En tu casa o en Sabina 3. Ruleta rusa #3
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3. Ruleta rusa #3

Dejó la libreta abierta sobre la mesa y se tumbó en el sofá. Buscó música instrumental en el teléfono. Evitó las canciones tristes y cualquier lista que tuviera palabras como melancolía, corazones rotos o madrugada. Eligió una con un título ridículamente neutro.

El piano empezó a sonar muy bajo. Sabina miró el techo. En la página había escrito una última frase:

Esta es una noche. No es mi vida entera.

A las tres menos cinco, seguía despierta. Repitió la frase. Después dejó de comprobar la hora.

No supo cuándo se durmió. Al despertar, entraba una luz gris por la ventana. Tenía el cuello torcido, la manta en el suelo y una pierna dormida bajo el peso del cuerpo.

VI

La llamada le llegó por la espalda.

—Oye, Sabina. ¿Bajas a fumar?

Era un compañero de la mesa de atrás, ya con la chaqueta puesta y la cajetilla en la mano.

—Ya no fumo —mintió.

—Pues bajas y me haces compañía. El correo puede esperar, pero el mono no.

El cuerpo conocía la secuencia: guardar el documento, coger el abrigo, buscar el mechero que supuestamente ya no llevaba y aprovechar el cigarrillo para escuchar durante diez minutos los problemas de otra persona.

Decidió quedarse sentada.

—Paso. Tengo que acabar esto.

El compañero levantó los hombros.

—Tú te lo pierdes. Si cambias de idea, estoy abajo.

Se alejó hacia los ascensores.

Sabina volvió la vista al ordenador. La pantalla la recibió con una fila de notificaciones. Tres correos marcados como urgentes, dos mensajes que empezaban por ¿tienes un minuto? y una reunión que se solapaba con otra.

En el chat interno apareció un aviso nuevo.

El jefe: ¿Puedes mirar lo del informe antes de las cinco?

Sabina escribió sin pensarlo:

Sí, claro. Lo veo.

Abrió el archivo. Varias pestañas, columnas mal nombradas y fórmulas que alguien había arrastrado hasta donde no debía. Era un problema sencillo y bastante menor.

Aun así, el corazón empezó a latirle más deprisa.

Sabina retiró las manos del teclado. Esperó a que se le pasara. No se le pasó.

Desde hacía semanas le ocurría en momentos sin relación aparente: esperando el metro, haciendo cola en el supermercado, sentada frente a un documento que había abierto cientos de veces.

El pecho se aceleraba antes de que ella encontrara una razón y, cuando intentaba buscarla, el esfuerzo lo empeoraba.

Movió el ratón.

La oficina continuaba a su alrededor. Teclados, teléfonos, una risa al fondo, alguien preguntando dónde estaba la última versión de una presentación.

Sabina miró el reloj. Eran las cuatro y diez. Tenía trabajo pendiente y acababa de prometer un informe antes de las cinco.

Abrió el calendario y bloqueó veinte minutos con el título No disponible . Dudó antes de confirmar, como si estuviera reservando un tiempo que no le pertenecía.

Se levantó y salió al rellano de la escalera de emergencia.

Allí solo se oía un extractor. Se sentó en uno de los peldaños, apoyó los codos en las rodillas y esperó.

El malestar tardó en bajar. Fuera de la pantalla parecía menos absurdo, pero le costaba imaginarse volviendo a la mesa como si nada.

Se quedó allí hasta que la respiración dejó de ocuparle toda la atención.

Al volver a la mesa, abrió el informe y corrigió las fórmulas más evidentes. Contestó dos correos. Los demás quedaron sin leer.

A las seis y cuarto guardó el archivo. No estaba terminado. El chat interno volvió a iluminarse.

El jefe: ¿Tendremos el informe mañana por la mañana?

Sabina respondió:

Puedo enviarte una primera versión a primera hora. Para revisar los datos y cerrar la definitiva necesito hasta mediodía.

Esperó.

La respuesta llegó poco después:

Vale, gracias.

Guardó el portátil, se puso el abrigo y salió sin pasar por la mesa del compañero que había bajado a fumar.

En el ascensor volvió a notar una palpitación fuerte y tuvo que apoyar la espalda contra la pared metálica.

VII

El apodo nació como una broma.

—Estás loca —le dijo J. una noche.

Sabina acababa de encadenar tres ideas, dos planes y un «¿y si nos vamos mañana?» en menos de cinco minutos. Se rio. Incluso repitió la palabra, exagerándola para que quedara claro que no le hacía daño.

Después, J. empezó a utilizarla para casi todo.

Durante años, la palabra encajó demasiado bien con la doble vida de Sabina.

De día era la mujer fiable de la oficina, la que entregaba a tiempo y sabía qué formulario faltaba.

De noche podía enlazar bares, besar a quien no convenía y decidir a las dos de la mañana que necesitaba cambiar de ciudad.

El lunes volvía a colocarse la americana y nadie preguntaba por la versión nocturna.

El martes en que comprendió cuánto le pesaba, la oficina estaba casi vacía. Eran poco más de las seis y el cielo se había vuelto gris detrás de los cristales. En la pantalla seguían acumulándose correos.

El jefe se acercó a su mesa con el portátil bajo el brazo.

—Sabina, te voy a pasar también el proyecto de facturación. Es solo coordinar un par de cosas.

Ella asintió antes de abrir la boca.

—Vale.

—Sabía que podía contar contigo.

El jefe se alejó sin esperar otra respuesta.

Sabina recibió el correo unos segundos después. Lo abrió. Había siete personas copiadas, tres documentos adjuntos y una fecha de entrega que coincidía con otra que ya tenía.

