En tiempo de juego 23 de noviembre #5
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23 de noviembre #5

—Oye, Nora tiene el pantalón mojado —constato al levantarla para meterla en el coche.

La mancha oscura en su ingle dispara una sucesión de gestos encaminados a devolverle el bienestar. Yo le hago carantoñas y Alicia la cambia. Luego me pide que guarde las toallitas, tire el pañal y meta la ropa mojada en la maleta de mano, dentro de la bolsa impermeable.

—A sus órdenes —bromeo, dándome media vuelta.

—¡Espera! Tira también ese bikini negro. —Lo señala en la maleta—. No sé por qué mis padres lo metieron. Ya no me queda bien.

El recuerdo de su cuerpo en bañador me obliga a tomar aire.

—Bueno, ya lo haremos en casa… tirarlo, me refiero.

Mi avidez por sentirla me ha traicionado.

—Ahora.

—Ok.

Su tono no deja lugar a discusión. Deshecho primero el pañal y después la braguita del bikini. Si quiero tirar la otra pieza, tendré que empujarla dentro porque la papelera está repleta. Miro la prenda, dudando. Entonces leo la frase impresa en letras blancas sobre el sujetador negro: YOUR TOY.

—Tu juguete —murmuro y sonrío.

Es la frase que me animó a pedirle un beso la primera vez que fuimos juntos a una piscina. Tenía tantas ganas que quise convencerme de que se había puesto ese diseño para provocarme.

No voy a meter ahora la mano en una papelera inmunda. Además, el bikini es un recuerdo bonito. Coloco la pieza dentro de la máscara del disfraz y regreso al coche.

Nora calma su dolor de encías con un mordedor. Alicia, sentada a su lado, la agarra como si temiera olvidarse de ella por segunda vez. Arranco y dejo sonar la emisora, la canción le gustará, es muy bailable.

—¡Buff, qué canción tan horrible! —se queja—. ¿Sabes? Estaba pensando que mientras se tramita mi tarjeta de residencia podría escribir sobre lo que vivimos.

—¿Una novela? Tienes material para un superventas.

—No. Unas notas para nuestra hija. Yo solo escribo fórmulas químicas y además un lector nunca simpatizaría con mi personaje.

—Eso no lo sabes.

—Pero sé que, aunque no sea culpable de la muerte de Nora, no podrá evitar sentir que soy responsable y un final tan bonito como este le resultaría injusto.

—Pues no se lo recuerdes ni a ellos ni a ti misma en el último capítulo. Ese infortunio no te define en absoluto.

—¿Y entonces cómo me definirías?

Busco sus ojos en el retrovisor e intento poner el colofón a mi deslucido plan romántico:

—Como el amor de mi vida.

SANTIAGO

Eufórico, me alejo del micrófono y frunzo el ceño, simulando medir el deseo real de esos bises.

Es un gesto de contención, se los ofrecería de inmediato.

El manual del artista aconseja volver a cogerlo con fingida duda y esbozar una sonrisa remolona.

Esa sobreactuación busca tensar al público hasta hacerlo estallar con los primeros acordes de la siguiente melodía, la penúltima de mi repertorio.

El trípode del micrófono se convierte en mi pareja de baile y la conexión con el público en la mejor de las drogas.

Ellos marcan el compás con palmas y me acompañan en el estribillo como una sola voz.

Una mujer alza los brazos; la invito a bailar conmigo la bachata.

Pondré el broche de oro con una canción lenta y nostálgica, mi forma de agradecerles que me hayan permitido iluminar sus rostros durante un par de horas.

De pronto, esa palmada rítmica, casi de metrónomo, me sobresalta.

Sigue siendo coordinada, pero algo me incomoda.

Tardo en identificar que se trata de la vibración del reloj inteligente en mi muñeca.

Lo programé por si volvía a retrasarme. Tendré que cerrar el espectáculo con un «gracias a todos» que, pese a la potencia que le imprimen los amplificadores, me dejará mal sabor de boca.

Ojalá pudiera regalarles un adiós menos áspero.

Estaba tan exaltado en ese salón bar que el suelo había dejado de moverse. Me tambaleo y a los pocos metros exclamo para mis adentros un «no» cargado de oes… ¡Otra vez, Ekaterina! Ha notado que me detenía por la sorpresa de encontrarla a estas horas; ya debería estar durmiendo. Me cierra el paso.

—¿Necesitas pastillas? —pregunta, friccionando la lengua contra el paladar sin apenas abrir la boca, por la costumbre de no dejar que el frío de su Siberia natal se le cuele en el alma.

Sus cejas se elevan levemente cuando le respondo que voy bien provisto y me pego a la pared para pasar.

Debería haber mantenido el decoro; no es la villana de una película de acción americana.

Lo que me eriza la piel es su falta de sonrisa social, esa expresión amable que todos (menos ella) adoptamos por cortesía.

El pasillo es testigo de una trayectoria deshonrosa; mi continuo zigzagueo convierte el recorrido en interminable.

