2. Malas compañías #3
Dejó el tique sobre el escritorio, abrió la libreta y escribió solo dos frases:
Dice que nadie lo ha entendido nunca.
Yo lo escucho como un reto, no como información.
Se quedó mirando el papel.
Durante mucho tiempo había confundido la advertencia con honestidad y después la usaba para disculpar exactamente aquello de lo que la habían avisado.
Además, alrededor de ciertas personas Sabina se sentía más interesante. Sus complicaciones convertían una cena mediocre en argumento y una decepción en historia.
En la entrada de cine había un nombre escrito a mano, pero la tinta se había extendido y solo quedaba una inicial irreconocible. Sabina intentó recordar si aquel hombre había sido un canalla de verdad o simplemente alguien inmaduro con quien ella insistió más de la cuenta.
Probablemente un poco de ambas cosas.
Abrió la novela por la página donde había estado guardado el tique. Varias frases aparecían subrayadas con tinta azul. Una de ellas decía:
Quien me ame tendrá que amarme con todas mis ruinas.
Sabina recordó lo mucho que le había gustado aquella línea. Había dibujado incluso una estrella en el margen.
Ahora le parecía una tarea asignada a otra persona.
No quería convertir a todos aquellos hombres en villanos retrospectivos. Algunos habían sido egoístas, otros estaban perdidos y ella tampoco había sido siempre una compañía sencilla.
J.:
Ayer te eché de menos en la segunda parte del desastre. Eres mi heroína favorita del after.
En otro momento habría respondido con un chiste. Algo rápido, ingenioso y ligeramente provocador, lo bastante ambiguo como para mantener abierto el juego.
Respondió:
Ayer hice bien en irme. Para la segunda parte del desastre no cuentes conmigo. Para un café, sí.
Lo releyó. Era menos brillante. También decía exactamente lo que quería decir.
Lo envió.
J. tardó un par de minutos en responder.
Qué formal te estás poniendo. Pero acepto café.
J. había respondido como si solo hubieran cambiado de bar.
VI
Sabina dibujó tres círculos en una página de la libreta. El último quedó casi encima del segundo, como si los problemas hubieran empezado a ocupar el espacio de los demás.
Dentro escribió:
Me entusiasmo. Doy demasiado. Me agoto. Desaparezco.
No cuento lo que me pasa. Espero que lo adivinen. Me enfado porque nadie lo hace.
Prometo cambiar. Fallo. Me machaco. Abandono.
Los esquemas parecían las instrucciones de una lavadora averiada. Aun así, reconocía en ellos trabajos, relaciones, amistades y varios lunes por la mañana.
Estaba en una cafetería casi vacía. Había quedado con C., que llegaba tarde por una combinación de tráfico, trabajo y desorganización propia. Sabina había pedido café y llevaba veinte minutos intentando decidir si estaba descubriendo algo o decorando con círculos lo que ya sabía.
C. apareció.
—Perdón. Madrid ha decidido interponerse entre nosotras.
Sabina giró la libreta.
—He preparado el informe de daños.
C. leyó los tres círculos mientras se quitaba el abrigo.
—Falta un gráfico de barras.
—Estoy pensando en monetizar mis errores.
—Llegas tarde. Ya lo hace medio internet.
Pidió café y una tostada. Después volvió a mirar la página.
Sabina le contó que había pasado por el antiguo portal de aquel amigo de la facultad y no había llamado. También le habló de la noche con J. y de la discusión con M. C. escuchó mientras intentaba responder dos mensajes de trabajo. En uno empezó una respuesta y acabó guardando el móvil boca abajo.
—Perdona —dijo—. Sigue.
—No hay mucho más. Hago lo de siempre y luego celebro haberlo hecho un poco menos.
C. se quedó pensando.
—No llamaste.
—No.
—Te fuiste sola del bar.
—Después de varias copas.
—Y paraste con M.
—Después de empezar.
La camarera dejó la tostada. C. partió el pan y empujó la mitad hacia Sabina.
—Entonces no has hecho algo distinto desde el principio —dijo—. Lo has hecho un poco antes del final.
Sabina miró los círculos.
—Me cansa reconocer la película y entrar de todos modos.
—A mí me cansa saber que la ropa va en el cesto y seguir encontrando calcetines debajo del sofá.
—No parece comparable.
—Es lo que tengo hoy.
C. parecía más cansada de lo habitual. Había llegado tarde, seguía pendiente del móvil y untó mantequilla en el lado equivocado de la tostada sin darse cuenta. Sabina agradeció que, por una vez, no trajera una respuesta perfecta.
—¿Tú crees que la gente cambia? —preguntó.
No quería que aquellos círculos acabaran pareciéndose a un destino.
C. mordió el pan antes de contestar.
—Creo que algunas cosas dejamos de hacerlas. O las hacemos menos. Lo demás no lo sé.
—¿Y si me doy cuenta y lo hago igual?
—Pues te das cuenta. No convierte la decisión en buena, pero tampoco es exactamente lo mismo que ir dormida.
Sabina bebió café. Ya estaba tibio.
