En tu casa o en Sabina 4. Juez y parte
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4. Juez y parte

I

El camarero levantó una ceja cuando la oyó pedir.

—Un whisky. Sin hielo.

—¿Solo?

—Solo —respondió Sabina—. Como Dios lo trajo al vaso.

No era hora de whisky ni de bar, pero llevaba todo el día con un nudo en la garganta que el café no conseguía deshacer. No recordaba la última vez que había pedido uno sola. Le daba más miedo llegar directamente a casa que sentarse un rato en una taberna de la calle del Pez.

En la televisión del bar, sin sonido, emitían un partido repetido. Tres hombres mayores hablaban junto a la barra con la tranquilidad de quienes tenían su sitio asignado desde hacía años.

Sabina se sentó en un taburete, apoyó el bolso sobre las rodillas y miró el vaso que el camarero dejó delante de ella. La luz del neón volvía el whisky más dorado de lo que seguramente era.

—Ya sé que no es hora —dijo.

—Hay gente que desayuna esto. Tú vas tarde.

—Entonces, perfecto.

Dio un sorbo. El golpe le bajó por la garganta como un recordatorio físico de que seguía teniendo cuerpo. Tosió un poco. No estaba acostumbrada a beberlo sin nada que lo suavizara.

Dejó la libreta abierta junto al vaso. En una pausa del trabajo había escrito un juicio rápido contra sí misma:

No hago suficiente.

No soy suficiente.

Me equivoco siempre de la misma manera.

Debajo había añadido:

Culpable.

Ahora, frente al whisky, el veredicto le pareció de una dureza casi cómica.

—¿Mucho lío en la oficina? —preguntó el camarero, señalando la libreta.

—Mucho lío en la cabeza. La oficina colabora.

Él se alejó para secar vasos. No parecía interesado en obtener una confidencia. Sabina se lo agradeció.

J. había escrito:

¿Plan para luego? Hoy podría un rato.

Sabina contempló la pantalla.

Un rato.

Nunca un día concreto, una cena o una propuesta formulada antes de que empezara la noche. Siempre un espacio improvisado que ella debía agradecer como si acabaran de concederle una oportunidad extraordinaria.

El primer impulso fue responder que sí.

Cogió el bolígrafo en lugar del teléfono.

Acusada: Sabina.

Cargo primero: decir que sí cuando está cansada.

Cargo segundo: confundir una invitación vaga con interés claro.

Cargo tercero: utilizar el alcohol para sentirse menos responsable de decisiones que ya quería tomar.

Dio otro sorbo. Dolió menos.

Añadió:

Atenuante: está intentando hacerlo de otra forma.

Agravante: ha venido al bar con el no en la boca y el móvil en la mano.

Podía pasarse horas redactando cargos, atenuantes y recursos. Llevaba años acusándose y defendiéndose al mismo tiempo. Se castigaba por lo que hacía y, a continuación, encontraba una explicación brillante que le permitía repetirlo.

El camarero regresó.

—¿Te pongo un poco de hielo?

—No. Hoy va sin rebajar.

—Luego no me culpes.

Podría imprimir los cargos y repartirlos entre todas las personas con las que había mantenido una relación.

J. volvió a escribir.

Estoy por tu zona. Si te apetece, me dices.

En el móvil escribió:

Hoy no. Estoy cansada. Otro día que podamos quedar con calma.

La palabra calma le tembló bajo el pulgar. Parecía pedir mucho más de lo que decía.

Pulsó enviar. El camarero miró de reojo la libreta.

—No se ve mucha gente escribiendo en una barra.

—Con el móvil discuto con los demás. Con esto, conmigo.

—¿Y quién gana?

Sabina miró la página llena de cargos.

—Hoy estoy intentando que la defensa se presente.

El camarero asintió como si aquella respuesta le pareciera suficiente y volvió a sus vasos.

Terminó el whisky. El vaso vacío reflejaba una línea amarillenta bajo el neón.

Pensó en pedir otro. Sabía lo que ocurría a partir del segundo: los mensajes parecían más urgentes y las decisiones menos suyas.

Se levantó.

—¿Otro? —preguntó el camarero.

Sabina dudó apenas un instante.

—No. Si no, luego te culpo.

Él se rio.

—Esa te la puedes llevar.

Mientras se abrochaba el abrigo, el móvil vibró.

Vale. Otro día. Descansa, loca.

Sabina leyó el mensaje. La palabra loca le pasó por los ojos como una mosca.

II

—Con diez años menos —dijo una compañera—, me hacía tres noches seguidas sin despeinarme.

Todas rieron. Era la típica charla de oficina a última hora, cuando ya nadie conservaba neuronas suficientes para el Excel y empezaban a compararse con versiones pasadas de sí mismos.

—Yo estudiaba el día antes del examen y aprobaba igual —añadió otra—. Ahora duermo poco una noche y necesito tres días para recuperarme.

—Con diez años menos —intervino alguien desde la mesa del fondo— pensaba que a los cuarenta tendría la vida resuelta. Casa, hijos, perro y plan de pensiones.

Hubo un murmullo general de asentimiento. Alguien hizo un comentario sobre el precio de la vivienda y otro respondió que, a esas alturas, se conformaba con que el perro tuviera plan de pensiones.

Sabina sonrió, pero las palabras se le quedaron enganchadas en algún lugar de la garganta.

