4. Juez y parte #2
Cuando la pantalla pasó por alto su turno, aquel hombre se levantó de un salto y golpeó la carpeta contra el mostrador.
Dos minutos antes nadie lo miraba. De pronto una funcionaria pronunciaba su apellido, un vigilante se acercaba y toda la sala sabía dónde estaba sentado.
Sabina pensó en lo poco que hacía falta para dejar de ser un número y convertirse en el problema del día.
Sabina miró de nuevo el A-057.
Allí nadie sabía quién era ni esperaba que resultara ingeniosa, resolutiva o interesante. No tenía que escuchar problemas, sostener una conversación ni adivinar qué deseaban de ella. Solo debía permanecer sentada hasta que apareciera su número, y aquello le produjo un descanso extraño.
A-057 quedaba fuera de todos esos papeles: la intensa, la que ayudaba, la que se complicaba la vida, la hija que no llamaba lo suficiente, la hermana que se ponía a la defensiva o la mujer que aceptaba invitaciones que después lamentaba.
Era una persona con una fotografía, un justificante y un documento caducado. Nada más. La pantalla anunció el A-041.
Una mujer se levantó con más ímpetu del necesario y caminó hacia la mesa indicada.
Sabina imaginó que existían oficinas para otros trámites.
Renovación de las ganas de vivir.
Duplicado de autoestima extraviada.
Alta de límites personales.
Una fotografía reciente, el pago de una tasa y un formulario sencillo.
Motivo de la solicitud: cansancio.
Después una funcionaria le entregaría un documento plastificado.
—Aquí tiene su nueva capacidad para decir que no. Tiene una validez de diez años. Firme en el recuadro.
Dos filas más allá, una niña pequeña jugaba a ponerle y quitarle una mascarilla a su muñeca. El padre le pedía que se estuviera quieta. La niña ignoraba la orden con la seriedad de quien tenía claro que la muñeca también necesitaba documentación.
Sabina recordó las colas de su infancia. Ambulatorios, comisarías, oficinas de correos. Siempre junto a su madre, que llevaba una carpeta llena de papeles y repetía:
—Como te falte uno, estás perdida.
Su madre guardaba fotocopias por duplicado, fotografías de sobra y certificados que nadie había solicitado. Parecía convencida de que cualquier empleado público podía exigirle de pronto una prueba de su existencia.
Sabina había heredado algo de aquella sensación. La impresión constante de no llevar consigo todo lo necesario. De que, al llegar a la ventanilla importante, alguien descubriría que le faltaba una credencial que los demás habían recibido a tiempo.
Miró dentro del bolso.
DNI. Fotografía. Justificante. Resguardo de la cita.
Por una vez, parecía tenerlo todo. La pantalla se acercó a la cincuentena. A-054. A-055. A-056. Sabina sostuvo el papel entre los dedos. A-057. Se levantó y caminó hasta la mesa indicada.
Detrás del mostrador había una funcionaria de mediana edad con las gafas apoyadas cerca de la punta de la nariz. No parecía enfadada ni amable. Parecía llevar muchas horas viendo documentos.
—DNI y fotografía.
Sabina se los entregó.
La funcionaria comprobó los datos y empezó a teclear. El sonido del teclado, regular y seco, resultaba casi hipnótico.
—¿Sigue en el mismo domicilio?
—Sí.
—Ponga el índice aquí.
Sabina apoyó el dedo en el lector. Tuvo que repetirlo porque la primera huella no quedó bien registrada. La funcionaria limpió la superficie con una toallita y señaló de nuevo el aparato.
—Ahora.
Funcionó.
—Firme aquí.
Sabina escribió su nombre en la tableta. La firma apareció torcida y enorme.
—Ha salido fatal.
—Siempre salen así.
Era quizá la frase más tranquilizadora que había oído en varios días.
La funcionaria trabajó unos minutos más. Después colocó el documento nuevo sobre el mostrador.
—Compruebe los datos.
Sabina lo cogió.
Su nombre completo. La fecha de nacimiento. El domicilio. La fotografía que había llevado, con el pelo detrás de las orejas y una expresión demasiado seria.
La misma persona, acreditada durante unos años más.
La administración no recogía que se sentía cansada, que estaba aprendiendo a decir que no ni que seguía dando vueltas alrededor de J. Sus errores, sus relaciones inconclusas y las cosas que todavía esperaba hacer quedaban también fuera del documento.
Nombre. Fecha. Nacionalidad. Domicilio.
Datos, no argumentos.
—Está todo bien —dijo.
Guardó el DNI en la cartera.
—Gracias.
La funcionaria levantó la vista, como si no esperara que alguien se lo dijera.
—A ti.
Después miró la pantalla siguiente.
—A-058.
IV
Clases de dibujo y pintura. Nivel iniciación. Primer día, ven sin material. Probamos.
Sabina lo leyó en el portal de al lado, camino de casa, con una bolsa de la compra en cada mano y la cabeza todavía en la oficina. Dio tres pasos antes de detenerse.
Volvió atrás.
—Nivel iniciación —leyó en voz baja—. A los cuarenta y tres. Muy bien.
Subió la compra, dejó las bolsas sobre la encimera y guardó los yogures y la leche. Antes de que pudiera encontrar cinco razones para no hacerlo, escribió al número del cartel:
Hola, me llamo Sabina. He visto lo de las clases. ¿Queda hueco para una más?
