cualquier cosa lo bastante pequeña como para fingir que la ruptura no había cerrado todavía la conversación.

El correo seguía allí. La respuesta de Sabina también. No necesitaban una posdata de madrugada.

Cuando alguien iba a quedarse, Sabina ordenaba deprisa, cambiaba las sábanas y escondía cualquier rastro de abandono. Sola, actuaba a veces como si no hubiera nadie para quien cuidar la casa.

Podía quedarse allí. No como castigo ni como demostración de independencia. Solo porque estaba cansada y aquella era su casa. La palabra le salió en voz baja.

—Quédate.

Se sintió ridícula.

Probó otra vez.

—Quédate aquí.

Se sentó.

Encendió música a un volumen bajo. Un disco que conocía bien.