En tu casa o en Sabina 1. Inventario #3
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1. Inventario #3

Una tarde, él se acercó. Llevaba un ramo de lavanda en la mano y parecía no saber dónde mirar.

—Es para ti —dijo, sin más.

Sabina, que entonces no sabía manejar la ternura, se quedó sin palabras.

—Gracias —consiguió decir.

Hablaron poco. Él no era hombre de discursos y ella todavía no había aprendido a esconder la incomodidad hablando de más.

Entre ellos, las cosas sucedían de otra manera.

Caminaban juntos hasta el río, veían alargarse las sombras al caer la tarde y compartían silencios que no resultaban incómodos.

Él le contaba historias de las ovejas, de las que siempre se escapaban y de las que parecían saber volver solas.

Ella le leyó fragmentos de las novelas que había llevado en la maleta.

Él no siempre entendía lo que escuchaba, pero prestaba atención y hacía preguntas.

Una tarde le entregó el colgante.

—Lo hice yo —dijo, rascándose la nuca—. No es gran cosa, pero pensé… no sé.

Sabina lo sostuvo entre los dedos. La madera aún estaba algo áspera en los bordes.

Nadie le había regalado antes algo hecho a mano, algo en lo que hubiera empleado tiempo solo para ella.

No supo bien cómo reaccionar. Le dio las gracias y se lo puso al cuello, aunque durante el resto de la tarde estuvo más callada de lo habitual.

Algunas noches imaginaba que se quedaba en el pueblo y él entraba en la cocina con el olor del campo pegado a la ropa. Nunca llegaba a pensar qué haría ella allí durante el día.

Entonces llegó el final del verano.

Los abuelos preparaban las conservas y doblaban mantas mientras los días empezaban a acortarse. Una mañana, Sabina bajó al muro y esperó. El rebaño no pasó. Al día siguiente, tampoco. Su abuela se lo explicó después:

—Se ha ido a trabajar a Zaragoza. Aquí ya no había faena.

Sabina asintió sin haberlo entendido del todo.

Guardó el colgante en el bolsillo ese mismo día, convencida de que, si no hablaba del tema, dejaría antes de dolerle. A los quince años, esconder una cosa podía parecerse bastante a superarla.

Cuando estaba agotada de relaciones ruidosas, pensaba en el pastor. Apenas se habían conocido fuera de aquel verano; no sabía cómo habría sido discutir con él o aburrirse juntos en febrero. La madera solo olía a madera vieja y a polvo.

Se colgó el colgante de madera al cuello. El cordón le apretaba.

VII

El piso donde Sabina vivía, saturado de anécdotas y recuerdos después de años incontables, seguía sin parecerle del todo suyo.

Su vida estaba llena de contradicciones.

Decía querer una cosa y, a menudo, acababa haciendo la contraria.

Se prometía cambios que duraban hasta que la realidad se complicaba un poco.

De adolescente decía que nunca viviría en una gran ciudad.

A los veinte, que jamás se ataría a un trabajo estable.

A los treinta, que el amor a medias no era para ella.

Y ahora, a los cuarenta y tres, vivía en una ciudad que la agotaba, trabajaba para clientes que apenas la conocían y aceptaba relaciones que nunca terminaban de encontrar su sitio.

—Soy todas y ninguna —murmuró, sin bromear.

Fue hasta el pasillo y sacó de una caja una de las libretas azules de años anteriores. La abrió por una página marcada y reconoció su letra antes de leerla.

Quiero una vida coherente, pero a veces temo convertirme en alguien a quien no reconozca.

Había escrito aquello dos años atrás, después de una discusión con M.

en la que ambas se acusaron de cambiar demasiado y, al mismo tiempo, de seguir siendo exactamente iguales.

El problema aparecía en casi todo: en los vínculos, en los deseos, en las decisiones que tomaba y en las que, por miedo o por pereza, dejaba pasar.

Recordó una conversación con C. en un bar lleno de ruido y risas de fondo.

—Tú quieres cosas opuestas —le había dicho C.—. En cuanto estás tranquila te aburres, y cuando te metes en algún lío me llamas para decirme que no puedes más.

—¿Y qué hago con eso?

—Yo qué sé. Intentar no montar un juicio cada vez que cambias de idea, supongo.

VIII

Sabina colocó la cajita de cartón sobre la mesa.

Al quitar la goma, notó un leve temblor en los dedos, más por el recuerdo de lo que contenía que por sorpresa.

Dentro había una chapa militar, un mechero plateado, un billete de tren doblado y una carta escrita a mano.

Todos pertenecían a la misma historia, una que había tratado como algo menor durante demasiado tiempo, aunque no lo fuera del todo.

La chapa militar reflejó la luz de la ventana. Era pesada y fría. Sabina la sostuvo entre los dedos y recordó al hombre al que había pertenecido.

Lo conoció en un viaje en tren a Barcelona, uno de esos desplazamientos laborales que se olvidan en cuanto terminan, salvo que ocurra algo inesperado.

Iba sentado a su lado, con el uniforme algo arrugado y un gesto serio que no invitaba a la conversación.

