3. Ruleta rusa #2
El primer recuerdo fue una noche de sus veintitantos, subida a una moto prestada y abrazada a un hombre con el que decidió que algún día vivirían junto al mar y abrirían un bar.
La moto no salió nunca de los alrededores del barrio. El bar tuvo varios nombres, pero ninguna dirección. En la parte superior de la página trazó dos columnas torcidas:
Prometido.
Hecho.
Bajo la primera anotó el bar junto al mar. La segunda quedó vacía.
No solo le había ocurrido con las relaciones. También había aceptado trabajos por cómo sonaban. Recordó una colaboración supuestamente creativa en la que ella preparaba documentos mientras los demás hablaban de romper moldes.
El proyecto nunca llegó a empezar.
Recordó una tarde con R., después de contarle entusiasmada otra propuesta.
—A ti te encantan las portadas. El problema es que no siempre lees la letra pequeña.
Entonces había respondido con alguna ironía. Ahora tuvo que admitir que R. había visto algo.
Volvió a las columnas.
En Prometido añadió: escribir un libro, cuidarme, estar para los demás .
Lo del libro llevaba años apareciendo en listas distintas. No sabía si quería publicarlo ni qué clase de libro sería. Quería, al menos, terminar alguna vez algo que hubiera empezado ella.
En Hecho puso: abrir documentos, comprar vitaminas que caducan, contestar a cualquier hora y desaparecer después .
La segunda columna resultó más corta y bastante menos elegante. Sabina dejó el bolígrafo antes de empezar a justificar cada línea.
Cogió el caballo y lo dejó junto a la estantería, fuera del camino. Le puso encima una bufanda vieja que estaba tirada sobre el sofá.
—Te quedas hasta que sepa dónde meterte.
En la parte inferior de la página escribió:
Sábado, 10:30. Una página.
Lo pasó al calendario y programó cuarenta y cinco minutos.
Después abrió el portátil. Buscó una carpeta que llevaba años cambiando de nombre y encontró un documento en blanco creado varios meses atrás. Lo abrió.
Durante un rato se quedó mirando el cursor. Probó una frase.
IV
M., domingo, grupo familiar:
Mamá ha hecho cocido. Dice que vengas, que últimamente se te ve poco.
Sabina conocía el idioma familiar: dentro de aquel se te ve poco cabían también las llamadas que no devolvía.
Contestó:
Voy. Llego para las dos.
En el metro pensó en los asuntos que convenía no mezclar durante la comida: la frecuencia con la que iba a verlas, su trabajo y su vida sentimental.
Sabía que, en cuanto apareciera uno, los otros dos encontrarían la forma de sentarse a la mesa.
M. abrió la puerta con un delantal puesto.
—Hombre, la exiliada.
Sabina puso los ojos en blanco, pero se dejó besar.
—Buenas tardes, patria.
—Empiezas bien.
—Has empezado tú.
Las dos sonrieron. Todavía.
La madre apareció desde la cocina con un paño en la mano.
—Pasa, hija, que se enfría. Estás más delgada.
—Hola, mamá.
—¿Comes algo o sobrevives a base de café?
Sabina se quitó el abrigo.
—Como. Duermo. Algunos días incluso hago las dos cosas.
Su madre la besó en la mejilla y regresó a la cocina sin decidir si aquella respuesta era una broma o una protesta.
—¿Y el trabajo? —preguntó su madre mientras le servía garbanzos—. ¿Sigues con aquello?
—Sigo con aquello.
—Nunca sé muy bien qué haces.
—A veces yo tampoco, pero ingresan la nómina.
M. se rio. Su madre no.
—Trabajas demasiado —dijo su madre—. Y luego llegas a casa y estás sola.
Sabina notó cómo se le endurecía la espalda.
Eligió el sarcasmo.
—No te preocupes. Para no quedarme sola ya tengo el grupo de WhatsApp, la televisión y unas cuantas malas decisiones. Voy bien servida.
—No hace falta que saltes —dijo M.—. Mamá está preocupada.
—Pues podría preocuparse en silencio de vez en cuando.
Su madre dejó el cucharón dentro de la sopera.
—Parece que todo lo que digo te molesta.
—Porque casi todo lo que dices sobre mi vida suena a que la estoy viviendo mal.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta que lo digas exactamente.
M. dejó el tenedor sobre el plato.
—Estás siempre esperando que te ataquemos.
—No estoy siempre esperando que me ataquéis.
Lo dijo con el tono suficiente para demostrar lo contrario.
En la televisión, uno de los expertos elevó la voz. La madre buscó el mando y bajó el volumen.
—Yo ya no sé cómo hablar contigo —dijo—. Antes contabas cosas. Ahora vienes, comes y te vas. Parece que esta ya no es tu casa.
Aquello alcanzó a Sabina en un lugar más profundo que las frases anteriores.
Había pasado años intentando demostrar que podía vivir sin necesitar aquella casa y, sin embargo, seguía volviendo a la misma silla, al cocido y a las preguntas que la irritaban porque importaban.
—Me fui porque necesitaba hacer mi vida —respondió—. No para castigar a nadie.
—Nadie ha dicho que fuera un castigo —dijo M.—. Pero mamá no va a estar siempre. Podrías acercarte más sin que hubiera que perseguirte.
El comentario abrió de golpe la muerte de su padre, las visitas aplazadas y las llamadas que había dejado para mañana hasta que ya no hubo un mañana.
Se levantó.
—Voy al baño.
Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y apoyó las manos en el lavabo.
Tenía la mandíbula tensa y los ojos brillantes. Abrió el grifo y respiró despacio.
Ellas dicen que me echan de menos. Yo escucho que soy una mala hija.
Le molestaba que la ausencia de su padre hubiera entrado en la discusión. Le molestaba más que funcionara.
—No contestes a todas las comidas anteriores —murmuró.
Regresó al comedor.
M. comía en silencio. Su madre partía un trozo de pan en pedazos cada vez más pequeños. La televisión seguía encendida, pero nadie la miraba.
Sabina volvió a sentarse.
—Perdón por levantar la voz.
Su madre no respondió enseguida.
—Yo solo digo lo que siento.
—Ya. Y yo salto antes de escuchar el final. Cuando decís que se me ve poco, yo no escucho que me echáis de menos —dijo Sabina—. Escucho que soy una egoísta y que todo lo hago mal. Sé que no siempre estáis diciendo eso, pero es lo que me llega.
—Pues a veces podrías preguntar antes de ponerte así —dijo M.
No sonó amable, pero tampoco era mentira.
—Podría.
Su madre dejó de deshacer el pan.
—Yo te echo de menos —dijo—. Pero si te digo eso parece que te estoy pidiendo cuentas.
—A veces me las pides.
—Porque no sé nada de ti.
—Y yo cuento poco porque siento que cada cosa acaba convirtiéndose en un consejo.
La madre abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla.
M. intervino con menos dureza:
—Nos sale fatal. Te vemos cansada y empezamos a preguntar de la peor manera posible.
Sabina miró a su hermana.
—Y yo salto enseguida.
Al terminar, ayudó a recoger la mesa.
—Déjalo, que friegas fatal —dijo su madre.
—Gracias por mantener intacta mi autoestima.
La frase se le escapó y las tres se rieron.
En la puerta, su madre le entregó un táper lleno de caldo y otro con garbanzos.
—Esto te da para dos días.
—Mamá, tengo comida en casa.
—Pues ahora tienes más.
Su madre la abrazó un poco más de lo habitual.
—Avísame cuando llegues.
—Te aviso.
El vagón avanzaba bajo tierra. Entre sus pies, el caldo se movía dentro del táper.
V
A las dos y cuarto de la madrugada, Sabina miró el móvil por enésima vez.
Había intentado dormir leyendo, bebiendo agua y dándole la vuelta a la almohada.
No funcionó.
Se levantó con la sensación pegajosa de quien reconoce aquel territorio.
La conversación familiar seguía apareciendo por debajo de otras cosas, sobre todo la mención a su padre, y llevaba varias noches durmiendo mal.
De madrugada, los pensamientos perdían los matices. Las dudas se convertían en sentencias.
Pensó en escribirle a alguien. A J., primero.
La idea apareció con tanta rapidez que casi parecía una costumbre física. Una frase cualquiera. ¿Estás despierto? No necesitaba contarle qué le ocurría. Bastaba con lanzar el mensaje y esperar a que algo pasara.
Después pensó en C. y en R.
Cualquiera serviría. No para pedir ayuda exactamente. Para conseguir que otra persona estuviera despierta con ella durante unos minutos.
Cogió el móvil y abrió la conversación con J.
Si le escribía y él respondía, la conversación quizá terminaría en insinuaciones, confesiones a medias o alguna propuesta que a la mañana siguiente parecería menos buena. Si no respondía, ella pasaría una hora consultando la pantalla y preguntándose dónde estaba y con quién.
Cara o cruz. En ninguno de los dos resultados dormía.
En la libreta escribió lo primero que estaba pensando:
No he hecho nada con mi vida.
Debajo:
Todo el mundo sabe adónde va menos yo.
Las frases siguientes llegaron solas.
Siempre acabo igual.
Ya soy demasiado mayor para empezar de nuevo.
Nadie va a querer quedarse conmigo tal como soy ahora.
Si desapareciera, tardarían mucho en darse cuenta.
Sabina dejó de escribir.
La última frase estaba allí, exagerada y convincente, con la autoridad que adquirían las cosas cuando una llevaba varias horas sin dormir.
La leyó dos veces.
—Esto no es lucidez —dijo—. Son las dos y media.
Trazó una línea bajo las frases. No intentó convertirlas en afirmaciones positivas. Le habría dado vergüenza escribir que su vida era maravillosa, que todavía era joven o que todo acabaría bien. No sabía ninguna de esas cosas.
En lugar de eso, puso un título más pequeño:
Datos que no encajan del todo.
Había trabajado, viajado, querido y mantenido amistades durante años. No había hecho todo lo que imaginó, pero tampoco nada.
M., su madre, C. y R. notarían que faltaba.
Escribió:
No soy invisible. A veces me escondo.
Aquella noche, además, no había enviado el mensaje a J.
Anotó:
Hoy me he dado cuenta antes de mandar el mensaje.
El nudo del pecho seguía allí. La mano le temblaba un poco y continuaba sin tener sueño.
Escribir no había arreglado nada, pero las primeras frases ya no ocupaban toda la hoja. En una esquina de la página escribió tres instrucciones:
No escribir a J.
No decidir nada importante.
Si se pone peor, llamar a C. o a R. y decir la verdad.