Le explicó que la calma seguía pareciéndole sospechosa. Que cuando nadie necesitaba nada de ella empezaba a buscar un problema, una urgencia o una persona difícil. C. la escuchó sin interrumpir, salvo para preguntar si podía comerse la última esquina de la tostada.
—Cómetela.
—Gracias. Hoy no tengo energía para ser generosa.
Sabina señaló los círculos con el bolígrafo.
—A veces pienso que, si entiendo suficientemente bien por qué hago las cosas, dejaré de hacerlas.
—Tu amigo de los viajes también entendía muchísimo de viajar.
La comparación cayó con menos brillantez que cansancio, y por eso le dolió más.
Las excusas de él llevaban mochilas y viajes; las suyas, mejores verbos y diagramas.
—Qué necesidad —dijo.
—Ninguna. Se me ha ocurrido.
Sabina tachó el título de la página, Patrones que repito , y escribió debajo:
Cosas que suelo hacer.
C. asintió.
—Eso parece menos definitivo.
—¿Y ahora qué?
—Yo qué sé.
—Has tardado mucho en admitirlo.
—Te he dicho que hoy no traigo servicio completo.
Después hablaron del trabajo de C., de una compañera que enviaba correos a horas imposibles y de una serie absurda que ambas fingían despreciar. C. se quejó durante varios minutos sin pedir consejos. Sabina no se los dio.
VII
Después de despedirse de C., Sabina decidió volver andando. No tenía prisa y la cafetería quedaba lo bastante lejos de casa como para que el paseo pareciera una decisión y no solo el trayecto de siempre.
Llegó a la plaza de Olavide cuando empezaban a encenderse las farolas. Las terrazas ocupaban buena parte de la plaza, los camareros sorteaban mesas con bandejas en alto y un violinista afinaba junto a uno de los bancos. Tocaba tres notas, se detenía, ajustaba una clavija y volvía a empezar.
Sabina se quedó un momento de pie. Una mujer avanzaba deprisa con unos tacones poco adecuados para los adoquines. Un repartidor arrastraba un carro cargado de cajas. Cerca de una papelera, una pareja discutía sin mirarse.
La escena no tenía nada especial. Quizá por eso decidió quedarse.
Cruzó la plaza y encontró un banco libre frente al violinista. Se sentó, dejó el bolso a su lado y escuchó cómo las notas sueltas se mezclaban con los frenos de los autobuses, las conversaciones de las terrazas y una sirena que se acercó y volvió a alejarse.
Nunca había sabido si amaba Madrid o si simplemente se había acostumbrado a ella mejor que a otros lugares.
Conocía sus atajos, los bares que cerraban tarde, las panaderías donde comprar algo al volver de madrugada y las calles por las que convenía caminar deprisa.
Había pasado noches enteras entrando y saliendo de locales sin preguntarse si se estaba divirtiendo.
También había recorrido la ciudad sola, después de una ruptura o de una jornada interminable, agradeciendo que hubiera siempre una calle más antes de llegar a casa.
Madrid no le había pedido que viviera así. Pero se lo había puesto fácil.
Ruido cuando no quería pensar. Planes cuando no quería decidir qué hacer con el tiempo. Distancias lo bastante largas como para retrasar la vuelta.
En una mesa cercana, un hombre hablaba mientras los otros tres miraban de vez en cuando sus teléfonos. A la derecha, alguien sostenía un libro abierto junto a un café. Dos chicas se hacían fotografías frente a una fachada iluminada.
Sabina empezó a distribuirles papeles. El que hablaba demasiado. Los que no escuchaban. El solitario que fingía leer. Las chicas que necesitaban demostrar que habían estado allí.
Entonces cayó en que no sabía nada de ninguno. El hombre del libro podía estar esperando a alguien; las chicas, pasándoselo bien. Y los tres de la mesa quizá habían escuchado aquella historia diez veces y tenían derecho a distraerse.
Había convertido la plaza en otro de sus diagramas sin necesidad siquiera de dibujarlo.
El violinista dejó de afinar y empezó por fin una melodía.
Sabina no la reconoció. Al principio tocó con cierta inseguridad, pero después encontró el ritmo.
Un niño que pasaba de la mano de su padre se detuvo.
Una mujer sentada en una terraza giró la silla unos centímetros.
No se produjo ningún silencio solemne. La plaza continuó funcionando, solo que durante unos minutos la música encontró un hueco dentro del ruido.
Sabina escuchó la pieza completa. Hacía tiempo que no permanecía en un sitio solo porque algo aún no había terminado.
Cuando el violinista bajó el arco, varias personas aplaudieron. El niño dejó una moneda en el estuche abierto. Sabina buscó en el bolso y añadió otra.
Volvió al banco. El móvil vibró en el bolso. Era R.
¿Mañana partido y cañas después? ¿Te apuntas o estás en modo eremita?
R. hacía aquella pregunta cada pocas semanas. A veces ella acudía aunque no le interesara el partido, soportaba dos horas de gritos frente a una pantalla y después prolongaba la noche porque ya estaba allí.
Miró el mensaje. Quería ver a R., pero el partido le daba igual y el bar lleno, las pantallas gigantes y las conversaciones interrumpidas por cada ocasión de gol le apetecían todavía menos.
Hasta entonces había tratado esas dos cosas como si fueran inseparables.