En tu casa o en Sabina 1. Inventario
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En tu casa o en Sabina

En tu casa o en Sabina

Por Alicia Vega

© inepub.com

1. Inventario

I

Sabina despertó antes de que sonara el móvil.

Abrió los ojos de golpe, como si alguien hubiera pronunciado su nombre muy cerca.

El dormitorio estaba en penumbra. La persiana dejaba entrar luz suficiente para dibujar el contorno de los muebles y el desorden que llevaba semanas ignorando. Cumplía cuarenta y tres años.

Se incorporó despacio; la espalda llevaba tiempo dándole avisos. Caminó hacia la cocina arrastrando las zapatillas, abrió la nevera y encontró lo mismo de siempre: media botella de vino blanco, un par de yogures caducados, un limón triste. Cerró la puerta sin sacar nada.

Puso la cafetera italiana al fuego y fue a buscar la libreta nueva.

Cada cumpleaños estrenaba una, siempre azul, y la inauguraba con el mismo inventario.

Después la utilizaba para listas, frases sueltas, planes y pensamientos que no sabía dónde colocar.

El ritual había empezado a los treinta. Con los años comprobó que las páginas no ordenaban su vida, pero al menos le permitían mirarla sin tantas excusas.

Había comprado aquella unos días antes y la había guardado en el último cajón, todavía rodeada por una fina banda de papel, bajo un montón de cartas sin abrir y recibos que no recordaba haber conservado.

La portada estaba limpia, las esquinas intactas y las páginas ofrecían esa mezcla de promesa y amenaza de los cuadernos nuevos.

Se sentó a la mesa de la cocina, vertió el café en su taza favorita y estrenó la primera página de la libreta.

Escribió arriba, en letra firme: Notas de cumpleaños . Luego, una línea más pequeña: Lo que tengo. Lo que falta. Lo que ya no quiero.

Empezó por lo tangible. Un piso de alquiler caro en un barrio que le gustaba solo a ratos.

Un trabajo de oficina entre clientes, reuniones y jornadas interminables.

Lo amaba en los días buenos y lo odiaba en los malos, aunque desde hacía meses casi todos eran malos.

Dos amigos de verdad: C., francotiradora emocional, y R.

, un refugio sin sermones. M., una hermana a la que quería, pero que a veces parecía un campo minado.

Un corazón resistente pero cansado. Una bicicleta que prometía más vida de la que ella le daba.

Después anotó lo que faltaba. Dormir sin interrupciones. Despertar sin culpa. Alguien que la mirara como quien reconoce una casa iluminada. Un propósito pequeño, manejable, que no se deshiciera en cuanto lo rozara el cansancio. La capacidad de quedarse, de no huir al primer temblor.

Al llegar a la tercera categoría dudó unos segundos con el bolígrafo suspendido.

Luego, la lista salió sola: conversaciones que la dejaban vacía, amores que pedían heroísmo, promesas que se hacía y nunca cumplía, la sensación persistente de empezar siempre desde cero, con cada madrugada borrando un poco de lo avanzado.

El cumpleaños solo había puesto la cifra encima de la mesa. Desde hacía meses aplazaba incluso las cosas que decía querer: escribir, pedir un cambio en el trabajo, decidir qué hacer con ciertas relaciones. No había ocurrido una gran catástrofe; simplemente, casi nada acababa de encajar.

El móvil empezó a vibrar junto a la taza.

Mamá.

Sabina pensó en dejarlo sonar hasta que saltara el buzón. Después imaginó la segunda llamada, más larga y preocupada, y contestó.

—Felicidades, hija.

—Gracias.

—¿Te he despertado?

Sabina miró el café frío y la página casi llena.

—Sí, pero ya estaba despierta.

Su madre aceptó la contradicción sin señalarla.

—M. dice que mañana comemos todos. La niña te ha hecho una cosa y el pequeño también, aunque lo suyo parece un accidente de tráfico.

—No hacía falta.

—Ya. Pero lo han hecho. ¿Qué plan tienes hoy?

La pregunta era sencilla. A Sabina le pareció un examen.

—Voy a dar una vuelta. Luego quizá vea a alguien.

No tenía ningún plan con nadie. La frase salió porque voy a pasar el cumpleaños sola le habría parecido una información excesiva para aquella hora.

—Pues disfruta —dijo su madre, después de una pausa breve—. Y abrígate, que hace un frío horrible.

—Me abrigo.

—¿Estás bien?

Sabina bajó la vista hacia la lista de lo que faltaba.

—Sí. Un poco dormida.

—Bueno. Mañana te veo.

—Mañana.

Colgó.

La cocina pareció más silenciosa que antes. Apartó la libreta y respiró hondo. El intento no aflojó la presión debajo del esternón.

Se levantó para abrir la ventana. Afuera, el barrio despertaba despacio.

Una mujer paseaba a un perro diminuto que parecía más dormido que vivo.

Un repartidor dejó una caja en el portal de enfrente y siguió pedaleando sin mirar atrás.

El bar de la esquina subía la reja con un chirrido áspero.

Sabina observó la ciudad desde una distancia incómoda.

Por momentos, aquella vida parecía pertenecerle a otra.

Escuchó un golpe breve en el piso de arriba: el vecino moviendo muebles otra vez. La irritaba aquel ruido, ya habitual. Ese día se quedó escuchándolo unos segundos. Llevaba años esperando que todo alrededor se calmara para calmarse ella.