Sintió la presión conocida en el pecho.

Aquella vez no disminuyó.

El corazón empezó a golpearle con tanta fuerza que creyó que alguien sentado cerca podría oírlo. Se le entumecieron los dedos. Un zumbido fino le ocupó los oídos y las letras de la pantalla perdieron nitidez.

Parpadeó.

La oficina seguía allí. Las luces blancas, las mesas vacías, una impresora trabajando al fondo.

Pero todo parecía haberse alejado.

Se levantó despacio.

—Voy un momento al baño —dijo, aunque nadie le había preguntado.

Caminó hacia el pasillo intentando no acelerar el paso. Sentía las piernas extrañas, demasiado ligeras, como si pertenecieran a otra persona.

Cerró la puerta del aseo individual y se miró en el espejo.

Estaba pálida. Tenía los ojos muy abiertos y gotas de sudor sobre el labio.

Se agarró al lavabo.

Intentó llenar los pulmones. El aire entró a medias. Volvió a intentarlo y la sensación empeoró.

Me está dando algo.

El pensamiento llegó con una claridad absoluta.

Después apareció otro:

Voy a morirme aquí dentro.

Se sentó sobre la tapa del váter. Quiso llorar, pero no pudo. Solo había miedo. Un miedo físico, sin historia ni argumento, que parecía haber ocupado el cuerpo antes que ella.

Buscó el móvil dentro del bolsillo.

Tardó varios segundos en sacarlo. Había un mensaje de C. de hacía media hora.

¿Estás bien? Hace unos días que te noto rara hasta por WhatsApp.

Sabina sostuvo el teléfono con las dos manos.

Escribió:

Estoy encerrada en el baño del trabajo. Me late muy fuerte el corazón y no puedo respirar bien. Me tiembla todo.

C. respondió enseguida.

¿Te duele el pecho? ¿Te vas a desmayar?

Sabina intentó decidirlo.

No sé. Creo que no. Estoy muy asustada.

Aparecieron los puntos de escritura.

C. respondió:

No sé qué es y no voy a hacer de médica. Si empeora, avisa a alguien de la oficina o llama a urgencias. Mientras tanto, mírame el baño. Dime qué tienes delante. Cualquier cosa.

Miró alrededor.

La puerta. El espejo. El grifo. Una papelera. Mis zapatillas.

Vale. Sigue. Y apoya los pies en el suelo, por favor.

Sabina obedeció. C. fue preguntándole cosas concretas, sin ningún orden perfecto: qué podía tocar, qué ruido oía, si seguía mareada. En un momento admitió que no sabía qué más decir y le pidió simplemente que siguiera contestándole.

Sabina respondió como pudo.

El miedo no desapareció. Durante varios minutos siguió convencida de que algo grave estaba ocurriendo.

Pero el baño fue recuperando sus proporciones.

El espejo volvió a ser un espejo y no la entrada de un túnel.

El zumbido disminuyó. Las manos seguían temblándole, aunque ya podía sostener el móvil con una sola.

C. escribió:

No sé qué te está pasando, pero no te quedes ahí fingiendo que no pasa nada. ¿Puedes irte a casa?

Sabina miró la hora.

Tenía trabajo pendiente. Un proyecto nuevo. Correos sin contestar.

La idea de volver a la mesa hizo que el corazón se acelerara otra vez.

Sí. Creo que sí.

Pues vete a casa, por favor. Y mañana pide cita, ¿vale?

Sabina apoyó la cabeza contra la pared.

Permaneció unos minutos más sentada. Se echó agua en la cara y esperó a que el temblor de las piernas disminuyera.

Cuando salió, la oficina seguía casi vacía. Nadie la miró al cruzar el pasillo.

Volvió a su mesa y abrió el chat del jefe.

No me encuentro bien. Voy a irme a casa y mañana te actualizo sobre el proyecto.

Había escrito voy a irme , no ¿puedo irme? Pulsó el botón. El jefe contestó poco después:

Claro. Descansa y hablamos mañana.

Ningún reproche. Ninguna pregunta. Nadie había señalado que exageraba.

Guardó el portátil y salió.

En el metro encontró un asiento junto a la puerta. El corazón todavía latía más rápido de lo normal y tenía el cuerpo agotado, como si hubiera corrido durante horas.

Al llegar a casa dejó el bolso en el suelo y encendió el ordenador. Abrió el buscador. Escribió:

Ayuda para ansiedad Madrid.

Antes de acostarse, puso una alarma para la mañana siguiente con dos palabras:

Pedir cita.

VIII

Mamá.

Sabina se quedó con la cuchara suspendida sobre la taza.

Contestó.

—¿Sí?

—Nada, hija, que te llamo un momento —dijo su madre, sin buenos días—. ¿Has visto las noticias? Dicen que está todo fatal.

—¿Qué parte de todo?

—Todo. La economía, las guerras, la delincuencia. Y tú ahí sola.

Sabina apoyó la cadera contra la encimera. La cafetera empezó a borbotear a su espalda.

—Estoy bien, mamá. Me iba ahora a trabajar.

—Eso, tú corre. Como siempre. Luego pasan los días y no sabemos nada de ti.

Habían comido juntas hacía poco. No se lo recordó: comer el domingo no contaba como llamar entre semana.

—Te llamo esta tarde.

—No, no hace falta. Si ya veo que tienes prisa.

La conversación duró seis minutos. Su madre terminó con el habitual:

—Venga, que no te entretengo.

Cuando colgó, el café se había derramado sobre la cocina.