3. Ruleta rusa
I
Sabina entró en el teatro con el tiempo justo, siguiendo la fila que avanzaba a trompicones por el vestíbulo estrecho.
Había comprado la entrada aquella misma mañana, en uno de esos impulsos que solía obedecer antes de preguntarse de dónde venían.
No conocía a la compañía ni le sonaban los actores.
Solo había visto el cartel en una marquesina, leído últimas funciones y sentido la necesidad de sentarse en la oscuridad a mirar cómo otros complicaban sus vidas.
Llevaba varios fines de semana alternando planes ajenos y noches en casa.
Comprar una entrada solo porque le apetecía había sido, al menos, una tercera opción.
La acomodadora le pidió el número de la entrada.
—Fila nueve, asiento catorce. Por aquí, por favor.
Sabina avanzó entre rodillas recogidas y bolsos mal colocados hasta su localidad.
Dejó el abrigo sobre el respaldo y el bolso a sus pies.
Antes de sentarse miró alrededor. Había parejas que murmuraban, un grupo de amigas intercambiando confidencias y un hombre solo que observaba el móvil con la intensidad de quien no quiere levantar la cabeza.
Una voz neutra salió de los altavoces:
—Por favor, ocupen sus asientos. La función está a punto de comenzar.
Sabina se dejó caer en la butaca. La tela era un poco áspera, pero agradeció aquel recogimiento mínimo, una forma de abrazo que no exigía nada a cambio. Apagó el móvil. Durante las dos horas siguientes, nadie podría localizarla y, para su sorpresa, la idea le produjo alivio.
Cuando se apagaron las luces, una parte de su cuerpo se relajó de golpe. En la oscuridad nadie la miraba ni esperaba una respuesta.
La obra empezó con un personaje hablando directamente al público. Decía que su vida era una ruleta, que todo dependía del azar y que nunca había tenido la posibilidad de elegir.
Sabina se removió en la butaca.
No porque el texto fuera malo. Porque lo conocía.
Ella también había contado así su propia vida durante años. Las cosas le pasaban. Los amores se cruzaban en su camino. Los trabajos aparecían. Las ciudades la llamaban. Siempre había una fuerza externa moviendo las piezas mientras ella se ocupaba de reaccionar.
Sobre el escenario, el protagonista encadenaba escenas de bares, decisiones impulsivas y malentendidos familiares. El público reía en los lugares previstos. Sabina también lo hizo un par de veces, aunque empezaba a tener la incómoda sensación de estar contemplando una versión exagerada de sí misma.
Cada decisión del protagonista se resolvía lanzando una moneda.
—Si sale cara, me quedo. Si sale cruz, me voy.
La moneda subía, giraba bajo la luz y caía en su mano. El público se tensaba ante cada lanzamiento, aunque todos supieran que el resultado estaba decidido de antemano.
Sabina pensó que ella también había vivido muchas veces a cara o cruz, aunque sin moneda ni ceremonia. Mensajes enviados para ver qué ocurría. Trabajos aceptados sin preguntar demasiado. Noches alargadas hasta que el cansancio o la ciudad decidieran por ella.
En la segunda parte, el protagonista terminaba solo en un banco, con una botella entre las manos. Después de una sucesión de errores, miraba al público con expresión de derrota.
—A veces me pregunto quién está dirigiendo esto. Porque yo, desde luego, no soy.
Algunas personas rieron.
A Sabina la frase le sonó a coartada.
Pensó en las últimas semanas. No eran grandes cambios: seguía equivocándose, contestando antes de pensar y entrando en lugares de los que después quería escapar. Pero algunas veces había conseguido detenerse antes del final conocido.
El protagonista siguió lamentándose, entre chistes, de su mala suerte, de la ciudad, de las mujeres y del sistema.
Vale, pensó Sabina. ¿Y ahora qué vas a hacer?
En el clímax, el personaje se jugaba su última oportunidad a una decisión absurda. La moneda voló, cayó sobre el suelo y rebotó una vez.
Cara.
La música subió, el escenario quedó a oscuras y el público aplaudió con entusiasmo.
Cuando se encendieron las luces, la sala se llenó de un murmullo satisfecho.
La gente se levantaba comentando lo divertida, ácida y real que había sido la obra mientras Sabina permanecía sentada y las filas empezaban a vaciarse.
II
El mando estaba donde siempre, sobre la mesa baja, junto al cenicero vacío y un vaso de agua a medio beber. Sabina lo cogió y se dejó caer en el sofá. Eran más de las nueve, hora punta de la televisión chillona.
No tenía ganas de nada concreto. No quería leer, escribir ni hablar con nadie. Quería que algo hiciera ruido por ella.
Encendió el televisor. El salón se llenó de luz azulada y voces conocidas. Una cabecera estridente, música de concurso, un público que aplaudía antes de que hubiera ocurrido nada. En la parte inferior de la pantalla apareció un rótulo en mayúsculas:
AMOR, CUERNOS Y WHATSAPP: LO VEMOS TODO.
Cambió de canal.
