En tu casa o en Sabina 4. Juez y parte #4
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4. Juez y parte #4

En el último ejercicio practicaron cómo soltarse de un agarre sencillo. Los primeros intentos estuvieron llenos de manos mal colocadas, movimientos demasiado amplios y risas nerviosas.

—No intentéis ganar una pelea —repetía el instructor—. Buscad espacio y marchaos.

Sabina consiguió liberar la muñeca a la tercera vez. El movimiento fue mucho menos espectacular de lo que había imaginado.

Un giro, un paso atrás.

Al terminar estaba sudando. Le dolían ligeramente los muslos y tenía el pelo pegado a la nuca.

—¿Qué tal? —preguntó el instructor mientras ella guardaba sus cosas.

Sabina miró sus zapatillas.

—He descubierto que llevo décadas colocando mal los pies.

VII

Al viejo conocido del barrio lo encontró, como era de esperar, junto a la tragaperras.

Sabina había ido a llevarle unas cosas a su madre y entró en el bar antes de volver al metro.

Quería un café rápido. Cinco minutos para entrar en calor y descansar de una visita en la que su madre había conseguido preguntarle por el trabajo, la comida y su vida sentimental antes de que Sabina se quitara el abrigo.

Era media tarde de un jueves sin demasiado que contar. Detrás de la barra, un televisor emitía un concurso con el volumen bajo. En una mesa, dos hombres jugaban al dominó.

Sabina acababa de cruzar la puerta cuando una voz se le adelantó.

—¡Hombre! Si es la universitaria.

Hacía años que nadie la llamaba así.

El viejo conocido estaba apoyado junto a la máquina, con una caña en la mano y unas monedas preparadas sobre la repisa. En la pantalla aparecieron tres limones, dos campanas y ninguna recompensa.

—Hola —respondió Sabina—. Veo que la bolsa de valores sigue en racha.

Él miró la máquina.

—Estoy esperando el repunte.

Luego la examinó de arriba abajo.

—¿Qué haces por territorio comanche?

—He venido a ver a mi madre.

—Ah, claro. Pensaba que habías vuelto porque en los barrios buenos ya no os dejan entrar sin perro pequeño.

—Me han expulsado por no tener terraza.

El conocido se rio y abandonó la tragaperras.

—Mira que te lo dije. No te olvides de los pobres cuando seas famosa.

—Tranquilo. Famosa no he salido.

Sabina se sentó en un taburete. El camarero la reconoció de otras visitas y le sirvió un café sin preguntarle. Al conocido le puso otra caña.

—Esta invito yo —dijo él.

—No hace falta.

—Que sí. Todavía puedo permitirme un café.

—Después no quiero sentir que te he quitado la inversión de la tarde.

Él miró las monedas junto a la máquina.

—Eso es investigación de mercado.

El bar seguía casi igual que cuando vivía allí. Habían cambiado las mesas y pintado las paredes, pero el espejo detrás de la barra conservaba una mancha oscura en una esquina.

—¿Qué tal la vida, universitaria? —preguntó el conocido—. Cuéntame algo que pueda repetir luego.

Sabina removió el café.

—Trabajo, facturas, alguna mala decisión. Lo normal.

—La vida es eso, pero con distinto mobiliario.

—¿Y tú?

—Yo estupendamente.

La respuesta llegó enseguida.

El conocido cogió la caña y miró hacia el televisor. Sabina observó sus manos algo hinchadas y el cansancio que antes no había sabido ver o que todavía no estaba allí.

—¿Sigues trabajando en el almacén?

—A ratos.

—¿Qué significa a ratos?

—Que me llaman cuando hay faena y, cuando no hay, no me llaman. La flexibilidad laboral. Antes lo llamaban estar jodido.

Bebió un trago.

—Además, tengo mis responsabilidades en el barrio.

—¿Cuáles?

Señaló alrededor con solemnidad.

—Supervisar obras, comprobar que el pan no baje de calidad y mantener informado al vecindario de quién se ha separado.

—Un servicio público.

—No remunerado. Por vocación.

Sabina se rio.

Dejó la libreta cerrada sobre la barra.

El conocido la señaló.

—¿Sigues escribiendo cosas raras?

—Algunas.

—Me acuerdo de ti en el parque con un cuaderno. Tu hermana decía que estabas escribiendo una novela.

—M. decía que estaba perdiendo el tiempo.

—También.

—Al final no era una novela.

—¿Qué era?

Sabina miró la libreta.

—Un montón de principios.

—Eso nos pasa a todos.

El comentario la hizo sonreír.

—¿Y aquello de Londres? ¿Nunca llegaste a ir?

Él resopló.

—El plan estaba muy bien. Lo que falló fue la parte de hacerlo.

Cogió una moneda, la hizo girar sobre la barra y la detuvo con un dedo.

—Primero no tenía dinero. Después tenía trabajo. Luego estaba con mi ex. Y cuando ya podía, me pareció que iba a hacer el ridículo.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no me interesa.

Sonaba definitivo, así que evitó mirarlo.

—¿No te interesa o te has acostumbrado a no ir?

—Qué rápido has sacado el cuestionario.

—Perdona.

—No, está bien. Supongo que las dos cosas. A veces dejas pasar tanto tiempo que ya no sabes si has cambiado de idea o te has rendido.

Sabina dejó la mano sobre la tapa.

La conclusión ya estaba formándose con demasiada facilidad.

—¿Ves? —dijo él.

—¿Qué?

—Ya estás escribiendo sobre mí sin abrir el cuaderno.

Retiró la mano.

—No exactamente.

—No me importa. Pero no me pongas demasiado triste.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas.