Insertar la tarjeta en la ranura de la puerta de mi habitación se vuelve un reto comparable a almorzar en las bandejas de juguete que me sirven en los aviones entre concierto y concierto, los lamparones que adornan mi ropa dan fe de ello.

Cuando por fin consigo entrar, mi maleta está en el suelo, revuelta.

No la deshice al llegar, fiel a mi vida itinerante, y al rebuscar en ella antes del concierto la dejé hecha un caos.

Me agacho para cerrarla y de pronto regresan las náuseas.

Necesito algo más fuerte o no aguantaré.

Aferrado a la manilla, me animo: «Santiago, con una manzana verde y un par de pastillas contra el mareo, superas esta noche de mala mar».

Hay que joderse, en el crucero de Alaska el océano estaba como un plato, y en este paraíso caribeño las olas alcanzan varios metros de altura.

La tormenta tropical se intensificó tras su paso por los cayos de Florida y ha enfilado hacia nosotros, dejando un mar embravecido, los estabilizadores antibalanceo del barco desplegados y a más de dos mil pasajeros exprimiendo cada actividad a bordo.

Quieren sacarle todo el jugo a un crucero que prometía al menos un día de perfecto sol y playa en las Bahamas.

Y, por mucho que la perfección sea algo subjetivo e inalcanzable, lidiar con una oscilación constante no encaja en la definición habitual de unas vacaciones soñadas.

Engullo una pastilla y algo más de media manzana de forma desordenada.

Varios trozos caen al suelo, los recojo antes de que regrese mi compañero de camarote.

Su litera sigue vacía; tal vez pase la noche con alguna patinadora sobre hielo.

¿Se irá entonces la compañera de la patinadora a otra cabina y, como en el juego de las sillas, el que sobra llamará a mi puerta pidiéndome asilo?

Espero que no. Aunque haya coincidido varias veces con la tripulación que se encarga de la parte lúdica de esta naviera, no los conozco bien.

Ni falta que hace. No voy a interactuar más allá de lo necesario, y menos desde que se extendió el rumor de que el intérprete español tiene el corazón malherido y un grupito liderado por Ekaterina se ha propuesto sanármelo como si fuera un desafío viral.

Reconozco que mi animadversión hacia ella es irracional y producto de varios factores y con tal de no confesar el principal, cuando la esquivo suelo escudarme en otros menos patéticos que su perfume: el mismo que envolvía a Alicia en Londres.

Hace mucho que no me permito pensar en ella; la última vez fue cuando supe que había dado a luz a una niña.

Desenfundo mi guitarra, contento porque mi plan autodidacta haya empezado a dar sus frutos.

Quiero tocar algo ahora que las náuseas han remitido, pese a que el cansancio emocional persista.

De ese no me libro, llevo demasiado tiempo reprimiendo emociones fuera del escenario.

Busco una canción del cantante favorito de Alicia, aunque no con intención de cantarla.

Descorcharía la botella de los recuerdos y mantenerme sobrio con ella abierta sería difícil en pleno bajón posconcierto.

Alicia solía decir que la voz de Carlos Rivera era tan impecable como la mía y que cualquiera de sus baladas hacía palidecer al reguetón, por mucho que nos encantara bailarlo bien pegados en las pistas.

Con su voz desgranando odas al amor, arrimábamos dos sillas al vano del ventanal del salón, abierto a un balcón francés y a una calle inglesa.

Una bebida caliente bastaba para pausar la rutina y jugar a adivinar los aromas que se colaban por la ventana abierta.

Alicia siempre me ganaba. Luego hablábamos del trabajo, la familia, los amigos, las esperanzas y las preocupaciones, pero, sobre todo, del paso del tiempo y de la vida, que no era más que una manera filosófica de contemplar todo lo anterior.

Entre chascarrillos, risas y el camuflaje acústico de la lluvia fina, nos desnudábamos emocionalmente hasta acabar como las sillas de hierro forjado en las que nos sentábamos: unas simples líneas, prácticamente el esqueleto de una silla.

Y de forma inexplicable, al reducirnos a lo esencial, nos sentíamos invencibles, seguros de nuestra unión.

El calendario empezaba a llenarse de planes, confiados en un futuro en plural.

Un futuro que ahora comparte con Isaiah, el hombre que, tras la mezcla de medicamentos de Alicia, me arrinconó en una aséptica cafetería de hospital a base de advertencias perturbadoras.

—Sufrirá secuelas… su recuperación nunca será completa… tienes razón, todo te sale al revés. Tu relación con ella está gafada. Parece que estés hecho para arruinarle la vida. Si no desapareces, la matarás.

La crudeza de aquellas palabras me arrancó de la silla. Era insoportable oír en voz ajena lo que yo rumiaba en silencio. Intenté salir, pero me bloqueó; lo aparté con brusquedad. Me sujetó del brazo y se inclinó hacia mí, tan cerca que sentí el aire que expulsaba con cada palabra: