En tu casa o en Sabina 2. Malas compañías
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2. Malas compañías

I

Sabina llevaba un par de días casi sin salir de casa. Había vaciado parte del armario, empezado tres libros sin retener una sola página y aplazado dos llamadas.

A media tarde se puso el abrigo, guardó la libreta azul en el bolso y salió. No tenía un plan. Solo necesitaba dejar de pasar de una habitación a otra buscando una versión más soportable de sí misma.

La calle estaba húmeda y hacía un frío moderado, de ese que se cuela por las mangas sin llegar a doler.

Caminó hacia el centro sin prisa. Al llegar a Gran Vía, en vez de seguir hacia Sol, se metió por una calle lateral.

Pasó frente a bares donde había celebrado cumpleaños que ya no sabía situar, portales de los que había salido de madrugada y tiendas nuevas instaladas en locales que todavía conservaban, para ella, otros nombres.

En una persiana cubierta de pintura alguien había escrito:

Aquí viví sin vivir.

Sabina se detuvo.

La frase le pareció excesiva y, al mismo tiempo, demasiado precisa. Pensó en los pisos compartidos donde había mantenido cajas sin abrir por si tenía que marcharse. En relaciones a las que nunca acababa de llegar del todo. En trabajos que llamaba provisionales hasta que cumplían varios años.

Había pasado buena parte de su vida esperando que empezara la vida verdadera.

Siguió andando. Al doblar una esquina vio la placa de la calle.

Calle del Desengaño.

—Claro —murmuró.

Madrid tenía la costumbre de convertir cualquier estado de ánimo en una dirección.

Se sentó en un banco todavía mojado por la lluvia y sacó una cajetilla de tabaco que llevaba varios días en el bolso. Había dejado de fumar más de una vez; también había vuelto más de una vez. Encendió un cigarrillo. La primera calada le supo mal, pero siguió fumando.

Mientras miraba pasar a la gente, empezó a pensar en sus malas compañías.

Primero aparecieron las personas: las que llamaban a deshora, convertían cada encuentro en una emergencia o acudían cuando todo ardía y desaparecían en cuanto solo quedaba recoger.

Lo incómodo empezaba después. Sabina sacó la libreta y escribió en la parte superior de la página:

Inventario B. Malas compañías que también soy yo.

Debajo anotó:

La que dice que sí antes de preguntarse si quiere.

La que se ríe de su cansancio para no tener que poner un límite.

La que agradece mensajes a deshora como si fueran cuidado.

La que elige lugares ruidosos cuando no quiere escucharse.

La que se queda en conversaciones de las que ya se ha ido por dentro.

Se detuvo. El bolígrafo había marcado demasiado la última palabra.

Algunas personas la habían tratado mal y otras habían aprovechado su disponibilidad. Eso no cambiaba que ella también hubiera abierto puertas que sabía adónde llevaban.

Al otro lado de la calle, un perro pequeño se había plantado en mitad de la acera. La persona que lo paseaba dejó de caminar y esperó. No tiró de la correa ni intentó convencerlo. Al cabo de unos segundos, el perro reanudó el paso.

Sabina los siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la esquina.

Recordó una frase de C.:

—A ti no te da miedo estar sola. Te da miedo admitir que muchas veces estás mejor.

C. la conocía desde los años del piso compartido, cuando las dos alternaban noches memorables con mañanas que preferían no reconstruir. Sabina también la había visto equivocarse unas cuantas veces.

Se había enfadado cuando se lo dijo. Había respondido con un chiste y cambiado de tema. Ahora, en aquel banco, la frase no le pareció una acusación.

Apagó el cigarrillo, aunque todavía quedaba bastante. Notó el impulso de mirar el móvil. Lo dejó dentro del bolso.

Durante un minuto no hizo nada.

El frío del banco se le había metido en las piernas. Un autobús frenó cerca, alguien bajó hablando por teléfono y una pareja cruzó la calle sin dejar de discutir.

Sabina volvió a abrir la libreta y escribió:

No voy a cambiar de barrio. Voy a cambiar de círculo.

Sonaba a eslogan. La rodeó con un rectángulo y añadió al lado:

O al menos dejar de acudir siempre que me llaman.

Eso le pareció más honesto.

Guardó la libreta y empezó a caminar hacia casa. Volvió a pasar por la persiana.

Aquí viví sin vivir.

Siguió andando.

Su piso seguía siendo caro, desordenado y un poco provisional, pero desde que había empezado a mover los muebles se parecía algo más a un lugar elegido. Al pensar en él, le dieron ganas de llegar.

II

J. le escribió mientras ella colgaba el abrigo detrás de la puerta:

Bajamos al de siempre. Vente. Hoy promete. 😈

Sabina sonrió sin querer. El diablillo, la invitación sin saludo y aquel hoy promete eran casi una marca registrada: noche larga, copas de más y alguna frase que al día siguiente ninguno querría recordar del todo.

Durante unos segundos pensó en responder:

Hoy no. Estoy cansada. No quiero otra noche igual.

Pero sus dedos escribieron:

Dame veinte minutos.

Lo envió antes de darse tiempo para cambiar de opinión.

Se recogió el pelo con una goma y se puso un poco de pintalabios para no verse tan cansada. Metió el móvil y las llaves en el bolso y salió antes de que apareciera una razón mejor para quedarse.