La respuesta llegó mientras colocaba una botella de aceite en el armario.
Claro. Ven el jueves a las siete. No hace falta experiencia. Solo ganas.
Sabina guardó el móvil.
Ya podía verse intentando dibujar una esfera mientras alguien con veinte años menos le explicaba las sombras con paciencia pedagógica.
El jueves, a las siete menos cinco, estaba delante del local.
Era un bajo pequeño, con los cristales empañados y una luz cálida que dejaba ver caballetes, taburetes y estanterías llenas de botes. Al abrir la puerta sonó una campanilla con un entusiasmo impropio de la ocasión.
En el suelo, salpicaduras de colores superpuestas de varios cursos.
—Pasa —dijo una voz desde el fondo.
El profesor no era tan joven como Sabina había imaginado. Llevaba un jersey con un agujero en el codo y manchas de pintura seca en las mangas.
—¿Sabina?
—La misma. Nivel iniciación avanzado. Hace siglos que no dibujo nada que no sea una flecha en un pósit.
—Entonces partes de una base geométrica.
El profesor repartió hojas gruesas y lápices.
—Hoy no vamos a hacer nada espectacular —anunció—. Vamos a aprender a mirar.
Sabina arqueó una ceja.
Mirar creía que sabía. Llevaba años observándose hasta el agotamiento.
—Elegid un objeto de la sala. Una planta, una jarra, una silla. Lo que queráis. Durante unos minutos no dibujéis. Mirad los bordes, las sombras y los espacios vacíos.
La tentación de hacer un chiste apareció de inmediato.
—¿Y si el objeto soy yo?
Algunos rieron.
Una mujer con un moño, a dos caballetes de distancia, pareció aprobar el comentario.
—Ya tendrás tiempo de dibujarte a ti —respondió el profesor—. De momento empezamos por algo más sencillo.
—Muy considerado.
Sabina eligió una tetera que descansaba en una estantería. Era blanca, con unas flores azules descoloridas y una tapa que parecía pertenecer a otro juego.
Se sentó frente a ella y la miró.
Al principio solo vio una tetera vieja.
Después empezó a distinguir la curva del asa, el brillo desigual del esmalte y la sombra que proyectaba el pico sobre el cuerpo. Junto a la base había una pequeña mancha oscura. Cerca del asa, una grieta fina atravesaba una de las flores.
—Podéis empezar —dijo el profesor.
Sabina sostuvo el lápiz.
Trazó una línea curva, la borró y volvió a dibujarla. El cuerpo de la tetera le quedó demasiado estrecho. El asa, enorme. La tapa se inclinaba hacia un lado como si estuviera a punto de caerse.
Borró otra vez. El papel empezó a llenarse de marcas grises. El profesor se acercó.
—¿Cómo va?
—Depende de cuánto afecto le tengas a la tetera.
Él observó el dibujo.
—Estás apretando mucho.
—No quiero que parezca que no estoy haciendo nada.
—El lápiz no necesita que lo claves. Prueba con menos presión. Así podrás corregir sin destrozar el papel.
Sabina aflojó los dedos.
En la hoja había quedado una línea tan oscura que casi podía tocarse.
—Esto empieza a parecer una clase con mensaje oculto —dijo.
—Solo es grafito.
El profesor se alejó hacia el siguiente caballete.
Sabina volvió a la tetera.
Intentó apoyar menos el lápiz. Al principio las líneas le parecieron débiles, casi inútiles. Después comprobó que podía repetirlas, desplazarlas y borrar una parte sin dejar una cicatriz sobre el papel.
La tetera fue apareciendo despacio.
No se parecía demasiado a la original. El pico apuntaba hacia arriba de una manera algo arrogante y el asa seguía siendo demasiado gruesa. Las flores parecían insectos aplastados.
Pero empezaba a tener volumen.
Durante varios minutos Sabina dejó de pensar en el trabajo, en J., en los años que tenía o en todo lo que debería haber aprendido ya. Solo miró una curva e intentó trasladarla al papel.
Cuando el profesor volvió a pasar, señaló una de las sombras.
—Aquí has mirado bien.
Sabina observó el lugar que indicaba.
—¿Solo ahí?
—Por algún sitio se empieza.
Al terminar la clase, el profesor apoyó las manos en una de las mesas.
—Para la semana que viene podéis traer un objeto pequeño de casa. Algo que os importe, pero no tanto como para que os dé miedo dibujarlo mal.
Mientras recogían, observó su dibujo.
Le molestaban el asa y la tapa.
La mujer del moño se acercó.
—La mía parece una cafetera —dijo, enseñándole una jarra achatada.
Sabina le mostró su papel.
—La mía parece una tetera que ha tomado malas decisiones.
—Pero se entiende que es una tetera.
—Eso ya es más de lo que esperaba.
En casa, Sabina dejó el dibujo sobre la mesa del salón y buscó algo que llevar a la siguiente clase.
Abrió un cajón, descartó unas llaves antiguas y una piedra que había recogido en algún viaje cuyo lugar ya no recordaba. Al fondo encontró un llavero de barro que su sobrina le había hecho en el colegio.
Lo colocó junto al dibujo.
Tenía una forma difícil de identificar, pintada de rojo, amarillo y verde. La niña había asegurado que era un corazón. Sabina siempre había pensado que se parecía más a una patata.
V