En tiempo de juego 23 de noviembre #6
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23 de noviembre #6

— Lo que pasó en High Holborn Street la madrugada de aquel trece de mayo fue culpa tuya: por la cocaína y por el alcohol.

Si vuelves a acercarte a ella, contaré a la prensa tu total desprecio por la vida de los demás, conduciendo colocado y borracho.

Volverás a ser noticia y tu reputación y la de tu madre quedará dañada para siempre porque, como tú bien sabes, en redes nada desaparece. Déjala en paz.

Y la dejé. En guerra consigo misma, tendida en la cama de un hospital.

Me incorporo, agitado, olvidando que duermo en la litera inferior.

El golpe me arranca una maldición. Me dejo caer sobre el colchón e intento arrancar unas notas, pero mi conversación con Alicia, justo antes del maldito accidente, se cuela en el presente, arrastrándose entre los silencios de los acordes.

Mis palabras estallan como burbujas al llegar a la superficie del agua:

—¿Me vas a dejar tirado en el último minuto? Llevo semanas hablándote de este concierto.

Recuerdo que ensayé mi mejor cara triste; me apetecía ir al local, escuchar buena música, bailar, charlar, beber… en definitiva, evadirme. Sabía que si insistía lo suficiente acabaría viniendo. No iba a dejarme solo junto a una barra y yo tampoco quería que lo hiciera. Su presencia era mi freno.

Me miró dubitativa con los ojos apagados; seguía acusando las secuelas de su cumpleaños.

Una celebración que empezó bailando y terminó en el suelo, pese a haber bebido lo de siempre.

No entendimos cómo el alcohol pudo afectarle tanto, y menos después de todo lo que cenamos.

Carla y Lucía habían preparado un festín de postres variados, entre ellos su preferido: el brownie de jengibre y chocolate, del que no dejó ni las migas.

Es cierto que durante los días previos había encadenado varias salidas con las hermanas, empeñadas en aprovechar al máximo su visita a Londres.

Supongo que ese ritmo la llevó al límite aquel día y los siguientes, pero a mí eso me importó poco, o menos que mi deportivo.

Por eso, cuando aquella tarde aceptó acompañarme al concierto y me pidió no llevar el Porsche para no tener que conducirlo a la vuelta, respondí:

—Vamos en el Porsche; lleva días en el garaje y el motor acabará resintiéndose. Te prometo que no bebo y que conduzco yo.

Insistió en que podíamos ir en metro, incluso en taxi, pero terminó mirándome con una mezcla de resignación y compasión (por mí, no por el coche) y se marchó a preparar un café bien cargado.

De madrugada, el efecto de aquel café ya era historia.

Cuando aquella chica apareció en bicicleta, grité, pero Alicia no frenó a tiempo.

Enseguida se dio cuenta de que había reaccionado demasiado tarde.

Yo también, aunque preferí callarme para no agravar una culpa que también era mía.

Nunca me atreví a confesarle que tomarme una copa al final de aquel concierto fue mi cobarde manera de asegurarme de que ella condujera.

La obligué a cargar con mis miserias: la raya de cocaína que me ofreció en el baño Rory, el escocés pelirrojo con quien, según Joshua, Carla se había liado de madrugada la noche en que ella y Lucía se quedaron de marcha con mis amigos.

Recuerdo que, justo antes de que me pegara el subidón de la cocaína, mi cabeza giró a toda velocidad: «Necesito que Alicia lleve el Porsche a casa; si me hacen un control de drogas, con las sanciones que arrastro, acabo en la cárcel».

Mi absurda atadura emocional con el automóvil de mi hermano me impedía dejarlo en la calle.

¿Cómo no odiarme por esa dependencia ridícula hacia un objeto?

¿Y sobre todo por aquel instante de debilidad?

¡Joder! Desde que Alicia se vino a vivir conmigo, me había alejado de las malas compañías y de la tentación…

hasta que Rory vino directo a mí con ella aquella noche.

Como si conociera mi pasado. Uno en el que la cocaína era mi vía de escape.

¿Cuántas veces un evento, un encuentro, una decisión o un acto se revela con el tiempo como el punto exacto que cambia el curso de tu vida?

