En tu casa o en Sabina 3. Ruleta rusa #4
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3. Ruleta rusa #4

Sabina apagó el fuego, limpió la encimera y miró el móvil. En la pantalla seguía la alarma de la noche anterior:

Pedir cita.

Durante unos segundos dejó el pulgar sobre la alarma, a punto de aplazarla. El teléfono volvió a sonar. Era el jefe.

—Dime.

—Sabina, perdona que te llame tan pronto. ¿Podrías mirar lo del informe antes de la reunión de las diez? Me han adelantado la revisión.

Ella miró el café, todavía sin probar.

—Haré lo que pueda, pero voy justa.

—Sí, claro. Lo que puedas.

Colgó y se quedó mirando la pantalla.

Dos llamadas antes de las ocho y cuarto. Dos personas que necesitaban algo. Sabina ya había prometido responder a las dos.

Abrió la aplicación de su centro de salud.

La primera cita disponible era dentro de casi tres semanas. Le pareció una eternidad. Después recordó cuánto tiempo llevaba posponiéndolo.

Pulsó sobre la hora.

La confirmación apareció en la pantalla:

Cita solicitada.

Sabina guardó el móvil en el bolso. Era la primera cosa que hacía aquella mañana porque la necesitaba ella. En el metro pensó en las llamadas de los últimos días.

Su madre, el jefe, J., C. y R. llamaban por motivos distintos. Sabina, en cambio, casi nunca llamaba a nadie.

Esperaba a que un nombre apareciera en la pantalla y le demostrara que todavía ocupaba algún lugar.

A mediodía bajó a la cocina de la oficina con un recipiente de comida. Esperaba delante del microondas cuando el teléfono volvió a sonar.

Era R.

—Oye, ¿estás bien? Te noto menos disponible.

La expresión le produjo un alivio inesperado: menos disponible, sin estar ausente, enfadada ni rara.

—Estoy haciendo un experimento —dijo—. Intentar no acudir a todos los incendios.

—¿Y qué tal?

—El mío casi quema la oficina ayer.

R. guardó silencio.

—¿Qué pasó?

Sabina dudó un momento y apoyó la espalda en la pared.

—Me dio una especie de ataque de ansiedad. O algo parecido. Me asusté bastante.

—¿Estás bien ahora?

—Sí. He pedido cita con la médica.

Decirlo en voz alta hizo que la cita pareciera más real.

—Bien —respondió R.—. Y si necesitas algo, llama.

—Eso me cuesta.

Al llegar a casa fue directa a los ajustes del teléfono.

Buscó el modo No molestar.

Lo programó de ocho y media a diez de la noche. Las llamadas repetidas podrían entrar y también las de sus contactos favoritos: su madre, M., C. y R.

Dudó antes de incluir a J. Lo dejó fuera. Imaginó a su madre llamando y a ella dejándolo sonar. La culpa llegó antes de que activara nada. La dejó estar un momento. Activó el modo. En la pantalla apareció una pequeña luna.

—Ensayo —dijo.

Dejó el móvil en el recibidor y se fue a preparar la cena.

A las nueve y cuarto fue a buscar el teléfono.

Había dos llamadas perdidas de un número desconocido, varios audios en el grupo familiar y un mensaje de su madre:

¿Estás?

Sabina escribió:

Estoy. Luego te llamo. Ahora necesito un rato sin hablar.

Esperó el vuelco habitual en el estómago. Llegó, pero más pequeño. Su madre respondió:

Vale, hija. Pero llama luego, que me quedo tranquila.

A las diez, Sabina la llamó.

Hablaron diez minutos. Su madre le contó que iba a llover y que el caldo del táper podía congelarse. Sabina le dijo que tenía cita con la médica porque últimamente se encontraba algo nerviosa.

—¿Qué te pasa? —preguntó su madre de inmediato.

—No lo sé todavía. Por eso he pedido cita.

Su madre empezó a sugerir vitaminas, descanso y dejar el café.

—Mamá, cuando sepa algo te lo cuento.

Hubo un breve silencio.

—Vale —dijo ella—. Pero me cuentas.

—Te cuento.

Colgaron sin discutir.

IX

El coche olía a ambientador de pino y a sábado.

Sabina ajustó el asiento, comprobó los espejos y se abrochó el cinturón. La pantalla del salpicadero marcaba las once y siete. Había quedado con C. para salir unas horas de Madrid y, contra todo pronóstico, llegarían casi puntuales.

—No toques la radio hasta que salgamos del barrio —dijo Sabina.

