En tu casa o en Sabina 1. Inventario #4
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1. Inventario #4

—A partir de mañana me hablaré como le hablaría a alguien a quien quiero.

No duró ni tres días.

Volvió al escritorio con la taza en la mano. Escribió debajo del encabezado:

Esperar antes de responder cuando esté herida.

Solo eso. Una regla que seguramente olvidaría en la primera discusión seria.

Pensó entonces en R. A veces acertaba con una frase y otras se limitaba a quedarse cerca.

—No sé qué decirte —le había dicho una vez—. Pero puedo quedarme un rato.

No había solucionado nada. Precisamente por eso lo recordaba: R. no había intentado convertir el malestar en una frase perfecta.

El móvil vibró sobre la mesa. Un mensaje de C.:

¿Sigues viva o te ha tragado la ciudad? Llámame cuando te apetezca no fingir.

C. sabía preocuparse sin obligarla a dar explicaciones. Respondió:

Sigo viva. Hoy estoy ordenando un poco la cabeza. Te llamo mañana. Gracias por estar.

X

A las ocho y cuarto, un golpe seco interrumpió el silencio. Después llegó el arrastre de un mueble y el estrépito de algo al caer. Sabina estaba en el sofá, leyendo la misma frase por tercera vez, cuando el techo vibró.

—Otra vez —murmuró, cerrando el libro sin marcar la página.

No sabía el nombre del vecino de arriba.

Para ella era simplemente eso, el vecino de arriba, una presencia anónima que se manifestaba en forma de golpes, pasos pesados y música a destiempo.

No era un escándalo continuo, pero cada cierto tiempo se hacía notar con suficiente insistencia como para sacarla de lo que estuviera haciendo.

Solo habían coincidido un par de veces en el ascensor.

Una mañana él había protestado porque una manifestación cortaba media calle y había rematado con un «antes la gente trabajaba y no montaba tanto numerito».

Sabina, que llevaba todavía pegada al abrigo una pegatina morada de la marcha del día anterior, decidió no preguntarle qué entendía por antes.

Aquella tarde, los ruidos fueron especialmente variados: primero el arrastre de algo que parecía una cómoda, luego una sucesión de impactos regulares y, de repente, silencio. Sabina esperó unos segundos, convencida de que no había terminado.

Se levantó del sofá y caminó hasta el centro del salón. Miró hacia el techo.

—¿Qué haces ahí arriba? —preguntó en voz baja, sabiendo que él no podía oírla.

Lo que en otra época le habría parecido una simple molestia le recordó todo lo que ella llevaba meses aplazando en su propia casa: una estantería coja, un armario desordenado, un colchón que ya se quejaba con cualquier movimiento.

Cuando tenga tiempo, se repetía. El problema era que nunca parecía llegar ese momento.

El vecino arrastró otro mueble. Sabina apretó los dientes.

Pensó en la impaciencia de esa mañana en el supermercado, en la postal de Londres, en el colgante, en el mechero y en las palabras que había escrito en la libreta. Había pasado el día entero removiendo recuerdos y empezaba a estar cansada de sí misma.

De camino al dormitorio tuvo que esquivar el caballo de cartón que llevaba meses apoyado contra la pared del pasillo.

Encendió la luz amarilla de la mesilla. La habitación tenía algo de provisional: ropa sobre la silla, una maleta medio abierta en un rincón, una lámpara torcida.

Puso las manos en la cintura y miró alrededor.

—Vale —dijo en voz alta—. Si él sigue reordenando, yo también.

Abrió el armario.

Sacó del fondo una chaqueta que no se había puesto en años, un vestido que ya no sentía suyo y unos zapatos de tacón que le recordaban una época en la que se obligaba a ser otra. Hizo una pila de quizá, otra de fuera y una tercera, más pequeña, con lo que aún tenía sentido.

Mientras doblaba camisetas, algunas prendas le trajeron escenas sueltas: una risa en un baño de bar, una llamada a deshoras, una conversación en un tren, una pelea por algo que ya ni siquiera importaba.

Había ropa de la Sabina que quería encajar, de la que fingía más seguridad de la que tenía y de la que se prometía cambiar cada enero.

Se detuvo con una falda en la mano. La había comprado para una cita que acabó en desastre, pero la prenda era bonita. Dudó. La acercó al cuerpo. No le quedaba como antes, pero tampoco mal.

—Tú no tienes la culpa —le dijo a la falda, y se rio por estar hablando con ella.

La puso en la pila de me la quedo.

Encima, el vecino pareció arrastrar el último mueble. Hubo un silencio breve y luego empezó el taladro. Sabina no sintió el impulso de quejarse. El ruido le servía, al menos, para seguir despierta y no abandonar a mitad de tarea.

Cuando el dormitorio estuvo medianamente presentable, volvió al salón y empezó a apilar libros que sabía que no iba a releer. Al hacerlo, encontró otra de sus agendas, utilizada solo durante las primeras semanas de un año que ya no recordaba.

La abrió. Estaba llena de propósitos desmedidos.

Este año: aprender alemán, correr una media maratón, escribir una novela, viajar sola a Asia.

Metió la agenda en la caja de fuera y apartó los libros suficientes para poder cerrarla. Desde arriba llegó otro golpe que parecía aprobar su decisión.