Pocas. Lo habitual es que intervengan múltiples factores, aunque nuestra mente se empeñe en señalar aquel que nos absuelva de culpa.

En mi caso, ese momento no fue, desde luego, haber esnifado aquella raya de cocaína, sino el día en que un virus consumió a mi hermano, dejándome una herida que anestesiar.

Ahora, un muro de lamentaciones es el lugar donde entierro las ausencias.

La más reciente, la de mi madre. Mantengo la distancia porque sé que espera que regrese cabizbajo a la seguridad de su redil.

Hablar con ella, además, me devuelve a la época en la que empeñado en demostrarle mi talento y evitarle otro escándalo, dinamité lo poco que quedaba de mi relación con Alicia.

Dejé escapar esa gloria personal que acaba convirtiéndose en el baremo con el que mides los años venideros.

Guardo en mi maleta una botella de vodka para estas horas grises que siguen al chute de aprobación sobre un escenario.

Tiro de la cremallera para sacarla, pero está atascada.

Grito, y un golpe me arranca del arrebato: la maleta ha ido a estrellarse contra una pared, por suerte ciega; si no, hasta el ojo de buey me estaría mirando mal.

En el baño encuentro el objeto cortante que necesito para romper la maleta.

Me arrodillo sobre ella y, cuando estoy a punto de rasgarla, entra mi compañero de camarote, un acróbata ucraniano.

No se inmuta. Se acerca y pregunta si le dejo.

Asiento como un idiota, sin saber si le estoy dando permiso para partirme la cara por haberle birlado el cortaúñas de los pies, reírse de mí o ayudarme.

Él saca un lápiz y pinta los dientes de la cremallera.

Luego la fuerza un poco. Añade otra capa de grafito y la cremallera cede. Me deja boquiabierto.

—La mina actúa como lubricante en seco —explica, con sencillez.

Le doy las gracias y levanto la botella para demostrar que, además de haber sobrevivido al impacto, aún queda vodka para más de un vaso. Siendo ucraniano, sabrá apreciarlo.

—En otra ocasión. No puedo mezclar una pastilla contra el mareo con alcohol.

El universo parece estar enviándome señales para no acabar en el centro médico del barco.

Y también para que deje de actuar sin pensar.

Si me hubiera detenido a reflexionar entre espectáculo y espectáculo (el del concierto y el pequeño drama que acabo de montar en este camarote), habría entendido que ni debo ni necesito esos sorbos.

Como antes de los bises en los conciertos, sobreactuaba para prolongar el sufrimiento, creyendo que así lograría sentir a Alicia con la misma intensidad de antes.

Pero lo cierto es que su recuerdo, igual que el de mi hermano, ya no me provoca el dolor lacerante que convertía el aire en irrespirable.

Ha sido el paso del tiempo el que ha suavizado las emociones, el mismo que me ha hecho olvidar la lenta sangría que aún sufre el país de mi compañero de camarote.

Vuelve ahora, difusa, la imagen de aquella chica con los colores de la bandera de Ucrania; un grafiti en un barrio londinense que me impulsó a hacer una donación unas horas antes del accidente.

Desbloqueo rápidamente el móvil y repito el gesto, tendiendo un puente entre aquel día y este, como si cerrara una etapa.

Animado por esa pequeña convicción, agarro la guitarra y me atrevo con la canción favorita de Alicia, hasta que la voz se me quiebra.

Si sigo, sonará a quejío flamenco. Detengo la vibración de las cuerdas.

Saborear la música que evoca a Alicia tiene un matiz ambivalente, como las pulseras negras que cubren el infinitito en mi muñeca: el cuero cálido y rugoso contrasta con el frío pulido de sus cierres metálicos.

Es el eco de lo vivido y la aceptación de lo perdido.

Entro en el baño, tiro el vodka por el desagüe y salgo con un firme propósito de enmienda.

Mi compañero se señala el oído; quiere decirme algo. Me bajo los cascos al cuello.

—Voy a compartir un Qvoy con unos colegas para dar una vuelta por la ciudad cuando atraquemos. Si te animas queda sitio para uno más.

Sonrío por lo lejos que ha llegado mi hermano con su aplicación y por esta mano amiga inesperada. Ha llegado el momento de salir del ostracismo.

—Suena bien. No conozco Miami. ¡Gracias!