Cuando el tren se detuvo durante un largo rato por una avería, rompió el silencio:

—No sé si me gusta más llegar o marcharme. En los dos casos siento que dejo algo atrás.

Sabina levantó la mirada. Él tenía unas manos enormes, con pequeñas marcas en los nudillos, que descansaban sobre las rodillas. Le llamó la atención lo quietas que estaban.

Hablaron durante horas. Ella, de las ciudades en las que había vivido a medias.

Él, de su profesión, de cómo la disciplina a veces le ordenaba la vida y otras se la estrechaba.

No hubo coqueteo explícito, pero las miradas duraban un poco más de lo necesario y ninguno parecía tener prisa por terminar la conversación.

Se despidieron con un apretón de manos firme, cálido y algo más largo de lo habitual.

Sabina dio por hecho que no volvería a verlo.

Durante el viaje descubrieron que tenían un conocido común. Días después, él consiguió su contacto a través de esa persona y la invitó a tomar algo para terminar la conversación que habían dejado a medias en el tren. Sabina aceptó sin pensarlo demasiado. O eso se dijo.

Se vieron en un bar pequeño de la calle de Atocha, a unos minutos de la estación.

Él llevaba ropa civil, pero conservaba una forma muy recta de sentarse y de mirar a su alrededor antes de acomodarse.

No era especialmente gracioso, pero cuando se reía lo hacía sin contenerse.

Parecía cómodo escuchando y muy incómodo hablando de sí mismo.

A la tercera cita, le regaló el mechero plateado que ahora reposaba sobre la mesa.

—No fumo —dijo Sabina.

—Lo sé. Dijiste que te gustaba.

—Eso no significa que vaya a usarlo.

—Los regalos tienen derecho a ser inútiles.

No hubo grandes gestos, promesas ni planes. A veces pasaban semanas sin hablarse y él reaparecía con un ¿Café? Sabina casi siempre decía que sí. Con él no sentía que tuviera que impresionar a nadie, aunque nunca supo cuánto de su silencio la incluía y cuánto la mantenía fuera.

La última noche que se vieron, él llevaba la ropa arrugada y unas ojeras que no intentó disimular. Se sentaron en un banco cerca del río. Casi no hablaron. Miraron el agua durante un rato y escucharon el ruido de los árboles.

—No voy a poder quedar en un tiempo —dijo él al fin.

—No preguntaré por qué —respondió Sabina.

Él asintió y le tomó las manos. Las sostuvo entre las suyas sin decir nada. Sabina no supo si aquel gesto era una despedida o una disculpa, pero entendió que él tampoco encontraba una forma mejor de explicarse.

Luego se levantó, le rozó la mejilla con los labios y se fue. Ella no lo vio más.

Semanas después llegó la carta. Breve. Sin detalles.

Gracias por la compañía y por la calma. Cuida el mechero. Te envío la chapa porque ya no sé bien qué hacer con ella. Quizá algún día vuelva a reconocerme en quien la llevaba.

Sabina nunca respondió. No sabía cómo hacerlo, qué decirle ni si él esperaba una respuesta. Guardó la caja en el fondo de un armario y decidió no pensar demasiado en aquel episodio.

Ahora, años después, con la chapa entre los dedos, el mechero sobre la mesa y el billete de tren amarillento al lado, recordó con claridad lo tranquila que se había sentido algunas tardes a su lado. También recordó las preguntas que nunca había hecho.

IX

Sabina escribió en la libreta:

Las palabras pesan.

Se quedó mirando la frase y pensó en todas las veces que había hablado para defenderse y había terminado haciendo daño.

Las discusiones con su madre, por ejemplo.

Reproches que ambas conocían de memoria.

Bastaba un comentario sobre su vida, su trabajo o su edad para que empezaran a lanzarse frases que después ninguna sabía retirar.

—Siempre has sido demasiado sensible.

—Y tú siempre demasiado dura.

Nunca llegaban a insultarse de verdad, pero sabían dónde tocar para hacerse daño. Algunas discusiones se les quedaban dentro durante semanas. Otras duraban años.

También recordó las palabras que nunca había intercambiado con M.

, su hermana. Disculpas pospuestas, agradecimientos escondidos en una broma, cosas importantes que ambas daban por entendidas para no tener que pronunciarlas.

A veces pensaba que podría escribir un libro entero solo con lo que habían dejado sin decir.

Miró la libreta y añadió:

Hay palabras que una recuerda mucho después de haber olvidado la discusión.

No le pareció una gran frase, pero era cierta. Una respuesta lanzada con rabia podía arruinar una tarde entera. Un no pasa nada podía significar exactamente lo contrario.

Se levantó y fue a la cocina. Puso agua a calentar para un té, más por costumbre que por sed.

Mientras esperaba, recordó los mensajes de madrugada que había enviado a amores que ya no estaban, los correos que releyó tantas veces que acabó sabiéndolos de memoria y las promesas que después no supo cumplir.

Había una en particular que todavía le daba vergüenza. Una noche se dijo en voz alta: