3. Ruleta rusa #5
A un lado de la carretera aparecieron árboles dispersos, una casa aislada y un caballo de verdad detrás de una valla.
C. lo señaló.
—Mira. El tuyo se ha emancipado.
—Este aguanta la lluvia.
—Y probablemente tiene menos conflictos internos.
Sabina se rio.
Al llegar al comienzo de la ruta aparcó bajo unos árboles. Llegaron tarde.
Ninguna de las dos lo comentó.
Caminaron durante varias horas. C. habló de una fuga bajo el fregadero, del trabajo y de un hombre con el que había quedado dos veces.
X
El metro se detuvo entre estaciones con un tirón seco.
Sabina se desplazó hacia delante y tuvo que agarrarse con más fuerza a la barra. El vagón se balanceó un par de veces antes de quedar inmóvil.
Detrás de los cristales no había nada. Solo oscuridad y el reflejo de los pasajeros bajo la luz blanca.
La megafonía chisporroteó.
—Estimados viajeros, permanecemos detenidos por una incidencia en la línea. Rogamos disculpen las molestias.
Hubo varios suspiros. Alguien miró el reloj con indignación. Una mujer sacó el teléfono y empezó a escribir con los dos pulgares.
Sabina volvía de un día largo y había quedado con R. para tomar algo cerca de su casa.
Miró la hora. Ya llegaba tarde. A su lado, un niño preguntó:
—¿Nos vamos a quedar aquí para siempre?
La madre se rio antes de responder.
—No, hombre. Solo estamos esperando.
Sabina miró por la ventana.
La oscuridad era completa. No se veían paredes, cables ni luces de mantenimiento. Solo su reflejo: el pelo recogido a medias, la bufanda torcida y unas ojeras que la iluminación del vagón no intentaba disimular.
Metió la mano en el bolso y buscó la libreta.
La encontró entre las llaves, un paquete de pañuelos y el táper vacío. La abrió apoyándola sobre el antebrazo y escribió la hora.
Debajo puso:
Metro parado. Luz encendida. Aviso por megafonía.
Una mujer mayor, sentada frente a ella, miró la página.
—¿Está apuntando la incidencia?
—Más o menos.
—Yo hago sudokus —dijo la mujer, enseñándole un cuaderno lleno de números—. Para no ponerme nerviosa cuando pasan estas cosas.
—Parece más complicado que el metro.
Volvió a inclinarse sobre la cuadrícula.
La megafonía se activó de nuevo.
—Continuamos detenidos. Les mantendremos informados.
Sabina notó una gota de sudor bajándole por la espalda. Se le enfriaron las manos y el ruido de las luces se convirtió en un zumbido más agudo.
No hay salida.
Después llegaron los demás:
Va a tardar mucho.
Me voy a marear.
Apretó la barra. El corazón empezó a acelerarse.
Miró la página y añadió cosas sin construir una frase:
Niño con cordón suelto.
Dos auriculares compartidos.
Barra fría.
Bolso pesado.
Recordó los mensajes de C. durante el ataque en la oficina: mirar alrededor, nombrar cosas concretas, seguir contestando aunque no supiera muy bien para qué.
La lista era torpe y no explicaba nada. Aun así, la obligaba a mirar fuera de su cabeza.
El corazón siguió latiendo deprisa, pero el vagón recuperó parte de su tamaño.
El tren emitió un pitido.
Hubo un tirón, seguido de otro. El metro avanzó unos metros con lentitud y volvió a detenerse.
Varias personas resoplaron.
—Bueno —dijo la mujer del sudoku—. Algo es algo.
El niño preguntó si aquello contaba como haber arrancado. Su madre respondió que técnicamente sí.
El metro volvió a moverse y siguió avanzando. Las paredes del túnel aparecieron al otro lado del cristal: cables, manchas de humedad, luces separadas por largos tramos oscuros.
El paisaje no tranquilizaba, pero era mejor que no ver nada. Sabina guardó la libreta.
El tren entró despacio en la estación siguiente. Las puertas se abrieron y entró una corriente de aire.
Sabina dudó.
Miró el nombre de la estación y decidió quedarse dentro. Las puertas se cerraron. El metro arrancó de nuevo.
—Próxima estación… —anunció la megafonía.
Sabina dejó de escuchar antes de que dijera el nombre. Le bastaba con saber que el tren avanzaba y que, si volvía a detenerse, podría decidir entonces qué hacer.
Cuando llegó a su parada acumulaba diecisiete minutos de retraso.
Salió a la calle.
Había tráfico, terrazas encendidas y personas que caminaban deprisa por la acera. La ciudad seguía pareciéndole ensordecedora, pero aquel ruido no estaba encerrado entre dos paredes negras.
R. esperaba dentro del Café Comercial, en la glorieta de Bilbao, en una mesa cercana a la puerta. Al verla entrar levantó una mano.
—Pensaba que te había tragado el metro.
Sabina se quitó el abrigo.
—Lo ha intentado.
—¿Estás bien?
Ella dejó el bolso en la silla.
—Me he puesto bastante nerviosa —dijo—. Se ha parado en el túnel.
R. apartó la carta de bebidas.
—¿Quieres irnos?
Sabina miró el local. No estaba demasiado lleno. La música sonaba baja y la mesa quedaba cerca de la salida.
—No. Me quedo un rato.
R. asintió.
—¿Nos quedamos aquí o prefieres otra mesa?
Sabina miró las sillas disponibles y escogió la que quedaba de frente a la puerta.
Pidieron algo de beber.
R. empezó a contarle una discusión absurda que había tenido con un vecino. Sabina escuchó. El corazón seguía algo acelerado, pero ya no tenía las manos frías.