1. Inventario #2
Su padre llenaba la quiniela antes de los partidos y los domingos por la tarde la comprobaba con la radio puesta.
Sobre la mesa había un cenicero con colillas recientes, una radio vieja de la que salían voces apresuradas y su padre, inclinado sobre el papel, con el ceño fruncido y el bolígrafo entre los dientes.
Sabina, con siete años y fascinada por los rituales de los mayores, se sentaba a su lado y observaba el proceso con admiración. Él siempre decía lo mismo:
—Esta semana toca, hija. Esta semana sí.
Nunca tocó. Pero él lo decía igual, como si insistir pudiera traerle suerte.
Aquellos domingos eran una de las versiones de su padre que más echaba de menos: atento, paciente, casi ligero. Había otras —más calladas, más ásperas, a veces difíciles de alcanzar— y quizá por eso esa mesa, la radio y el boleto se habían quedado tan nítidos.
Sabina recordaba sus manos, grandes y un poco torpes, repasando las casillas. A su padre le gustaban aquellas horas en que todavía todo podía ocurrir; si ella se levantaba, le pedía que se quedara hasta terminar.
Pasó un dedo sobre las casillas marcadas. Algunas parecían hechas por una mano firme. Otras, por una temblorosa. No sabía si eran marcas suyas o de él. Con los años, los dos trazos se habían confundido.
—Qué poco ha cambiado todo, papá… —murmuró, sin saber si era reproche o complicidad.
Se levantó para buscar un bolígrafo. La idea de rellenar una quiniela tan antigua le pareció absurda y, al mismo tiempo, necesaria.
Se apoyó en la mesa, estiró el boleto y lo completó sin prisa.
Marcó un 1 aquí, una X allá, un 2 sin pensar demasiado.
No sabía nada de fútbol, pero el resultado era lo de menos.
Era una forma sencilla de acercarse a él.
IV
Sabina abrió el último cajón del mueble del salón para guardar la quiniela.
Ese era el cajón que denominaba “desastre”, al que iba todo lo inclasificable: recibos viejos, cartas sin abrir, catálogos de tiendas en las que jamás entraba, revistas antiguas, y recuerdos de relaciones condenadas a no ser olvidadas.
Dejó la quiniela a un lado, se sentó en el suelo y empezó a separar lo que podía tirar de lo que quería conservar. Ya que había comenzado, decidió ordenar al menos aquel mueble.
La portada de una de las revistas mostraba a un grupo de jóvenes levantando el puño: pancartas hechas a mano, miradas serias, ropa que hoy sería vintage y entonces era una forma de reconocerse.
En la cubierta, con letras negras ya desvaídas, apenas se distinguía el título de un especial sobre las revueltas y la contracultura de finales de los sesenta.
Sabina la tomó con ambas manos. El papel olía a sótano y a humedad. A algo guardado durante años. Abrió la revista con cuidado. Las páginas crujieron al separarse.
Se sucedían las fotografías en blanco y negro: París en mayo, estudiantes subidos a estatuas, obreros marchando juntos, mujeres jóvenes con flores en el pelo y rabia en la mirada.
Praga ocupada. Las protestas de México. Berkeley en ebullición.
Woodstock antes de convertirse en recuerdo de una generación.
Pasó el pulgar por una fotografía de un grupo de jóvenes sentados en círculo, fumando, debatiendo, riendo. Les faltaban décadas por vivir y, aun así, parecían más vivos que la mayoría de las personas que ella conocía. Las imágenes tenían una fuerza que atravesaba el papel.
Nunca entendió del todo por qué aquella época la obsesionaba tanto. Desde la adolescencia sentía una nostalgia extraña por un tiempo que no había vivido, como si hubiera llegado tarde a la revolución y a tiempo para el cansancio que vino después.
Apoyó la revista en las rodillas y se imaginó en París, con un pañuelo al cuello, pintando consignas en una pared húmeda.
¿Habría sido más valiente o exactamente igual, pero con más ruido alrededor para tapar sus dudas?
Cuando volvió a mirar alrededor, solo estaban los papeles esparcidos, el cajón abierto y una bombilla demasiado blanca sobre su cabeza.
Le vino a la memoria una conversación con C. muchos años atrás, cuando aún compartían un piso diminuto y un entusiasmo desordenado.
—Somos la generación que llegó tarde a todo —había dicho C.—. Demasiado jóvenes para cambiar el mundo, demasiado mayores para la utopía digital.
Sabina le contestó, riendo:
—Pues bailamos en el pasillo y hacemos huelga de calcetines. Algo es algo.
Hacía días que no hablaba con C. Quizá debería llamarla.
Al inclinar la revista, esta resbaló de sus rodillas.
Se agachó para recogerla y vio un pequeño recorte de periódico asomando entre las páginas.
Lo deslizó con cuidado. Era una foto de su padre joven, en blanco y negro, participando en una manifestación local.
Llevaba un cartel improvisado y una sonrisa tímida.
Le dio la vuelta. En el reverso, con la letra de su padre, figuraban el nombre del pueblo y un año.
—Papá… —susurró.
