En tu casa o en Sabina 2. Malas compañías #4
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2. Malas compañías #4

Pensó primero en poner una excusa. Luego imaginó a R. insistiendo, aunque en realidad no tenía ninguna prueba de que fuera a hacerlo. El conflicto empezaba, como tantas veces, antes de que la otra persona hubiera participado.

Escribió:

Paso del partido. Pero te veo después en el bar pequeño de mi calle. Una cerveza y sin pantallas.

Lo releyó. No había una excusa, ni una explicación larga, ni una promesa de incorporarse si terminaba pronto.

Pulsó enviar.

R. respondió antes de que pudiera guardar el teléfono.

Hecho. Prometo no reconstruirte los noventa minutos. Como mucho los peores cinco.

Sabina escribió:

Dos. Y sin recreaciones con servilletas.

No garantizo nada.

R. había aceptado la parte del plan que ella sí quería, sin preguntarle por qué rechazaba el resto ni intentar convencerla. Sabina sintió cierto alivio y una decepción diminuta al comprobar lo poco difícil que había sido.

Cuando llegó a casa, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y encendió la lámpara del salón. El rincón junto a la ventana seguía casi vacío. Había pensado muchas veces en comprar plantas, una estantería nueva o una butaca que nunca terminaba de elegir.

Aquella noche arrastró hasta allí la silla que apenas utilizaba en el dormitorio. Después llevó la lámpara de pie y la colocó a su lado.

El resultado no parecía una fotografía de revista. La silla era demasiado baja y el cable de la lámpara cruzaba parte del suelo. Lo encontró perfecto.

VIII

Había un cartel pequeño pegado con celo torcido al cristal de un bajo por el que Sabina pasaba varias veces a la semana camino del metro.

Tarot. Limpiezas energéticas. Amarres, preguntar. Solo con cita.

Cada vez que lo veía pensaba lo mismo: menudo circo.

Aquella tarde pasó de largo, llegó a la esquina y regresó.

Sabina no creía que una baraja pudiera revelar el futuro y no esperaba salir con un amuleto ni una respuesta. Llevaba varios días, eso sí, repitiéndose una frase que había oído muchas veces en casa:

Algo tengo yo para que todo se tuerza.

Desde dentro, una mujer levantó la vista. Tendría cincuenta y muchos, llevaba un moño poco firme, gafas en la punta de la nariz y un jersey gris. Nada en ella parecía diseñado para impresionar.

Abrió la puerta.

—Si vas a quedarte ahí, por lo menos no tapes el cartel.

Sabina dio un paso atrás.

—No tengo cita.

La mujer miró el local vacío.

—Yo tampoco tengo cliente. Entra o no entres, pero se escapa el calor.

—No sé si creo en esto.

—Eso no es un requisito. Pagar, sí.

Sabina entró.

El local olía a incienso suave y café recalentado. Había una mesa redonda, dos sillas, velas en una estantería y una planta de plástico con polvo en las hojas. La mujer le preguntó el nombre y empezó a barajar sin ceremonia.

—¿Qué quieres saber?

Sabina miró las cartas que aparecían entre sus manos. Espadas, copas, animales, una torre alcanzada por un rayo.

—Quiero saber si soy yo.

La mujer dejó de barajar.

—Tú eres tú. Esa parte sale clarísima.

Sabina explicó mejor la pregunta: por qué acababa en situaciones parecidas y por qué, cuando algo salía mal, siempre conseguía convertirlo en una prueba contra sí misma.

La mujer la escuchó sin interrumpir. Después le hizo cortar el mazo y colocó cinco cartas sobre la mesa.

Al repartirlas, una cayó al suelo. La mujer soltó un taco, se agachó con un quejido y la devolvió a la mesa sin ceremonia. Sabina se rio.

Habló de una relación que iba y venía, de cansancio y de algo que Sabina sostenía más de la cuenta. Eran interpretaciones lo bastante amplias para que J., el trabajo y M. cupieran dentro. Sabina se lo señaló.

—Claro —dijo la mujer—. El tarot deja que el cliente haga bastante trabajo.

—No parece una gran estrategia comercial reconocerlo.

—Tú has entrado diciendo que no crees. No voy a malgastar humo.

Sabina se rio.

Terminó contándole lo esencial: J., el trabajo y una familia experta en evitar preguntas importantes.

—Entonces ya sabes que repites cosas —dijo la mujer—. No necesitas que lo diga una carta.

—Eso mejora mucho la experiencia.

La mujer señaló la torre.

—La gente ve esta y piensa que se le va a caer la casa.

—¿Y no?

—A veces. Pero rara vez el mismo día que pierde el trabajo y se divorcia.

Apartó varias cartas y formó dos grupos. Le pidió a Sabina que pensara en J.

En uno colocaron lo que no dependía de ella: que él apareciera, desapareciera o quisiera otra clase de relación. En el otro, lo que sí podía decidir: contestar, preguntar, aceptar un plan o no hacerlo.

Sabina cogió una carta y la dejó entre los dos montones.

—Que me escriba no depende de mí. Que me afecte tampoco del todo.

—Pues esa se queda en medio —dijo la mujer.

Sabina discutió algunas cartas. La mujer cambió una de grupo y dejó otra donde estaba.

—Pensaba que ibas a decirme qué ocurrirá.

—No tengo ni idea.

—Muy tranquilizador.

—Puedo anunciarte un hombre moreno si te hace ilusión. Hay muchísimos y algunos son un problema.

Sabina volvió a mirar los dos grupos. La división era demasiado sencilla y, sin embargo, le costaba no mezclarlo todo.

—A veces siento que doy mala suerte.