Un informativo enumeraba desgracias con tono neutro. En otro, una familia perfecta desayunaba junta sin mirar ninguna pantalla. En el siguiente, varios desconocidos se gritaban dentro de una casa que ninguno podría pagar.
Se quedó ahí.
Era el programa más eficaz para desconectar la cabeza. Volumen alto, conflictos sencillos y personas que explicaban en voz alta cada una de sus emociones.
Una concursante lloraba por un romance de tres días. Sabina se recogió mejor el pelo y sintió un cansancio extraño, el de reconocerse un poco en aquel espectáculo. No en los gritos ni en las cámaras, sino en algo más difícil de admitir: gente dispuesta a exponerse con tal de no sentirse sola.
Los colaboradores discutían sobre fidelidad, dignidad y respeto.
—¡Es que si estás con alguien, estás! ¡Y si no, lo dices! ¡No se puede jugar así con los sentimientos! —gritó uno.
Qué fácil parecía el amor cuando se analizaba desde una mesa iluminada. Blanco o negro. Víctima o culpable. Nadie decía que se había quedado por miedo, que se había marchado demasiado pronto o que había confundido el deseo con la costumbre.
Allí todos conocían las reglas.
Sabina pensó en las relaciones que había mantenido más allá de su fecha de caducidad. También en las ocasiones en que se marchó al primer síntoma de aburrimiento, como si la calma fuera una avería.
En la pantalla empezó un reportaje sobre historias de superación. Una persona que había pasado de la nada al éxito entre dos tandas de anuncios. Otra que había encontrado el amor justo cuando había dejado de buscarlo. Una tercera prometía revelar el secreto de la felicidad después de la publicidad.
Su madre solía comentar esos programas con una mezcla de esperanza y reproche.
—Mira, hija. Si quieres, puedes. Hay gente que se esfuerza y mira qué bien le va.
El presentador sonreía mostrando unos dientes demasiado perfectos.
—Porque la felicidad está en las pequeñas cosas, amigos. Un buen café, una tarde de sofá, la llamada de alguien que quieres…
Sabina pulsó el botón de silencio.
La imagen continuó sin sonido. Bocas que se abrían y cerraban. Manos moviéndose con entusiasmo. Rótulos de colores. El público riendo sin que pudiera escucharse.
Sin el ruido, el programa parecía más triste.
Toda aquella gente movía la boca para conservar durante unos segundos la atención de los demás.
Sabina miró el mando. Los botones estaban desgastados por el uso.
Pensó en la facilidad con la que cambiaba de canal cuando algo dejaba de entretenerla. Un programa, una afición, un proyecto. A veces también una relación. Se quedaba hasta que aparecía la primera pausa, el primer silencio o una escena que no entendía. Entonces buscaba otra cosa.
A veces solo no sabía quedarse durante los anuncios.
Activó de nuevo el sonido, pero lo dejó bajo, lo justo para no escuchar cada crujido de la casa.
En la pantalla anunciaban un nuevo formato. Un grupo de personas viviría encerrado durante semanas, obligado a convivir, decidir y exponerse. La voz prometía emociones fuertes, giros inesperados y amores imposibles.
Sabina se imaginó dentro de aquella casa.
—No aguantaría dos galas —murmuró—. O me hago amiga de una lámpara o incendio la cocina.
Miró la hora. Las diez y cuarto.
Si se quedaba allí hasta medianoche, viendo historias ajenas y llamándolo compañía, al día siguiente apenas recordaría los nombres de los concursantes, pero habría evitado durante unas horas el silencio del piso.
Pensó en la obra de teatro de la noche anterior. En el protagonista que culpaba a una moneda porque no quería hacerse cargo de sus decisiones.
El mando no era una moneda, pero también ofrecía una salida sencilla: cambiar antes de sentir demasiado.
Sabina pulsó el botón rojo.
La pantalla se apagó de golpe.
Durante unos segundos, el silencio resultó casi brusco. La nevera zumbaba en la cocina. El vecino de arriba movió una silla. Un coche pasó bajo la ventana.
Llevó el mando al cajón del mueble y lo guardó dentro. No para siempre. Solo para que encender la televisión exigiera levantarse del sofá.
III
El caballo estaba en el pasillo, apoyado contra la pared como siempre. Era de cartón duro, grande para ser un juguete y demasiado pequeño para engañar a nadie. Las esquinas empezaban a doblarse y aún conservaba restos de rotulador azul en la montura.
Sabina casi tropezó con él al salir del baño.
Lo había hecho con el hijo de una amiga durante una tarde de manualidades. El niño lo montó dos veces, perdió el interés y, por alguna razón que nadie llegó a discutir, el caballo terminó en casa de Sabina.
Llevaba meses allí, estorbando entre el dormitorio y el salón.
Un caballo que no iba a ninguna parte.
Como algunos hombres que he elegido, pensó.
Lo agarró por el cuello y lo arrastró hasta el salón. Lo dejó junto a la ventana, donde parecía una pieza de decoración incomprensible, y se quedó observándolo.
Tenía algo tierno y ridículo. Una promesa de aventura construida con un material que no podía mojarse.
Sabina fue a buscar la libreta. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en el sofá y dejó el caballo frente a ella.