Él sonreía, aunque los ojos permanecían serios.

—Vienes, me ves con la máquina y piensas que mi vida es una canción llena de humo y oportunidades perdidas.

—No estaba pensando eso.

—Claro que sí. Has puesto cara de documental.

—No sabía que tenía una cara específica.

—La tienes. La de «este hombre es una metáfora».

Sabina se rio, incómoda.

—Puede que un poco.

—Pues no soy una metáfora. Soy un tío tomando una caña.

—Y jugando a la máquina.

—Eso también.

Metió una de las monedas en el bolsillo en vez de introducirla en la tragaperras.

—Hay días que pienso que tendría que haberme ido a Londres, a Cuenca o a cualquier sitio. Y otros estoy bien. No todo lo que sale distinto de lo planeado es una tragedia.

—Puede ser.

El conocido dejó la última moneda sobre la barra.

—Solo no vuelvas por aquí a mirarme como si yo fuera la versión mala de tu vida.

Sabina dejó de sonreír.

—No hago eso.

Él se encogió de hombros.

—A veces.

No había dureza en su tono. Solo cansancio.

El camarero dejó la cuenta. El conocido acercó una moneda.

—Invito yo.

—Cada uno lo suyo.

—Qué manía tenéis los universitarios con repartirlo todo.

Sabina dejó el importe de su café.

—Así ninguno se siente superior —dijo él.

—Trato hecho.

Sabina se puso el abrigo. Se despidieron sin promesas.

Caminó hacia el metro por calles que conocía de memoria. Al llegar a la esquina miró hacia atrás una vez; desde allí ya no se veía el bar.

VIII

El otro día con calma no había llegado.

Desde el whisky, Sabina y J. habían intercambiado algún meme, dos mensajes sobre el trabajo y varias promesas vagas de verse. Aquello no confirmaba una ruptura, pero estaba muy lejos de la conversación que ella había pedido.

El correo entero eran doce palabras:

Creo que al final esto no encaja. No quiero hacerte daño. Cuídate.

J.

Sabina leyó el mensaje dos veces. A la tercera, las palabras empezaron a perder el significado.

Esto no encaja.

Como si el problema hubiera sido no encontrar el cable adecuado.

Estaba sentada a la mesa de la cocina, con el portátil abierto y el café ya frío. Había llegado tarde de la oficina pensando en una ducha, algo rápido para cenar y una noche sin demasiadas decisiones.

En cambio, tenía delante una ruptura por correo electrónico.

Cogió el móvil y abrió la conversación con J. Los últimos mensajes eran del día anterior: un meme, una queja sobre el trabajo, un luego te cuento.

Buscó hacia atrás alguna señal que hubiera pasado por alto.

No encontró ninguna.

La rabia y la vergüenza llegaron casi juntas.

Quería llamarlo y exigirle explicaciones. Quería borrar su número antes de que pudiera escribirle otra vez. Quería llorar. También quería reírse de lo solemne que sonaba aquel cuídate después de dejarla mirando una pantalla.

Abrió el cajón de la cocina, sacó la libreta y la colocó sobre el portátil, tapando el mensaje.

No quería continuar leyéndolo como quien presiona una zona dolorida para comprobar si todavía duele.

En una página nueva copió la frase:

Esto no encaja.

Debajo escribió dos encabezados.

Lo que dice.

Lo que yo escucho.

En la primera columna anotó:

No quiere continuar.

En la segunda:

Has vuelto a equivocarte.

No has conseguido que se quede.

Hay algo en ti que termina cansando a la gente.

Aquello no figuraba en el correo. J. había escrito doce palabras vagas y ella ya había redactado el resto de la condena.

Le resultaba imposible aceptar sin más la fórmula de J. y también fingir que la relación había sido clara hasta aquel correo.

Escribió:

Yo quería quedar con tiempo. Él proponía ratos.

Yo preguntaba hacia dónde iba esto. Él respondía que no hacía falta poner nombres.

Yo interpretaba sus regresos como interés. Él los trataba como continuidad.

No eran diferencias misteriosas.

Debajo añadió:

Mi participación no justifica su forma de terminar.

Volvió al correo.

No quiero hacerte daño. Cuídate.

El humor negro apareció como un reflejo de supervivencia.

—Podrías haber empezado por llamarme.

El móvil estaba sobre la mesa.

Esperó que J. escribiera de nuevo.

No ocurrió. Sabina abrió la conversación con R. y escribió exactamente lo que necesitaba decir:

J. me ha dejado por correo. ¿Puedes venir un rato y traer algo de cenar?

R. respondió poco después:

Sí. Media hora.

No preguntó primero qué había pasado. No le pidió que lo llamara para explicárselo. No dijo que seguramente J. tuviera sus motivos.

Media hora.

Pedir compañía le produjo una incomodidad extraña.

Veinticinco minutos después sonó el telefonillo.

R. subió con una bolsa de comida china y una botella de agua con gas.

—No sabía qué nivel de tragedia requería alcohol —dijo al entrar—, así que he traído prudencia.

—Muy responsable.

—Puedo bajar por vino si la situación empeora.

Se sentaron en la cocina. R. abrió los recipientes y repartió arroz, tallarines y pollo agridulce en dos platos.

No preguntó nada hasta que Sabina le mostró el correo.

Lo leyó una vez.

—Es breve —dijo.

—Gracias por el análisis.

—Intento no empeorarlo.

Le devolvió el portátil.

—¿Qué se supone que significa que no encajamos?

R. cogió los palillos.

—No sé, Sabina. Que no quiere seguir, supongo.

—Eso ya lo sé.