La sorpresa le dio primero una especie de orgullo infantil y, casi enseguida, una punzada de enfado.
¿Cómo podía no saber aquello de él? Había pasado años convencida de que conocía su biografía por las anécdotas que se repetían en casa, y de pronto una fotografía abría una habitación que nadie le había enseñado.
Guardó el recorte dentro de la libreta azul. Quería llevárselo consigo.
V
De la sección de recuerdos del cajón seleccionó varias postales, un colgante de madera y una caja pequeña de cartón cerrada con una goma elástica.
Cogió una postal que mostraba una calle londinense de edificios georgianos, borrosa por el tiempo.
La dirección, escrita con tinta azul y letra ligeramente inclinada, seguía resultándole familiar.
Era la que el chico inglés había metido en su bolso la primera noche que la llevó a casa.
En el reverso había escrito la dirección y el número del portal, por si alguna vez quería volver sola.
Tenía veintidós años cuando viajó a Londres con la excusa de mejorar su inglés, aunque en realidad buscaba otra cosa: un lugar donde empezar desde cero sin tener que explicarse.
Trabajó de camarera en un pub de Notting Hill, donde el olor a cerveza derramada se mezclaba con el ruido de gente que parecía pasarlo siempre bien.
Durante un tiempo, aquello le hizo creer que la vida podía ser sencilla.
Fue allí donde lo conoció. No destacaba por guapo ni por carismático. Sonreía siempre medio segundo tarde y tocaba la guitarra en las noches de micrófono abierto del pub, con más atención que destreza.
Una noche, después de cerrar, él se ofreció a acompañarla hasta la parada del autobús. Caía esa lluvia fina y persistente tan propia de Londres. Ella llevaba una gabardina prestada y unas botas que le hacían daño en el talón. Él caminaba con las manos en los bolsillos, sin parecer notar el frío.
—No entiendo cómo puedes vivir aquí —dijo Sabina, tiritando.
—No sé si se vive —contestó él—. Uno aguanta y, mientras tanto, encuentra cosas bonitas.
Aquella frase se le quedó dentro porque sonaba a la clase de verdad que, entonces, estaba dispuesta a creer.
El romance fue breve, aunque durante unas semanas no lo pareciera.
Compartieron desayunos improvisados, paseos por Portobello Road y noches en pubs donde podían besarse sin que nadie les prestara atención.
Él le enseñó a distinguir el sonido de una guitarra acústica buena de una regular.
Ella le enseñó a decir te echo de menos, una frase que él pronunciaba con un acento que la hacía reír.
Un día, mientras ella preparaba café en la diminuta cocina de su piso compartido, el chico dejó sobre la mesa una llave pequeña de latón.
—Para que no tengas que llamar cada vez —dijo.
—¿Y si no estás?
—Entras igual. Ya sabes dónde está todo.
En ese momento pensó que podía enamorarse de él. No llegó a imaginar una vida juntos. Le bastaba con cómo se sentía cuando estaba allí, como si durante unas horas perteneciera a algún sitio.
Duró poco.
Una semana después, él desapareció. No hubo discusión, excusa ni despedida. Un día no llegó al pub. Al siguiente, tampoco. Finalmente, uno de los camareros le entregó una nota breve, escrita con letra apurada: Me voy de gira. Perdona hacerlo así. Cuida la llave.
Esperó un par de días. Después dejó de preguntar por él. Con los años ensayó explicaciones distintas —una oportunidad, miedo, otra persona, cobardía—, pero ninguna cambiaba la forma en que se había marchado.
Con la postal en la mano, buscó la llave en el cajón. Estaba envuelta en un pañuelo, con el metal opaco y algunas manchas oscuras.
—Nos hicimos mayores, los dos.
Pensó en buscar la dirección en Google Maps, solo para comprobar si el edificio seguía allí. No quería descubrir que habían cambiado la fachada, que la puerta era de otro color o que aquella llave ya no se parecía a ninguna cerradura.
VI
Sabina sostuvo el colgante de madera en la palma de la mano. Era un recuerdo tan antiguo que apenas tenía contorno: un verano en el pueblo de sus abuelos, cuando tenía quince años y creía entender muchas más cosas de las que entendía.
Se lo había regalado un muchacho de dieciséis años que ayudaba con el rebaño. Tímido, casi siempre callado, con una sonrisa que aparecía de repente. Sabina cerró la mano alrededor del colgante y se sentó en el sofá.
Era un verano que olía a hierba seca y a pan recién hecho.
El pueblo tenía un ritmo que a Sabina, acostumbrada al ruido de la ciudad, le resultaba extraño.
Sus abuelos vivían al final de un camino de tierra, en una casa encalada donde las noches eran negras de verdad y cualquier ruido se oía desde lejos.
Solía sentarse en el viejo muro de piedra que daba a los prados.
Desde allí lo veía conducir el rebaño cada tarde.
Él levantaba la mano en un saludo mínimo y ella devolvía el gesto con un rubor que intentaba disimular.
No hablaban, no al principio. Bastaba con ese intercambio de sonrisas y el paso lento de las ovejas por el camino.