El bar quedaba a diez minutos andando. Podía llegar casi sin mirar los semáforos.

El local estaba ya medio lleno. Luz amarilla, música a todo volumen, gente inclinándose sobre las mesas para escucharse. J. la vio desde la barra y levantó el vaso.

—Sabía que vendrías —dijo cuando se acercó—. Nunca me fallas cuando el día ha sido una mierda.

—Qué honor —respondió Sabina—. Tu servicio de urgencias.

J. sonrió. Tenía esa forma de aceptar los reproches como si fueran otra clase de coqueteo.

En la mesa del fondo estaban tres personas que Sabina conocía de vista, pero no de vida.

Hubo abrazos, besos en la mejilla y comentarios rápidos sobre el frío, el tráfico y lo mal que iba todo.

Uno de los desconocidos propuso que aquella noche hicieran algo memorable, aunque de momento lo único excesivo fuera el volumen de la música.

Sabina se había prometido una copa. Aceptó la segunda por su cumpleaños atrasado y la tercera llegó sin necesitar una excusa tan elaborada.

La música, las risas y la sensación de estar dentro de algo fueron aflojándole las precauciones. Las promesas de terminar pronto duraban exactamente lo mismo que el hielo de los vasos.

En algún momento, J. se inclinó hacia ella y acercó la boca a su oído.

—Estás guapa hoy.

—Hoy y siempre. Lo que pasa es que no siempre te fijas.

Él se rio, como si fuera una ocurrencia más. Sabina también sonrió, pero la frase llevaba algo verdadero dentro.

Llevaban años en aquel limbo afectivo: a veces cama, a veces confidencias, a veces semanas sin saber nada. J. aparecía cuando necesitaba compañía y ella solía confundir que la necesitara con que la eligiera.

Se levantó para ir al baño.

La luz blanca del espejo no perdonaba nada. El carmín empezaba a desaparecer en las comisuras y el rímel le oscurecía aún más las ojeras.

No parecía derrotada. Parecía conocida. Esa era casi la peor parte.

Apoyó las manos en el lavabo. Estaba rodeada de gente y nadie sabía cómo se encontraba. Tampoco podía culparlos demasiado. Había pasado la noche haciendo chistes y sosteniendo conversaciones para no tener que decirlo.

J. la recibió en la mesa levantando otro vaso.

—A esta invito yo —dijo—. Por tu salud mental, que bastante aguanta.

—Mi salud mental ya tiene demasiados brindis.

—Entonces uno más no se va a notar.

Sabina sostuvo el vaso un instante. Dio un sorbo y lo dejó sobre la mesa, aunque unos minutos después volvió a cogerlo.

Cuando encendieron las luces de la barra para anunciar el cierre, Sabina sintió caer de golpe el cansancio. Recogieron abrigos, discutieron quién había pagado qué y salieron en pequeños grupos.

En el pasillo, J. se acercó más de la cuenta.

—¿Te vienes o te vas?

La pregunta tenía la ambigüedad habitual. Él no necesitaba aclarar adónde. Así podía fingir que no había propuesto nada si ella decía que no y atribuirse la iniciativa si decía que sí.

Sabina le sostuvo la mirada.

En otras ocasiones habría ido con él. A veces por deseo. Otras, muchas más, por no regresar sola a casa y sentir cómo se apagaba de golpe el ruido de la noche.

Aquella vez también sintió deseo. Eso era lo incómodo: decir que no habría sido mucho más fácil si él hubiera dejado de gustarle de repente. Durante un segundo imaginó el taxi, su portal, el café de la mañana siguiente. La escena conocida tiró de ella con una eficacia casi física.

—Me voy —dijo.

J. esperó.

—A casa —añadió ella.

Él levantó las cejas, medio sorprendido.

—Vaya intensidad te está entrando últimamente.

Sabina no recogió el chiste.

Le molestó que un límite pudiera convertirse tan deprisa en una rareza suya.

III

Sabina cerró la puerta, dejó el bolso en la silla y se quitó el abrigo. Permaneció un momento en el recibidor, sin encender la luz.

Había vuelto sola porque había querido. Se repitió la frase para comprobar cómo sonaba dentro de casa. Mejor de lo esperado, aunque no del todo bien.

Fue a la cocina y se preparó un vaso de agua con limón, como si el limón pudiera negociar con todo lo que había bebido. El móvil parpadeó sobre la mesa.

Era M.

¿Mañana vienes a comer o tienes otro de tus planes misteriosos?

M. podía ser agotadora y también era la persona que aparecía con un táper cuando Sabina tenía fiebre y le mandaba fotos absurdas de los niños sin esperar respuesta.

La invitación estaba allí, pero venía envuelta en ese tono que M. utilizaba cuando quería preguntar algo y reprocharlo al mismo tiempo.

Respondió sin sentarse:

Voy. No hace falta el comentario.

La contestación llegó casi de inmediato.

Si te molesta será porque algo de razón tengo. Te veo más por Instagram que en persona.

Sabina notó cómo se le tensaba la mandíbula.

Podía dejar el teléfono sobre la mesa. Podía responder por la mañana, cuando se le hubiera pasado el alcohol y la susceptibilidad. Días atrás había escrito que debía esperar antes de contestar cuando estuviera herida. La frase no le sirvió de mucho.

La de M. había encontrado el lugar exacto.