En tu casa o en Sabina 2. Malas compañías #5
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2. Malas compañías #5

—Ya piensan que estoy rara.

—Van a dejar de invitarte.

Sabina mantuvo el dedo sobre el botón de envío.

Ese era el argumento que siempre acababa funcionando: no perder aquel plan, sino conservar la posibilidad de los siguientes.

Envió el mensaje.

La respuesta llegó poco después:

Vale, señora mayor. Te mandamos pruebas del delito.

—Podrías cambiar de opinión —dijo Satán.

—Podría.

La posibilidad quedó allí.

Sabina volvió a la novela.

Aquello dolía un poco. Una parte de ella necesitaba comprobar que su ausencia dejaba alguna marca.

—Te estás perdiendo la noche —insistió Satán.

Sabina miró el reloj. Apenas eran las diez y media. Todavía podía vestirse y llegar antes de la segunda ronda.

—Puede ser —respondió.

No añadió nada más.

No necesitaba convencer a la voz. Le bastaba con no obedecerla de inmediato.

Sabina rechazó algunas propuestas y aceptó otras. Abrió una bolsa de patatas que no necesitaba y se quedó leyendo hasta tarde.

X

—Venga, vamos, que hay que pasarlo bien.

Sabina había oído aquella frase en demasiadas voces. En bares, anuncios, cumpleaños y grupos de WhatsApp. También se la había dicho muchas veces a sí misma, casi siempre cuando ya estaba cansada y alguien proponía cambiar de sitio.

Hay que pasarlo bien.

Como si divertirse fuera una obligación que, una vez aceptada, no permitiera marcharse antes del cierre.

La misma idea reapareció una semana después de su viernes en casa.

La última noche larga todavía estaba muy reciente: varias copas, la discusión con M. y la mañana siguiente funcionando a medio gas. No había sido una tragedia. Solo empezaba a cansarse de repetirla.

Sabina estaba en la cocina, lavando una taza, cuando entró un audio en el grupo de siempre. Lo reprodujo con las manos todavía mojadas.

—Chicos, hoy salimos. Nada de planes de señores mayores. Hace mil que no nos vemos. Venga, que hay que pasarlo bien.

Enseguida empezaron a llegar respuestas. Emoticonos de copas. Un yo voy. Otro mensaje proponiendo un bar a las once. Alguien añadió que podían terminar en el local de siempre y ya se vería.

Sabina dejó la taza en el escurreplatos.

Le apetecía verlos. Esa era la parte incómoda.

Escribió:

Yo me apunto si empezamos antes. Una terraza a las ocho y luego vosotros os destruís sin mí.

El mensaje permaneció unos segundos sin respuesta.

¿A las ocho? ¿Es merienda o qué?

Otro mensaje:

Yo puedo.

Después:

Venga, empezamos pronto. Así tenemos más horas para liarla.

Sabina leyó aquella última respuesta con cierta resignación. Al parecer, incluso adelantar la cita podía convertirse en una estrategia para beber durante más tiempo.

Aun así, quedaron en una terraza cerca de la plaza, a las ocho.

Sabina guardó la libreta en el bolso por costumbre y salió de casa.

C. ya estaba en la terraza cuando Sabina llegó. El resto fue apareciendo poco a poco, entre abrazos, comentarios sobre el frío y quejas por haber quedado a la hora de los jubilados. Uno de ellos llegó veinte minutos tarde y se mostró sorprendido de que ya hubieran pedido.

—Venga, hoy hay que pasarlo bien —anunció al sentarse—. Últimamente estáis todos muy mustios.

Sabina levantó su cerveza.

—Yo ya lo estoy pasando bastante bien.

—Acabamos de empezar.

—Precisamente.

Pidió una segunda cerveza.

C. la miró.

—No hace falta que me controles —dijo Sabina.

—Estaba mirando al camarero.

—Ah.

—Pero ahora sí te estoy juzgando.

—Eso me tranquiliza.

Cuando terminaron la segunda ronda, alguien pidió chupitos. Sabina negó con la cabeza.

—Yo paso.

—Venga, uno —insistió el recién llegado—. Que hay que pasarlo bien.

—Lo estoy pasando bien sin tequila.

—Eso no se puede demostrar.

C. levantó una mano.

—El tribunal acepta su declaración.

Hubo algunas bromas más, pero nadie siguió presionándola. Sabina pidió agua con gas. Le sorprendió lo rápido que el asunto dejó de interesar a los demás.

A las diez y media, la conversación seguía animada. El plan de cambiar de bar empezaba a tomar forma. Alguien mencionó un local con música. Otro aseguró que conocía al camarero y que les invitarían a algo.

Sabina miró la hora.

Le apetecía quedarse.

También notaba los hombros tensos y el cansancio detrás de los ojos. Tenía ganas de marcharse y de continuar al mismo tiempo.

C. acababa de empezar una historia que le hacía gracia y alguien proponía un local que le gustaba. Marcharse por cansancio resultaba más difícil que marcharse enfadada.

—Voy a ir recogiendo —le dijo a C.

—Muy bien.

Pero no se levantó.

Eran casi las once cuando pidieron la cuenta. El problema nunca había sido quedarse quince minutos más, sino la facilidad con la que se convertían en cuatro horas.

Pagaron y se levantaron. El grupo empezó a caminar hacia el siguiente bar.

Sabina avanzó con ellos hasta la esquina.

—Yo me voy por aquí —dijo.

Hubo varias protestas.

—¿En serio?

—Qué poco espíritu.

—Solo son las once.

—Todavía funciona el metro y conservo la dignidad.

Alguien la abrazó. Otro le pidió que avisara al llegar.

Sabina se despidió de C.

—¿Te vienes? —preguntó.

—No. Yo voy a cometer algún error más.

—Disfrútalo.

Sabina echó a andar hacia el metro.