En tu casa o en Sabina 2. Malas compañías #2
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2. Malas compañías #2

Me ves por Instagram porque allí no haces interrogatorios. Solo das likes.

Lo envió.

El arrepentimiento llegó antes de que desapareciera de la pantalla el aviso de entrega. Había dicho exactamente lo que quería decir y había elegido el peor modo posible.

M. respondió:

Mira, Sabina, haz lo que quieras, como siempre. Pero luego no digas que la familia no está. Estoy cansada de ir detrás de ti.

Sabina dejó el móvil boca abajo.

El frigorífico zumbaba. En el piso de arriba arrastraron algo durante unos segundos y después se hizo de nuevo el silencio. Bebió agua, pero el sabor ácido le revolvió un poco el estómago.

En la libreta, escribió en la parte superior:

Discusión habitual con M.

Debajo anotó:

Ella hace una broma con reproche.

Yo escucho: no haces bastante.

Contesto para hacer daño.

M. contesta para no quedarse atrás.

Añadió:

Acabamos discutiendo por los últimos veinte años en lugar de por la comida de mañana.

Leyó la secuencia. La conocía de memoria, y eso era casi peor.

El móvil vibró otra vez. Sabina no lo miró.

Sabina había aprendido a retirarse durante semanas y a atacar en segundos. No solo le ocurría con M.: primero callaba. Después cobraba intereses.

Desbloqueó el teléfono.

El último mensaje de M. decía:

Olvida lo de mañana si vas a venir así. Ya vendrás cuando te apetezca.

Le molestaba la frase. También sabía que, durante los últimos meses, había rechazado dos comidas, incluida la del día después de su cumpleaños, que canceló con una excusa, y respondido con monosílabos a varias llamadas. M. no se lo estaba inventando todo.

Se sentó con la libreta y el teléfono juntos sobre la mesa.

En una página nueva escribió:

Esperar cinco minutos antes de responder.

Debajo añadió:

¿Qué quiero conseguir con el siguiente mensaje?

La pregunta parecía sencilla. La respuesta no lo era. Quería que M. entendiera que la agobiaba. Quería que dejara de vigilarla. Quería ir a comer. Quería que su hermana no estuviera enfadada. Y, sobre todo, quería no parecer la única culpable.

Escribió primero un mensaje larguísimo, lleno de asuntos que no iban a resolverse pasada la medianoche y con alcohol en el cuerpo. No lo envió.

Abrió la conversación y escribió:

Me he puesto a la defensiva y te he contestado mal. Lo de Instagram ha sobrado. Quiero ir mañana. Pero agradecería que no empezáramos ya con los reproches.

El mensaje reconocía su parte sin darle la razón a M. en todo. Se parecía más a ella.

Volvió a leer el estoy cansada de ir detrás de ti. Se le ocurrieron tres frases que empezaban por y tú. Envió el mensaje tal cual y dejó el teléfono sobre la mesa.

Vale. Ven. Yo también podía habértelo preguntado sin la pulla. Pero trae vino.

Sabina cogió el teléfono de la mesa.

Trato hecho. Aunque viendo cómo he llegado hoy, igual llevo agua con gas.

IV

Sabina salió de comer con M. sin haber reabierto la discusión de la noche anterior y bajó del metro dos paradas antes de la suya. Se dijo que compraría pan por el camino, aunque no conocía ninguna panadería por allí.

Caminó por una avenida ancha y después giró hacia unas calles más estrechas. Al principio no supo por qué había elegido aquella dirección. Luego reconoció una papelería, aunque ahora vendía fundas de móvil, y el bar donde años atrás servían cafés baratos a los estudiantes.

Estaba cerca de la facultad.

Siguió por la calle que tantas veces había recorrido con veintitantos años, cuando todavía creía que todas las vidas permanecían abiertas hasta que una elegía la correcta.

Reconoció el portal antes de leer el número. Allí había vivido un amigo de los años de facultad.

Era de los que conseguían que una mesa pegajosa de bar pareciera el punto de partida de una expedición. Era el que dibujaba rutas en las servilletas y hablaba de los libros que escribiría como si los tuviera ya impresos en algún lugar.

El portal conservaba el mármol envejecido, los buzones abollados y un telefonillo que parecía el mismo.

Era el último piso en el que Sabina lo había visitado. Se detuvo frente a la puerta. No sabía si él seguía viviendo allí. Quizá se había mudado, había formado una familia o, quién sabía, había terminado viajando a alguno de aquellos lugares que nombraba continuamente.

Durante mucho tiempo había supuesto que no. Ahora no tenía forma de saberlo.

Lo conoció en una tertulia literaria organizada en un bar cercano a la facultad.

Había sillas cojas, un micrófono que se acoplaba y vasos mal lavados sobre las mesas.

Él leyó un texto en el que se describía como un viajero encallado en Liliput, demasiado grande para aquella ciudad y demasiado libre para un trabajo cualquiera.

El texto era bueno. Incluso ahora Sabina podía admitirlo. Tenía una voz grave, sentido del ritmo y una manera de leer que hacía que las frases parecieran más importantes de lo que probablemente eran.