Con diez años menos.

Abrió el correo y fingió leer un mensaje que llevaba toda la tarde sin contestar. Su cabeza ya no estaba en la oficina.

Empezaron a desfilarle escenas. Ella con veintidós años, fumando en la puerta de la facultad, convencida de que el mundo le debía una oportunidad extraordinaria.

Ella con veintiocho, subiéndose a una moto prestada con la certeza de que cualquier carretera podía salvarla.

Ella con treinta y pocos, saliendo de un bar al amanecer y prometiendo que la próxima vez se iría antes.

Entonces todo parecía todavía por decidir.

—¿Y tú? —preguntó una de las compañeras—. ¿Qué hacías con diez años menos, Sabina?

La pilló desprevenida. Se llevó una mano al pelo.

—Lo mismo que ahora, pero necesitaba menos tiempo para recuperarme.

Rieron. Alguien volvió a la pantalla. La conversación cambió de rumbo con la facilidad de las conversaciones que no importan demasiado.

Pero la respuesta se quedó con ella.

Lo mismo que ahora.

¿Seguro?

En el metro encontró un asiento lateral. La hora punta empezaba a disolverse. Una chica leía apuntes de una oposición. Un hombre mayor cabeceaba con las manos cruzadas sobre el bastón. Un adolescente jugaba con el móvil sin sonido.

Sabina dividió una página de la libreta en dos.

En la parte izquierda escribió:

La versión oficial.

Debajo anotó:

Tenía más energía.

Era más valiente.

Todo estaba por empezar.

No me daba miedo equivocarme.

En la otra mitad escribió:

Lo que falta en el relato.

Esperó.

También estaba perdida.

Hacía cosas para impresionar a gente que apenas me gustaba.

Confundía desgaste con aventura.

Me callaba mucho más.

Tenía miedo, pero lo llamaba intensidad.

La primera columna sonaba mejor. También era la que acostumbraba a recordar.

Con diez años menos viajaba en ese mismo metro, aunque utilizara otras líneas y llevara otros auriculares.

Miraba a las mujeres de cuarenta como si pertenecieran a una especie adulta y remota, personas que ya sabían comprar una casa, elegir pareja y utilizar correctamente palabras como rentabilidad.

Ella creía que los treinta eran una frontera. Después pensó que serían los cuarenta.

La frontera siempre se desplazaba unos años más allá.

Apoyó la cabeza en el cristal.

Estaba cansada de compararse con una mujer que existía más en la nostalgia que en la memoria. Era fácil idealizar a la Sabina capaz de enlazar dos noches sin dormir, aceptar una invitación sin preguntar demasiado y subirse a una moto que no sabía quién conducía.

Junto a aquella energía había una inconsciencia que ya no deseaba recuperar.

El metro entró en un túnel y su reflejo apareció sobre el cristal.

Más líneas alrededor de los ojos. La expresión más cansada. También una forma distinta de mirarse, aunque no siempre fuera más amable.

Escribió:

De joven confundía no pensar con ser libre.

Le pareció demasiado rotundo. Añadió:

A veces.

Eso la volvió más cierta.

Al llegar a casa puso la pasta a cocer y abrió la caja metálica que guardaba encima de la nevera. Dentro había fotografías impresas, entradas de conciertos, billetes de tren, cartas antiguas y pulseras de festivales que habían sobrevivido mucho más que algunas de las amistades con las que acudió.

Sacó una foto al azar.

Allí estaba ella, con veintiséis años. Llevaba una camiseta de un grupo de rock, un vaso en la mano y una sonrisa enorme. C. aparecía a su lado con el pelo mucho más corto. R. tenía menos canas. J. asomaba en segundo plano, medio oculto detrás de otra persona.

Le dio la vuelta.

Noche épica. Que no se nos olvide nunca lo jóvenes que somos.

—No se me ha olvidado. Se me ha ido pasando.

III

Sabina llegó a la comisaría con el tiempo justo, el pelo recogido a medias y la sensación habitual de ir unos pasos por detrás del día.

Delante de la puerta esperaba una pequeña multitud.

Personas con carpetas transparentes, gente mayor vestida como para una ceremonia, padres con niños somnolientos y un muchacho con unos auriculares enormes.

Todos sostenían algún papel. Todos parecían temer que les faltara precisamente el documento más importante.

Sabina entró y cogió número.

A-057.

Se sentó en una silla de plástico y observó el papel. No figuraban su nombre ni sus apellidos. Ni Sabina, ni historia, ni razones.

A-057. Ciudadana número tal, como en un relato poco imaginativo sobre el futuro. La pantalla electrónica marcaba los turnos con un pitido agudo.

A-031. A-032. A-033.

Una mujer repasaba compulsivamente el interior de una carpeta llena de fotocopias. Un adolescente tecleaba en el móvil con expresión de aburrimiento irreversible. Un hombre se quejaba en voz alta de que todo funcionaba cada vez peor, aunque nadie pareciera dispuesto a discutirle la afirmación.

Sabina los entendía. Ella misma estaba a un resoplido de unirse al coro.

El panel saltó de la serie A a la B. Después a la C. Luego volvió a la A.

Cada cambio provocaba un pequeño movimiento de protesta entre las sillas. Alguien miraba el reloj. Otra persona comprobaba su número. El hombre que se quejaba acumulaba nuevas pruebas contra el funcionamiento del país.