Cerró la ventana y se vistió sin pensarlo mucho. Vaqueros gastados, jersey gris, el abrigo que empezaba a perder botones. Guardó la libreta en el bolso y salió de casa.

Caminó sin rumbo, dejando que las calles eligieran por ella.

Pasó frente a la papelería donde compraba bolígrafos preciosos que luego perdía, por el banco donde lloró una ruptura que ya no dolía y por el portal donde vivió un amor fugaz.

¿O fue en el portal de al lado? Cada esquina parecía contarle una parte de su biografía, como si Madrid llevara años tomando notas a sus espaldas.

Pensó, sin saber de dónde venía: Hoy estoy sola. Ya está.

En una cafetería, Sabina bebió un sorbo de un segundo café del día y sintió el calor bajarle por la garganta. Miró la calle.

Al sacar el móvil para mirar la hora vio un mensaje que había llegado un rato antes. J.: Feliz cumple. A ver si nos vemos. Lo leyó una vez y guardó el teléfono sin responder.

II

La nevera vacía acabó llevándola al supermercado del barrio. Quedaba a tres calles, pero aquel día parecían muchas más. La impaciencia se le adelantaba al cuerpo: quería estar ya dentro, ya fuera, ya en la caja, ya en casa. Quería que la vida no tuviera intermedios.

Cruzó la puerta automática. Dentro, las voces, los carros y la música insulsa componían un ruido constante.

Cogió una cesta y se obligó a respirar hondo.

Solo huevos, pan, fruta. Lo básico. Pero al avanzar por los pasillos, notó que la ansiedad empezaba a subirle por el pecho.

Cada estantería parecía exigirle una decisión inmediata: ¿qué yogur?

, ¿qué marca?, ¿cuánto cuesta?, ¿es sano?

, ¿lo comerás? Metió en la cesta lo primero que encontró, más pendiente de salir que de comprar.

En la sección de verduras, una señora mayor discutía consigo misma sobre el precio de los tomates.

Una pareja deliberaba con exagerada solemnidad qué tipo de pasta llevar.

Un niño golpeaba el carrito de su madre sin descanso.

Se le aceleró el pulso: demasiada vida al mismo tiempo, demasiada cercanía, demasiado ruido ajeno entrando en ella.

La cola de la caja se extendía hasta mitad del pasillo.

Frente a ella, un hombre revisaba compulsivamente el móvil.

Detrás, una adolescente mascaba chicle con indiferencia, haciendo ruidos que parecían diseñados para torturarla.

Sabina apretó la cesta contra la cadera y miró el reloj.

Habían pasado apenas dos minutos. Dos. Y el viejo impulso: largarse, dejarlo todo, renunciar por no esperar.

Recordó cuánto tiempo llevaba dejando que esa misma impaciencia guiara sus movimientos: diarios abandonados a la mitad, trabajos que dejaba cuando se volvían rutinarios, relaciones terminadas antes de llegar a la parte que no podía controlar.

La cajera levantó la vista un instante. Aquella joven, con la coleta mal hecha y ojeras pronunciadas, pasaba productos por el lector sin detenerse. Probablemente llevaba horas haciendo lo mismo. Fue suficiente para calmar un poco la impaciencia. Muy poco, pero algo.

La fila avanzó. Dejó la cesta en la cinta, pagó y salió del local con las bolsas cargadas hasta arriba. Caminó unos pasos y se sentó en un banco metálico frente a una plazoleta vacía.

A su izquierda, dos palomas discutían por una miga invisible. A su derecha, un hombre mayor permanecía inmóvil, mirando al frente, sin hacer nada aparente. Sabina contempló la escena y, por un instante, envidió ese ritmo.

Dejó las bolsas a sus pies y se obligó a no mirar el reloj. Al principio contó los coches que doblaban la esquina. Después dejó también de hacer eso.

Esperar le había parecido siempre una forma menor de perder. Con J. había llegado a confundir paciencia con justificar, soportar, aguantar. Aquello era distinto: nadie le pedía quedarse en el banco y podía levantarse cuando quisiera.

Una niña de unos cinco años entró en la plazoleta de la mano de su madre. Al soltarla, echó a correr sin parecer interesada en llegar a ningún sitio. Tropezó, se levantó, rio. Sabina la observó un momento.

Una hoja seca giró lentamente sobre la acera antes de detenerse.

Sabina se levantó del banco y caminó hacia el portal sin mirar el reloj.

III

Sabina dejó las bolsas del supermercado en el suelo, justo donde la puerta rozaba por culpa de una bisagra floja que llevaba meses prometiéndose arreglar. Encendió la luz del salón. Había libros apilados en torres desiguales y una manta caída del sofá; nada parecía haberse movido desde que salió.

Mientras guardaba la compra, un papel amarillento asomó entre una revista y un sobre sin abrir sobre la mesa. Lo reconoció antes de cogerlo: una quiniela, doblada en cuatro, con una esquina desgastada. No recordaba cuándo había acabado entre aquellos papeles.

Cogió la quiniela con cuidado. El papel estaba reblandecido y la tinta casi borrada por el tiempo; todavía se adivinaban equis, unos y doses. Se sentó en el sofá, abrió el boleto y volvió a la cocina de su infancia.