4. Juez y parte #3
El centro comercial parecía un aeropuerto en hora punta. Gente entrando con las bufandas a medio quitar, saliendo con bolsas hinchadas y deteniéndose en mitad de los pasillos como si acabara de olvidar el destino del viaje.
Sobre la entrada colgaba un cartel enorme:
REBAJAS. HASTA EL 70 % DE DESCUENTO.
—Hasta el cien por cien de la dignidad —murmuró.
Había quedado con M. para buscarle un abrigo de invierno a la niña. Su hermana necesitaba una segunda opinión, dos manos libres para sostener perchas y compañía adulta para atravesar la experiencia sin perder la paciencia.
M. llegó diez minutos tarde, cargada con el bolso, una mochila infantil y una chaqueta que no era suya.
—Perdona. La niña no encontraba un guante y parecía que sin él no podía salir nadie de casa.
Le dio un beso rápido.
—Entremos ya. Cuanto antes empecemos, antes podremos escapar.
Las puertas automáticas se abrieron con un suspiro.
Nada más entrar, los carteles empezaron a dar órdenes.
ÚLTIMAS TALLAS.
SOLO HOY.
NO LO DEJES ESCAPAR.
—Tú mira algo para ti también —dijo M.—. Siempre vienes de acompañante y acabas comprando calcetines.
—Los calcetines no decepcionan.
Subieron por las escaleras mecánicas hasta una de las grandes tiendas. Desde fuera parecía que alguien hubiera descargado un camión de ropa en mitad de la planta y confiado en que los clientes terminaran de ordenarlo.
M. se dirigió a la sección infantil.
—Busco uno que abrigue, que no sea horrible y que le sirva el invierno que viene. Nada más.
—Una petición modesta.
Sabina sostuvo dos prendas mientras su hermana examinaba cremalleras, forros y etiquetas.
—Este es bonito —dijo M., enseñándole un abrigo acolchado.
—Parece resistente.
—Eso es lo más parecido al romanticismo que necesito ahora mismo.
Siguieron buscando. Sabina opinó sobre colores, devolvió varias tallas a sus perchas y evitó que una montaña de jerséis se desplomara sobre una niña que pasaba corriendo.
Cuando M. se quedó comparando dos modelos casi idénticos, Sabina se deslizó hacia la sección de mujer.
Cogió un jersey gris.
Era suave, sencillo y se parecía bastante a otros tres que tenía en casa. Miró la etiqueta. Cincuenta por ciento de descuento.
Dejó el jersey en la percha.
Una mujer cargada de prendas chocó con ella por detrás.
—Perdona. No te había visto. Es que, si no lo cojo ahora, vuela.
—No te preocupes.
Cuando Sabina volvió la vista, otra persona estaba examinando el jersey gris. Dio medio paso hacia él en cuanto otro cuerpo lo convirtió en escaso. Siguió andando.
M. apareció detrás con dos abrigos pequeños.
—Estoy entre estos. ¿Cuál te parece mejor?
Sabina tocó los tejidos y comprobó las cremalleras.
—Este. El otro parece de los que pierden relleno en el primer lavado.
—Eso he pensado. Pero cuesta quince euros más.
—También quieres que le dure dos años.
M. volvió a mirar las etiquetas.
—Tienes razón.
Metió el abrigo elegido en la cesta.
—¿Y tú? ¿Has visto algo?
—Un jersey igual que los que ya tengo.
—Perfecto. Así no tienes que pensar con qué combinarlo.
—Lo he dejado. Voy a mirar zapatos —dijo Sabina—. Nos vemos en la caja.
La sección de calzado estaba algo más tranquila. Había cajas abiertas bajo los bancos y zapatos abandonados junto a pies que intentaban decidir.
Sabina vio unos botines negros.
Eran cómodos, discretos y tenían una suela adecuada para los días de lluvia. Se parecían a los que llevaba, solo que los suyos empezaban a abrirse por un lateral.
Pidió su número y se los probó.
Le quedaban bien.
Caminó unos pasos. No le apretaban. Los necesitaba lo suficiente.
—Me los llevo —le dijo al dependiente.
—Perfecto.
En la cola, M. comprobaba los importes de las etiquetas.
—Este mes voy bastante justa —dijo—, pero el abrigo le hacía falta. Y en dos semanas empiezan a poner la ropa de primavera, aunque sigamos a cinco grados.
—La lógica de las temporadas.
—La lógica de cobrarte el doble si esperas.
Pagaron y salieron del centro comercial.
—¿Vienes a casa a tomar un café? —preguntó M.—. Así le probamos esto y me dices si le queda grande.
Sabina pensó en su plan para la tarde. Sofá, libreta y quizá una película que no terminara de ver. Estaba cansada. También le apetecía pasar un rato más con su hermana.
—Vale. Pero haces tú el café.
En casa de M., su sobrina apareció corriendo cuando oyó la puerta.
—¿Lo habéis comprado?
—Primero saluda a tu tía —dijo M.
La niña abrazó a Sabina deprisa y abrió la bolsa.
—Es negro.
—Es azul oscuro —corrigió M.
—Parece negro.
—Pruébatelo antes de iniciar una reclamación.
La niña se puso el abrigo sobre la camiseta y empezó a dar vueltas por el salón. Las mangas le quedaban un poco largas.
—Así te dura —dijo M., doblándoselas.
—Parezco pequeña.
—Eres pequeña.
—Tengo diez años.
—Por eso te dura.
Sabina se sentó en el sofá y abrió la caja de los botines. Su sobrina se acercó.
—Son de señora.
—Gracias.
—No he dicho que sean feos.