Después de la tertulia hablaron hasta que el camarero empezó a colocar las sillas sobre las mesas. Le contó que quería conocer Katmandú, cruzar Portugal en una furgoneta y pasar una temporada en algún desierto cuyo nombre Sabina ya no recordaba.

Ella salió del bar convencida de haber conocido a alguien que no se conformaría con una vida normal.

Ese era su verdadero talento: conseguía que el futuro pareciera estar a punto de comenzar.

Durante los años siguientes pasaron muchas tardes en la cafetería de la facultad.

Sobre la mesa se acumulaban tazas de café frío, cuadernos abiertos y mapas dibujados con bolígrafo.

Él hablaba de países que iba a visitar, de libros que estaba a punto de empezar y de amores que llegarían cuando su vida estuviera en condiciones de recibirlos.

Con el tiempo, las conversaciones empezaron a repetirse: billetes que había estado a punto de comprar y libros detenidos porque todavía no había encontrado la primera frase exacta.

Entretanto, Sabina empezó a moverse. Aceptó trabajos temporales, viajó en vuelos baratos y volvió con fotografías mal encuadradas de hostales y playas fuera de temporada.

—Ya iré —respondía él al verlas—. Pero cuando pueda hacerlo bien. No quiero viajar como un turista.

Ella se reía y seguía escuchándolo. En parte porque lo quería. En parte porque sus historias le permitían sentir que estaba cerca de una vida más grande sin tener que decidir qué quería hacer con la suya.

Recordó su salón: libros por el suelo, mapas sujetos con chinchetas y una mochila siempre medio preparada.

—La tengo ahí para recordar que puedo irme cuando quiera —decía él.

La mochila solo salió del piso durante dos mudanzas dentro de Madrid.

No hubo una ruptura concreta entre ellos.

Sabina empezó a trabajar más lejos, él dejó de acudir a algunas tertulias y los cafés pasaron de semanales a ocasionales, luego a felicitaciones de cumpleaños, hasta desaparecer.

Durante un tiempo ambos parecieron confiar en que la amistad podía conservarse sin atenderla.

Eso no significaba que todo en él hubiera sido pose.

Había sido generoso con su tiempo, lector atento de textos ajenos y capaz de acompañarla durante horas sin convertir la conversación en un consejo.

Quizá por eso tardó tanto en ver que también podía ser entrañable y, a la vez, extraordinariamente bueno aplazando su propia vida.

Aun así, cada vez que lo veía, sentía que cualquier noche él podía desaparecer rumbo a otro continente. Esa posibilidad formaba parte de su atractivo.

Una mujer se acercó al portal empujando un carrito de la compra. Sabina se apartó para dejarla pasar. La puerta se abrió y durante unos segundos pudo ver el vestíbulo, el primer tramo de escaleras y el espejo rectangular que colgaba al fondo.

La mujer la miró.

—¿Entras?

—No, gracias.

La puerta volvió a cerrarse.

Sabina observó las etiquetas de los buzones desde fuera, pero no intentó localizar ningún nombre. Había algo indiscreto en comprobar qué había sido de aquel amigo solo para confirmar una teoría sobre él.

Ella había criticado sus viajes inexistentes, pero llevaba años diciendo que quería escribir, cambiar de trabajo y vivir con más calma mientras posponía casi todo.

Levantó la vista hacia las ventanas. No recordaba con seguridad cuál había sido la suya. Algunas persianas estaban bajadas. En otra, alguien regaba unas plantas.

Pensó en tocar el timbre. La posibilidad duró apenas un instante.

V

Sabina estaba sentada en el sofá, haciendo zapping sin prestar verdadera atención. Pasó de un concurso a un informativo, de una serie policíaca a un documental sobre ballenas, hasta que se detuvo en una película antigua.

Un hombre con gabardina fumaba bajo la lluvia.

Tenía la mandíbula tensa, la mirada herida y esa clase de silencio que en el cine siempre significaba que alguien debía quererlo mucho y hacerle pocas preguntas.

Frente a él, una mujer lo observaba como si acabara de comprender que detrás de su crueldad se escondía un sufrimiento extraordinario.

—Otro héroe de saldo —murmuró Sabina.

El hombre dijo una frase sobre no saber amar sin destruirlo todo. La mujer se acercó y lo besó.

Sabina apagó la televisión.

Durante mucho tiempo, aquel tipo de hombre le había parecido profundo. Alguien que hería porque sentía demasiado, desaparecía porque tenía miedo y trataba mal a los demás porque la vida lo había tratado mal primero.

Ella solía encargarse del resto de la explicación.

Se levantó y fue hasta la estantería. Sacó una novela al azar y, al abrirla, cayó una entrada de cine. La tinta estaba casi borrada, pero todavía se distinguían la fecha y la hora de una sesión nocturna.

No recordaba bien la película. Sí recordaba al hombre que la acompañó.

Había pasado buena parte de la cena posterior explicándole que sus relaciones fracasaban porque él era demasiado intenso y las mujeres terminaban asustándose. Sabina lo había escuchado con atención. Incluso se había sentido elegida al pensar que quizá ella sí sabría comprenderlo.

No volvió a verlo muchas veces. Las suficientes para descubrir que su intensidad consistía, sobre todo, en hablar de sí mismo y cancelar planes en el último momento.