La mujer apoyó la mano sobre la baraja.

—Eso es tenerse mucha importancia.

Sabina hizo una mueca.

—Si todo lo malo lo provocaras tú, tendrías muchísimo poder.

—No parece.

—Pues eso. A veces haces cosas mal y otras te pasan cosas. No es lo mismo.

Después repitió tres expresiones que Sabina había utilizado desde que entró: estoy mal hecha, todo lo tuerzo, doy mala suerte .

—Te echas un mal de ojo bastante cutre.

Sabina pensó en la libreta, en las listas y en los círculos que llevaba días dibujando.

—Escribo estas cosas.

—¿Para entenderlas o para dejar constancia de que eres culpable?

—Depende del día.

—Pues procura que la libreta no sea otro sitio donde insultarte con buena caligrafía.

La mujer le propuso una sustitución mínima. Cuando pensara soy un desastre , podía probar con esto me ha salido mal . No porque fuera una versión positiva, sino porque era más exacta.

—Suena a terapia barata.

—El tarot barato tiene que competir con algo.

La sesión terminó sin predicciones, velas ni baños de sal. La mujer le cobró una cantidad razonable y escribió el recibo a mano.

En la puerta añadió:

—No vuelvas mañana para preguntarme si ese hombre te va a escribir.

—No pensaba hacerlo.

—Me alegro.

Sabina salió sin saber si le habían leído las cartas o cobrado por una conversación. La mezcla le parecía fraudulenta y útil a la vez.

En el metro pensó en sacar la libreta. La frase sobre la buena caligrafía seguía demasiado reciente. La dejó dentro del bolso.

Al llegar al portal no encontró las llaves en el bolsillo habitual. Apartó el monedero, los pañuelos, dos bolígrafos sin tapa y la libreta.

—Soy un desas…

Se detuvo.

—Hoy no encuentro las llaves.

Le sonó bastante ridículo.

Estaban en el bolsillo del abrigo.

Entró en casa riéndose sola.

IX

El viernes por la noche, Sabina hizo algo que todavía le parecía sospechoso: no hacer planes.

Había llegado a casa cansada, sin estar enferma ni especialmente triste, y no había rechazado ninguna invitación importante. Por una vez, simplemente no empezó a buscar una forma de salir de ella.

Se preparó una tortilla francesa que se rompió al darle la vuelta, cortó un tomate y puso la mesa para una. La televisión permanecía apagada. Desde la calle subían el ruido de los coches, alguna conversación y el golpe metálico de la persiana del bar de la esquina.

Se sentó. La escena parecía demasiado silenciosa para ser viernes.

A mitad del segundo bocado apareció una voz conocida, idéntica a la suya pero un poco más rápida y bastante más convincente. Sabina la llamaba Satán desde hacía años.

—Qué planazo —dijo—. Viernes, cuarenta y tres años y una tortilla rota. La vida que soñabas.

—Esta noche no hay bares —dijo Sabina.

—Eso ya lo veo.

—Ni mensajes a J.

—Eso está por ver.

—Ni botella de vino.

—Tampoco exageremos.

Sabina miró el teléfono. Estaba boca abajo sobre la encimera, a pocos pasos. Notó en las manos el deseo absurdo de cogerlo aunque no hubiera sonado.

—Mira a ver si alguien ha escrito —propuso Satán—. No tienes que contestar. Solo mirar.

—No.

—Podría haber pasado algo.

—Si ha pasado algo, seguirá habiendo pasado dentro de diez minutos.

Satán guardó silencio durante el tiempo justo para que la frase pareciera haber funcionado.

—También puedes mirar las redes —añadió—. Eso no cuenta como hablar con nadie.

Sabina cortó otro trozo de tortilla.

—Te estoy evitando una noche aburrida —dijo Satán.

—A lo mejor quiero aburrirme.

—No sabes.

Sabina tuvo que admitir que en eso llevaba algo de razón.

Terminó de cenar y llevó el plato a la cocina. Mientras lo enjuagaba, volvió a mirar el teléfono. La pantalla permanecía negra.

La quietud empezaba a producirle una inquietud física, como si hubiera olvidado una cita o estuviera llegando tarde a algún sitio.

Se secó las manos y regresó a la mesa. No sabía si tenía ganas de salir o ganas de que alguien la invitara. La diferencia le pareció importante, aunque no supiera qué hacer con ella.

—Da igual —dijo la voz—. El resultado es el mismo.

—No exactamente.

—Sales de casa, ves gente, te ríes.

—Y mañana estoy cansada.

—Mañana siempre estás cansada.

Llegó un mensaje al grupo:

¿Quién se apunta a liarla un poquito?

—Ves —dijo la voz—. Te estaban esperando.

Sabina abrió la conversación. Ya había varias respuestas, emoticonos y una fotografía de una mesa con dos botellas.

Empezó a escribir:

¿Dónde estáis?

Se detuvo antes de enviarlo.

—Solo estás preguntando —dijo Satán—. Todavía puedes decidir después.

Sabina conocía aquel truco. Preguntar dónde estaban ya era empezar a vestirse.

Borró el mensaje.

Intentó leer una novela, pero pasó tres veces por el mismo párrafo.

—Podrías ir solo una hora —dijo Satán.

—Nunca es una hora.

—Detalles.

El teléfono vibró de nuevo. Era un mensaje directo de una de las personas del grupo.

Venga, Sabina. Solo falta tu caos.

Ser el caos de alguien resultaba más halagador que cenar sola un viernes.

Tecleó:

Hoy no me apetece. Otro día.

Satán intervino enseguida.

—Qué borde.

—No es borde.

—Van a pensar que estás rara.