—Eso mejora mucho la crítica.
M. regresó con los cafés y sacó el teléfono para grabar a la niña desfilando con el abrigo.
—Ahora tú, tía —ordenó la pequeña—. Tienes zapatos nuevos.
—Todavía no los he estrenado.
—Pues estrénalos.
Sabina miró la caja. Treinta segundos de ridículo en el salón de su hermana.
Se los calzó.
—Este vídeo no sale de aquí.
M. empezó a grabar.
Sabina caminó detrás de su sobrina, imitó su giro exagerado y levantó un pie para enseñar el botín. Las tres se echaron a reír.
Los botines le quedaban bien. Su sobrina ya estaba pidiendo otro vídeo.
VI
El anuncio apareció entre un vídeo de gatitos y una receta que necesitaba doce ingredientes para convertir un calabacín en algo que no parecía un calabacín.
Defensa personal para principiantes. No hace falta estar en forma. Hace falta estar hasta el moño.
Sabina casi se atragantó con el café.
Abrió el enlace. Martes a las ocho. En el polideportivo del barrio. Primera clase de prueba.
Le mandó la captura a C.
¿Esto es una señal o el algoritmo ya sabe que necesito darle patadas a algo?
C. respondió enseguida.
Las dos cosas. Ve. Como mínimo tendrás una anécdota.
El martes, Sabina apareció en el polideportivo con unos pantalones rescatados del fondo de un cajón y una camiseta vieja de un concierto. Llevaba la libreta en el bolso, por si acaso, como otras personas llevaban una botella de agua o un inhalador.
En la sala había diez alumnos. Dos adolescentes, varias mujeres de distintas edades, un hombre con aspecto de haber salido directamente de una oficina y una joven que estiraba los hombros con expresión concentrada.
El instructor esperaba frente a ellos. Rondaría los cuarenta, llevaba el pelo recogido y hablaba con una calma que no parecía impostada.
—Esto no es una película —dijo cuando todos formaron un círculo irregular—. No vamos a aprender a dejar inconsciente a nadie con un dedo. Vamos a practicar cómo colocarnos, cómo crear distancia y cómo salir de una situación antes de que se complique.
Sabina agradeció que no mencionara la palabra empoderamiento.
Empezaron por los pies.
—Separados aproximadamente a la anchura de los hombros. Uno ligeramente adelantado. Rodillas sueltas. El peso repartido.
Parecía fácil.
No lo era.
Sabina juntaba demasiado los pies, bloqueaba las rodillas o se inclinaba hacia delante sin darse cuenta. Cuando creía haber encontrado la postura, miraba a los demás y volvía a corregirse.
—No intentéis parecer fuertes —dijo el instructor—. Intentad no caeros.
Aquella indicación le resultó más útil.
Se colocaron por parejas. A Sabina le tocó la joven que había estado estirando.
El ejercicio consistía en recibir un empujón suave sobre los hombros y conservar el equilibrio.
—¿Preparada? —dijo la compañera.
—Todo lo que puedo.
El empujón fue pequeño. Sabina dio dos pasos hacia atrás.
—Perdón —dijo la joven.
—No ha sido culpa tuya. Mis pies han aprovechado la primera oportunidad para marcharse.
Repitieron.
Sabina se puso rígida, apenas retrocedió y sintió el impacto en toda la espalda.
El instructor se acercó.
—No bloquees las rodillas.
—Si no las bloqueo, me caigo.
—Si las bloqueas, aguantas el primer empujón y te haces daño con el segundo.
Le indicó que bajara un poco el centro de gravedad y relajara los hombros.
—No necesitas convertirte en una pared. Solo quedarte donde estás.
Sabina probó otra vez. La compañera la empujó. Se tambaleó, pero no tuvo que dar ningún paso.
La diferencia era mínima. También muy concreta.
A la cuarta repetición empezó a notar dónde tenía los pies sin mirarlos. Le pareció un descubrimiento algo humillante. Llevaba cuarenta y tres años caminando con ellos.
—Ahora vamos a trabajar la voz.
Sabina apoyó la cabeza contra la pared. Claro. No bastaba con localizar los pies. También tenía que hablar.
El ejercicio volvía a ser por parejas. Una persona avanzaría despacio hacia la otra. Quien permanecía quieta debía levantar la mano, mantener la distancia y decir no o basta.
—No hace falta gritar —explicó el instructor—. Tampoco sonreír para que la otra persona no se sienta mal. Solo queremos que la palabra se entienda.
Sabina se emparejó con el hombre que parecía recién salido de una oficina. Él avanzó despacio, con las palmas visibles.
Ella levantó la mano.
—No…
La palabra salió pequeña y ligeramente ascendente, como si fuera una pregunta.
El hombre se detuvo de todos modos.
—Creo que te he pedido permiso para decirte que no —dijo Sabina.
—A mí también me pasa.
El instructor los oyó.
—Probad a no añadir nada. Ni perdona, ni es que, ni una explicación. Primero la palabra. Lo demás, si hace falta, después.
El hombre retrocedió y volvió a avanzar.
Sabina colocó los pies. Levantó la mano.
—No.
La palabra salió recta. No fue fuerte ni pedía aprobación. Repitieron.
—No.
Otra vez.
—Basta.
Al principio cada palabra le producía una contracción en el estómago. Después empezó a sonar más natural. La mano se levantaba antes de que tuviera tiempo de imaginar qué pensaría la otra persona.
—Cambio —ordenó el instructor.
Ahora Sabina debía avanzar.
Lo hizo despacio. Su compañero levantó la mano.
—Basta.
Sabina se detuvo.