—Ni que estuvieras desactivando una bomba.

—Los ciclistas aparecen cuando detectan una canción buena.

Salieron entre semáforos, pasos de cebra y furgonetas detenidas en doble fila. Sabina conducía con las dos manos sobre el volante y una expresión de calma que solo utilizaba cuando llevaba copiloto. Por dentro, todo iba un poco más rápido que el coche.

Al incorporarse a la carretera, el tráfico se abrió y Sabina pisó el acelerador.

—Tranquila, Alonso. No nos persigue nadie.

Sabina no levantó el pie. Le gustaba el carril despejado, la música subiendo y los edificios reduciéndose en el retrovisor.

—Tú no conduces —dijo C.—. Tú compites.

—Contra el reloj.

—¿Qué reloj? Si hemos quedado con dos árboles y una ruta de ocho kilómetros.

Un coche apareció detrás y se acercó demasiado. Encendió las luces largas durante un segundo.

Sabina apretó el volante.

—Venga, pesado.

El coche volvió a hacerle señales.

—Déjale pasar —dijo C.

—Puede adelantar cuando quiera.

—También puedes apartarte tú.

Sabina mantuvo la posición un poco más. Notaba al otro conductor pegado detrás, el pie presionando el acelerador y una irritación desproporcionada creciendo en el pecho.

No quería ceder.

No sabía exactamente qué significaba ganar.

Puso el intermitente y pasó al carril de la derecha. El otro coche la adelantó con un rugido y desapareció enseguida.

—Mira —dijo C.—. Ha conseguido llegar antes al siguiente coche.

Había bajado un poco la velocidad, pero seguía sujetando el volante con demasiada fuerza. Notó un cosquilleo en los dedos.

—¿Quieres que conduzca yo? —preguntó C.

—Estoy bien.

—No te he preguntado eso. Te he preguntado si quieres que conduzca.

Sabina aflojó las manos.

—Todavía no.

La carretera se extendía recta delante de ellas.

—Me pongo nerviosa si voy despacio —dijo Sabina al cabo de un rato.

—Ya lo he notado.

—No solo conduciendo. Es como si, cuando bajo el ritmo, todo el mundo siguiera avanzando menos yo.

C. giró la cabeza hacia ella.

—¿Quiénes?

—La gente.

—¿Qué gente?

—La gente que tiene una casa. Una familia. Un trabajo que entiende. La gente que parece haber llegado a la vida adulta sin necesidad de hacer esquemas en una libreta.

—Ah, esa gente —dijo C.—. Los seres mitológicos de LinkedIn.

El chiste no impidió que volviera a notar el cosquilleo en las manos, ahora subiéndole hacia las muñecas. El corazón empezó a acelerarse.

—Vamos a parar —dijo—. En la próxima gasolinera.

—Vale, Sabina.

C. no añadió nada.

Entraron en una estación de servicio. Sabina aparcó en una plaza junto a la tienda y apagó el motor.

El silencio dentro del coche fue inmediato.

Permaneció con las manos sobre el volante. Afuera, un camión arrancó junto a los surtidores. Una familia salió de la tienda cargada con bolsas y un hombre gritó que alguien se había llevado las llaves.

—Voy a por agua —dijo C.—. ¿Quieres algo?

—Lo que sea que no tenga cafeína, taurina ni una promesa de rendimiento extremo.

—Patatas, entonces.

Cuando se quedó sola, Sabina apoyó la cabeza en el reposacabezas.

El hormigueo no había desaparecido, pero tampoco iba a más.

C. regresó con dos botellas de agua y una bolsa de patatas.

—Hidratos emocionales —anunció al subir.

—Pensaba hacer una lista de normas.

—No hagas otra constitución —dijo C., abriendo la bolsa—. Con una cosa vale.

—¿Cuál?

C. se llevó una patata a la boca.

—No sé. Parar un poco antes, supongo.

Sabina cogió una.

—Eso es muy poco concreto.

—Perfecto. Así no puedes suspenderlo por incumplir el apartado cuatro.

—¿Conduces tú? —preguntó.

—Puedo.

Sabina miró la carretera.

—No. Sigo yo. Pero si vuelvo a ponerme así, cambiamos.

—Trato.

Se incorporaron de nuevo. Sabina permaneció en el carril derecho y mantuvo la velocidad dentro del límite. Varios coches las adelantaron. Cada uno le provocó un impulso en el pie.

No lo siguió.

—El paisaje dura más así —comentó C.